Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez Odio Barcelona (parte 2)

Hace unas pocas semanas se ha publicado un libro que, bajo el ‘ostentóreo’ título –antes de que me tiren el diccionario de la RAE por la cabeza, informo de que ‘ostentóreo’ era como mal pronunciaba ‘ostentoso’ el difunto Jesús Gil– de “Odio Barcelona” (Melusina, 2008), parece ser que está haciendo mucho ruido por los sitios y creando una vaga polémica entre toda esa gente que se deja provocar a las primeras de cambio. Un libro que dibuja una Barcelona catasfrófica, apalancada, sucia, inhabitable, para pijos, bla bla bla, ya saben, lo de siempre, ese deporte tan nuestro de quejarse –algunos– y rajar –los menos–.

Sin entrar a valorar el contenido del libro, sobre el que me mantendréprudentemente neutral por no ser misión apropiada para un servidor, –al final de todo les explico el porqué–, y del que por ahora sólo recomiendo encarecidísimamente la aportación de Philipp Engel, un hombre del que admiro mucho su trabajo y, sobre todo, su persona, sólo diré que la Barcelona odiosa que refleja el libro en su conjunto es una Barcelona inexistente. De hecho, es mucho peor. Este criticar –resumo– la Barcelona de postal, la frivolidad y el elitismo para turistas acaudalados que parece emanar la ciudad condal, en perjuicio de una Barcelona más (ejem) auténtica, para la gente, más libre y tal, es equivocarse por completo sobre el estado de la cuestión. Ojalá Barcelona fuera realmente pija, elitista y más europea –europea por nórdica– que mediterránea, con lo que eso implicaría de orden, civismo, limpieza, educación y oferta. Se dice que Barcelona se vuelca en atraer turismo para hacer caja, pero con el tipo de gente que viene –guiris cerveceros, básicamente–, mejor que se quedaran en casa. Pero no, ese alto standing generalizado ni se huele. La realidad es infinitamente cutrérrima.

El problema de Barcelona es que da asco a muchos niveles, no sólo por lo sucia que está en según qué tramos, especialmente en el Gótico, mítico siempre por su olor a ‘pixum’ en Escudellers –o sea, los meados que dejan los forasteros, los borrachos y transeuntes varios como perro que marca su territorio sobre las vetustas piedas del medioevo–, sino por lo provinciana –aquí voy a decirla gorda, va– que resulta a casi todos los niveles. Con todos mis respetos para Cuenca, Barcelona está más cerca de Cuenca que de París, Londres o Berlín –por mucho que les pese a los culturetas–, y lo está porque nos han encolomado una ciudad de tercera con precios de primera. A mí, la verdad, no me importaría pagar lo mucho que se paga en Barcelona por todo si la ciudad lo mereciera, pero un lugar en el que te lo cierran todo en domingo, en la que el cine cuesta ya casi siete euros la peli –y son casi todas una mierda–, en la que el metro tiene unos horarios africanos y en la que cuesta dios y ayuda encontrar museos sin relleno, tiendas bien abastecidas de lo último y lo bueno de aquí y de allá, espacios públicos apañados y tal, pues qué quieren que les diga: no. Y por eso cabe criticar a la ciudad, porque presume de lo que no tiene o, si tiene, lo tiene poco o mal. gt;

Se está fustigando bastante también estos días la nueva película de Woody Allen, esa “Vicky Cristina Barcelona” a la que se le reprocha ser demasiado postal y representativa de una Barcelona ‘que no es real’. Dicen que no es real porque es demasiado idílica. ¡Joder, pues entonces la Barcelona real debe ser un infierno! Y ahí está la dislocación, allí donde algunos no encontramos el lugar mental: “Odio Barcelona”, el libro, reclama ese infierno en vez de demandar una ciudad de primer nivel internacional. En vez de reclamar una Olimpus mediterránea –para la cita a Olimpus, remito a “Appleseed”, el manga de Masamune Shirow–, se reclama una bohemia parisina del siglo XIX, con sus terracitas, su pausa, su laxitud, su falta de disciplina y orden, algo con lo que servidor no comulga. Para ir a peor mejor nos mudamos todos a otro lado (no diré donde, pero se lo pueden imaginar).

Aquí habrá quien me acuse de pijo, y yo les diré lo que siempre: que vengo de una familia en la que mis abuelos recogían la aceituna o llevaban a pastar cabras, en la que mi madre ha tenido que desincrustarle la roncha a los wáteres de enjoyadas señoras de Pedralbes para podernos pagar los estudios y un poco de ropa a sus dos hijos –uno, aunque le haya salido díscolo y respondón, es el menda; el otro ha salido bien para su tranquilidad y felicidad–, y que de pijo nada. Lo que sí tiene claro servidor es que se puede ser limpio, trabajador, responsable y honrado a la vez, y desear que las cosas vayan a mejor antes que querer que esto sea un establo, o un enorme bar con terraza de porreros y botelloneros, que es lo que es. De pequeño ya vi yonquis en el descampado de delante de casa picándose y andando por la acera como zombis. De pequeño ya vi también la lucha diaria por ganarse una vida digna en la periferia. Vi a gente sucia por necesidad y a gente que si no trabajaba era porque le habían echado de la SEAT, no porque se lo pudieran permitir. Eso es lo que bajo ninguna circunstancia muchos no queremos ver ni en pintura. La indolencia, el derroche del tiempo y el talento –signo inequívoco del pijo, aunque sea a un nivel moral– es una lacra con la que hay que convivir a diario por aquí.

Así que una Barcelona de ir tirando, de estraperlo, de holganza, de cocainómanos y de mugre, de subsistir a base de café y conexión ADSL, que es lo que se ve muy a menudo, como que no apetece. Insisto: ojalá fuera Barcelona una ciudad más exquisita, o si no, ojalá fuera más barata y no nos obligaran a pagar una cosa normalita a precio de loncha de jabugo. Se da la circunstancia de que escribo estas líneas desde Londres. No, nada de viaje de placer, malpensadas –un saludo afectuoso al lobby gay que, según nos informan desde la dirección de PlayGround, lee ávidamente mes tras mes esta caprichosa y, opino yo, execrable columna: estoy en un hotel cochambroso, mañana me espera un día de aburrido trabajo entrevistando a gente –no es picar piedra, pero eso no lo hace mejor– y encima de vez en cuando llueve. Es más: releo y corrijo el texto desde un McDonalds. ¿Cambiaría Barcelona por Londres? Evidentemente no: aquí las niñas son más feas, el tiempo es peor y las condiciones de vida son más duras. Y también es una ciudad más cara, pero ese encarecimiento se corresponde con un planteamiento de ciudad del primer mundo, así que si se quiere pagar la diferencia, al menos se recibe alguna satisfacción a cambio. También tiene Londres algo de lo que Barcelona carece: si se quiere vivir aquí, hay que trabajárselo y ganárselo, y la recompensa viene luego.

Ejemplo: son las ocho y cuarto de la tarde –hora local– del domingo 3 de octubre. Aunque sea por unas horas, aquí el domingo todo el mundo abre su tienda, y todo el mundo sigue en marcha. Sólo en ciudades primitivas como Barcelona –sé que exagero, pero lo hago para que pillen la idea– se concibe que casi todo se detenga durante un día, perjudicando de este modo a quien sólo disponde ese día –el domingo– para hacer lo que durante el resto de la semana quizá no ha podido hacer. Y no hablo de ir al H&M a comprarse un pijama, o ir a pillar unos DVDs a FNAC, sino de ir a un supermercado –en casa somos fans de Mercadona– para hacerse con víveres de guerrilla y así evitar Opencor, que es carísimo. Pero ya que ha salido a relucir vagamente otro tipo de consumo, tiremos por ahí: el nivel de las tiendas de discos, o de los grandes almacenes culturales en Barcelona –y por extensión toda España, que para esto Cataluña no es diferente ni mejor, ni mucho menos–, comparado con el de Londres o Berlín es patético. Ustedes dirán: ambos países son más ricos, las ciudades tienen más millones de habitantes, la industria de la cultura no está por los suelos como aquí por culpa de varios millones de ratas que tiran de bajárselo todo de internet, y es cierto. Entonces, ¿de qué sacamos pecho? ¿De sentirnos verdaderamente europeos? Va, hombre, va.

Mis vicios en esta vida, mis paraísos artificiales, aunque hoy hablemos de infiernos, son pocos: libros, música, películas, buen yantar en buena mesa, la compañía de ciertas personas de ambos sexos que han preferido mantenerse en el anonimato para no ver dañada su imagen –como los participantes del mítico programa “Confesiones”–, la familia, una gata de la que ya se ha hablado aquí alguna vez y poco más. Pero en los últimos tiempos he notado como cada vez más hay que recurrir a internet –es decir, a las compras por internet– para hacerse con lo que a) antes se editaba aquí o b) antes se distribuía aquí y que c) ya no aparece prácticamente por ningún lado, y si aparece es a precios de usurero. ¿Comprar discos en Barcelona? Llegan pocos y a destiempo, al menos los que servidor quiere (y los que no quiere también). ¿Películas? Comparemos una edición de The Criterion Collection, Artificial Eye o BFI con una de Filmax, y el que pueda que aguante la risa. ¿Libros? Las novedades todas, pero las nobles librerías de viejo se aguantan con pinzas.

Así, tenemos una Barcelona desabastecida en lo exquisito –si queremos cultura de batalla, haberla hayla–, una Barcelona apática, sucia y vivalavirgen en la que abundan demasiado estas niñas con el pelo rapado con mechón, pañuelo palestino y cinturón de pinchos y estos tíos malolientes con dos bolas de aluminio en la tocha, pelo rebozado de arcilla, barba de pelo de rata y perro escuálido detrás. Una Barcelona que va de alto standing pero que en muchos lugares es como Marina D’Or. Una Barcelona en la que la gente en los parques, en vez de hacer jogging o leer bajo un pino, se dedica a hacer malabares y a fumarse aquello que un buen día apareció, envuelto en plástico, del intestino grueso de una mula magrebí. Una Barcelona que no mola todo lo que dicen y que ya que me dan permiso aquí, voy y lo largo con rabia. Por supuesto, no todo es malo, porque si no ya nos habríamos ido muchos, pero aquí el deseo sigue siendo acertar todos los números de la Primitiva y emigrar a otra parte, preferiblemente a cierto grupo de cuatro islas que está en Asia.

Y esto es lo que, postmodernismos y postironías aparte, no dice “Odio Barcelona” tanto como debiera, ese libro en el que, se me olvidó decirlo antes, servidor ha escrito un texto –más un libelo que un ensayo, pues es una vomitona con saña en los zapatos de la laxitud moral del consistorio y del ir de guays y la vagancia/inconformismo intelectual de la ciudadanía–, que más o menos dice lo mismo que aquí, pero más en un estilo homenaje, entre Torres Villarroel y Sánchez Dragó, que son ambos los epígonos –con unos tres siglos de diferencia– de nuestra mejor prosa barroca. Y como dice más o menos lo mismo que aquí, si les ha gustado cómprenlo, que harán rico al editor –a mí no, por desgracia–, o no lo compren, eso como gusten, y si no les ha gustado pues con mayor motivo se comprenderá que prefieran Vds. leer a Proust, a Ballard, a Quevedo, a Virgilio, libros buenos y duraderos, que dan placer infinito. Y una vez dicho esto, un compromiso: el mes que viene, lo prometo por estas y por el niño Jesús, escribiremos por fin de música, que hace meses que me escaqueo y no es plan. Una selección de discos/sonidos 2008 que nos la ponen morcillona, por ejemplo. ¿Les parece? Venga.

PD: escribo cuatro líneas de regreso a casa. La sensación vuelve a ser de desazón, de vago hundimiento, no por tener que volver a las obligaciones diarias –el IBI, la compra, el banco, los redactores jefe– y la carestía en cuanto a bienes de ocio consumibles bien presentados y bien facturados, sino por la sensación de no estar en una ciudad de verdad. Por un lado, eso es bueno: Londres es un estrés, y Barcelona es un poco más relax, según dónde se meta uno –mi barrio está tranquilo casi todos los días del año–. Pero cuesta quitarse de encima la sensación de estar en un pueblo en vez de en una urbe del siglo XXI. Y es que el médico me ha diagnosticado una rara enfermedad llamada ruralitis que consiste en que suben mucho los niveles de mala leche si el paciente se encuentra en un entorno urbano por debajo de los seis millones de habitantes. Tranquilos, que no es mortal.

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