Columnas

Ser músico, cada día más un trabajo ruinoso (incluso si eres una estrella)

¿Cuánto cuesta vivir de la música? ¿Se gana dinero como para ir holgado, incluso vendiendo muchos discos y dando muchos conciertos? La realidad no es tan bonita como parece

Lauryn Hill comparecía la pasada semana en el juzgado para decir que pese a la deuda que se le reclama, la suya no ha sido una vida de glamour. Al margen de lo que cada cual opine sobre el caso Hill, sí que se abre un viejo debate: ¿cuánto gana realmente un artista por la venta de discos y por salir de gira?

Decía Mark E. Smith, líder de The Fall, que en el apogeo de su carrera era portada de la prensa musical británica pero no tenía ni leche al abrir la nevera (vale, a lo mejor no es exactamente leche lo que esperamos encontrar en su nevera). Más conocido aún es aquel largo discurso de Courtney Love en Digital Hollywood Online Entertainment en mayo de 2000 en el que explicaba con todo lujo de detalles cómo tener un grupo con ventas millonarias no hacía que, necesariamente cuadraran las cuentas siempre. Es inevitable pensar que Love se refería al “Nevermind” de Nirvana (habla de cifras de venta en torno al millón de dólares), pero sea o no el caso, lo que no falla, incluso trece años después, es el desglose de gastos: sello, distribuidora, mánager, gastos para diseño del disco, videoclips... y por supuesto, la grabación: el estudio se puede convertir en un gran agujero negro a poco que el tiempo destinado a grabar se alargue o surja el más mínimo contratiempo, como les pasó a My Bloody Valentine con “Loveless”, cuya grabación se alargó más de lo que nadie pudo imaginar jamás. Al margen de que los estudios se hayan digitalizado y de que cada vez más músicos opten por producir y mezclar su propio trabajo, salvo que se opte por la autoedición (que tampoco sale gratis), hasta el álbum más modesto tiene una serie de gastos difíciles de eludir.

Empecemos por el principio: pensemos en un grupo que ya tiene sus canciones (para llegar a ese punto primero habrán necesitado un equipo y un local de ensayo, que puede costar en torno a los 15 euros por hora. Muchos grupos prefieren compartir local y así sale a pagar algo menos, porque la tarifa entonces es mensual, pero suele estar en torno a los 300 euros al mes. Las cantidades, por supuesto, varían dependiendo del local, el tamaño de la sala o incluso la ciudad en la que esté (aquí entra en juego también la ley de la oferta y la demanda: a mayor oferta de locales, precios más competitivos). El local de ensayo es el lugar clave: todo lo que se trabaje aquí será tiempo que se ahorrará en el estudio, así que lo normal es dejar todo bien pulido (o al menos intentarlo) antes de empezar a grabar.

Y llegamos al estudio, ese gran caballo de batalla y cuyo precio puede oscilar entre los 50 euros por hora (tanto en Madrid como en Londres se pueden encontrar esos precios) a unos 400 euros por nueve horas. Es curioso cómo a menudo se dice lo rápido que un grupo ha grabado un disco como si fuera una prueba de su talento, cuando en realidad también tiene mucho que ver el dinero del que se dispone. Hay quien recibe un adelanto de la discográfica para grabar (que luego supone menores ingresos por ventas) y quien se lo paga de su bolsillo, lo que a menudo lleva a una tercera vía, que es el montarse el estudio propio o grabar en casa. Aunque las nuevas tecnologías han facilitado esta última opción, siguen haciendo falta unos mínimos y una vez más, dinero. Para cuando el grupo tiene el disco listo, salvo que haya recibido el mencionado adelanto, aún no ha ingresado un céntimo y lleva meses gastando dinero.

"En 2013 entran en juego factores nuevos, como el streaming de música"

Ahora conviene hacer un inciso y explicar cómo se reparte el beneficio de cada álbum: aunque el desglose que hacía Courtney Love hace 13 años sigue teniendo mucha vigencia, hoy entran en juego factores nuevos como el streaming de música, ya sea en Spotify, Deezer, Pandora o cualquier otra plataforma u otros menos conocidos, como el coste de colocar un álbum en la estantería de una tienda de discos. Desde un conocido sello discográfico nos explican que si bien el porcentaje de beneficios por disco vendido depende de lo que cada grupo pacte con su sello (los tiempos de Tony Wilson y Daniel Miller dando el 50% a sus grupos han pasado a mejor vida y ni siquiera así se aseguraban grandes ingresos, no hay más que pensar en la ruina que supuso el “Blue Monday” de New Order), entran en juego otros agentes: los gastos de diseño, distribución y grabación, por ejemplo, se descuentan antes de repartir beneficios. Si parte de esos gastos han corrido por cuenta del grupo, el royalty que recibe es mayor que si, por el contrario, han recibido un adelanto (es decir: si lo ha pagado el sello soltando dinero antes de la grabación).

Pero no existe una fórmula única para cada grupo: “ La tarta de la venta de un disco (en digital con las salvedades propias)”, nos explican desde el sello, “se reparte por un lado entre sello, distribuidora, tienda y artista (que puede incluir su management) y por el lado de autores en sociedad de derechos (SGAE o la sociedad que sea) y editorial, que a su vez deberá pagar la parte que corresponda a los autores. Y luego los gastos que conllevan que se acuerdan según el caso: transporte, diseño, grabación, promoción... eso es lo que hace que cada contrato sea un mundo”.

Luego está el tema del stream en plataformas como Spotify. Se habla mucho sobre si son o no rentables: según un estudio de TuneCore publicado en 2011, el álbum más escuchado en Spotify habría generado unos pingues royalties de $0.005 por stream, y según algunos artistas: aunque esos beneficios han aumentado ligeramente en 2012 (Spotify tiene 24 millones de usuarios, pero no todos de pago, igual que sucede con Pandora), esa cifra en ningún caso supera los 0,003 centavos de dólar por stream. La noticia de que Lady Gaga habría obtenido 162 dólares por un millón de escuchas hizo correr ríos de tinta (Grizzly Bear tuitearon que por 10.000 escuchas sólo habían cobrado 10 dólares) y muchos artistas directamente tienen una cruzada contra que su música aparezca en la plataforma, como es el caso de Four Tet. Damon Krukowski (de Galaxie 500 y Damon and Naomi) también escribía largo y tendido al respecto y de paso explicaba que internet no ha venido a salvarles y que incluso con su primer single no superaron los 1000 dólares... a repartir entre todos los miembros del grupo, claro. Esos beneficios, una vez más, se reparten en base al contrato que tenga negociado el artista con el sello, que también ve una parte.

Otro tema es el coste que supone colocar un disco en las tiendas: “ En el caso de las distribuidoras hay un dinero que se le va a los sellos por los discos y que no se suele tener en cuenta; y es que las distribuidoras cobran lo acordado al sello (o grupo) por disco colocado en tienda. Si el disco no se vende y la tienda lo devuelve, la distribuidora sigue facturando por haber colocado el disco (que es su trabajo), de ahí que sea mejor colocar 200 discos en las tiendas y venderlos que colocar 1000, vender esos 200 y que te devuelvan los 800: vendes lo mismo pero ganas menos dinero (cuando no lo pierdes)”, nos explican de nuevo desde el sello.

Así que el reparto de beneficios por disco vendido se hace entre sello, distribuidora, tienda, grupo, mánager (cuando está incluido en esa partida, la SGAE o sociedad gestora de derechos pertinente y “los gastos que conllevan que se acuerdan según el caso: transporte, diseño, grabación, promoción... eso es lo que hace que cada contrato sea un mundo”.

"Quienes se pueden permitir un caché fijo y cerrado de antemano son quienes ya están arriba y, precisamente, los que menos necesidad tienen de salir a dar conciertos"

Resumiendo: hay que vender muchos discos para poder dedicarse exclusivamente a la música, y la única opción de hacer dinero es embarcarse en largas giras. Pero los conciertos tampoco son un chollo. Existen grupos, pocos, en realidad, que sí tienen un caché fijo que cobran independientemente de que se llene o no el recinto. Si el aforo no se vende, es el promotor quien asume los riesgos. Pero quienes se pueden permitir un precio fijo y cerrado de antemano son quienes ya están arriba y, precisamente, los que menos necesidad tienen de salir a dar conciertos como si ni hubiera mañana. Y ahí, de nuevo, el dinero se reparte entre promotor y grupo según lo que se haya negociado. Adrián de Alfonso (Veracruz, Don the Tiger, Bestia Férida) nos cuenta cómo funcionan los ingresos por concierto: “ Normalmente dependemos de la entrada y, como bien dices, de los promotores (si es que los hay). Hay promotores que hacen esto por amor al arte y porque realmente les gusta estar con músicos y que éstos se sientan bien, mientras que otros tienen condiciones muy estrictas y se quedan con un fijo o un porcentaje. Más allá de que te guste uno u otro tipo de promotor, lo importante es que muevan bien el concierto. Es verdad que con internet es más fácil comunicar, por lo que la labor promocional puede llegar a ser muy barata, pero lo que siempre hay que tener en cuenta es que la mayoría de las salas te alquila el espacio y el técnico, por lo que, quieras que no, casi siempre va a haber una inversión inicial del promotor”.

Si un grupo decide montarse el concierto por su cuenta, debe asumir más gastos también: alquiler de sala, técnico de sonido y promoción del evento, que corre por cuenta del que lo monta (el artista en este caso). Si no se llena, es posible que se pierda dinero en el intento... por no hablar del trabajo que hay detrás.

Sí, dedicarse a la música es un negocio ruinoso: el que lo hace es por vocación, porque unas oposiciones a notaría siguen siendo mejor salida laboral y financiera que coger una guitarra, incluso en plena crisis. Hasta que no se llega arriba, se gasta más que se gana, y luego se está en manos del azar, la suerte y hasta las modas. Admitámoslo: es muy fácil reírse de Iggy Pop por acudir a según qué platós o por prestar su imagen para una compañía de seguros, pero a saber si tiene suficiente leche en la nevera.

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