Columnas

Mis paraísos artificiales

Javier Blánquez

Riñón Las listas de los cojonesSiempre que llegan estas fechas, una amenaza se cierne sobre quienes –mal o bien, mucho o poco, tanto da; no hay ni distinciones ni discriminaciones en eso– escribimos de música, esa comodidad gratuita y abundante que la gente se baja de internet. No es un ERE de esos que hoy tanto se estilan, ni la subida del precio de la lata de atún, sino algo también bastante incordiante: las listas de lo mejor del año. Hoy ha llegado el primer email de petición de esas listas estúpidas. Son todos iguales, así que cito de éste: “20 discos, 20 vídeos, 20 canciones…”. Veinte: como si la música de un año se pudiera limitar a tan redondo número y ya la hubiéramos organizado para que la masa –no la llamaremos rebaño, dios nos libre– se deje guiar por ella hacia los tranquilos pastos de la verdad, allí donde se ha desterrado la mala hierba, que son los discos malos o irrelevantes, y sólo crece lo que de-verdad-vale-la-pena. Eso son las listas: el intento prometéico de ponerle orden al caos desafiando, no la ley de los dioses, que esa ya nos la saltamos cada día, sino una aún más difícil de doblegar: la segunda de la termodinámica, la que condensa la idea de entropía.

A mí, aunque finalmente las hago porque si no te miran mal –van ya muchos años poniendo un poquito el ojaldre, por lo que pueda pasar–, esto de las listas me parece una pérdida de tiempo. No diré una estupidez otra vez porque su propósito final es bastante elogiable máxime cuando es de naturaleza humanista y persecutoria del bien común, ese tan del siglo XVIII y tan de Montesquieu de despejar el camino para que por él transite hacia la luz de la sabiduría el pueblo llano, pero al fin y al cabo no consiguen su propósito porque, como bien saben ustedes, ocurrirá que las ranas críen pelo antes que el personal se ponga de acuerdo en todo. El consenso es una utopía que sólo se hace real cuando muchos se bajan un poco el calzón y ceden y unos cuantos otros se callan la boca, pero las listas del año de entendimiento pacífico no tienen nada: son el reflejo de un cierto consenso entre un grupo de personas que votan en ellas y en las que todos los electores pierden su singularidad –al menos en las revistas especializadas de la cosa, aunque yo no estaría tan seguro de la no existencia de los pucherazos, que algo me han contado–, y si son listas individuales ya me dirán cómo se puede llegar al consenso con uno mismo, siendo el yo la máxima expresión de monarquía absoluta de la conciencia que existe.

Así que antes de que acabe 2008, y justo cuando empiece 2009, sucedera lo de siempre en este eterno ‘día de la marmota’ de los resúmenes de lo mejor del año: van a pasar por nuestras narices centenares de clasificaciones que se parecerán las unas a las otras como un huevo a una castaña –sólo se parecerán en la prepotencia, y no diré que la de cierta web americana es la que se lleva la palma porque se supone que estoy aquí poniendo las listas a caer de un blas, así que no les voy a poner en el top 1 de egocéntricos por no (ejem) contradecirme y desautorizarme–, todas pretenderán tener la razón, se fusionarán en listas aún más intercambiables y aburridas como las de Metacritic o Villlage Voice, y al final tendremos que lo mejor del año –cito de memoria de ejercicios pasados– es lo último de Bob Dylan, o lo de la momia de Deep Purple, o un disco de Franz Ferdinand. Esperen ahí un segundo, que voy a vomitar y vuelvo.

Las listas no dejan de ser un ejercicio de taxonomía, y como bien saben quienes se dedican a clasificar, hay que establecer una escala descendiente de lo más general a lo más específico. Sólo así es como funcionan las cosas en lo teórico y se puede organizar, en la medida de lo posible, el caos. Hace días amenacé al director de este chiringuito con tomarme la libertad, sin previa consulta ni autorización, de meterme sin piedad con la columna que publicó Momus, también en Playground, mandando al cuerno la ciencia de Linneo y abogando por la abolición de la taxonomía –o sea, las etiquetas– en la música popular. Este discurso de ‘todo es música, las etiquetas coartan la libertad y la creatividad, basta ya de ponerle nombre a los estilos’, aparte de una soplapollez mayúscula, es bastante poco práctico. No sé quién dijo – creo que Chuchi Llorente– que los periodistas musicales teníamos complejo de cajera del Caprabo, todo el día poniendo etiquetas. Bien, una frase muy ingeniosa que seguro que provocó y sigue provocando risitas ratoneras, pero es precisamente eso es lo que debe hacer alguien que se dedique a analizar con cierta profundidad los vaivenes de la música. Meterle un poco de orden al desorden. Despejar el horizonte. No mezclar churras con merinas. Matizar el todo-vale. Si en la cocina tenemos un lugar para los tenedores y otro para las cacerolas, es para saber qué es un tenedor, para qué sirve y dónde lo tenemos, y lo mismo con la cacerola. Y luego, si se tercia, ya se usarán las dos cosas a la vez.

Las etiquetas en la música cumplen esa misma función. Llamamos al jazz ‘jazz’ para no confundirlo con el flamenco, que es otra cosa, y por eso le llamamos flamenco o lo que nos dé la gana, pero lo que no podremos es llamarlo jazz ni otra jerarquía que ya exista. Y cuando se han establecido las categorías principales, se subdivide, porque dentro del flamenco –y los flamencólogos lo saben bien, y lucharán a brazo partido por marcar la distinción so pena de mal de ojo– no es lo mismo una malagueña que unas alegrías. Y así hasta que sea pertinente. Quienes opinen que esto es una frivolidad y consideren inapropiado manejar etiquetas –cito las primeras que me salen– como ‘wobblestep’, ‘acid folk’, ‘favela funk’ o ‘baltimore’, pónganse en la piel de una bióloga –Anita Obregón ya nos sirve– a la que se le mezclan todos los animales del parque zoológico y a la que le viene un listo –un listo como Momus, o como muchos otros que circulan por ahí– a decirle que no se moleste en identificar cada uno de los bichos, que la naturaleza, como la música, es libre y sabia. Y entonces todos los animales serán animales, a bulto, y se pondrá a copular la cebra con la jirafa y cada noche cenaremos rata estofada porque, hey, clasificar está mal.

Clasificar está bien, y lo estará sólo si se hace con cabeza. Y se hace por una necesidad fundamental que incluso los detractores de las etiquetas reconocen, contradiciéndose a sí mismos de manera flagrante: para que cuando hablemos de un disco de estilo X –death metal sueco, verbigracia– lo tenga claro tanto al que le interesa esa rama como al que no, y se pueda poner todo el mundo en situación, comprender de lo que se habla, para discriminar y escoger, que eso de que tenemos el gusto amplio es falso –se puede tenerlo moderadamente amplio, pero si se odia algo ya se es parcial– y a nadie le gusta perder el tiempo sólo por probar. Todos los ríos son ríos, pero sólo uno es el Nilo. Toda la música es música, por supuesto, pero no todas las obras compuestas, producidas y grabadas son las “Variaciones Goldberg”. A veces hace falta decir qué no es algo para comprenderlo mejor, y por tanto disfrutarlo. Y las listas de lo mejor del año, volviendo al comienzo de este texto y para no seguir yéndonos por los cerros de Úbeda, práctica a la que servidor es muy dado –esto viene de familia materna, jienense ella, ubetense en parte y jodeña en el tronco–, serían lo mismo que intentar hacer una lista de los mejores animales de la naturaleza. En las primeras ganan Bob Dylan, la momia de Deep Purple y Franz Ferdinand, y en las segundas se llevan las preseas el perro, el león y el caballo. ¿Y qué ocurre con los que nos gusta el gato, el buitre y la hiena? ¿Nos la machacamos con dos piedras?

Ya dijo Clint Eastwood que de opiniones y de culos va todo el mundo muy bien servido. Las listas de lo mejor del año van a ser siempre un fracaso en lo científico y un morboso pasatiempo para el gentío ocioso. Sirven para eso, para entretenerse, para compararlas, para pillar un cabreo porque –ah, bendito ego– no se parecen en nada a la nuestra, que la verdad siempre la tenemos nosotros, no aquel señor de al lado que para más inri es de Segovia, gasta bigote y es feo. La única manera de que una lista pudiera funcionar es –y aquí es donde le clavo otra estaca a Momus, por iluminado– olvidándose de lo general, que lo general es una vulgaridad, y yéndose a lo particular. Por eso siempre suelen funcionar muy bien las listas de las actrices de Hollywood peor vestidas, las de los millonarios californianos con la papada más prominente y la de los mejores maxis de deep house americano del año: porque se acota el universo, se localiza una muestra válida y fácil de manejar, y se organiza. Por eso no existe el mejor animal del mundo, pero sí la raza de perro más pequeña, y tampoco existe el mejor disco del año, pero sí el productor de wonky más imaginativo del ídem –y si no es exactamente así, por lo menos se le parece más a la verdad que lo otro–.

Escribo estos pensamientos al vuelo y sulfurado porque sé que, pese a todo, es imposible escapar a este lúdico despropósito de las listas, una manera muy divertida de desaprovechar espacio y tiempo que se podría dedicar a la auténtica pedagogía del periodismo musical, que está en, por ejemplo, hablar con cierta profundidad, en artículos largos y trabajados, de lo que se graba, de quién lo graba, de por qué se graba y en qué contexto se enmarca, y con qué otros contextos se roza. Universos paralelos, inabarcables en su totalidad, pero fragmentables en lo particular. Pero claro, nos puede más la pereza y nos resulta más fácil rellenar obviedades del uno al veinte. En cualquier caso, como es imposible escapar del juego, para el mes que viene –y sé que he incumplido la promesa de la anterior entrega, cuando juré por Soraya Sáenz de Santamaría que hablaría de discos que me la ponen dura, por aquello de compartir– les numeraré mis diez discos del año –ya que me obligan, pues hágase– y expondré mis debilidades y mis vergüenzas. De verdad que os quiero. Si alguna vez necesitáis un riñón, llamadme.

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