Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Ríase la gente

Ilustración de Maquinaria de la nube. En la anterior entrega de esta humilde serie de ‘Paraísos artificiales’ –y perdón por la autocita a lo Sánchez Dragó; que para quien no lo sepa es lo más cercano que hay en nuestra literatura al hip hop, siempre aprovechando el nuevo libro para promocionar los anteriores y realzar la marca; o sea, él–, servidor hizo una referencia a vuelapluma a (sic) “la eterna trampa del directo como ratificador de qué grupos son buenos y cuáles no”. La alusión se hubiera quedado probablemente ahí si no hubiera sido porque, muy amablemente, el estimado lector Regio –a quien hemos de considerar todos un dios por encima del mismísimo padre Osiris– exigió aclaraciones raudas y pertinentes sobre esa aseveración tan aparentemente peliaguda. Preguntaba Regio –traductor de la ONU en Nueva York y encima soltero– si acaso no era así; es decir, si no era tocar en directo, y hacerlo bien, la prueba absoluta de la valía de un grupo, o un solista, en este paisaje nuestro de la música popular. Ponía, en definitiva, el dedo en la llaga de la verdad de este tinglado. Cosa seria. Mi respuesta, tras mucho meditarlo, es que no, y he aquí un intento de argumentarla.

La inquisición del lector Regio –divinidad a la que apasiona el folk, cuanto más llorica mejor, así como el humor cafre y todo lo que apeste a freakazo– tiene toda su lógica dentro del marco de pensamiento rockista, un serio problema para la desatada comprensión de la música moderna. El rockismo, entre otras muchas características, se distingue por un anquilosamiento en valores éticos propios de la segunda mitad del siglo XX que no deberían regir –regio viene de regir, permítase el inciso un poco dragoniano, y perdón– en el momento presente de un mundo absolutamente transformado y encaminado hacia nuevos valores, nuevas estéticas y nuevas maneras de concebir el arte y el consumo. La tecnología lo tiene casi todo que ver con ello. No quiere esto decir que sea mejor o peor, pero el ser distinto le confiere nuevas reglas que hay que tomar en consideración. En el rockismo rigen dos ideas fundamentales: la narratividad y la autenticidad. Es, por una parte, una corriente de pensamiento aplicada a la música popular en la que se tiene una sospecha continuada de aquello que aparenta ser ‘artificioso’, ‘banal’, ‘insustancial’. Mientras lo segundo es postmoderno –la postmodernidad de finales del siglo XX, crítica con los valores absolutos, en continuo rechazo de la ‘gran obra’, preocupado por la eliminación de la barrera entre alta y baja cultura, exenta de la corrosiva ironía nihilista de la actual postmodernidad, que es mucho menos provechosa–, el rockismo se erige en baluarte de la modernidad: en un tomarse demasiado en serio, en negar la frivolidad, en creerse ese papel de poder transformar el mundo. Lo postmoderno sería Madonna, lo moderno Bob Dylan, para resumirlo en dos arquetipos. Dos maneras contrapuestas de afrontar el hecho creativo y el circo del entretenimiento, aunque ambas opciones lidian en la misma arena.

El tema de ‘tocar en directo’ es, en este contexto –y es una idea todavía vigente e inmutable para mucha gente–, una reafirmación de la autenticidad. El músico no sólo compone canciones y graba discos, sino que además es lo suficientemente hábil, profesional y valioso como para llevarlas a un escenario –escenario como escena y escenario como marco de actuación global, entiéndase– en el que demuestra que no es artificio, que es capaz de hacer en tiempo real lo que, pacientemente, ha sido capaz de llevar al surco de un vinilo en diferido. Quien no es capaz de hacer eso –una idea que flota en el subconsciente de más personas de las que creemos–, es un producto, es una creación in vitro, y por tanto no merece el mismo reconocimiento que quien sí puede. Se contrapone autenticidad a virtualidad, verdad a mentira. Esta es la idea que cabe refutar en adelante.

Lo primero que habría que plantearse es lo siguiente: ¿cuál es la auténtica naturaleza de la música, o mejor dicho, en qué modo existe la música de manera inmanente, inmutable, exacta a su auténtico propósito? ¿Es la música un arte de ejecución o un arte de creación? La pregunta tiene una parte de trampa porque, en efecto, dependería mucho de qué clase de música estemos tratando. Géneros como el jazz o el flamenco tienen un elevado componente de improvisación que se da en tiempo real, y que más adelante cuesta recrear en un estudio de grabación: a un gran músico de jazz, o a un cantaor, habría que grabarles continuamente, porque el verdadero acto creativo en su campo puede producirse en cualquier momento. La mayoría de la música de raíz, en su conjunto, pertenece a la tradición oral, y el intento de capturarla en formato grabado es arduo, raramente caza el verdadero momento creativo. Pero el rockista no se cuestiona si el auténtico Miles Davis o el mejor Camarón lo encontramos en los discos o en las actuaciones: lo que se cuestiona es si el directo del grupo X –que podría ser, por ejemplo, Bruce Springsteen & The E Street Band, esa gente tan auténtica– refuerza o rebaja la impresión previa que ha obtenido de su disco de estudio. De lo que se desprende que el directo no es más que un apéndice, un añadido a un comienzo dado por verdadero e inmutable, que es la preexistencia del material grabado.

Aquí está el busilis. Ni el rock ni el pop –ni muchos menos la música de baile– son músicas que nazcan de la oralidad ni tampoco de la improvisación. En ese sentido, están más cerca de la música clásica que del jazz: primero existe el compositor –y, por tanto, la obra, ya sea escrita en partitura o grabado en una unidad artificial de almacenamiento gracias a la tecnología; ahora al compositor fundamentalmente se le llama productor, pues se ayuda del estudio de grabación y no del papel–, y luego existe el intérprete o ejecutatante, que no parte de cero sino de unas pautas preestablecidas. Por eso, una vez más, cabe repetir la pregunta de hace dos párrafos: ¿cuál es la verdadera naturaleza del arte, y de este arte en concreto? En la música clásica hace ya décadas que se convino que el concierto era un acto social antes que un acto creativo. A la ejecución de una sinfonía se iba para dejarse ver, más que para escuchar. Tampoco había discos, así que el concierto –o la ejecución privada– era un mecanismo necesario para escuchar la música que, ya en el siglo XX, quedó obsoleto –el mecanismo, digo– con la llegada del LP. Evidentemente, queda un ligero margen de recreación original en manos del intérprete porque la partitura no dice todo lo que el ejecutante necesita saber –esto se hace aún más meridiano en la ópera, que por ser un arte eminentemente escénico se rige por otras leyes; la ópera, en efecto, es en tiempo real cuando debe suceder y no tiene mucho sentido escucharla en disco–, pero de haber podido Mozart grabar sus propios discos y dejar fijadas las versiones definitivas de sus obras, poco sentido en adelante habría tenido la interpretación pública de las mismas. Es por eso por lo que los grupos tributo –ya sean de ABBA, Pink Floyd, U2 o Leonardo Dantés– se observan como una más o menos amable tomadura de pelo. Son cartón piedra.

Plantearse la posibilidad de que es en directo cuando un grupo –como la colonia para hombres Brummel en las distancias cortas– se la juega es una idea absurda comparable a la de decir que el auténtico valor de un novelista no está en su libro recién salido de imprenta y al que le ha estado dedicando cinco pacientes años de su vida anclado a un escritorio, sino en lo bien o lo mal que lo lee en público, erecto ante un atril. ¿Y si el escritor es gangoso? ¿Y si es mudo? ¿Serviría eso para sentenciar que es mal novelista, sólo porque es incapaz de llevar correctactamente su obra al ‘directo’? En el caso de la poesía estaríamos en un escenario semejante al de la música clásica: existe el material original, el poema, que puede ser leído en voz alta, declamado, dramatizado, porque más allá de la letra impresa el poema también es ritmo, música, imágenes, y en ese proceso ser enriquecido –es decir, es otra forma de teatro–, pero en ningún caso la interpretación del poema jamás debe ser puesta por encima, ni utilizada como herramiento de desacreditación, del poema en sí. El poema, sencillamente, existe y es una pieza cerrada, perfecta, como lo es la partitura y la grabación si el artista así lo estima oportuno. ¿Le pediríamos a un pintor que pintara en tiempo real? ¿Es por ello Antonio López, por lento y meticuloso, menos valioso que Picasso, que pintaba como quien mea?

Tocar bien en directo, en el ámbito del pop, es un simple plus: se sabe cantar bien en tiempo real, o tañer la guitarra o los crótalos, pero ese añadido no resta méritos a la obra: forman parte de una esfera distinta, que es la del entretenimiento. Como bien supo la burguesía de finales del siglo XIX y principios del XX, la representación escénica, ya fuera ópera, teatro, música o variedades, no es más que espectáculo, circo para una minoría selecta o para un vulgo con ganas de pasarlo bien. La naturaleza del arte discurría por otros caminos –tanto da que hablemos de alta o baja cultura, distinción que por entonces estaba al orden del día y que hoy ha quedado borrada gracias a los medios de comunicación de masas–, y una cosa era la obra y otra muy distinta la interpretación de la misma. El problema de mucha gente es que le otorga al directo una importancia que en puridad no tiene: no quieren ver en él un simple entretenimiento –de ahí esas cariátides que se aplastan contra una pared con rostro serio– y casi lo leen como un juicio sumarísimo, en el que se dirime el prestigio de las personas que están ahí arriba ganándose el pan.

Lo de cariátides tampoco debe leerse como una ofensa: yo soy de esos que se refugian en las esquinas y lo ven todo de lejos y con gesto poco animado, pero en esencia por la tendencia de un servidor a aborrecer las reuniones multitudinarias, sumados a leves ataques de claustrofobia, y también porque tras muchos años de frecuentar conciertos, se ha llegado a la conclusión, basada en la experiencia, de que lo que te dé un buen disco –bien grabado, al volumen que uno desea, exento de conversaciones ajenas y libre del humo de esos fumadores empeñados en envenenarte sin tu permiso– nunca lo dará un concierto. Por supuesto, hay y habrá grandes conciertos –como diría el cultureta catalán de manual, ‘yo lo he vivido’–, pero ni los buenos ni los malos aumentarán o desmerecerán el prestigio de quienes, antaño, extrajeron ideas de su cabeza y las pusieron por escrito, es decir, las registraron en una cinta o un ordenador y, pacientemente, les dieron forma ordenada, lógica e inmutable –salva sea la parte del remix, que es otra obra en sí–. Paradójicamente, el rockismo observa el pop como producto, sin darse cuenta de que la idea de ‘producción’ lleva años siendo inherente a toda la música popular, y ahora mismo indistinguible. ¿Qué es el nuevo disco de Animal Collective, con el que todo el mundo parece salivar? Pura producción, una creación paciente en estudio. Si luego lo saben llevar al directo, bien por ellos. Si no, lo que permanecerá será la obra, no el paripé. Todos esos ‘coleccionistas de conciertos’, que con la crisis del CD se jactaban de preferir la experiencia colectiva a la obra final –los hemos leído en muchas revistas musicales del país, más de una vez–, de hecho, son eso, coleccionistas de paripés.

Todo este mamotreto, en conclusión, es una perogrullada. Pero como hay gente, como Regio, al que adoro, que siguen anclados en la edad de piedra, cabía decir algo al respecto. Y también porque, de no decirlo, habría reventado y eso no habría sido nada bueno para el sofá, que lo tengo al lado. Concluimos con lo que dijo el divino Góngora: “pase a media noche el mar / y arda en amorosa llama / Leandro por ver su dama; / que más yo quiero pasar / del golfo de mi lagar / la blanca o roja corriente / y ríase la gente”.

Ilustración de Maquinaria de la nube.

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