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Aunque los antidepresivos están estigmatizados, a mí me salvaron la vida

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Y no, esto no es un alegato a favor de los antidepresivos. Sólo un intento por romper el tabú.

María Yuste

01 Julio 2015 11:35

Fotos: Damien Hirst

El médico me diagnosticó una enfermedad común y yo me puse a llorar como si me acabara de decir que me quedaban tres meses de vida. Los mocos me resbalaban por la cara y casi no podía respirar.

Me agobiaba estar enferma aunque no fuera algo grave. Me agobiaba no tener control sobre mi propio cuerpo; no poder impedir que enfermara. Y quería salir corriendo de la consulta para no tener que volver nunca más.

Obviamente, aquel comportamiento no pasó desapercibido para el médico, que me hizo hablar sobre mi angustia vital y acabó diagnosticándome ansiedad generalizada y una depresión leve derivada de aquella ansiedad descontrolada.

Aunque yo ya lo intuía.

La ansiedad es algo que me viene de familia, así que sabía perfectamente que tenía problemas desde hacía tiempo. Pero no quería ayuda.

Por un lado, la propia ansiedad paralizante que me generaba el tener que ir al médico me impedía pedirla. Por otro, no me hacía gracia que en mi expediente médico apareciera la mancha indeleble del trastorno mental.

Además, era de las que pensaba que la medicación no era necesaria. Que la ansiedad y la depresión se podían curar simplemente con fuerza de voluntad y buenos hábitos. Consideraba que los antidepresivos y ansiolíticos eran una solución rápida. Una droga que te hacían estar falsamente animado o relajado durante un tiempo pero que, a la larga, no solucionaban nada.

Lo concebía como beberse un par de cervezas o no ser tú.



Los antidepresivos tardaron un par de semanas en empezar a hacer efecto. A diferencia de los asiolíticos, los antidepresivos no actúan inmediatamente sobre el organismo. Funcionan modificando las funciones químicas del cerebro que median en la transmisión de información entre las neuronas. Por lo que su efecto no se parecía absolutamente en nada a lo que yo había imaginado. Lejos de sentirme drogada o alguien que no era exactamente yo, me sentía más yo que nunca.

Era como si hasta ese momento hubiera estado cubierta de polvo y, de repente, me hubieran limpiado y sacado brillo.

Las pastillas le habían quitado el afán de protagonismo a mi lado oscuro y lo habían desplazado para que dejara de bloquear al luminoso.

Era capaz de beneficiarme del modo catastrófico y extrasensible en que percibía y procesaba la realidad para escribir y usar un filtro más razonable para afrontar las cosas del día a día sin bloquearme.

Por primera vez en mi vida, me sentía bien conmigo misma y con mi entorno.

A los dos meses, el médico declaró mi estado de ánimo oficialmente estable pero continué el tratamiento durante varios meses más para enseñar a mis neurotransmisores a comunicarse correctamente. Así, mi cerebro podría funcionar adecuadamente sin ayuda.

Independientemente de las tendencias de una personalidad ansiosa o depresiva, la patología siempre se encuentra en la química del cerebro. Tal y como si fuera un virus que has cogido, una infección o un cáncer que se extiende.



Durante ese tiempo yo nunca escondí lo que me pasaba. Nunca oculté que me medicaba y no me importó tomar mis pastillas con toda naturalidad delante de quien fuera. Me daban igual los prejuicios de la gente porque, en mi experiencia, tomar antidepresivos no me había resultado diferente de tomar un antibiótico para curarme una faringitis o un jarabe para la tos.

Aunque lo verdaderamente sorprendente es la cantidad de personas de mi entorno que, al no esconderme, acabaron confesándome su medicación secreta.

Aquello me hizo darme cuenta de que hay muchos estigmas, estereotipos, leyendas urbanas y teorías conspiratorias en torno al mundo de la depresión, la ansiedad y las pastillas. Pero la realidad está tan distorsionada que, probablemente, no puedas entenderla hasta que no lo vives... o hasta que dejemos de ocultarlo.


Una cosa es estar triste y otra estar enfermo




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