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Como salir con una persona escandalosamente bella, con quien no puedes parar de discutir

La pasión y la náusea en París: crónica de una semana electoral

La última vez que había estado en aquel supermercado de Montparnasse vendían —lo juro— agua con oro. Esta vez el agua con oro no la encontré, pero sí que seguían otras tantas inacabables marcas de agua de lujo, entre las que llamaba especialmente la atención la botella «BLING H20». 51,30 euros a cambio de 750 mililitros de agua. Visitar las mencionadas galerías de Montparnasse es dejarse absorber por un museo de la ostentación europea, una revista del corazón donde asomarse a la vida de los ricos ahí, en mitad de París: el mercado en cuestión se organiza alrededor de estantes categorizados por países más o menos exóticos —un guiño al pasado colonial, que se vuelve más evidente en la sección de chocolates envueltos en papeles con motivos indígenas—; las cajeras, además, proceden de un montón de geografías diferentes, y muchas de ellas podrían ganar concursos de belleza. Todo reluce. Bastión firme del fillonismo urbano, el supermercado despliega la majestuosidad por la que tanta gente ama esta ciudad, y también la ofensiva inmoralidad por la que sus mismos ciudadanos la repelen. Repetimos: 51,30 euros por una botella de agua en la misma ciudad donde una manifestante del 1 de mayo nos decía que a veces cobra 300 euros al mes, donde un chico puede ser violado con una porra por la policía por ser negro, y donde los trabajadores sociales ven cómo Europa los abandona, los hunde y los presiona hasta dejarlos en una situación de vulnerabilidad inaguantable, zombis en un combate contra el neoliberalismo que ya hace tiempo que perdieron.

—Todas las grandes ciudades —hablaba con Thomas mientras hacíamos tiempo para un encuentro con unos macronistas— son un poco un agujero negro: siempre estás pensando en salir de ellas, pero hay algo, un amor al sitio o yo qué sé qué es, que te lo impide; en Barcelona me pasa, pero en París es muchísimo peor. Cuando estamos entrevistando a gente, o simplemente cuando estamos por ahí, todo va bien, pero cuando por las mañanas salgo a buscar el desayuno solo… Dios mío, es muy deprimente y angustioso.

La noche en París va de nuestros pecados. Por eso, por las mañanas la gente tiene esa cara. Pero todo el mundo se siente orgulloso de la ciudad.

—A mí es la única ciudad del mundo que me da ganas de encenderme un cigarrillo cuando bebo café. En el resto del sitios me parece una ordinariez, una cosa del pasado, repugnante. Aquí en cambio me parece aceptable. Es la ciudad europea más atada al pasado que conozco: todavía vive en siglo XX, o incluso en el XIX. Barcelona, por ejemplo, está demasiado acomplejada para no querer aparentar ser moderna.

—París es una ciudad melancólica.

—¿Sabes cuándo ves a alguien metido en una relación con una persona cuya belleza admira profundamente, con quien discute a menudo, le pone de un humor muy triste y, a pesar de todo, es incapaz de romper? Me refiero a cuando la gente está saliendo con una persona escandalosamente atractiva, con quien no pueden dejarlo por una simple cuestión de celos.

—Es un poco eso, sí. Nadie quiere dejar que otro ocupe su sitio en París.

Un día después, dando una paseo por librerías del Barrio Latino, la metáfora que había surgido con Thomas empezó a gotear la realidad de los periódicos : la esperada victoria de Macron no es exactamente una victoria para la mayoría de la ciudad, el júbilo republicano de haber conseguido frenar al fascismo una vez más oculta la agonía de ver cómo el país entero se va por el desagüe, y también se cimenta sobre el desencanto de haber votado a un candidato que no es más que una barricada contra las llamas. Él es un medio, no un fin.

El capitalismo, y sobre todo el capitalismo en París, es innegablemente bello —como lo son, por cierto, los votantes de Macron—: en París, ya lo sabemos, el capitalismo lo simboliza un anuncio de alta costura o de perfumería, por supuesto protagonizado por maniquíes heroicos, que son mitad personas y mitad dioses. Sin embargo, el capitalismo, y sobre todo el capitalismo en París, produce odio, inseguridades, tristeza, desencanto, malestar, peleas, desilusión y náusea. Está podrido. Esto significa que a pesar de todas las discusiones, de todos los gritos y llantos y de todas las muestras de desprecio mutuo, romper con el capitalismo da miedo; más aún cuando eso no implica convivir solo, o sola, sino compartir apartamento, uno de esos diminutos apartamentos parisinos de veinte o treinta metros, con una despreciable señora de extrema derecha que tiene la misma empatía que una hemorroide. Entonces, ¿qué? París, y Francia, y también —lo más importante— Europa despiertan hoy comprometidas con un candidato bello, la cara más bonita del capitalismo, y también la que te hace sentirte más triste, y a la que en lo más profundo de tu corazón detestas, pero no puedes abandonar. Todo el amor y la alegría que ves están siendo fingidos. Aparentamos alegría, pero estamos completamente solos. Solos.

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