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Nada de lo ocurrido en Madrid tiene que ver con Lynch (aunque Lynch ame la decadencia de Madrid)

Ante todo Lynch es misterio, una voz única y el genio que dignificó al loco y consiguió que muchos amasen el cine, y ésta es una idea que conviene recordar a pesar de lo visto esta semana.

La visita de David Lynch ha coincidido con toda la discusión sobre el estado de la ciudad y ha provocado un montón de comentarios para todos los gustos, desde aquéllos que se echaron las manos a la cabeza cuando vieron el precio de la famosa cena con el director, a sonadas cantantes que compartían en su Instagram la ceniza del mito. Pero a Lynch sólo parecía interesarle la meditación y gestionar de la mejor manera el aluvión de flashes. Popy Blasco también esquiva el circo visto estos días y, como el director, se concentra, mira a la pantalla y realiza un flash-back para recuperar sus memorias con el director.

Lynch en los madriles. No estará tan en decadencia Madrid si Lynch ha venido a Madrid, y no a otra ciudad. Lynch ama la decadencia de Madrid, eso que hace que esta ciudad sea una ciudad real, llena de gente loca y no un decorado para guiris.

David Lynch no quiere hablar de cine. En la rueda de prensa del Rizoma, en el hotel Urban, decorado para yuppies, se presenta encantador, risueño, ya anciano pero con un pelazo increíble, con su tupé muy bien plantado. Solo quiere hablar de meditación transcendental, en su cruzada personal por lograr que esta técnica se implante en los colegios públicos del mismo modo que la educación física o la religión.

Lynch asegura que si los niños aprenden meditación trascendental desde pequeños, en tres generaciones se acabará la guerra en el mundo.

Cuando le preguntan por cine, asegura que le gusta hacer cine, pero que no ve cine. Ese señor recibiendo flashes, preparándose para lo que vendría esa noche. La mitomanía provinciana pidiéndole autógrafos, como si fuese Justin Bieber. El festival Rizoma organizando cenas y fiestas a su alrededor por el módico precio de 210€ con un deuvedé de regalo. Un circo.

Pobre Lynch…

Nada de lo que ha ocurrido estos días en Madrid tiene que ver con él. Deberíamos haber hecho guardia en su hotel y haberle llevado a un club de intercambio de parejas o a un bar de travestis sudamericanas. Cualquier cosa menos pedirle una foto o un autógrafo. Cualquier cosa para devolverle, agradecidos, todo lo que nos hizo sentir, todo lo que nos descubrió…

Lo que pasa cuando descubres a Lynch a los 11

Un pupitre vacío. Un profesor entra en clase consternado, va a dar una mala noticia. Una chica de la clase se percata del pupitre vacío, después mira a un compañero, éste le devuelve la mirada de preocupación. A través de la ventana, una chica de otra clase corre por el patio, gritando histérica.

La chica de la clase rompe a llorar.

Este es el primer recuerdo que tengo de David Lynch. Sin saberlo, este cineasta de Montana, nacido un 20 de enero de 1946, había inoculado en mi corazón cinéfilo de 11 años el dulce veneno del enigma, del cine y del misterio.

En aquellos días de aprendizaje vital, el cine era para mí Steven Spielberg, los Goonies, Indiana Jones, Poltergeist, los Gremlins y los Cazafantasmas Ni siquiera imaginaba que existía algo llamado "cine de autor".

David Lynch pertenece a esa estirpe de cineasta que, si te topas con él siendo un niño, hace que ames el cine para siempre.

Todo era posible. Las situaciones típicas vistas mil veces en pelis y series, daban la vuelta, girando al dadaísmo. ¿Qué se escondía detrás de las escenas de perfección publicitaria?, ¿qué hacían nuestros vecinos cuando cerraban las persianas de sus ventanas...?

Lynch llegó para que desatásemos el morbo de nuestra imaginación.

En las entrevistas concedidas a raíz de Twin Peaks, David Lynch siempre contaba que el germen de su mítica serie se encontraba en el culebrón americano Peyton Place, alrededor de las historias de los personajes de un pueblo de la América profunda, así como en su propia película Terciopelo Azul.

Corrí al videoclub de la esquina.

El mismo actor que interpretaba al agente Cooper de Twin Peaks, más joven, se encuentra una soleada mañana de sábado una oreja en un verde césped de un idílico condado. ¿A quién pertenecía esta oreja...? Niñas jugando a la comba, ajenas a la maldad tras los setos. Isabella Rossellini, devastada, cantando Blue Velvet y un hombre muy peligroso llorando mientras la escucha, tocando, precisamente, un terciopelo azul. ¿Cuál era la historia de ese hombre letal con esa canción, con sus lágrimas derramadas al tocar ese terciopelo? Misterio.

Los locos saben más de lo que cuentan

"Me encontraba ante un autor con un lenguaje propio, único, con una manera de mirar que no estaba pervertida"

Lynch tenía un modo muy extraño de rodar, de iluminar, de planificar sus planos y sus secuencias. Era preciso, entrando en mi adolescencia, conocer de dónde venía todo aquéllo, qué cine había visto este hombre hasta formar su inconfundible caligrafía artística, tan mal imitada por tantos otros después. De este modo, gracias a Lynch, acudí a la Filmoteca. Buscaba respuestas en los directores de la Nouvelle Vague, en Godard, fui a la videoteca de Facultad de Ciencias de la Información buscando a Zulawski, a Jodorowsky... Unos directores llevaron a otros. En los Alphaville me prendé del modo de Kieslowski, pero no encontré respuesta al origen de Lynch. O sí: me encontraba ante un autor con un lenguaje propio, único, con una manera de mirar que no estaba pervertida. Un genio.

Nuestro interés por Lynch nos hizo conocer otros directores y otras maneras de contar la realidad.

Lula enamorada hasta la médula de Sailor, ambos huyendo por la ruta 66 de la malvada bruja del Mago de Oz, polvorienta road-movie por el camino de baldosas amarillas. “Corazón Salvaje”, historia de amor y terror, del amor que lo salva todo.

Diane Ladd pintando su cara con un lápiz de labios, Bobby Perú, la chica del accidente nocturno…

En el cine de Lynch, los locos siempre saben más de lo que cuentan. Quizá se hacen los locos para que les dejen en paz, o quizá se han vuelto locos conociendo "la verdad"...

Lynch es ese autor que dignificó al loco.

Si las cosas verdaderamente se ponen mal, el que te dice qué puerta tomar, por dónde huir, siempre será el loco.

Y comenzamos a leer a Barry Gifford y a su gente nocturna.

Unos faros iluminaban la amarilla línea discontinua de una sugerente y terrorífica “Carretera Pérdida”, iluminada también por la voz de David Bowie.

La gente salía del cine fascinada y confundida.

El lado oscuro de Hollywood, el mal que acecha tras las colinas de Mulholland Drive. Un sueño roto convertido en una pesadilla de amor. ¿Qué hay dentro de la caja azul?

Mejor no saberlo. Cuando se revela un misterio, ya no lo es. Mejor dejarlo como está.

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