Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

2008, parte 2

Con la venia de Fray Luis, decíamos ayer…

11. Dubstep congelado. Tras el impacto meteórico que significó en 2007 el aterrizaje de “Untrue” en la tierra, el dubstep en 2008 se ha resentido necesariamente de la falta de Burial en el tablero de juego. Sí ha habido Burial fantasmalmente –la revelación de su cara y su identidad vía Myspace, así como la inocentada (la del 1 de abril) del sello !k7 anunciando un ‘DJ Kicks’ falso con el que picamos todos–, pero la evolución de su sonido la tendremos que comprobar a finales de 2009. Mientras tanto, el género iba probando fórmulas: sonido Croydon mutado en jazz –el buen LP de Benga en Tempa–, inmersión profunda en las aguas gélidas del techno-dub a la berlinesa –álbumes y maxis servidos por Martyn, Headhunter, Appleblim, 2562, Peverelist y un largo etcétera–, una defensa pretoriana de las fuentes del ragga y el dancehall triturado por la vía industrial –apoteósico “London zoo” de The Bug– y demás movimientos circulares. Pero el dubstep en sí, pese a la buena cosecha, amenaza con empantanarse si no reflexiona sobre sí mismo. Quien mejor lo ha hecho ha sido el binomio Dusk + Blackdown en “Margins music”: su opción pasa por un dubstep multiétnico, blanco, negro y paquistaní con referencias a Detroit, Bristol, Croydon y ese oriente medio que descubrió, y este año ha llevado hasta el punto de asfixia, el incuestionable Shackleton.

12. El funky como alternativa. La crítica mayor al dubstep, salvando el efecto Burial –que en 2008 sólo se ha atrevido a prolongarlo el novel Pangaea–, es su rudeza y frialdad, su cienticifismo que abunda, dicen, en carga aburrida. No diremos que no, hay una indudable parte de razón en ese ataque. Lo que habrá que ver es si la alternativa supera la dicotomía: de las cenizas del grime –un grime que este año ha vuelto a resurgir en las cloacas gracias a Trim, Trinchy Stryd er, P Money, Maniac o JME– nació el sonido funky, y ahora el funky se extiende en forma instrumental hacia el dubstep. El funky es, una vez más, la presión femenina abriendo las compuertas de la luz en el continuum rave londinense. En otras palabras: bases rotas y bajos rugosos con aroma a house y garage de New Jersey, comercialoide y ligerito. Mentes avanzadas como Kode9 o Geeneus, que ya estuvieron en el lado oscuro, apuestan por una transición hacia unos breaks más frívolos pensados para despertarle la hormona a la fémina del gueto. Geeneus, de hecho, ha inaugurado el género en formato álbum con “Volumes:One”. Y si el invento no cuaja –servidor no las tiene todas consigo–, no pasa nada: esta escena lleva lustros reinventándose y no será justo ahora cuando se pinche definitivamente la rueda.

13. ¿O es el wonky? Wonky es slang inglés para ‘averiado’, y como un sintetizador o una caja de ritmos también pueden descuajaringarse –a propósito, además– al techno posterior a Cristian Vogel se le puso ese adjetivo: ese ritmo roto como el de una locomotora a la que le deja de entrar leña, ese ir a golpes, esos cambios de intensidad y ese ñiec ñiec en las texturas, comenzó a popularizarse en el 4x4, y en la IDM de raíz analógica –en lo digital ya estaban los glitches–. Esa herencia destartalada, usada como recurso estético, es la que han adoptado ciertos francotiradores del dubstep entre 2007 y este año, creando una vía paralela de desarrollo de la electrónica más mental. Rustie, Hudson Mohawke, Zomby –menos en su álbum raver–, Ikonika, Darkstar y Quarta330 han ido por senderos entrecruzados, unos avanzando hacia el hip hop, otros hacia el bleep, algunos a la música de videojuegos y otros a la más exultante hecatombe de las máquinas en descomposición. Y además, sin agresión gratuita: esto no es exactamente el glitchcore del dubstep, sino su inteligencia artificial. Sólo desde esa perspectiva esteticista se comprende un disco tan texturalmente atrevido y rítmicamente fresco como el antológico “Los Angeles” de Flying Lotus.

14. IDM en la encrucijada. El motor de la electrónica ‘seria’ –usamos un prejuicio prestado del rockismo miopísimo para hacernos entender mejor– parece necesitar aceite para engrasarse y seguir rodando. Lo que se entiende genéricamente como IDM no ha tenido un año especialmente gallardo, y lo mejor –esto no se sabe si tomarlo como un florilegio o como una nota de preocupación– ha venido del sello Warp, ese sello que ahora publica medianías indies para poder seguir pagando los recibos de la luz. Clark y “Turning dragon”, husmeando los restos que dejó LFO tras “Sheath”; el geométrico y logarítmico –que no logarrítmico– “Quaristice” de Autechre… El resto de sellos que antes apoyaron la causa de una electrónica astillada y cubista se van por otros derroteros más actuales, ya sea el Detroit y el dub de refilón – Claro Intelecto y su “ Metanarrative”, incluso el resto de miembros de la familia Modern Love con MLZ y Andy Stott a la cabeza– o el dubstep requeterrarísimo –los álbumes chirriantes de Neil Landstrumm, Starkey e Ital Tek en Planet Mu– o variaciones del breakcore según francotiradores como Venetian Snares. De lo que se desprende que IDM ya no es ‘intelligent techno’ –bueno, hace tiempo ya de eso–, sino todo lo que es electrónico, experimental y rítmicamente convulso: el catálogo completo de la apreciación lo encontrarán en “Evangeline”, ese recopilatorio auspiciado por la guruesa de la cosa, Mary Anne Hobbs. Y si les parece excesivamente rudo, entonces siempre nos quedarán esas gloriosas melodías vertebradas sobre líneas ácidas de 303 que, rozando la perfección, siempre nos obsequia Kettel.

15. El ambient, ese gas. Ambientes, texturas flotantes: seguimos ahí, navegando en el éter. Cualquier repaso a lo mejor del año en las disciplinas menos terrenales de la cuestión musical deben reparar en ideas como vapores, drones y ruidos. De la calma a la tormenta, 2008 sigue dando caviar para las horas horizontales. “Nah und fern”, la caja retrospectiva del proyecto Gas de Wolfgaing Voigt –cuatro cedeses que son como las capas de la atmósfera terrestre, todo el fundamento del ambient-pop posterior a la década de los noventa–, es la medida exacta a partir de la cual se juzga todo lo demás. ¿Escena neoclásica? Peter Broderick, Helios, (y su spin off pianístico Goldmund), Richard Skelton y similares ponen el acento en las bandas sonoras imaginarias o el barroquismo yonqui. ¿Drones? Koen Holtkamp y The Fun Years han grabado dos de los discos más imaginativos del gremio. ¿Ambient con nuevas ideas? No se pase por alto el “Surfaces of a broken marching band” de Ezekiel Honig. ¿Loops fantasmagóricos? Nadie mejor que The Caretaker y su dislocante “Persistent repetition of phrases”. Cuando no hay bombos, ni hay guitarras, ni señores con voz grave que canta sobre el precio del cuarto de quilo de la pata de oveja en Oklahoma, suele brotar un misterioso gas intoxicante.

16. Un hombre y su piano. “Auricle bio on”, del pianista clásico Francesco Tristano, se ha visto en algunas listas, pero exclusivamente en las electrónicas. En las demás, lo de siempre: Vampire Weekend –los cito porque parece ser que a los poppies les molesta que alguien le quite hierro al asunto de estos pijos–, TV On The Radio y tal. Sin embargo, no existe un solo disco en esta década como “Auricle bio on”, y su poder no está sólo en su singularidad, sino en su audacia y su poder hipnótico. Estudioso de la música barroca y de la desintegración de la tonalidad en el siglo XX, Tristano entiende el piano como objeto de belleza y herramienta de nuevas texturas: grabó el teclear, preparó notas modificando la acústica, metió libros entre las cuerdas y pulsó para obtener texturas que el piano normal no da. Esas notas las metió en el ordenador y las modificó hasta dejarlas como motas de polvo techno. Las recolocó en un pentagrama digital –Logic, Ableton Live, así se llaman ahora– y jugó con la armonía para dar su versión del software bien temperado, según el libro de Basic Channel. Incluso llamó a Moritz Von Oswald para que le masterizara el disco, y le ha salido una joya que es como Glenn Gould, o John Cage, haciendo techno. No es de extrañar que Carl Craig haya fichado a Tristano para su banda. Este chico es un coco.

17. España despega (más). Francesco Tristano es luxemburgués, pero vive como un barcelonés más en Barcelona. Barcelona, en cierto modo, ha sido el epicentro del segundo despertar de la electrónica española en esta década. Si primero rugió Madrid en los albores del nuevo minimal con Alex Under y más tarde clavó su dentadura furiosa en la escuela techno europea con Damián Schwartz “Party lovers”, su disco de 2008, es el mejor de baile nacional del año– y Tadeo “Contacto”, su disco de 2009, promete ser lo propio de los próximos doce meses–, ahora le toca el turno a Cataluña. Marc Marzénit ha sido un vago un año más, para variar –lo que no le impide ser un chaval adorable con la cabeza artística muy bien amueblada, como demuestra el inminente recopilatorio de Paradigma Musik que se edita en pocas semanas–, pero le han tomado el relevo un puñado de jovencitos con talento y vista musical de alcance amplio. Dosem ha fichado por Sino, el sello de Technasia, y cada melodía suya es una erupción del espinazo; Henry Sáiz, madrileño aunque afincado en la ciudad condal estos últimos meses, ha fichado por Renaissance y se codea con Digweed, Cattáneo y otros señores del prog; bRUNA, naïf y miniaturesco, hace la electrónica más bonita del país. Y éstos sólo son la cabeza del misil. España está despegando en serio. Por cierto, aunque sea ambiental, la masterpiece del año la firma Balago ( “D’aquii”). A su lado, cualquier variedad de pop tonti, folk aburrido o de rock pseudo-vanguardista made in España parece una broma de mal gusto.

18. Excursión galáctica. Hay que hablar del factor cósmico. Ha habido tela que cortar a metros en la disciplina neo –y a veces revivalista sin vergüenza– de la música disco más galáctica. Hemos nadado entre edits de italo y disco neoyorquino – Pilooski y Serge Santiago exprimiendo la teta–, se ha actualizado la influencia italo más melódica gracias a Aeroplane, se ha surfeado en las crestas del cinturón de asteroides con Skatebard y otros noruegos lunáticos, se ha reposado plácidamente en horizontal en la marejada del sonido ‘balearic’ –de Quiet Village a los lanzamientos del sello Permanent Vacation o del irlandés John Daly–, y el vigor, la melodía y el encanto de lo cósmico, gracias a dios, comienza a devorar los restos del minimal. Vejestorios –o viejales, momios o carcamales: hay muchos vocablos para referirse a lo viejuno, muchachada– como Tangerine Dream, Klaus Schulze o Jean-Michel Jarre vuelven a estar de moda, aunque sea efímeramente, y nos parece muy bien. La escena es tan amplia, tan fuerte, que resumirla en pocas líneas es imposible, así que el recurso más socorrido es coronar a Lindstrom como el rey gracias a su epopeya titulada “Where you go I go too”. Sus tres movimientos son la Iliada, la Odisea y la Eneida del revival cósmico. Perdérselo debería estar castigado con cárcel.

19. El consenso tramposo. A estas alturas del partido, ya se han publicado innúmeras listas de lo mejor del año –todas distintas, lo que obliga a ratificarse en su absoluta inutilidad, máxime cuando ya no son los ‘expertos’ (concedámosles, o concedámosnos, el beneficio de la duda), sino foreros y particulares de todo tipo los que se atreven a confundir, creyendo pontificar–, y ese título por el que servidor apostaba como ‘opción de consenso’, finalmente, es el que se ha llevado el gato al agua en la mayoría de las plazas. “Third” de Portishead, faltaría más. ¿Significa esto que uno, aquí, es un oráculo que ni Octavio Acebes? No: significa que el número 1 del año para la masa, por lo general, es obvio, como si se estuviera componiendo una receta entre las probetas del laboratorio. Primero, una voz: nuestros oídos son débiles, necesitan gargantas que les mantengan en contacto con lo humano, aún siendo la música la más abstractas de las artes. Segundo, un equilibrio entre clasicismo y experimentación, para no pecar de carcas ni pasarse de atrevidos. Aura intocable, un pasado esplendoroso o un bagaje sólido, un buen directo –la eterna trampa del directo como ratificador de qué grupos son buenos y cuáles no–. Así, la voz trémula de Beth Gibbons, las referencias al doom metal pasadas por el krautrock y el folk, la luz del pretérito trip hop, las declaraciones firmes de Geoff Barrow en contra de sus fans pijos y frívolos –se puede escribir también en femenino–, la sorpresa del retorno inesperadamente solvente… Ergo “Third” disco de año, por goleada. ¿Un buen disco? Por supuesto, incluso grandísimo. Lo recordaremos muchos años. Pero no el mejor, porque no abre pistas, sino que cierra líneas de influencia. Y nadie parece haber reparado que por un “We carry on”, un “Machine gun” y un “The rip”, “Third” almacena también bastante relleno. Se nos ha ido la mano con los superlativos.

20. El fin de la utopía. Por supuesto, pueden discrepar. Cada uno se teje su mundo musical a partir de preferencias y casualidades: lo que se nos cruza en el pasado, incluso en la misma infancia, puede determinar toda una vida de oyente. En la mía no se cruzó el rock –y en caso de cruzarse nunca prendió ninguna mecha–, pero en su lugar hicieron acto de presencia el flamenco y la música clásica. Por eso, la higiene escasa de Fleet Foxes por aquí no la van a oler. Pero en cambio, a uno le ha dejado chafado el “Fordlândia” de Jóhann Jóhannsson: tras varios años en los que la electrónica teñida de ambient ha ido a vueltas con la música clásica –fundamentalmente impresionista–, se empezaba a echar en falta un puñetazo en la mesa a lo Josep Cuní, un prou! inapelable que indicara que teníamos una obra, no sólo mayor –ya las ha habido–, sino superior a todas y por encima de otros géneros, cima de una manera especial de entender la experiencia musical. “Fordlândia”, no nos engañemos, tiene mucho de Portishead: aura prestigiosa, trasfondo serio, lo raro y lo acostumbrado en perfecto equilibrio, referencias densas como Gorécki. Incluso la voz en forma de coros a lo Arvo Pärt. Pero se escapa del tiempo –por su textura onírica, o pesadillesca, según–, se hace incomparable en el espacio e inunda de reflexión el subconsciente. El islandés –siempre Islandia: Sigur Rós y Onafur Árnalds, este año, también se han lucido– afronta temas como el de los gloriosos fracasos y las utopías imposibles, incrusta cuerdas aplastantes en la medida justa y destruye las defensas emocionales con diminuendos, glissandos y pequeños toques electrónicos tan sencillos en apariencia que acaban creando un estado de ánimo atenazado. Como ya ha quedado escrito en otros sitios: si 2008 es el año de la crisis económica y la zozobra, la incertidumbre general, y a la vez la de la utópica esperanza –Obama, dicen–, el único disco por ahora que puede resumir todo eso es “Fordlândia”, mezcla de terror y esperanza. Si tienen cualquier otro, díganlo, que me gustaría catarlo.

Para que luego digan que no se hace nada bueno. Y eso que 2008 ha sido un año de transición.

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