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La nueva cultura: ¿por qué las it girls nos preocupan más que los libros?

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Expresiones creativas que vienen a sacar de la pista a las artes de siempre, acciones políticas muy lejos de la política de partidos, preadolescentes a los que probablemente la crisis empiece a sonarle lejana… ¿Nos asomamos a otro giro cultural?

Antonio J. Rodríguez

30 Enero 2014 14:42

Es probable que la primera vez que el videojuego, la música electrónica o la ficción televisiva aparecieron clasificados como “cultura” (y no como barbarie), muchos vieran a Regan MacNeil bajar las escaleras en posición cuadrúpeda, con la cabeza girada. El debate se reinventa hoy gracias a los nuevos focos de creatividad.

01. Una imagen que explica bien el sentido de la cultura son las cabezas de Pascua: la roca florece en el campo, y a su alrededor la civilización se construye. Antes que un fin en sí mismo, la cultura es un instrumento de comunicación con que cohesionar comunidades; por eso, cuando los individuos llegan a la conclusión de que algunas de formas culturales están obsoletas, tampoco hay que alarmarse: las ideas nunca mueren, sólo se transforman.

02. Un juego del New York Times tiene mucho más impacto que un estudio de Harvard, aun cuando los dos comparten contenido; hoy cualquier it girl difunden mejor el gusto de la moda que cualquier presunto especialista; la guerra de ideas en la cultura mainstream iguala a la academia, o la supera; mientras unos lamentan la soledad del espectador en el museo, otros reinventan el verdadero arte viral; una firma de creación reciente como Thinkmodo puede saber más narrativa que la mayoría de novelistas de nuevo cuño; y a pesar de que la mitad de jóvenes en España no vota, la moda, la micropolítica, la acción individual, la performance y la acción colectiva contienen más ideología que el voto a un sistema en descomposición. Todos estos juegos, it girls, cultura mainstream, laboratorios de virales y activistas parecen estar anunciando el florecimiento de la piedra de Pascua… en otro lugar.

03. En 2012, el escritor mexicano Emiliano Monge recibía el prestigioso Premio Jaén de Novela, con el cual se embolsaba 24.000 euros. Un año después la novela galardonada recibía el mérito “Otras voces, otros ámbitos”. El propósito de este premio es dar una segunda oportunidad a los libros menos vendidos del año, a los que el público dio la espalda y no debería. Es como si la prensa deportiva anuncia hoy el fichaje más caro de la historia, y al cabo de una semana el fichaje se rompe una pierna que le impide jugar, mientras la FIFA, con una guasa cruel e involuntaria, celebra su deportividad y buen hacer. La intención es encomiable, claro: al hijo discapacitado hay que quererlo como a los demás. Su resultado, en cambio, produce tanta grima como hilaridad, y explica bien la farsa de la alta cultura en nuestro tiempo: el público da la espalda a la obra, las instituciones renuncian al discurso emprendedor porque de él se han apropiado los nombres más abominables, y sin embargo los artistas lo precisan con más urgencia que nunca. A fin de cuentas, nadie quiere vivir de la limosna.

04. Hay algo de impostura en la clasificación de la cultura siguiendo las etiquetas de siempre: libros, música, cine, teatro, danza… pues omite los nuevos focos de pensamiento: de los videos virales a los tumblrs de artistas gráficos, pasando por la nueva literatura popular (todos esos artículos que nos explican a nosotros mismos, o que nos enseñan a desenvolvernos en el mundo…). Por supuesto, una propuesta así tampoco debería asustarnos: es probable que la primera vez que el videojuego, la música electrónica o la ficción televisiva aparecieron clasificados como “cultura” (y no como barbarie), muchos vieran a Regan MacNeil bajar las escaleras en posición cuadrúpeda, con la cabeza torcida. Luego el tiempo demostró el conservadurismo de esta reacción, y el museo, la universidad y las publicaciones tuvieron que tomar constancia de estos fenómenos. La modernidad siempre abruma.

05. En los últimos años, el discurso más popular era aquel dedicado a escrutar el hundimiento del Titanic, mientras las viejas instituciones morían, los viejos privilegios desaparecían y la vieja cultura se derrumbaba. El pensamiento crítico siempre es necesario, y bueno es denunciar las malas artes. Sin embargo, puede que esta crónica maniática del fin del mundo antiguo esté distrayéndonos de la vida que vendrá a corregir los vicios de antes. O a agravarlos. ¿Sueñan los adolescentes del mañana con catástrofes financieras? Probablemente, no.

06. Abigail Jones publicaba la semana pasada en Newsweek un sensacional reportaje sobre las tweens (“niñas demasiado mayores para los juguetes, y demasiado jóvenes para los chicos”, en la definición que Urban Dictionary ofrece), y allí hablaba de las inevitables consecuencias del progreso: “casi todo lo que podía sexualizarse ha sido sexualizado, produciendo una nueva generación de niñas encaminadas a la madurez sin haber pasado la pubertad”. Uno de los fines de Jones era poner sobre la mesa a los futuros protagonistas de la sociedad de consumo: los preadolescentes. La información acelera el crecimiento, y el mundo de esas nuevas generaciones pasará por encima aquel que vimos quienes atravesamos la última crisis del capitalismo. Así como nosotros olvidamos los traumas históricos de nuestros padres, ellos olvidarán el espejismo de la riqueza y su desvanecimiento. Siempre ha sido así, y así hemos de aceptarlo.

07. A finales del año pasado alguien aseguró que lo más visto en medios digitales eran publicaciones muy breves (300 palabras) o reportajes de larga distancia (más de 1000 palabras); nada que ver con las típicas piezas de 500 palabras de la prensa escrita. El dato desmentía los peores augurios sobre el presente y futuro de la profesión. El reportaje largo volvía a vivir una época dorada. Sin embargo, el New York Times se interrogaba la semana anterior si toda esa gente que decía leer reportajes largos realmente los leía, o sólo era una ilusión: “cuando fetichizamos ‘el reportaje largo’, fetichizamos la forma y perdemos de vista su función (…) El problema empieza cuando el tema se vuelve secundario, y el escritor se vuelve no solo observador sino partícipe y protagonista de la historia.” Entonces, ¿habrá algo de fiebre retro en nuestra continua voluntad de mantener las formas culturales del pasado (artículos largos, libros, escuchas de discos completos…)? ¿Podría ser que el zigzagueante cerebro multitarea resultase más eficaz que aquel que permanece concentrado en una sola actividad? ¿Y por qué el futuro siempre tiene que ser peor?

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