Columnas

No es nada personal

Abel Hernández

Buenos días, cantautores

Me temo que a menudo parecemos muy serios cuando estamos ahí. Luego, las señoras y las niñas pequeñas nos preguntan si algo nos había molestado. Los leñadores, incluso los más apuestos, los más fuertes, no se acercan a nosotros después. Nadie echaría un pulso con nosotros en ese momento. Hay sonrisas compasivas que nos atraviesan como balas químicas del futuro o espectrales del más allá. Y los amigos de barbita y zapatillas con bandas de colores nos interrogan con ceño fruncido y cejas raras. Entonces por nuestras cabezas, extraviadas en pequeños redondeles negros y ecos, sólo ronda una procesión cansada de décimas de segundo con acciones e interioridades. Un tópico parecido a una de esas películas con momentos de la vida entera que, según aseguran, pasan por detrás de la frente de uno cuando se está al borde de la muerte. Un sinsabor a menudo entre dulce y metálico, ni fu ni fun. ¡Bah!, ha estado bien. Bien. Asentimos, encajamos, tiramos y buscamos de dónde sacar un sorbito.

Es cierto que no somos lo que se dice animales escénicos. Apenas muñecos alucinados aferrados a una guitarra que se atasca y nos quiere complicar la vida justo en ese momento. Ni bellas ni bestias. Sobre todo los que salimos del caparazón en los años noventa nos acostumbramos a cierta soledad autosuficiente allí. A actuar vestidos tal y como hubiéramos empezado el día, con toda la intención y los olores del mundo. Más tarde, con los años subiendo por las piernas, hemos intentado ponernos algo encima: el disfraz de cantante, de estrellita, ¡ja! La laca no funciona, no se esparce bien. Acabamos pareciendo vagabundos con suerte, restos de un crucero o infiltrados de la SGAE en una boda. Policías del sueño, en todo caso.

Nos parece que ahí arriba habita el frío antártico y la violencia de sentirse desnudo y estar buscando sentirse precisamente así. La luz pronunciando las sombras y pliegues y redondeces de la cara, la barba lueeeenga o demasiado afeitada, las cosas de esa semaaaaana, la falta o demasía de práctica. Un frío y una violencia que a veces nos llevan a sobrevolar las melodías o a masticar y triturar las palabras como si fueran huesos de pajarillo, y a forzar eso que llaman la interpretación, a susurrar y pasar al lamento en una misma estrofa, buscando las tensiones que mueven aquellos engranajes invisibles, que unas veces tocamos y otras no. A menudo todo ello no es más que un derroche de fuerzas. Una primera parte de presión sin medida en campo contrario que en cualquier caso extenúa. No es nada épico. Más bien un drama cómico protagonizado por descerebrados aristócratas italianos. Sí, quizá nos ponemos demasiado sombríos cuando estamos allí. Al fin y al cabo sí acabamos por transformarnos en personajes de cabaret.

En fin, buenos días, cantautores. No estamos ahí para entretenerles. Nuestras fiestas son sólo nuestras y no hemos sido invitados a otras. Una especie de fontana aparece de modo silencioso en medio de la plaza irradiada rodeándola una enredadera de la que brotan frases cantadas que a menudo no se comprenden, que uno mismo entiende de forma distinta cada noche. Fuerzas ocultas. Hombres en la luna. Buenos días, cantautores. Para nosotros queda la niebla.

Abel Hernández fue cantante y guitarrista de Migala durante siete años. En la banda madrileña aprendió a reposar el peso de sus influencias y a engordar una voz auténtica y expresiva como pocas. Ahora escribe canciones en castellano como El Hijo, un proyecto en algún lugar entre la tradición de cantautores mediterráneos, una imaginación desbordada y el rumor de todas las páginas que ha leído. Abel también escribe sobre arte en El Cultural de El Mundo y trabaja como editor en Acuarela Libros.

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