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Los 10 comportamientos más patéticos de cualquier hombre en decadencia

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Número 5: ponerme cremas rejuvenecedoras

Kiko Amat

10 Octubre 2014 06:00

1) Hacer deporte: Otra flamante promesa que he roto conmigo mismo, decepcionándome de forma trágica en el proceso. Sí: hoy me caigo algo peor que ayer, porque he empezado a hacer deporte. Deporte: mierda. Mi bete noire particular, lo que más detesto desde segundo de EGB, una de las escasas cosas de este buen mundo sobre la cual todavía poseía una certeza monolítica: el deporte es para incapaces-en-todos-los-demás-campos-del-conocimiento-y-la-pasión. Todos esos años mirando a fornidos rugbistas pasarse el balón sin razón aparente, yo con el labio fruncido y fantaseando con practicarles martirio rectal, y ahora mírenme: haciendo steps. Sí: risibles steps. La más mariposona de las alternativas gimnásticas, después del ballet clásico y el patinaje artístico categoría parejas. Lo de “mírenme” era un decir, claro. De hecho, les conmino a que aparten la mirada, como si mi cuerpo fuese un autobús volcado y hecho fosfatina en plena autopista. Porque estoy haciendo steps, y peor aún: los estoy haciendo con alegría, admirando unas chocolatinas abdominales que solo existen en mi deslavazado magín. El otro día mis dos hijos me sorprendieron en una de esas macabras sesiones de enloquecido trote maquinal, y fue peor que si me hubiesen pillado amando a una cabra. Claro, lo máximo que me habían visto hacer esos dos infortunados zagales era agarrar del suelo una bola de petanca (con uno de esos fabulosos imanes levanta-bolas), e incluso así prorrumpía en un espeluznante estertor que sonaba a allosaurus despejándose la garganta. Y de repente, abren la puerta y se encuentran a una mezcla del John Travolta de Staying Alive! —calentadores, mirada ida, culo pétreo, despidiendo sudor en todas direcciones— y Mahatma Gandhi —panzón, patipollo, narigudo y escaso de tórax. Por supuesto, mi caso es el mismo que el de Super Hans, el pluritoxicómano de la serie Peep Show: nada más abandonar el crack, Super Hans empieza a practicar running y se emplea con la misma pasión que dedicó a los opiáceos. Y un día se mete tal panzada de trotar que termina en Aberdeen. Lo mío es igual: carencia de autocontrol y propensión por el pasote. Y deprimentes dislates de cuarentón que trata de negar su imparable arrugamiento y vecina mortalidad.

2) Tener celos: Quizás esta dolencia no sea exclusiva de cuarentones, pero para mí sí lo es. Los celos eran una de esas cosas sobre las que aún no tenía conocimiento directo, algo sobre lo que sólo había leído, como el parapente, la ablación genital o el speedball. Y de repente, de puro viejo, me encuentro sintiendo esa desconocida abrasión del alma. Como el protagonista de Sombrero Fallout, de Richard Brautigan, me arrastro por la alfombra marital olisqueando y catalogando rizos genitales; aunque sé bien que es solo mi imaginación enfermiza. “Hay tipos con pies planos. Otros con caspa. Yo tengo imaginación”, decía el Richard Sherman de The Seven Year Itch. Es una ilusión asaz vil: cada día me imagino a mi amada siendo penetrada por un montón de ciudadanos. Todo el mundo metiéndosela sin cesar: el cantante de Therapy!, el reverendo unionista Ian Paisley, el Tío Yayo (“el tío abuelo mágico de todo el mundo, cuando aparece en tu vida ¡la llena de diversión!”) y Mossèn Cinto Verdaguer, los cuatro dale que te pego en el filme guarro de mis endiabladas pesadillas. Ahí, seu-te-pego, y por una variada selección de oquedades. Es un infierno.

3) Mirar a chicas: Esto siempre lo he hecho, pero no así. Me refiero a mirar tipo stalker. Me refiero a escrutar estilo Son of Sam a cualquier núbil que entre en mi campo visual. Me refiero a deleitarme la vista como un agresor sexual buscado por la Interpol. Hablo de devorar con la mirada, ojos fuera de las cuencas al modo Looney Tunes, la frente perlada en sudor, frotándome las manos y mascullando entre dientes (tras un seto, desnudo bajo la gabardina tiznada de fluidos): “Gñeee, serás mía algún día, fermosa muller”. Es ese tipo de mirada. La de viejo verde asqueroso, vaya. Pero peor que simplemente mirarlas y luego irse uno a casa a sacudir el mortero es creer que esas chicas me devuelven la mirada. Confiar en algo así es el equivalente de aceptar las teorías de David Icke, según las cuales el mundo está dominado por una raza alienígena de lagartos pedófilos y bebedores de sangre. Un delirio psicopático y punible por la ley.

4) Creer que uno es joven: Ya lo conté en una pasada columna veraniega: padezco Kurorexia. Yo mismo —apañadísimo— he acuñado el término. Una enfermedad mental por la cual uno se cree mucho más rozagante de lo que es. Entre 17 y 22, más o menos. En momentos de máxima demencia me convenzo de que si me recubriera de los útiles adecuados (una gorra de béisbol ladeada, colgantes de plástico en las orejas, jeans pitillo a la altura de los tobillos y bamboleantes andares de post-traumatismo craneal) podría pasar por Uno de Ellos; tras haber asimilado su jerga en un deslumbrante acto de integración intergeneracional: “Hey tron, no te coscas, bu, uh, ah, me estás rayando, grñññ, vaya crack, eh pavo, déjame fumar de eso, no seas agonías”. Claro que entonces ellos me dejarían fumar de eso (algún nuevo tipo de skunk o spice desarrollado en laboratorios de Silicon Valley), y yo terminaría sufriendo un ataque de autocanibalismo, en pelotas tras arrancarme la ropa a jirones, extirpándome una oreja a zarpazos y luego entrando en un cuarto grado de coma irreversible. Porque no soy joven; salta a la vista. Tengo 43 años. Escruto mi cara y me veo más arrugado que un muñeco de Dumbledore fabricado a base de tejido escrotal. Para combatir esa putrefacción facial he empezado a hacer algo que (junto a los steps) es, simplemente, El. Punto. Más. Bajo. De. Mi. Existencia. Y se trata de:

5) Usar cremas rejuvenecedoras: Que me regaló mi suegra. Aunque concurro con ustedes: da lo mismo. Es todo igual de asqueroso. Lo único celebrable de todo ello es que la idea se financiara con dinero de mi suegra y no con el mío, sino ahora estaría untándome los carrillos con mayonesa Schlecker. No, mi bienintencionada madre política compró un ungüento llamado Orogold, que según anuncia el prospecto contiene un porcentaje (insignificante, asumo) de ORO PURO. “Mímate con el lujo que te ofrece el oro puro y conseguirás una piel sana, impecable, juvenil, luminosa y radiante eternamente”, sentencia el pasquín. ¿Mímate con oro puro? Bueno, ¿qué gaitas va a ser lo siguiente? ¿Mímate con la sangre recién derramada de bebés nonatos? ¿Rejuvenece tus patas de gallo con estas glándulas endocrinas de vírgenes degolladas? Demonio, realmente hemos regresado a las Edades Oscuras. Eso del oro en pomada suena a veleidad de jerarca loco y sifilítico de los Cárpatos, “traedme mi desayuno de virutas de oro sobre lecho de rubíes y pordioseros decapitados”. “The ultimate fuck you to poor people”, como decía David Cross en “Odorless, Tasteless”. ¡Oro puro! ¡En mis carrillos! ¿Donde está ahora? ¡Ha sido absorbido! ¡Przzz! ¡Ya no existe! ¡Nadie podrá utilizarlo para comprar alimentos, medicinas o ropa de invierno! ¡Jodeos, pobretones del mundo! Dios del cielo. Por supuesto, cuando me enteré de que se trataba de oro puro dejé de aplicarlo a los áridos pliegues de mi frente. Ahora solo lo utilizo para masturbarme. Jódete, Orogold.

6) Ser tolerante: Tolerante. Puaf. En mi pueblo y pandilla, hacia 1987, ese era el peor insulto que podías dedicarle a alguien (peor que jipi, aunque son casi sinónimas). Pero a mi edad estoy bajando la guardia, sobretodo respecto al mal arte y la inmundicia ajena. Por la edad que tengo y las vasijas de excremento que he trasegado y las cosas que he visto (no creeríais las cosas que he visto), me estoy acostumbrando a “ponerme en el lugar del otro” (qué asco, madre santa). Solo porque un fulano sea buen padre y gente decente (y me invite a un trago) ya le tolero que produzca discos aberrantes, pinte mierdas mercantiles y vacías, escriba libros en plena bancarrota moral y sea (artísticamente) un bastardo acomodaticio, mendaz y lameculos. Porque “miro más allá”. Porque “distingo entre la persona y el artista”. Dios misericordioso, ¿en qué basura pusilánime y apocada me he convertido? Yo no era así, lo juro. Nada así.

7) Emocionarse con bobadas: Bueno, esto es de viejo. De viejo pellejo y triste. Sabes a ciencia cierta que no estás bien de la cabeza cuando se te humedecen los ojos al ver empalagosas películas de desamor hollywoodianas (con niños dañados de por medio) o al escuchar canciones melindrosas que normalmente te dejarían convulsionándote entre pavorosas náuseas. Por ejemplo: “True” de Spandau Ballet. Oh sí. Vaya, más que la canción. Me emocioné con el documental entero sobre la banda, y al poco me sorprendí cantando el reconsabido estribillo sexy-sibilante de “Huh huh huh hu-uh-huuuuuuh” en el pasillo de las conservas del Bonpreu, aferrado a un bote de pepinillos, copiosas lágrimas esquiando pómulos abajo. Todo esto me deprime. Esta renovada sensibilidad hacia el melodrama y lo cursi. Si en 1988 llega a pasarme esto me habría autoatizado taburetazos en la frente hasta que se me quitara la memez. Dicho esto, prefiero ser un romántico que un cínico. Uno diría que el cinismo debería ser exclusivo de los over-40’s (por el acerbo bagaje que acarreamos en nuestras alforjas), pero resulta que es todo lo contrario: el cinismo, hoy en día, es joven. Y cinismo sí que no. Ni me lo mencionen. Prefiero hacer un ridículo bochornoso cada minuto de mi vida que mostrar una sola molécula de cinismo. Es, en verdad os digo, el asesinato definitivo de la pasión, la empatía y todo lo que nos hace humanos. Es un asco.

8) Fantasear con otras vidas: Yo creía que estaba bien curado de ello, pero cada siete años regresa a mí esta peculiar dolencia. Steiner sostenía que la vida está organizada por septenios —una teoría que me inclino a creer, sépanlo—, y según él los cuarenta-y-treseros acabamos de inaugurar “La Época de la Acción”. Por desgracia, algunos cuarentones inmaduros (y gilipollas) encojen las posibilidades infinitas de esta “acción”, reduciéndola a una mera fantasía de lechuguino por la cual de repente imaginas tu futuro como una mezcla de Hugh Hefner, Robin Hood y Lord Byron. Donde no se distinguen mocosos por ningún lado, no hace falta decirlo. Pero no eres ni serás ninguno de esos fulanos, entérate: eres el despojo tripón e insomne que acarrea las mochilas de los hijos y trata de no enloquecer por la rutina o perder las pocas migajas de identidad que aún quedaban desperdigadas sobre el hule. Eres ese luchador, joder. ¡Eres un campeón! Tu lucha quizás no sea heroica —como dice nuestro Karl Ove Knausgard— pero sí es contra una fuerza superior. Porque no hay otras vidas. Es solo esta: la que tienes, viejales. Así que saca la bebida y hagamos una fiesta. Peggy Lee tenía razón. Eso es todo lo que hay.

9) Vigilar el peso: A pesar de la mencionada kurorexia, que me hace verme como una mezcla de David Beckham y el Dr. Manhattan de Watchmen, en ocasiones distingo un fugaz reflejo de insostenible realidad bajo la superficie. Es un parpadeo, como en The Matrix. Tras los adoquines de mi delirio no se encuentra la playa, sino la grasaza. Los cuarentones estamos acostumbrados a que todo engorde; incluso el oxígeno y la lectura. Una corteza de cerdo de más, y a la mañana siguiente nos despertamos con cuádruple barbilla, el pito sepultado bajo otro alud de masa adiposa, mientras una grúa lucha por extirparnos del tráiler familiar. Ustedes lo saben: no hay nada más deprimente y menos masculino que vigilar el peso y la dieta. Estoy seguro que Ricardo Corazón de León no rechazó esa segunda fuente de perdices rellenas porque se veía un poco ancho de caderas con la cota de malla. Solo los débiles de espíritu y los cobardes miden los kilos. Quizás la imagen menos viril de la tierra sea un hombre subido a una báscula. Y, pese a que sé todo eso, pese a que sueño con dejarme ir como el Guy Debord de los últimos días y empezar a llevar guayaberas XXL y crecer un metro de anchura y que no me importe ni un pedo, soy incapaz. De ahí el punto 1. De ahí lo lamentable de todo este asunto.

10) Sufrir dolencias inexplicables: O que de repente te sienten mal algunos alimentos. Eso es otra cosa de viejín. Como el colesterol, que ya padecen varios de mis mejores amigos y prosigue su imparable avance bélico hacia mí (la variada dieta del Baix Llobregat 80’s —cortezas, patatas bravas y pipas— no perdonará a ninguno de nosotros). No hay nada más de anciano achacoso que decir: “Ya no puedo comer marisco; no me sienta bien”. Pardiez. Hace ya siete años, en Menorca, me zampé 34 navajas, aderezadas con un número similar de botellines, y ni pestañeé (aunque mis amigos no han vuelto a invitarme allí, ahora que lo pienso). Cuando era más joven me reía en la cara de la indigestión, le retorcía la napia al empacho y pedorreaba en las fauces de la intoxicación aguda. Podía cascarme una fuente de setas venenosas aliñadas con sida sin dejar escapar un solo regüeldo. Esnifaba trinitrotolueno y engullía plutonio, y la mañana siguiente solo me hallaba una pizca espesico de cabeza. ¿Y ahora me dicen que si ojeo medio mejillón a una distancia prudente voy a estar realizando el baile del doble surtidor hasta el amanecer? Leches, algunas vidas ya no merecen ser vividas, y la mía empieza a parecerse peligrosamente a una de ellas. Denme matarile ya, como a un miura sin aliento para su última embestida, y que al menos la caída sea honorable. Solo eso les pido, amigos míos.

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