Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez Lo cósmico me pone

Decía Jimmy Giménez-Arnau –no mi gata, que sólo se llama Jimmy Giménez y a la que Vds. ya conocen y a la que pretendo convertir en más famosa que Soseki, el gato de Sánchez Dragó, sino ese ocurrente tertuliano y martillo de la jet set que asegura tener la vena del cuello como el rotulador de un bingo– que España le pone. Así tituló su último libro, un poco chapucero, pero entrañable en conjunto: “España me pone” (Planeta, 2007). A mí España me pone también, según me dé el día, pero sobre todo me pone Lindstrøm, porque puestos a elegir Vds. ya saben que hay prioridades. Más o menos tenía una idea aproximada de lo mucho que a un servidor le ponía Lindstrøm: una de sus largas evoluciones disco solía provocarme en la zona así como de la ingle, por ahí abajo –bajinal en mi caso, por ser varón; vaginal en otras en darse el caso opuesto–, una aparatosa erección, síntoma inequívoco de que el asunto estaba yendo viento en popa, que ahí había un activador de la líbido tirando a bestia. En realidad no se puede explicar con lógica: la música entra por el laberinto del oído, se activan los músculos del peritoneo y el taller se iza como la bandera de un ayuntamiento en fiesta mayor. No hay más secreto.

Pero ha sido escuchar “Where You Go I Go Too” (Smalltown Supersound, 2008), el inminente primer álbum de Hans-Peter Lindstrøm tras una riada de maxis excelsos y que se publica a principios de este agosto, y notar cómo la erección se ponía más venosa de lo normal, casi contraviniendo las leyes de la fisiología, pues nunca se había desplegado así de garrida. La miembra –me apunto al plan de normalización lingüística de la ministra, mayormente para joder– se ha convertido esta mañana, por arte de birlibirloque, en involuntaria aguja de imán para localizar el norte magnético en el que se despiertan las feromonas, las endorfinas y demás hormonas y neuroconductores del sistema nervioso. Ha sido escuchar el primer tema, veintiséis minutos de trotona odisea disco con más quiebros que un regate del hobbitt Messi, acribillada por sintetizadores que honran la influencia, y sin sonrojo ninguno que asome al carrillo, de gente con mostacho como Moroder y seres con flequillo como Jarre, y ponerse uno a flotar tieso como los actores de “The Uranus Experiment”, aquella película de Private.

Hay cosas que no se pueden ni evitar ni disimular. A mí lo cósmico es que me da un gustirrinín que no se puede aguantar, y que conste que estas palabras son meramente descriptivas de una situación particular, personal y quizá intransferible –no tengo la intención de convencerle a usía de nada si lo que prefiere es, digamos, Tom Waits; cada uno hace con su vida lo que le viene en gana y aquí paz y después gloria–, pero que a la vez obligan a reparar en un síntoma que considero –aquí pongo cara seria y trascendente de tipo que cabila y busca explicaciones– como mínimo obligado a señalar. Siguiendo la actualidad de los últimos años, y en particular en el nicho de la música de baile, que es del que uno en sus ratos de ocio prefiere ocuparse con mayor esmero, es una realidad que el hecho cósmico ha resurgido con fuerza. En esta década de revival, en la que con más o menos gracia se ha expoliado cual cámara del tesoro de Tutankhamon un legado ingente de música pretérita, y la de los ochenta la que más, por fin le ha llegado el turno a una nota al pie de página de la historia de la música electrónica que hasta ahora permanecía adormecida.

Quizá porque era tabú reivindicar ciertos nombres y sacar a relucir discografías como las de Tangerine Dream –que es interminable y con más paja que un establo, pero de la que se pueden rescatar golosos momentos para el análisis en presente y extraer valiosas lecciones–, lo que tenía que suceder tarde o temprano al final ha sido más tarde que temprano. Pero a productores como Lindstrøm hay que agradecerles que no se hayan dejado atenazar por el miedo y hayan sacado la bestia cósmica que llevaban dentro. ‘Cosmic’ es un adjetivo que cada vez se lee más en el comentario diario de novedades discográficas a bulto. Ciertas bandas afiliadas al crossover dance/rock, sean estas Cut Copy o Midnight Juggernauts, son cósmicas, y ellos lo dicen: los segundos incluso reivindican a los Pink Floyd de “Wish You Were Here”, que cualquiera que haya leído alguna vez el Rockdelux cagando –que es cuando mejor entra esa bendita revista– sabe que es como lo peor, porque está súper-mal-visto. Cósmicos son también Fuck Buttons, porque ya que Spiritualized no hacen space-rock, alguien tendrá que hacerlo. Y por supuesto, está todo el revival cosmic disco que comenzó exhumando antiguallas con la misma avidez con la que Heinrich Schlieman desenterró Troya –con Ferenc van der Sluijs, aka I-F, como avanzadilla en sus compras compulsivas de discos de desguace en Europa y Nueva York y posteriormente abriendo el altar online de la CBS, Cybernetic Broadcasting System, la emisora más galáctica, pro-italo y arqueológica de nuestros días, hoy desgraciadamente cerrada para siempre por falta de efectivo para mantenerla–; revival cosmic, decíamos, que ha continuado con una generación de músicos que, lejos de conformarse con pinchar lo antiguo, han construido de nuevo piezas que se inspiran, o replican, o palidecen, ante unos originales de finales de los setenta y los ochenta que antaño animaron las noches golfas del SoHo neoyorquino, de Rímini, Milán y el París de los postestructuralistas.

Hace años, hablando con un venerable anciano de la prensa musical, y al plantearle mi estupor ante la exagerada atención que se le estaba prestando al hippísimo revival del folk psicodélico en la mediasfera mundial y nacional –era cuando todos los blogs, webs y críticos de papel estaban pesadísimos con Devendra Banhart y muchos más cantantes agropecuarios que sonaban a la recogida del trigo–, zanjó el asunto con un argumento que en su visión del conjunto parecía categórico: ‘es que sobre esta música hay un interés real de descubrimiento, desentierro y documentación de las fuentes originales’. O sea, que el revival folk interesaba porque el estudio de sus raíces iba a la par; no era un rescate de trazos estilísticos caprichosos, sino una relación de causa-efecto con algo que ya entraría en el respetable campo de lo académico. A mí este argumento me parece muy bien: si hay gente que publica recopilaciones de viejo folk, de blues del año de la quica, de druidas y hippies colgados de las ramas de una secuoya, les añade trozos de algodón en el interior de las cajas de madera y escribe libretos sesudos argumentando lo verdadera e importante que fue aquella producción, pues adelante y que a quien le guste le aproveche, que de esto es de lo que se trata.

El problema está cuando resulta que llevamos ya tres años escuchando hablar del revival cosmic disco –revival, no caprichoso, sino también apoyado por una tarea esforzada y continuada de documentación, jerarquización y limpieza a fondo de mucha música olvidada grabada entre los años 1972 y 1984– y los que nos marearon con tipos llorones con barba que te citaban en sus entrevistas a Pentangle, a las recopilaciones de Harry Smith, al Springsteen de “Nebraska” y a Linda Perhacs, ahora no le hacen caso ni a Prins Thomas, ni al antes citado Lindstrøm, ni a que todos los DJs moderniquis hayan descubierto de golpe el “Love on A Real Train” de Tangerine Dream –a ver para cuándo el “Stratosfear”–, ni tienen en cuenta los discos tributo al sonido italo más cinemático que están editando en el sello Italians Do It Better, ni se van a bailar las sesiones de Morgan Geist o Ewan Pearson cuando se acercan a estas tierras, ni tantas otras opciones que se presentan para redactar completos artículos que conectan el ayer con el hoy.

La impresión que da es que, o bien se desconoce el tema –cosa más que posible, porque meterse en el berenjenal del italo, el cosmic disco canadiense, el primitivo Hi-Nrg (ese del que en cierto modo chupa como un bebé lactante el muy ensalzado Andrew Butler de Hercules & Love Affair), el sonido Múnich post-Moroder, las rarezas del synth-pop, los discos de orquestaciones cósmicas de Peter Thomas, los dos o tres momentos rescatables de la discografía completa de Jean-Michel Jarre y tantas otras zonas de arenas movedizas–, o bien se ha aplicado un sesgo injusto para con uno de los sonidos que definen la mecánica de la música hedonista de hoy. No entra en mis planes justificar un revival: tan perezoso e inimaginativo me resulta tirar de folk ácido como de música disco computerizada con gomosos bajos funk, vocoders de hojalata y ráfagas de rayos láser, aunque, claro está, lo primero me parece mal porque no me gusta lo hippy –a mí nunca en la vida me verán en chanclas– y lo segundo me parece bien porque sí. Pero sí resulta sospechoso que quienes aplican un sesgo rock a sus vidas –opción válida, aunque uno vaya por otro lado– no le den el justo valor de excitación estética a proezas como ese “Where You Go I Go Too” de Lindstrøm del que les hablaba hace mil líneas. Es como si fuera música de segunda, como si no mereciera más porque, ay –lo habrán escuchado en más de un corrillo–, ‘eso es cosa de modernos’. Pues miren, a mí lo cósmico me pone, Lindstrøm me la pone dura y algunos discos folk que tenía por casa se los acabé cambiando por los ensayos completos de Montaigne a Laura Fernández, joven e intrépida periodista de El Mundo que seguro que les dará mejor uso en sus horas de ocio. Cada uno a lo suyo, pero a lo cósmico me lo empiezan a tratar bien o tendremos problemas. ¿Estamos?

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