PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

¿Por qué odiamos a Juan Manuel de Prada cuando está claro que es un genio?

H

 

La España del jijí-jajá lanza sus dardos contra el más barroco de nuestros escritores con un solo motivo: la envidia del mediocre, el bullying contra el empollón. Juanma, esto va por ti

José Manuel Ruiz Blas

29 Mayo 2014 10:48

¿Te ríes de Juan Manuel de Prada? Entonces es que eres un inculto que no merece ni el aire que respiras. Contra De Prada se lanzan todo tipo de invectivas, mofas y chascarrillos, siempre producto de la envidia de una España mediocre que no soporta al que es mejor. Reivindicamos a De Prada como se merece: con respeto.

Corren los años 90, la década más aburrida del segundo milenio D.C. El epicentro del buen rollo radica en el despacho oval de la Casa Blanca, a donde ha llegado Clinton a esparcir progresismo mundial y cumloads sobre predispuestas bocas de becaria. Estamos inmersos en la legislatura suave de Aznar, la primera de ellas, con su mano tendida a la periferia del Mordor nacionalista, sus lecturas veraniegas de Azaña y los partidos de pádel en Oropesa. El Atleti descerraja las redes de los estadios iberos y consigue un doblete histórico. La gente sigue bebiendo Larios en vasos de plástico, ajena a la existencia de las copas de balón con hojas de berro flotando en una película gaseosa de tónicas premium. Quien más quien menos tiene la positiva certeza de que alquilar es tirar el dinero y de que nos asomamos a una regeneración liberal de la vida política. La España cachonda se aferra a la viñeta lúbrica de una Marta Chávarri going comando, nadie concibe que, mucho tiempo después, un posado cataléptico de Miranda Makaroff pueda dar para paja.

La cultura vive una edad dorada inédita desde los tiempos de Calderón de la Barca. En Barcelona 92, Antonio Rebollo no sólo encendió con su arco el pebetero olímpico en aquella noche mágica de Montjuïc, sino que alentó con su fuego una sensibilidad artística multidisciplinar. Como Prometeo cuando robó el fuego de los dioses. El cine español recibe el aplauso unánime de crítica y (erario) público: todo el mundo sale con las retinas alicatadas de pan de oro tras ver las obras de madurez de Trueba, Almodóvar, Amenábar. Vastas filas de ciudadanos se forman a la entrada del MNCARS para ver la exposición de Antonio López y su realismo de membrillo, ajena al superado escapismo abstracto de Canogar y toda esa pandilla de esnobs. La música pop ingresa en una etapa madura que se aleja del histrionismo de la Movida y el cardado de Paloma Chamorro. Su extática culminación tiene lugar en el homenaje a Miguel Ángel Blanco en Las Ventas: Nacho Cano irrumpe en escena con un outfit de lycra más propio de una jubilada haciendo pilates y unas zapatillas que sugieren graves malformaciones podológicas, y desde allí guitarrea y abanica la fila cero de demócratas con su poderoso cabeceo, frente a un pelotón de jamonas que hacen temblar con sus caderazos los burladeros del coso taurino.

"El esfínter de Bret Easton Ellis despide emanaciones tóxicas de alcance mundial que inhalan nuestros neorrealistas domésticos."

Una camada de gran talento libresco se disputa el cetro de Javier Marías (aunque pasará mucho tiempo antes de que alguien encuentre una manera más gayer de sostener el cigarrillo en las fotos), el genial autor de frases como «Tengo la polla dentro de su boca’, pensé al tenerla. (…) Que tenga la polla en la boca de Muriel es incomprensible (…) Ahora no bebe ni fuma ni mastica ni ríe ni dice nada, porque tiene mi polla en la boca y está distraída, y sólo eso cabe. (…) Con ella no echo en falta lo que siempre echo en falta cuando me acuesto con Clare, a saber: que la polla tenga ojo, que tenga visión y tenga mirada, que pueda ver a la vez que se acerca o entra o ha entrado en su sexo».

Se puede hablar sin temor a exagerar de un nuevo Renacimiento. El esfínter de Bret Easton Ellis despide emanaciones tóxicas de alcance mundial que inhalan nuestros neorrealistas domésticos. La literatura vive un resurgimiento paralelo y nuestras letras se consolidan como un escaparate de modernidad. Ray Loriga se traga una papilla de contracultura de los sesenta-setentas y escupe regios renglones de precoz talento en Héroes: «en mis sueños Dios me la chupa», «cualquier idiota puede herir a una mujer, pero sólo un hombre grande se la lleva para siempre», «la gente le hablaba de aeropuertos y lavadoras, pero él sólo podía pensar en huracanes». Uno lee esto y se le riza inmediatamente el escroto con la imagen mental de un costalero descuajeringado cargando sobre sus lomos con la Virgen de Kerouac.

José Ángel Mañas inventa la «literatura punk» o «nobela» (sic) con Historias del Kronen. Encarnando la figura transida de pijo díscolo, Mañas abandera la Generación X con una obra de la que alguien ha dicho con todo rigor en Rincón del Vago lo siguiente: «En cuanto a entendimiento se entiende perfectamente no hay líos ni nada por el estilo es una novela muy fácil de leer y rápida y no pasa como en otras novelas que he leído que siempre hay un momento en el que te aburre, un momento en el que decae la historia, pero esta ha estado interesante en todos los momentos». La fórmula neorrealista esconde un nihilismo de empaste dental caído y acaricia el corazón de niñatos de urbanización que se revientan las espinillas viendo Sufre Mamón. Mientras, Lucía Etxebarria despacha prozac y feminismo antes de denunciar públicamente a un pajillero en Campamento de Verano. También corretean por allí Gabriela Bustelo y Juan Gracia, a los que hoy todo el mundo parece haber olvidado.

#Coños

Mientras la postmodernidad literaria española se extiende como un pegote salvaje de nocilla sobre una nalga afterpop en un bar manchego de alterne, un huraño estudiante de derecho publica en Salamanca una obrita de corto alcance cuya noticia se extiende de boca en boca, generando una minúscula pero creciente sociedad de aprecio, una clandestina red de iniciados que la hacen circular en fotocopias. Hablamos de Coños (Ediciones Virtuales, 1994. Salamanca). Su autor, un tal Juan Manuel de Prada. El tema, como bien indica su título, es un inventario de coños: coños de trapecistas, de siberianas, de putas, de viudas, de travestis, de momias, de sonámbulas, de menstruantes, de ahogadas, de adúlteras… Un insólito censo coñil, un homenaje radical y monomaníaco al coño. Tras este ponderado Liebhaber Pussy se esconde un muchacho con aire de opositor a notarías y gafas en cinemascope que obtiene de inmediato el apadrinamiento de Paco Umbral. Valdemar rescata esta joya y la hace circular editorialmente con una buena acogida por parte de algunos importantes mandarines de la literatura. Se trata de una obra ramoniana (el mismo Ramón Gómez de la Serna, al que rinde homenaje, escribió Senos), con gran humorismo. Gamberra, pornográfica, atravesada de un lirismo donde se intuye la figura de un goliardo burlón o fraile putañesco cuya esencia va a perdurar hasta hoy.

"En España se odia profundamente al intelectual. Toda persona portadora de gafas es esencialmente sospechosa de atentar contra el salubre curso de la idiosincrasia nacional."

Es difícil transmitir el grado de sorpresa con que esta pieza outsider sacudió el, en el fondo, conservador panorama literario de entonces y su barroca manera de apartarse de los estilos preponderantes en la narrativa española. De Prada exhibe allí un manejo arcaico del lenguaje, se trata sin duda de un tipo que ha batido la entraña de la lexicografía y devuelve a la vida palabras como «tamo», esas pelusas que se forman debajo de las camas. Nadie que odie tener que consultar un diccionario durante la lectura se sentirá cómodo con una prosa tan enrevesada, en ocasiones pedante, pero el tono general del libro reviste esa sabihondez que algunas miradas encontrarán defectuosa y otras encantadora.

Tras este debut rompedor, fresco como el squirt de cien mil vírgenes tejanas, con páginas inolvidables que vierten lágrimas salinas sobre las heridas de España, uno no puede por menos de interrogarse ¿por qué cae tan mal Juan Manuel de Prada?

En España se odia profundamente al intelectual. Toda persona portadora de gafas es esencialmente sospechosa de atentar contra el salubre curso de la idiosincrasia nacional. Si a ello sumamos las chanzas con que habitualmente se agasaja a los gordos, la hostilidad propia de patio de colegio contra los empollones, la alergia recalcitrante a los monaguillos, la fobia masiva contra los meapilas, tendremos la tormenta de odio perfecta, una ensalada de rencor dirigida hacia Sauron de Prada. Sin embargo, existe un puñado de buenas razones para defender a nuestro barroco por excelencia del linchamiento público. Va por ti, Juanma.

He's Got The Look

De Prada se ha mantenido instintivamente lejos de los ideales indumentarios excéntricos, alérgico tanto al dandismo byroniano como al estilo costroso de un beatnik, al chaleco de la mohosa bohemia de café con cristales churretosos y al pulcro atuendo de empalagoso embajador cultural de un Carlos Fuentes o un Vargas Llosa. Si García Márquez recogió el Nobel con una sobria guayabera de verbena maoísta, De Prada lo hará con el blazer más viejuno que se pueda encontrar en la planta de caballeros de El Corte Inglés. Nos gusta esa idea del escritor como burócrata gris, su aura lovecraftiana, esa apuesta total y definitiva por la letra sin prestar atención a envoltorios atractivos, por pasar desapercibido entre la masa y ponerlo todo en las páginas. Ya hemos tenido suficientes cantamañanas estrafalarios vendiendo motos literarias averiadas. Juan Manuel va de frente por la vida aferradito al normcore, del que es legítimo pionero. Bien.

El arte de insultar

Por desgracia, exceptuando a los haters y comentadores de PlayGround, el arte del insulto se ha desbaratado hasta convertirse en un intercambio soez de voces carcelarias y jergas de patio de vecindad de Las Barranquillas o La Mina. Los más hipsters dicen mádefaka a la salida de sus bicicafés. Frente al modelo masivo de los dicterios preferidos por la boca bien salpimentada de Mila Ximénez, Juan Manuel yergue su meñique, lo pone tieso como un mástil indestructible de fibra de carbono y murmura con su docta boca los insultos más devastadores: todo es «filfa y gargarismo de pitiminí», «malandrines y folloncicos», «archipámpanos», «hebenes, hueros, chanflones, chirles, traspillados y caninos». España da lo mejor de sí literariamente en la catástrofe, y ante el colapso económico actual Juanma apuesta muy fuerte por el Siglo de Oro y sus jergas, cuando la gente corría a buscar refugio a la voz de “¡agua va!” y ejercía la picaresca con dentaduras negras. Como ahora.

Odio a la modernidad

Juan Manuel saca el machete verbal, el espadón de Santiago Matamoros y profiere condenas contra la «tabarra del libro electrónico»

Quien más quien menos aprecia el saludable espaldarazo de modernidad que han traído las tablets, la dieta vegana, el twitter de Unai Emery, el acceso a la moda bajo el paradigma del low cost, el emepetrés, las hamburguesas de tofu, los selfies de instragram y los portales de vídeos porno en streaming. Frente al extendido entusiasmo popular, una voz huraña, encastillada entre las encíclicas católicas y el sentido común, surge de la anchurosa cavidad torácica de Juan Manuel, una voz ostentórea –como diría Jesús Gil–, y denuncia la desnudez del rey, es decir, la estupidez intrínseca a los hábitos contemporáneos. De Prada se pone flamenco y, despreciando la antipatía general que despierta, dice verdades como puños de fisting usados en una mugrienta mazmorra serbobosnia de BDSM. Así, Internet «es la pared de un retrete donde gente cada vez más enloquecida y más ensañada, más visceral, va deponiendo todas sus vomitonas. Una cosa verdaderamente estremecedora». O «Internet ha destruido nuestras vidas. Internet es la muerte de nuestra vida. Es la muerte de todo». De Prada se gana nuestra antipatía y propina capones con el nudillo armado y tieso como el gozne de un retablo bizantino. Se adivina perfectamente que su glande se hace más robusto con esta denuncia, como si fuera la cúpula bulbosa de una iglesia ortodoxa situada en un límite geográfico de religiosidad beligerante. Juan Manuel saca el machete verbal, el espadón de Santiago Matamoros y profiere condenas contra la «tabarra del libro electrónico». Y cuesta no darle la razón cuando escribe «En estos días estoy viajando mucho y me resulta espeluznante y amedrentador cuando viajo en tren ver a la gente durante dos, tres, cuatro horas absolutamente embebida en sus cacharritos, ordenadores portátiles, tabletas, iPhones, teléfonos móviles. Durante horas y horas la gente tecleando, tocando sus pantallas táctiles, haciendo el gilipollas. Porque están haciendo el gilipollas, no están trabajando, están mariposeando». Porque es verdad, qué diablos.

Cinefilia

Juan Manuel se jacta de ver una película distinta cada día y nos encanta su videoteca vastísima, tan abastecida de referencias clásicas como de títulos de mítica caspa. Su cinefilia rancia es top, elitista, encomiable, enemiga del postureo y sus tertulias en Intereconomía sobre carlismo, tauromaquia, Contrarreforma… han estado precedidas de cintas polvorientas que han iluminado de manera valiente las pantallas. Nada como un domingo terminal de nuestras vidas, encallados en un sofá, bebiendo anís y masticando perrunillas, viendo cómo un señor con alzacuellos abrocha sus palabras acerca de La espada de Gedeón. Ya está bien de hipsters hablando de Lars von Trier en tiendas ecológicas de comercio justo, de afectados gafapastas desgranando sus ideas sobre Theo Angelopoulos y de modernos intentando encamarse con alguna manic pixie dream girl haciendo referencias al cine de Abbas Kiarostami.

Sexo

En la literatura de Juan Manuel de Prada el sexo está lleno de transgresión, sudor, vileza, fluidos y marranería. Dista de asemejarse a esa pulcra exhibición de escenarios carnales vigilados por directores de escena. Si lo que te pone es Charlotte Gainsbourg jugando a taladrarte el escroto con pernos y ruedas de molino en una cabaña perdida, o las hippies pijas y retozonas de Julio Medem, que lo mismo se emulsionan sobre la cara de un funcionario de la ONU que dibujan escorzos de alta profilaxis, la palabra gruesa y la sevicia sexual de Juan Manuel de Prada puede que sean demasiado indigeribles para ti. Polvos en gulags estalinistas, vaginas de pubis rasposo, viles acometidas en pensiones llenas de chinches. Ni John Stagliano llegaría tan lejos. Ahí es nada.

Las mujeres

"De Prada ha recuperado el carisma de depredación sexual del escritor, mitigado hoy en día en beneficio de futbolistas con cejas depiladas"

Juan Manuel posee ricas vetas de personalidad contradictoria y eso le salva de ser un beato infumable. Pese a sus arengas desde el púlpito, su alergia a la modernidad y su adhesión a las políticas del Santo Oficio, De Prada se divorció para contraer matrimonio con María Cárcaba, su compañera en el programa de Intereconomía Lágrimas en la lluvia. Se cuenta que en su juventud fue un sátiro. De Prada ha recuperado el carisma de depredación sexual del escritor, mitigado hoy en día en beneficio de rockeros, futbolistas con cejas depiladas y varones ciclados que desfilan por los platós de Telecinco. Desde Arthur Miller y Marilyn no se veía tanta disparidad sexual, cadenas genéticas sin puntos de intersección, anomalías que escapan al determinismo romántico de los mamíferos. Fue conmovedor su anuncio de boda en el canal paleofascista, ninguna retina sensible se mantuvo seca en las casas cuando Juan Manuel dijo nerviosamente que nunca más llamaría señorita al rubio pitiminí que adornaba su costado. «Los gordos también tenemos nuestras chances, nuestras pequeñas oportunidades», fueron las palabras con las que De Prada explicó esta distopía sentimental, esta edificante fábula con happy end que inspirará a los machos omega a asaltar el alto paraíso de la carne, iluminados por el ejemplo de Juan Manuel. Porque la Belleza es vulnerable al Verbo, ahora y siempre, claro que sí.

Visión social

Pese a que el vulgo se entretiene en ver a Juan Manuel de Prada como un derechista obstinado, su conservadurismo es de índole cristiana y antimoderna. En Francia han proliferado ese tipo de intelectuales, pero aquí hemos carecido de un hábitat propicio para la especie del “escritor católico”. Esta etiqueta peyorativa no puede acallar la insólita sensibilidad anticapitalista de De Prada, que se despacha en ABC contra la OTAN, el militarismo norteamericano, la sociedad de consumo, los mercaderes de Bruselas, la casta política pepera o socialista –sin distingos–, la patronal –a la que fustiga con un vergajo como el Cristo en el templo– y el capitalismo que aborrece profundamente. Lejos del cliché que lo describe como un facha inefable, De Prada se perfila más como un antiliberal militante más partidario de la Arcadia que de la Utopía. Y todo en las páginas de ABC, donde ha dicho cosas mucho más comprometidas de las que pueden escucharse en medios falsiprogres.

La literatura

Confieso que desde fuera bendecido por el premio Planeta la obra de Juan Manuel de Prada ha dejado de interesarme. Me parece folletinesca, envarada y novelesca en el peor de los sentidos, con una prosa encapotada a ratos y demasiado cargada de arcaísmos léxicos. La recorren demasiados tópicos argumentales. Me hallará la muerte me parece incluso perfectamente serializable por Antena 3. Es uno de esos casos donde la frescura se va mitigando con el curso del tiempo. Por otro lado, De Prada se desenvuelve mejor con personajes cochambrosos y perdedores de las letras en los antípodas de su posición de privilegio. Pero creo que aún está en condiciones de facturar obras perdurables. Lo son por derecho propio la mencionada Coños, más la monumental Las máscaras del héroe, seiscientas páginas gloriosas que encumbran la figura de Pedro Luis de Gálvez y por las que merece figurar en la galería de ilustres de las letras castellanas. Junto a ellas, destaca Desgarrados y excéntricos, un catálogo de literatos fracasados, como Armando Buscarini, con cuyas derrotas De Prada exhibe su mejor prosa de campeón de lírica barroca. No en vano fue saludado en su momento por el New Yorker como uno de los seis escritores menores de treinta y cinco años más importantes de Europa. Quizá la herida se pose sobre su porvenir y vuelva a las andadas, para fastidio de muchos y placer de unos pocos. Hasta entonces, tampoco pido tanto, chicos. Sólo un poco de jodido respeto.

share