Columnas

No es nada personal

Abel Hernández

Girl Talk Desconciertos

El otro sábado me encontraba en un concierto cuando, tras un primer rato de curiosidad e incluso interés por lo que sonaba, empezó a resultarme ciertamente pesado estar allí quieto, de pie, escuchando y mirando a aquellos tipos que no eran conocidos míos. Había aterrizado en la situación casi por azar mientras acompañaba hasta allí a un amigo que iba a entrar, pero sin tener yo idea ni opciones de hacerlo, ya que el aforo estaba completo y todo el billete vendido. Sin embargo (por y en circunstancias que no viene a cuento relatar aquí), acabé pasando al local literalmente como quien no quiere la cosa. Vamos que, a priori, aquello no me interesaba demasiado. Por eso no me extrañó que, por una vez y justo en ese momento y lugar, me diera por pensar en un asunto tan básico como los motivos que me impulsaban a acudir a conciertos y si dependía de algo concreto, digamos expresable, el hecho de encontrar el anhelado arrebato en alguno de ellos.

De ese modo, durante casi toda la segunda mitad de aquel bolo, fueron arremolinándose en mi cabeza ideas sobre cómo se explica el hecho de que la actuación en vivo de alguien cuyos discos te enamoran pueda resultar un fiasco y viceversa. Y así, al compás de unas canciones que ya me daban igual, fueron discurriendo pensamientos sobre la relación que media entre el placer de estar en un concierto y la calidad del sonido, de los músicos, el tamaño y confort de la sala, el ambiente entre el público, la cercanía o lejanía con respecto al escenario, el hecho de conocer o no el repertorio, el haber logrado entrar tras meses de ansiosa espera o (como era aquel caso) por pura carambola, etc.

Al terminar la función, salí apresuradamente a la calle y, mientras me servían algo para cenar, me encogí de hombros ante tan elementales pero irresueltas dudas y, con desenfado, pasé a estar a otras cosas. Sin embargo, en los días siguientes este asunto me ha robado a menudo el pensamiento. Por eso, gentiles lectores de estas líneas, he decidido que podría ser interesante escribir sobre ello.

Durante estos devaneos, ha habido ratos en que me he sentido como una mosca caminando sobre sorbete. Pero con cada nuevo interrogante ha ido ganando fuerza la idea de que ninguna de las circunstancias a la vez mías y de un concierto determinado me bastan para explicar que estar allí me resultara apasionante o aburridísimo, salvador o triste, inspirador o claramente desagradable.

Indudablemente, incluso en mi caso, existen unas condiciones mínimas para deleitarse con algo. Me refiero a condiciones de temperatura y humedad con las que el ser humano pueda subsistir, pueda conseguir ver y escuchar algo sin quedarse ciego ni sordo, y algo tan indispensable como que el concierto tenga lugar (esperar a que toque un músico o ver como hace play-back no deberían ser considerados directo), algo así. Pero, una vez franqueado ese escueto extremo, me conformo con cierta facilidad.

Ni el sonido, ni el tratarse de un sitio endemoniadamente grande o minúsculo, incómodo o confortable, con intérpretes buenos, regulares o incluso malos (o chapuceros, o ebrios), con una muchedumbre alrededor, cuatro gatos o una audiencia de disco-pub, desde el lateral de escenario o subido al segundo anfiteatro de un estadio, conociendo al pie de la letra la discografía completa o ni el nombre siquiera de quien está tocando… Nada, ninguna condición externa parece garantizarme un conciertazo, un enfado o un rato echado sin pena ni gloria. Asimismo, cuando pienso en conciertos de fastuoso recuerdo, en ofensas o simples decepciones a lo largo de los últimos años, no me cuadra pensar que (con todo lo subjetivo que queramos pensar que es) se trate sólo de una cuestión coyuntural mía, de edad, estado físico, ánimo o compañía. ¿No había ninguna norma objetiva que sirviera para explicar mi gusto por un directo al margen de una conjunción astral, magia, hechizo, o una cuestión de sincronía con el cosmos?

Entonces me he puesto a pasar lista a distintos directos que recordaba de los últimos años y me he percatado de que había cierta característica común a aquellos imborrables por haberme llegado, tocado, vuelto del revés. En todos ellos, lo que estaba ocurriendo sobre el escenario era mucho más importante que la dimensión de reunión social o evento (si se quiere) cultural de alrededor y, normalmente, gran parte del público (hasta el más estúpido) parecía darse cuenta de ello. En todos sucedía algo que no estaba previsto que ocurriera, bien porque el artista o grupo estuviera descubriendo sus propias canciones, porque daba la impresión de que algo preparado estaba llegando más lejos de lo que los protagonistas y el respetable habían calculado, bien porque alguna clase de error obligaba a cambiar los planes sobre la marcha. Cierto olor a peligro que se percibe cuando se bordea la catástrofe, cuando uno se enfrenta a lo de verdad desconocido.

De alguna manera, en todos los casos (ya fueran de ámbito grandioso en el escenario principal de un gran festival, en una pequeña sala o en algunos de sus puntos intermedios) se trataba de una situación de juego, de imprevisto, de inversión de lo social: un proceso en el que algo desordenado se organizaba de un modo no imaginado, nuevo. Es decir, justo lo contrario del orden social, donde algo organizado con seriedad tiende a la descomposición caótica. Algo genuinamente vital y excepcional, momentáneo, no controlado pero tampoco abandonado a su suerte. Algo así como la captura inesperada de un gran pez en medio del fuerte oleaje. Una experiencia fuerte. Algo de verdad vivo, no enlatado, no pre-cocinado, no previsible, especial, único, desconcertante. Desconcertante, ¡qué fácil explicación!

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