Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez¿La cosita está muy mala? Hace unas semanas Philip Sherburne –periodista, productor , DJ y, por encima de todo, amigo, aunque haga meses que no se le vea el pelo– la lió bastante parda en su columna mensual en Pitchfork haciéndose eco, y hasta cierto punto sumergiéndose en ella cual surfista principiante, de la ola de negativismo que parece estar inundando los círculos críticos de la música electrónica –y de la otra también. Venía a decir, y casi por extensión a afirmar, que por ahí fuera se decía que la cosa estaba muy mala. Que no sale apenas nada bueno, que no hay una corriente que arrastre el entusiasmo general como hace unos años lo tuvo el primer minimal alemán, el dubstep de los meses de madurez o cualquier género que nos distraiga un rato del mogollón (hoy sería el techno-dub, por ejemplo). Que ante la sobreabundancia de música y la multiplicación de los maxis y los mp3eses a lo milagro del Evangelio ya quedó atrás la etapa de excitación y bulimia y estamos, al fin, en la de la apatía y el vómito. Que ya no hay un rasero con el que medir lo que sale, y por tanto seleccionar y disfrutar sin tener que tragarse antes, con embudo y a la fuerza, un par de sacos de estiércol. Como ocurre esto, se infería, la gente empieza a pensar en una sombría hecatombe y se imagina el fin del mundo musical tras un ataque kamikaze de bostezos, y se pierde la fe en el poder regenerativo –propio y ajeno– de la música. Al menos de la de club y de la que se hace con máquinas.

Y tenía razón Philip en otra cosa, porque este pequeño fenómeno no es exclusivo ni de los líderes de opinión hipsters de Nueva York ni de los primeros clubbers quemadísimos del actual ritmo de fiesta babilónica que se gasta en Berlín: a cualquier foro al que vayas a leer para pasar el rato –tengo la teoría de que de los foros raramente se aprende, descontando algunos consejos que se pueden cazar por ahí, pero de eso igual hablamos otro día–, o con cualquier clubber con el que hables, e incluso interrogándote en tu interior de manera honesta –es algo que suele ocurrir cuando vas a una tienda con la idea de pillar buena mierda y sales con las manos en los bolsillos jurando en hebreo–, se percibe que el negativismo, como el milenarismo que pronosticó Fernando Arrabal todo taja, va a venir. Si no es que ya está aquí.

La pregunta que se extrae, pues, del pitote que montó Philip –pitote porque al cabo de días muchos colegas de profesión, bloggers y opinadores con criterio bastante apañado entraron a debatir la cuestión y, una vez más, la mayoría confirmaron que esa sombría negatividad existe o está al acecho, y que se requieren unos nervios de acero o tener las ideas muy claras para no sucumbir–, es si realmente hay para tanto y estamos atravesando una crisis en lo musical semejante a la económica que ya nos tiene cogidos por el testiculamen. Sobre lo segundo habría que dejarle los análisis al eminente Xavier Sala i Martin, que seguro que hace un diagnóstico brillante y lo relaciona con la subida del precio de los cereales, así que aquí nos ocuparemos en la medida de nuestras posibilidades de lo primero. La música se estanca. No sucede nada desde hace tiempo. Todo es volver una y otra vez sobre lo mismo. Ya no hay originalidad. Todo es fútil y vacío. Todo esto lo hemos oído alguna vez, y últimamente lo escuchamos con mayor frecuencia. ¿Hay para tanto?

Para empezar, tiremos de refranero: cuando el río suena, agua lleva. Y aunque hay que admitir que algunos refranes son discutibles –ahora se me ocurre aquel de ‘teta que mano no cubre no es teta, es ubre’–, en este caso el del río, el agua y el ruido viene bastante bien al caso. Admito que más de una vez he pensado en escupir sapos por la boca y poner a parirlo todo en general. Nadie parece inmune a esta tendencia, sobre todo si tienes un mal día –y ya que toda esta columna parece dominada por el espíritu invisible de Chiquito de la Calzada, rematemos como homenaje a los fans de verdad con un ‘una mala tarde la tiene cualquiera’–, y lo mínimo que esperas un mal día es que, a falta de nada mejor –huríes, un boleto del euromillón premiado, una cena en Shibui–, la música venga a salvártelo. Pero una de dos: o la originalidad es un valor a la baja o la experiencia, o las muchas horas previas escuchando, o la sobreabundancia de material, que mata cualquier sorpresa, nos ha atrofiado la capacidad de asombrarnos, o es que el mundo no está en sintonía con la música que se hace.

Por supuesto, el mundo sí está en sintonía. Si así no fuera, estaría todo el planeta viendo una y otra vez las repeticiones de las carreras de Michael Phelps en cualquier canal de deportes veinticuatro horas. Pero sí que es oportuno considerar que la manera en que se consume la música hoy –el medio es el mensaje, que se dice en teoría de la comunicación– afecta no sólo al papel que juega en nuestras vidas, sino tambiute;n a la satisfacción que sacamos de ella. Hace unos años –justo antes de la llegada de Napster– teníamos la sensación de estar viviendo un momento floreciente, y lo teníamos sin ningún dato objetivo que lo refrendara: ¿fue mejor año para la música 2007 o 1999? Qué más da. Pero en los tiempos de carestía, cuando los discos eran caros, no había muchas grabadoras de CD, el mp3 era ciencia-ficción y la capacidad para escuchar y absorber nuevas bandas era limitada, cada buen disco era un descubrimiento que se celebraba con matasuegras y confetti, y cada pequeña mutación abría la puerta a un nuevo horizonte de posibilidades. El mundo musical era limitado, pero tenía orden, y ese orden era paz y sabiduría cierta. Quizá la realidad global sería otra: muchas copias de copias, poca originalidad porque lo que nos parecía una revolución ya lo había inventado alguien, quizá década atrás. Pero a un nivel íntimo, de crecimiento individual, esos descubrimientos importaban, y dejaban cicatriz porque su sucesión y desarrollo era lento.

Hoy ocurre lo mismo, pero el factor fundamental es, dándole la razón al filósofo Paul Virilio, la velocidad. Ojo: no la abundancia. La abundancia antes existía si uno se la sabía buscar: horas de radio, mediatecas bien surtidas, amigos generosos, bolsillos abultados de billetes, que cada uno escoja su propia opción. Pero la facilidad con la que hoy se caza la música al vuelo –hoy he tenido acceso a un ADSL de 6 megas y me ha bajado una cosa de Deutsche Grammophon en cuatro minutos– lleva a la imposibilidad de absorver todo lo que nos pretendemos. Hoy esto suena una perogrullada, pero háganme caso, porque es crucial, y reflexionen bien: ¿cuántos discos hemos archivado habiendo escuchado a medias? ¿Cuántos discos creemos haber escuchado sin haberlos escuchado bien? ¿Cuánto bajamos por ‘no perder el tren’ y no deja de sumar ruido a nuestra alimentación informativa? ¿Es todo lo que se hace bueno? Y lo más importante: ¿es todo lo que se hace para nosotros?

Tengo ante mí en este momento una porción de la música que tengo pendiente por escuchar. Quizán sean unos trescientos CDs. En otra habitación tengo más, y además hay vinilos pendientes de repasar. Digamos que la cosa sube a un millar y medio, o como diría la abuela de una amiga mía, ‘cienes y cienes’, o como diría Carl Sagan (fan), ‘billions and billions’. Todo esto lo QUIERO escuchar porque me interesa, que para eso me he gastado los dineros o lo he cribado concienzudamente. Luego hay unas carpetas en el PC –el Mac es para ‘mac-ricas’– desde el que escribo que deben sumar unos 20 gigas, entre promos, basura que se va recolectando por ahí y, lo confieso, un poquillo de pirateo por el que aceptaré un par de latigazos si es de menester. Pero la realidad salta a la vista: no existe tiempo para escuchar todo esto. Nunca se absorberán las pilas, básicamente porque acaba entrando más y más material, y la vida tiene otras cosas, como en mi caso particular ahora mismo leer del tirón “En busca del tiempo perdido” y ver la segunda temporada de “Héroes” –admito que mi mente no la comprende ni mi madre–. Y aquí el que firma se dedica profesionalmente a esto de escribir sobre música, así que añadan unas cuantas horas más de escuchar, de redactar, de pensar.

Ahora pasemos al consumidor estandar, que también ve “Héroes”, trabaja de algo ocho horas y lee, pongamos por caso, “El código Da Vinci”. Podrías ser tú (perdón si lo de Dan Brown ofende). A este consumidor, cómo no, le intriga saber qué es eso de que se habla en los blogs, en los foros, en las revistas, porque le gusta la música, y ya que la tiene al alcance, por qué no aprovecharse de la oportunidad para no perder comba, disfrutar, aprender en definitiva. Pero, ¿a qué ritmo se consume esa música? ¿Qué poso deja? ¿La asimilamos? ¿La conectamos con su presente, con su pasado, imaginamos su futuro posible? Si dos discos, dos maxis, dos remixes, dos lo que sea, son parecidos, ¿cuál es mejor? ¿Qué nos puede sorprender cuando lo hemos escuchado todo en un tiempo récord que ni Johnny 5? Si la burbuja inmobiliaria existe, y si la burbuja festivalera existe, y si esas burbujas, como se ha visto este verano, han acabado estallando o a punto han estado, ¿existe la burbuja de tolerancia al consumo indiscriminado de música? La respuesta es sí, y los síntomas están a la vista: del hartazgo viene la apatía, y la ola de negativismo –aparte de un momento de bache creativo general, que no lo vamos a ocultar ahora– en parte viene de ahí.

Más que escuchar música, hay que saber aprender a elegirla. Hoy más que nunca es crucial. Y elegirla significa saber discriminar. Cuando el rango de elección es reducido, cualquier nueva entrada de material es bienvenida y poco a poco forma un puzzle personal: esto era en los noventa, y antes. Cuando a golpe de click se puede obtener TODO, cualquier nueva entrada de material es como el colesterol en las arterias o una gota más en un vaso de agua: tapona, o colma, en definitiva satura y crea un problema. Como nos han demostrado esas trastornadas a las que llamamos bulímicas, el mucho comer de golpe y sin orden lleva a la potada padre, y esa potada acaba siendo una putada. Me da en la nariz que hay que saber decidir hasta dónde llega uno, y aprender a discriminar áreas. No se trata ya de no estar al día con lo nuevo de El Canto del Loco, sino de decidir, cada uno en lo suyo, que hay que renunciar a Animal Collective, a Brad Mehldau, a Echospace, a Gnarls Barkley, a Clipse o a Mordant Music si cualquiera de estos nombres no es lo tuyo. Y no sólo hay que renunciar a escucharlo, sino incluso a conocerlo: el jefe me matará por decir esto, pero si te lees todo PlayGround y decides que lo quieres escuchar también todo, te estás cultivando una futura crisis de ansiedad de quilo. Tú verás. La música no es una competición de sabihondos engreídos –eso se lo dejamos a esos que tú y yo sabemos–. La música, y aun a riesgo de que esto suena a mierda de autoayuda al estilo de “El caballero de la armadura oxidada” de Robert Fisher (Ediciones Obelisco, 94; evítenlo), debe ser un camino hacia el conocimiento personal. O mejor dicho: debe ser una vía de placer y satisfacción sin mayor implicación que lo que eso mismo implica. Parece que hay quien escucha para competir por una vana cuestión de ego. Y al fin y al cabo, la jenny de turno escucha a Camela porque le gusta, tú escuchas a Fulanito por la misma razón –aunque a mí me parezca un tostón– y yo estoy reescuchando de nuevo el álbum de Lindstrøm porque me da la gana. Todo lo demás es paja –y aquí preferimos pajas–, y el ámbito más sesudo, más estudioso, ya juega a otro nivel.

Recapitulando, habíamos comenzado con el negativismo, con el pesimismo. Desde que tengo uso de razón, el pesimismo ha estado ahí: ‘no hay música como la de antes’, dicen los matusalenes. Y yo les digo: iros todos a la mierda con vuestro rollo carcamal. Ahora nos dicen lo mismo de otra manera. Y en parte el problema existe, pero la verdad sigue siendo tajante: por muy mal que parezca que esté la cosa, siguen y seguirán saliendo canciones que nos animarán el día, discos que escucharemos decenas de veces como un acto reflejo, porque más importante que la música es la necesidad de la música (perdón por la autoayuda de nuevo). Ante el pesimismo, porque en realidad hay razones para sonreír y casi ninguna para colgarse una piedra al cuello y tirarse al río, siempre hay que aplicar la receta que recomendó Paul Morley en su muy valiente libro “Words and Music”: poptimismo. Algún día, como hoy me he enrollado un cojón, les hablaré de él. Ya verán qué bien.

PD: Desde "Desenchantée" he sido fan a muerte de Kate Ryan y de todo el trance con rubia en particular. Y tras el merecido baño de popularidad universal que se ha pegado la mariconchi de Bruselas con "Ella elle l'a", no puedo más que congratularla/me por su éxito. Han sido muchos años batallando con hitazos eurotrance de caspa al viento y tirabuzón seborreico como "Only if I" –con ese interludio de soft breaks a lo Petter, no se me rían que las vamos a tener– y la versión choni de "Voyage voyage", y ahora por fin lo hemos conseguido, con empuje y casta, igual que la roja en la Eurocopa. Hasta a los gays les gusta a rabiar, que era el espaldarazo pendiente y entusiasta que necesitaba para su consagración como musa indiscutible del dance requetecomercial para juanis y pacos. Felicidades, Kate.

Javier Blánquez es periodista y crítico musical. Autor de "Loops: Una historia de la música electrónica" y coordinador del repaso a la historia del indie "Teen Spirit" (junto a Juan Manuel Freire), Blánquez lleva años dedicado a diseccionar el presente de la música hecha con máquinas en revistas como Go Mag o Rockdelux y a acercar la actualidad musical a un público más amplio en el diario El Mundo.

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