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La noche en que Bon Iver quiso ser una ‘rock star’

Justin Vernon dispone un directo enérgico en Barcelona, hiperpoblado en el escenario y con los mejores momentos de sus dos álbumes. Beth Orton teloneó con amor y carisma

Bon Iver pasó anoche por Barcelona en un Poble Espanyol abarrotado, estrenando nuevo look y tocando las canciones de “Bon Iver, Bon Iver”, esta vez con un añadido instrumental poderoso y épico que llevaba de lo sublime a lo recargado y al revés.

Expectación máxima, sold out desde hacía días y ansias, quizás demasiadas, por volver a ver a Bon Iver tras aquella primera actuación en San Miguel Primavera Sound de 2008 que gran parte de los ayer congregados se perdieron porque a “For Emma, Forever Ago” aún le quedaban unos meses para aparecer en las listas de lo mejor del año. Las barbas espesas y los escuálidos fueron la gran estampa del Poble Espanyol. Y es más, como buen fenómeno de masas que Justin Vernon es en estos momentos, media hora antes de la apertura de puertas ya se avistaba a cientos de ellos en esa kilométrica cola de seguidores que luchaba por alcanzar la ansiada primera fila.

Beth Orton ejerció anoche de artista invitada, pero podría encabezar perfectamente cualquier concierto ella sola. Su carrera como estandarte de la folktrónica es indiscutible –algunos despistados desconocían quién era–, y sin duda le echó un par de ovarios al asunto por dos motivos. Uno: por aparecer únicamente con su guitarra y embelesar a todos (tanto los que la conocían como los que no) con el poderío de su acento inglés desde el primer minuto. Y dos: por centrar gran parte de su repertorio en “Sugaring Season”, disco aún virgen para los oídos que no llegará a las tiendas hasta octubre. En un par de momentos se disculpó porque ella misma se perdía en las letras (es lo que tiene presentar temas que no están todavía rodados). No obstante, lo que para muchos sería una tragedia encima del escenario ella lo solventó con una naturalidad y una simpatía digna de aplaudir. “Magpie” y “ Something More Beautiful”, dos de sus nuevas piezas, sonaron magníficas en su dramatismo. Y, del mismo modo, algunos de los mayores reclamos de su discografía ( “Someone’s Daughter”, “Stolen Car” o “She Cries Your Name”, ya en el bloque final), desnudos, sin ninguna banda de refuerzo, sonaron como regalos angelicales de una noche de verano. Ahora que ya ha cumplido su sueño de ser madre, lo mejor que nos podía pasar es que volviera a ponerse manos a la obra para hechizarnos como años ha.

Cuando Bon Iver empezaba a pasear en directo esa obra de orfebrería folk titulada “For Emma, Forever Ago”, se dejaba acompañar tan sólo por un par de miembros más en su banda, que reforzaban (lo justo) el encanto de aquellas canciones que nunca nacieron con la intención de ser himnos populares. Vernon llevaba en exclusiva la batuta de lo que ocurría bajo los focos y no tenía más que abrir la boca (a cappella) para congelarnos el alma. Ahora, con el éxito inesperado y la megalomanía de “Bon Iver, Bon Iver”, queda poca cosa de aquello. La familia ha aumentado incorporando violines, una sección de vientos, una segunda batería (que cobró todo su sentido en la demoledora interpretación de “The Wolves (Act I and II)”) y más guitarras de atrezzo cuyo sonido, en conjunto, se perdió en muchos momentos por el aire en busca de matices (sin ir más lejos en “Perth”).

Quizás el problema lo debemos achacar exclusivamente a la fisonomía del recinto, ya que sólo un teatro con una sonoridad apabullante podría hacer frente a tanto músico por metro cuadrado. Pero dispuesto a poner el dedo en la llaga, para mí el principal problema del asunto radica en que Justin Vernon ha querido convertir la marca Bon Iver en una pseudo E Street Band en la que resulta imposible vislumbrar algún pulmón de acero como el del difunto Clarence Clemons, un animal de la percusión de la talla de Max Weinberg, o un hombre capaz de marcarse un solo de guitarra que llegue a la suela de los zapatos de los ejecutados por Nils Lofgren (por mucho que se esfuercen en ello en los minutos finales de “Blood Bank”). El folkie de Wisconsin parece que soñaba con su propia banda de rock.

Cuando todo se reducía a Vernon, y poco más, tal como ocurrió en “Skinny Love”, “re:stacks” o “Wash” (aquí sí que los violines entraron directamente a matar), el concierto se crecía, la magia se palpaba sobre el escenario y los malnacidos que no callaban ni ahogándose en una litrona de cerveza, gracias al Señor, mantenían su boca cerrada. El venazo Peter Gabriel demodé de “Beth/Rest”siempre es un bajonazo (tanto allí como cuando, por casualidad, suena en nuestro reproductor), aunque la velada remontó ya en los bises con “The Wolves (Act I and II”), recurriendo a la catarsis corista del público, y con esa “For Emma” como punto final de esta montaña rusa de sensaciones que Vernon y sus compinches provocaron. En ocasiones como esta es cuando hay que recuperar esa creencia del menos es más, o bien soñar con verles en un teatro en condiciones.

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