Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez Baja fidelidad chori

Ahora mismo no me hagan recordar con exactitud cuándo fue la primera vez en que un chori con siemens tuneado reggeatonizó el interior de un vagón de metro –con servidor dentro–, pero sería hace unos meses, volviendo del extrarradio o quizá yendo a él, o puede que sendos viajes en dos ocasiones consecutivas. En definitiva, que fue un shock harto profundo, no sólo por la molestia que supone que una persona enchufe el móvil, le dé al botón del emepetrés y con su altavoz raquítico nos ponga a los viajeros un feo hilo musical que, cual muzak chilikuatrero o de los cuarenta, según, nos obsequia con lo último de Conchita, el brother dominicano de turno o un viejo éxito de Camela, sino que sobre todo fue un shock, decía, por lo cutre de la conducta, pues aparentemente quiere ser un signo de distinción a mejor –lo que se podría definir, sociológicamente, llamada de atención de estatus de gang, o así– y no deja de ser un reflejo de esta tendencia hacia el consumo en precario de lo que ahí fuera se consigue gratis y a quintales. Me explico, no sin antes incidir en la costumbre chori de ir con música por los lugares con el móvil de última generación como único reproductor –de mierda, añadiría.

Desconozco a quién se le ocurrió primero la costumbre, pero es en sí misma absurda. A menos, claro, que la música en sí sea sólo una excusa para molestar –que lo es– y que lo que suene sea accesorio, sólo para recabar una atención que, en el caso de las jubiladas, suele ser con ojos inyectados en sangre y malos pensamientos. Ocurre que ciertos tipos humanos de las grandes urbes, y lo sabrán bien si viven en ellas y deben transportarse por ellas como el lumpen, o sea, como servidor, en vagones de metro y autobuses; estos tipos, digo, no saben ir por ahí si no es con el nokia a todo trapo. El especimen humano del que tratamos es imposible generalizarlo, pues hay desde latin kings a calés, desde el bakala musculitos –o mazas– a la choni que curra de cajera en el Condis de 2 de mayo con Sicilia, desde la niñata de catorce que va a comenzar el BUP –o como coño se le llame ahora al BUP– a su novio de dieciséis que le escribe en egipcio –tq mx mry– y que sólo piensa en calzársela en el coche de su primo el Cal-los, que ya tiene dieciocho y también se ha comprado una Rieju descargando butano por Almeda de Cornellá.

La música que suele escupir el tipo humano antes descrito –y no olvidemos el tanga asomando de entre los tejanos bajos, que suelen dejar estrías en las caderas, ni tampoco las perforaciones en los labios, para ellas y ellos, rematadas con bola blanca– va en consonancia con la especie concreta de chori, y la cosa está entre flamenquito guapo, reggaetón de carpa veraniega, lo uacute;ltimo de El Canto –que es un pedazo de grupo, oyes– y en este plan, como remataría el maestro Umbral.

La pregunta, creo, sólo puede ser ésta: ¿dónde está la gracia de escuchar música que suena como el culo y en un teléfono que a los cuatro días habrá que jubilar –hay que estar a la última, nen, que este nuevo tiene blutuz y se puede chatear– o te lo jubilará uno de la misma ralea de un tirón o en un descuido en el bar? Estamos entrando en un momento en el que el consumo cultural sólo se concibe si es en precario. A mí que me registren, pero la miniaturización y la gratuidad, en lugar de estimular el disfrute de todo aquello que a las masas pobres –o rácanas, que de todo hay– se les sirven en bandeja de download, está viniendo acompañado de una reproducción y goce de puta pena, lo que da a entender que para un alto grueso de la población la cultura ya no sólo ha perdido su valor económico, sino su valor absoluto: es gratis, mana como el agua en Noruega, sobra y sigue saliendo más, así que no hay motivo para obsesionarse, se malgasta y a otra cosa, que normalmente suele ser –dichosa juventud– enviar mensajes a los shows del corazón en la tele o escribirle en jeroglífico a la parienta, a la que ya le hablamos como los gays y le llamamos ‘chocho’.

Las pautas de consumo que se observan mirando por ahí han mutado, no a peor, si no a horror. Si así es como va a ser en el futuro, o sea, yo me quedo aquí y me anticuo voluntariamente, y si es de menester me momifico, me emboino y pido plaza, con paletilla de Guijuelo de regalo y dos sartenes, en el primer autocar del IMSERSO que pase por delante. El ejemplo del móvil, por mucho que tenga poco que ver con el disfrute de la música –tiene más que ver con un acto de distinción e inclusión de clan, como quien lleva ciertos tatuajes o se viste de gótico; el problema es que el clan al que pertenecen es al de la edad de pavo, que no se cura con reggaetón, sino con un par de hostias y un polvo bien pegado–, nos sirve para sacar a colación otros peores.

Hablando hace unas semanas con una persona metida hasta las cachas en el mundo de la televisión temática de pago –tan hasta las cachas que es director de canales, toma ya–, comentaba él que se había comenzado a apreciar mucho un cambio en una pauta de comportamiento, y que también tiene que ver con el móvil: un alto porcentaje de adolescentes, y el susodicho va en aumento, sudan bastante de los papás –que, todo el mundo lo sabe, son unos plastas– y de la televisión familiar, que es un muermo –no sé si se sigue diciendo rollazo en estos ambientes–, y se recluyen en su habitación para ver la tele a su gusto, normalmente en el móvil con conexión a internet, pues no hay caja tonta individual para todos. O sea, y en otras palabras, que por no aguantar a los padres –o a Anne Igartiburu, pero mejor no inferir tal nivel de inteligencia en la muchachada de hoy–, estos y estas prefieren ver la última peli de Bruce Willis, actorazo, en una pantalla del pulgadamen de un cromo. Vale que la entrada del cine ya está en seis lerus, pero oiga.

Ustedes hagan lo que quieran, pero uno, para ver una película o un documental o una serie de animación japonesa o incluso una porno en una pantalla de tres pulgadas, con definición esquelética y tal, mejor no ver nada. Que es un desperdicio, mire usted. Para eso, mejor salir a la calle a dar una vuelta y disfrutar del olor de las glicinas en la madrugada o de la conversación de los urbanos de turno de noche, que seguro que buscan marcheta y tienen anécdotas jugosas para compartir. Es un decir, pero me da que ya no disfrutamos de la cultura, y no porque no podamos –que ahora, con todo lo de la piratería, la racanería, el gratis total y los discos duros que van que vuelan con tanto intercambio, quien no tiene 50.000 discos en su casa para ir escuchando hasta que se muera, no tiene nada–, sino porque no nos da la maldita gana. Supongamos que ahora le llovieran a usted del cielo doscientos pares de zapatos. ¿Se los pondría todos? ¿Los enceraría con amor? ¿Los llevaría a remendar cuando se estropearan? ¿Les daría valor? La respuesta es no. Básicamente, acabaría harto de zapatos y no les daría el cuidado necesario, porque para qué. Juégome mil duros a que con la cultura audiovisual pasa lo mismo, generalizando. Nos da igual, y por eso la engullimos –ya no digo consumimos– y a otra cosa. Ya no la disfruta ni dios.

Si no hagan el ejemplo, y cuenten toda la gente que, con la debacle del CD y el auge del mp3 mal comprimido, ha tirado al cubo de la basura su vieja minicadena y ahora escucha la música a través del ordenador. Los más avisados quizá se hayan puesto unos altavoces con ampli que peta guapo, pero serán una minoría: ahora que todo quisque gasta portátil, lo suyo es escuchar música a través de los altavoces del trasto, que suenan como un demonio de mal, o si acaso con unos auriculares de orejilla, que tampoco es que sean la caraba. ¿Reproductores mp3? Como el iPod no suena nada, pero es que no todo el mundo tiene –o quiere tener– iPod. ¿Televisión? Nos conformamos con ver las series y las pelis bajadas de internet, con ripeos lamentables con más glitches que un disco antiguo de Alva Noto, con errores de traducción en los subtítulos, con más manchas de agua que los pantalones de un buzo, con más distorsiones que el mercado inmobiliario. Y así.

Pues bien, ustedes hagan lo que les rote. Escuchen música en el móvil con el traqueteo del vagón sobre las vías de fondo, pero con recordar que en los ochenta los negros de Nueva York llevaban unos ghettoblaster –aquí conocidos como loracos– que retumbaban por todo el Bronx, ya estamos certificando que las nuevas generaciones hacen el ridi. Vean sus pelis en el móvil, quémense las pestañas y pierdan todo el detalle, allá ustedes. Almacenen la música en un formato de compresión que se come los matices, vean las series traducidas por un patoso que no acabó al carrera de filología, coman siempre en McDonalds. Es gratis, o barato, pueden reinvertir el dinero en otras cosas, como irse a Berlín en Easyjet con las rodillas crujidas y soportando a la manada y durmiendo en pensión. Ampliarán sus otros horizontes culturales porque la cultura del día a día, la buena, es gratis y por tanto ya no vale nada.

Servidor, como está en contra de todo esto, hace tiempo que enderezó la senda del freak audiófilo y sólo escucha discos en original –en Technics si es vinilo, en una cadena Hi-Fi del copón si es CD–, ve filmes y DVDs sólo si es en pantalla no inferior a las 32 pulgadas con sonido surround, usa el móvil para hablar con la gente y en caso de querer hacer fotos o grabar vídeo –no se ha dado el caso, pero se lo pueden imaginar– nunca usaría un cacharro comprado en el Phone House. Hoy, más que nunca, uno se declara fundamentalista de la alta fidelidad, porque consumir importa, pero disfrutar lo que se consume importa más, y por suerte somos pocos, pero no estamos solos. Tengo un vecino, Carles P. Illa, al que llamaremos Pepunto; Pepunto, o sea, también lo es, y a muerte, e incluso afirma que escuchando a John Coltrane en plato y a buen volumen hasta le contagia el subidón a su perra Sisca, que aparte de una monada de bicho es audiófila para variar. Los animales sí que saben, y no nosotros, que somos los auténticos infraseres de la creación. Tanto cerebro para nada.

El problema, y aquí es donde me duele, es que servidor tiene una gata, bautizada como Jimmy Giménez en honor de uno de los más grandes satíricos de nuestro país, y aunque debería ser audiófila como todas las gatas, parece tener el gusto atrofiado, diría que por culpa de su anterior dueña, aficionada al folk malo. “Tú sigue intentando”, recomendaba Pepunto. “Estos bichos tienen el oído fino y aprecian la música. Prueba con las ‘Variaciones Goldberg’ de Bach o los cuartetos de Bártok”. Y oigan, que les puse las lentas y las rápidas de las variaciones, las tocadas por Glenn Gould, y nada, que ella prefería irse a perseguir moscas. La gata se me ha vuelto chori. Hoy me voy a comprar los cuartetos, a ver si la salvo.

Postdata del 4 de julio, día de la Independencia: para mi sorpresa, Jimmy Giménez se ha quedado en mis brazos la friolera de 7 minutos –su récord solía ser uno, uno y medio como máximo– escuchando la versión extendida de "Color my love", clasicazo de esa mozas llamadas Fun Fun. Se la ha tragado entera, hasta el último redoble final, momento en el que ha decidido saltar y volver a acariciar el suelo. Así que ni Bach ni Bartok ni bicho chori ni qué niño muerto: a la gata lo que le gusta es el italo. Sólo puedo decir una cosa: dios existe.

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