Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Mis paraísos artificiales Javier Blánquez 2008, parte 1

Al concluir la columna del mes pasado, la de “Las listas de los cojones” –y se pide aquí perdón por el exabrupto, anterior en el tiempo al más desafortunado de Pedro Castro, todo ha de decirse–, una promesa quedó en el aire: el texto próximo versaría sobre mis diez discos del año, yo les daría la brasa con ellos y se intentaría, a partir de esa lista, ponerle un poco de orden y explicación discursiva a lo que ha sido este 2008 desde el muy subjetivo punto de vista del que firma un poco más arriba. No andaremos en más prolegómenos, pero algo sí hay que decir antes de empezar: no serán diez discos, sino veinte ideas. 2008 ha sido un año lo suficientemente rico en movimiento como para no acotarlo en una cantidad fija –e insuficiente– de fogonazos musicales circunscritos, para más inri, en el área que a servidor le interesa, que es el de la música –más o menos– electrónica, y que bastante faena ya da por sí sola. Han sucedido cosas, algunas han madurado, otras se están pudriendo, las hay que comienzan a germinar. Una lista no explica eso. Intentemos que lo que viene a continuación, de algún modo, sí pueda hacerlo.

1. África. Sería interesante saber cuántos grupos indies que citan África –así, a lo bestia– como influencia de verdad se comprometen con la música africana. Cuántos son los que, atraídos por una nueva pasión, y no una moda cosmética, han ido más allá de Fela Kuti, Youssou N’Dour o las recopilaciones del sello Strut o las retrospectivas del funk etíope. Se nos habla de ‘la creciente influencia de la música africana en el indie’, pero sólo hay turismo de ONG: la atracción de lo exótico, pero luego siempre de vuelta al club más cool de Brooklyn o Londres para hacer el pop de siempre con maquillaje. Otra cara de la colonización cultural –entiéndase colonización como expolio, sin apenas retribución– que tuvo el año pasado como precedente el “Kala” de M.I.A., un disco que trituraba el tercer mundo en beneficio del pop y no al revés (como “Arular”). Y, sin embargo, África es un concepto crucial de 2008, pero en sentido contrario: el continente negro está afectando de verdad a la música popular occidental cuando se permite el libre comercio, cuando se deja que las nuevas generaciones –las que disponen de tecnología– acudan con su música a dejar en evidencia la artrosis de Europa. Lo de Vampire Weekend es como el que se va de safari a Kenya y vuelve con una cornamenta para la chimenea. Lo de DJ Mujava –el maxi “Township funk”–, Buraka Som Sistema –el álbum “Black Diamond”– o la labor de misionero de Maga Bo “Archipielagoes”–, en cambio, es el comienzo de un más fructífero intercambio cultural que debe ir a más.

2. Otras nostalgias. La maquinaria del revival no se detiene, y cada vez es mayor la sensación de dejà vu que la de grata sorpresa. Casi todo suena a algo, o es una vuelta de tuerca de algo más. Esta música africana que mencionamos en las últimas líneas del párrafo anterior, aunque mediada por la tecnología, suena nueva. Otras, en cambio, depositan todas sus esperanzas de frescura en aludir casi con purismo extremo a una fuente muy concreta. Hercules & Love Affair, por ejemplo: house de Chicago, hi-NRG y disco gay cruzado con electro que remite a esa bisagra de 1984-1985 en la que moría una manera de entender la música de baile y nacía otra. Andrew Butler ha sido hábil, y su debut sale beneficiado no sólo de sus hits –evidente “Blind”, con Antony–, sino también del clima general del disco, certera estampa costumbrista de un momento en el tiempo que nadie había sido capaz de recordar con tanta precisión y tanto derroche de conocimiento. Es lo mismo que se puede decir de otros grandes álbumes del 2008 bailable: Zomby y el old school hardcore ( “Where were U in ’92?”, en Werk), Osborne y el old school house rociado de acid ( “Osborne”, en Spectral Sound), y Kelley Polar y la música disco avantgarde, orquestada, con Arthur Russell en la memoria ( “I need you to hold on while the sky is falling”, en Environ). Por cierto, qué gran documental ha publicado Plexifilm a propósito de Russell.

3. House adulto. Hablando de house: lo que pocos años atrás alertaron los maxis de Omar-S, las reediciones de Kenny Dixon Jr., la reactivación de Theo Parrish, el renacer del soulful Detroit en las manos de Patrice Scott y su sello Sistrum y otros brotes del house adulto, relajado, de armonías prestadas del jazz, este año se ha consolidado como otro frente de ataque dispuesto a desterrar por un tiempo el minimal facilón, o formulaico, de las maletas de los DJs perezosos. No lo va a conseguir por sí solo, pero este 2008 el nuevo deep house ha adoptado el papel que le tocó al techno-dub en 2007: aunque fuera desde la memoria de tiempos pasados y mejores, avisar de que la música de baile no debe caer nunca en el vacío, en la tontería, en los discos hechos –como churros– en un par de horas y que sólo se recuerdan durante dos minutos. Que es necesario un anclaje en la dimensión espiritual de la música de baile, con un misterio más allá del hedonismo. El año pasado los protagonistas de esa memoria profunda de la electrónica adulta y sin prisas fueron Echospace, punta de lanza de la renovación de las fuentes de Basic Channel. Este año, desde el house pulcro, la tarea ha reposado sobre los hombros de Theo Parrish. Quien no haya escuchado “Sound sculptures vol. 1” (Sound Signature) que lo haga y se convenza.

4. El minimal se va a acabar. La gran pregunta: ¿hasta cuándo va a durar el minimal? Minimal entendido como ‘eso’ que suena a Anja Schneider, a Richie Hawtin y colegas, a referencias aburridísimas del sello Trapez y el hit playero de turno de algún imitador de Villalobos –en 2008 hemos acabado hasta la coronilla de acordeones, trompetas, samples balcánicos y demás purria crustie–. La respuesta es que, si se hiciera bien, no tendría por qué acabarse, y Matias Aguayo no tendría que haber grabado su anti-himno, “Minimal”, ese que dice en el estribillo ‘basta ya de minimal’: ahí tenemos, por ejemplo, un disco hipercomplejo, laberíntico, trabajado con paciencia y gran epígono de la era del microhouse entendido a la manera del “Rest” de Isolée como es el “Why can’t we be like us” ( Hello?Repeat) de Bruno Pronsato. El problema es que en una industria en crisis, sobrepoblada de productores que compiten en la jungla de Beatport, con el vinilo a punto de derritirse bajo el poder de los rayos del mp3, nadie tiene tiempo para hacer una obra mayor, y sólo salen temillas inanes copiados el uno del otro. Ir a las cubetas de novedades, escuchar el nuevo Mobilee y demás, un bostezo. Así, se explica que el público busque desesperadamente techno y house con cierta alma, con cierta chicha o, lo que es más importante, con espíritu lúdico, que haga saltar, sonreír, levantar el puño otra vez. Por eso, el “Random album title” de deadmau5 ( Ministry of Sound), depuración del electrohouse vía trance –trance más a la manera de James Holden que de Tiësto, pese a su carga comercial–, se ha convertido en un joven clásico.

5. Tal vez soñar. El techno no tiene por qué admitir la melodía en su lenguaje –cuando lo hace bien brota la magia, así que no hay que posicionarse en contra–, pero sí debe cuidarla el pop electrónico. Lo que puede parecer una perogrullada no lo es tal: ha habido pop-dance de última hornada bastante del montón, descuidado en la producción y sin pasión en las canciones: bisutería en un círculo en el que sólo perdurarán las grandes joyas. Hay híbridos pop-rock/electrónica en el censo del año que son como el anillo de falso oro que te vende la gitana en el mercadillo y que, a la que lo mojas, se vuelve verde. Late of the Pier, por ejemplo, o la estridente Ladyhawke. Pero luego está el oro de ley, o los diamantes, que son para siempre, según el anuncio: “In ghost colours” ( Modular), de Cut Copy, o “Saturdays = Youth” (Emi) de M83: arrebatadores, eufóricos y memorables. El primero es un disco de pop perfecto: cada canción, un himno, aunque persiga una puesta de sol baleárica en Saturno. El segundo es un disco de pop eterno, porque versa sobre esos pocos días en los que, disfrutando de la flor de la juventud, uno se cree invencible, inmortal.

6. Sin estrés. Sobre el new rave, qué decir: este año el festival Sónar tuvo que buscar el eufemismo –‘bastardismo’ fue la palabra clave para juntar en lo mismo a Yelle y Boys Noize–, y cada vez menos se creen el artificio. A los rockeros, impulsores de la cosa, ya les aburre –sabíamos que durarían poco, que su paciencia de mostacho fashion no daba para más–; a los que de siempre les ha interesado la música de baile, ésos no picaron el anzuelo. Ahora, sellos como Kitsuné, Ed Banger y tal están agotando sus últimos días de gloria y sólo sobrevivirán, con suerte, Justice, por ser los primeros en haber pegado. Aunque sólo sea gracias al violentísimo y desasosegante vídeo de “Stress”. Siempre asustará más la bainleu en hoodie que un new raver vestido de cuero y tachuelas.

7. Art rave. Uno de los temas más burros de 2008 es “Plastic star”, de Byetone. Se puede localizar en su maxi correspondiente o en el pórtico del tremendo “Death of a typographer”, el álbum con el que Olaf Bender –socio de Carsten Nicolai en Raster-Noton– le ha dado lustre a su alias. Esto sí es rave: “Plastic star” lleva el techno ultra-digital que nos habían dado Sleeparchive o Troy Pierce a un extremo de desboque, de afilamiento, que daña el cerebro y astillas los pies. Con un patrón electro, un diseño de sonido frío, un bombo rugoso y un subidón de esos de trepar por la pared y arañar el yeso del techo, Byetone ha demostrado dos cosas: primera, que la música experimental no tiene por qué temer a la de baile y viceversa, porque cuando se fusionan los dos extremos se arma la marimorena; segunda, que el productor más seco, clínico y nerd del mundo puede descubrir por sí solo el lado agresivo del techno. No tiene que venir ningún extraño a abrir las vías: el techno sabe salvarse solo.

8. El caso de Shed. Por ejemplo, examinemos el caso de Shed: alemán, medio autista, sumido en el silencio y la voluntad de permanecer anónimo. Tiene un nombre real, cómo no, pero el dueño del sello Subsolo no estima oportuno hacerlo circular. Como Burial, se refugia en el misterio, aunque de él sí se conoce la cara. Y lleva años dando forma a un techno que recuerda a muchas etapas, pero que acaba siendo el suyo: de ritmos anárquicos, como el de Underground Resistance, pero bañado en la calma del Carl Craig cósmico. Tan seco como el minimal de Mika Vainio, pero a la vez onírico. Robusto y funcional para un club, pero también con la liquidez del dub. “Shedding the past” ( Ostgut Ton) es una forma de decir que el techno que otros quisieron matar goza de muy buena salud, y si no que se lo pregunten a otros alemanes en la misma guerra: Marcel Dettmann, Arctic Hospital, Ben Klock… Mandíbulas cuadradas, brazos con suficiente acero para construir los barcos, amor por el género y, sobre todo, respeto.

9. El caso Detroit. Este año, la palabra Detroit ha comenzado a notar la erosión de su significado. Hay demasiado artista que ‘suena a’ Detroit, y no es suficiente con meter una línea ambiental en medio de un tema techno de tempo suave. Una vez más, eso es cosmética que puede ayudar a realzar una belleza existente o disimular una fealdad monstruosa. El sonido neo-Detroit se ha multiplicado, y no todo el monte es orégano: por un lado tenemos a Redshape, un eficiente constructor de maxis revivalistas con el sonido de hoy –un Shed for the masses, más o menos–, pero por otro hay mucho productor que copia las formas y no investiga el interior del espíritu. Lo mejor del continuado revival/reivindicación del sonido Detroit clásico es que ha servido para hacer gran justicia a un titán: “Sessions” ( ¡k7), antología de temas y remixes de Carl Craig, es uno de los recopilatorios más necesarios del año. Todo lo que ahí suena es oro. Y lo que suena en “The chronicles” ( Rush Hour), antología de Kenny Larkin, es plata.

10. Paisaje tras la derrota. Siempre complace comprobar que, además de peseteros, drogadictos, estafadores y mediocres, la música contemporánea da espacio a los creadores sinceros, transparentes en su proceso creativo, perdidos en su mundo y ajenos al exterior. Dentro de esta caprichosa clasificación, cobran especial preeminencia los derrotados. Muchos discos de este 2008 son radiografías de la soledad, el dolor y la amargura, y no necesariamente tienen que venir firmados por un cantautor telúrico de barba espesa y ropas sucias. Fijémonos en Fennesz: su “Black sea” está teñido de gris ceniza, es el manifiesto estético de quien pasea al borde del mar entre fuerte viento en un amanecer de lluvia, es una radiografía del aislamiento, el abandono y el presente congelado, sin posibilidad de un futuro cierto. Un disco que rodea. No es folk, pero lo es. Más, al menos, que el folk que nos venden como tal. Otro que abunda en el fracaso: 808s & Heartbreak”, el disco que ahora no entiendes y que te gustará dentro de un tiempo. No pasa nada: te ocurrió lo mismo con el “Discovery” de Daft Punk. Lo nuevo de Kanye West no es sólo el diario de quien lo tuvo todo y lo ha perdido todo a su vez, incapaz de recuperar una vida normal en la cima del mundo, sino un insólito trabajo de electrónica naïf puesto al servicio de un pop melodramático que, como diría Alejandro Sanz, deja el alma al aire. Kanye West ha asumido un riesgo máximo: presentarse frágil, vulnerable, humano, en un mundo como el del hip hop que no perdona a los perdedores –en el otro extremo, también triunfante, verbenero y divertidísimo, está el “Tha Carter III” de Lil’ Wayne. Nadie firma discos de divorcio ni cuenta sus problemas de muerte, desasosiego y abandono, a menos que seas Slug (Atmosphere). Kanye West no sólo lo ha hecho, sino que lo ha hecho como nadie –literalmente: no existe otro disco como el suyo en el mercado–. Misteriosamente, “808s & heartbreak” acaba enganchando, tiene ángel y tiene imán. La magia de la música.

El mes que viene, seguimos. Esto no se ha acabado. 2008 ha dado para mucho más.

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