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Por qué no me avergüenzo de encerrarme en casa en verano

¿Tenemos que cambiar nuestros hábitos de ocio en verano?

Llega un momento en que el verano se convierte en una carrera. Lo que deberían ser unas semanas de distensión se transforma en una competición por ver quién asiste a los mejores atardeceres, quién asiste a las mejores fiestas y quién se baña en aguas más cristalinas. La gente viaja, va a festivales, practica deportes nuevos y organiza cenas temáticas. Lo que sea menos aburrirse.

En verano nuestro pánico al tedio se multiplica. Y estamos dispuestos a cualquier cosa para derrotarlo. Nos derretimos paseando por capitales europeas, nos quemamos la piel en playas mediterráneas y nos dejamos estafar en algún lugar del sudeste de Asia. Lo que sea por una pizca de evasión. O, al menos, de ilusión de evasión.

Compra billetes. Sube montañas. Duerme al raso. Nada con delfines. Cómete el mundo. Hazlo YA.

A menudo mis amigos me acusan de odiar el verano. Pero no es el verano lo que aborrezco, sino el hecho de que se haya convertido en una vara de medir de nuestra capacidad para exprimir al máximo todas las opciones que tenemos al alcance. Compra billetes, sube montañas, duerme al raso, nada con delfines, navega en un barco, cómete el mundo… Y si no haces algo de esto, entonces eres poco menos que un paria social.

En invierno, una actualización de estado como “hoy mantita y peli” genera complicidad; en verano, despierta compasión. ¿Por qué las actividades que tanto celebramos durante los meses de frío se convierten en inaceptables cuando sube la temperatura? Es como si, durante tres meses al año, tuviésemos que cambiar nuestros hábitos de ocio por obligación.

No. No me gustan la playa ni las piscinas. No me gustan las barbacoas ni los picnics en el parque. No me gustan las ensaladas ni las bebidas granizadas. No me gustan las fiestas mayores ni los festivales de música. No me gustan las camisetas sin mangas ni los hombres con sandalias. Y no encuentro ningún motivo para avergonzarme de ello.

En invierno, una actualización de estado como 'mantita y peli' genera complicidad; en verano, despierta compasión

Cuando llega el verano soy feliz encerrándome con mis libros, mis series y mis discos. Es exactamente lo que hago en invierno pero cambiando la calefacción por el ventilador. Y cuando abro Instagram y veo cómo mis amigos compiten entre ellos para ver quién se ha montado el mejor plan de vacaciones no siento envidia, sino alivio.

Durante muchos años amé el verano. Concretamente, en el período que va de mi nacimiento al año en que mis padres me obligaron a trabajar en la heladería de mi barrio. De esos años echo de menos la sensación de libertad y todo lo que quedaba por explorar. Pero, sobre todo, lo que realmente echo de menos es saber saborear el aburrimiento.

Por mucho que sea verano, a mí me gustan las mismas cosas

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