Columnas

La música clásica es ‘cool’: diez intérpretes que conectan con tu generación

Pianistas atrevidos, violinistas sexys, cantantes varoniles y otras ‘classical beauties’ que pueden facilitar tu transición de escuchar pop a alucinar con Bach, Schubert y Beethoven

¿Rechazas la música clásica porque la consideras una cosa vieja? No tienes motivos para hacerlo: hay puertas de entrada más amables al rico universo de la tradición de varios siglos de la música occidental. Por ejemplo, ponerte en manos de intérpretes jóvenes, marchosos, atrevidos y casi ‘pop’ como Francesco Tristano, Jonas Kaufmann o Valentina Lisitsa. Una invitación a entrar en otra esfera del placer musical.

Ilustraciones de Jan Balet

Tendemos a creer que entre el mundo de la música clásica y el de la popular hay un enorme muro transparente que marca una barrera insalvable. Ese muro es tan fácil de derribar como haciendo el gesto de traspasarlo sin miedo a estampar tu nariz contra una masa de ladrillos: una vez se da el paso, nos damos cuenta de que el muro es puro aire, que nunca ha existido. Es una construcción de los medios de comunicación, desgraciadamente: mientras en una revista literaria conviven en espacios contiguos una nueva reedición de las tragedias de Shakespeare y la última novela de Chuck Palahniuk –o incluso fijémonos en las tiendas: allí, a raíz de la edición de “Inferno” de Dan Brown en Planeta, es posible encontrar al lado la traducción de Ángel Crespo de la primera parte de la “Comedia” de Dante con el sello de Seix Barral–, en las revistas de música, que es lo mismo que decir las webs de música, nunca encontramos revueltos lo último de James Holden con la última grabación barroca adaptada para piano de Francesco Tristano. Por suerte, el público es más transversal de lo que son los medios –que salvo contadas excepciones tampoco mezclan el pop indie, para entendernos, con el jazz o las músicas del mundo–, y se comporta con pautas de consumo más variado.

Hay dos realidades, una irrefutable y otra que se corresponde ahora mismo con un deseo más que con una certeza cultural. La segunda es que los públicos se mezclan –cierta sólo en parte; hay un segmento de aficionados a la música que escuchan igual que leen, y no distinguen entre autores muertos (pero ya inmortales) y autores vivos y jóvenes, de igual modo que muchos aficionados a la música clásica no quieren saber nada de la popular y viceversa–. Y la segunda es que, pese a todo, sellos grandes como Deutsche Grammophon o Decca se rigen por una lógica terriblemente pop en la presentación de la mayoría de sus productos. Además de editar, pongamos por caso, una nueva grabación de los “Études” de Chopin –que escucharemos ya sea porque nos encanta el piano, o porque nos encanta Chopin, o porque necesitamos un artefacto para subrayar cenas románticas, tanto da–, el sello que invierte su dinero espera recuperarlo pronto y generar beneficio: la música clásica también trabaja a partir de un star systemcerrado en el que la juventud tiene un gran valor como incentivo comercial. No es sólo el boom de las ‘classical beauties’ –intérpretes de violín y piano o estrellas del canto con una presencia física atractiva–, sino el hecho de que es más fácil publicar si se tiene menos de 30 años y se puede acompañar una buena técnica interpretativa con un rostro amable.

Esto es injusto para intérpretes veteranos con poco sex appeal, que salvo excepciones tienen que conformarse con perder contratos de grabación aún disfrutando de más experiencia y calidad en su lectura de las partituras, pero hay excepciones que armonizan todos los requisitos para gustar, vender y fidelizar, y ahí es donde la música clásica puede ser ‘cool’ y atraer al público del otro lado de ese muro invisible que parece que está, pero que en realidad nunca estuvo. Lo que aquí proponemos es presentar –para quien no los conozca– a diez figuras recientes de la música clásica –pianistas, violinistas y cantantes, que es donde está el negocio, más un director de orquesta como bonus track– que además de imagen y magnetismo tienen una habilidad extraordinaria que les sitúa entre los mejores de su zona de influencia y, por último, proponen recitales y grabaciones con un programa osado, asumiendo riesgos y nuevos enfoques con los que diferenciarse de ciertas lecturas que ya pertenecen al pasado (porque no hay una única forma de interpretar a un compositor clásica, sino muchas, algunas atroces y otras sublimes y/o distintas). O dicho de otra manera: aquí va una guía de entrada por la vía fácil –y no necesariamente por la puerta falsa– a ese otro mundo tan sublime, tan amplio y, desgraciadamente, tan lejano al que habitamos la mayoría.

1. Lang Lang

Personalmente, las grabaciones de Lang Lang no me transmiten un atractivo más allá de la penetrante precisión técnica que demuestra el pianista chino, y que es de justicia reconocerle. En tanto que líder de una nueva generación de instrumentistas orientales educados en la más draconiana disciplina, Lang Lang merece entrar en esta lista tanto como lo estaría Yuja Wang, sobre todo porque ha conseguido en un tiempo muy breve recorrer un camino en el mainstream que, salvo el caso ya remoto de Glenn Gould y alguno más que no hace falta mencionar, suele llevar toda una vida. De todos modos, Lang y Gould representan maneras diametralmente opuestas a la hora de entender el piano: el chino se pasea por las teclas como si estuvieran esterilizadas, obtiene una limpieza nuclear a partir de los grandes referentes del piano romántico –Listz, Chopin, Schumann, un poco de Beethoven–. Demasiado obvio y demasiado perfecto. Y sin embargo, conecta por eso: es un tiro seguro que se maximiza gracias a su expresividad cuando toca, escenificando un orgasmo cada vez que roza un la bemol de la misma manera en que Laurent Garnier pone los ojos en blanco cuando cuela un himno acid house cosecha del 89 en Sónar. Y no olvidemos su contrato con Adidas, con un modelo de zapatillas especialmente inspirado en él. Para bien y para mal, Lang Lang es el hombre que está llevando el piano nuevamente a las masas.

Disco recomendado: “The Chopin Album” (2012) es la opción fácil, pero hay tantas grabaciones de Chopin que ya es difícil aportar algo nuevo, salvo precisión y pasión, que no son precisamente valores escasos. En cambio, su último título, “Prokofiev 3 Bartok 2” (2013; no confundir con un resultado de la liga de fútbol rusa), acompañado de la Filarmónica de Berlín con Simon Rattle a la batuta como debe ser, pone esa digitación diabólica al servicio de dos brillantes conciertos que sirven como crónica de la transición del post-romanticismo a la atonalidad, o sea, la parte amable de la música del siglo XX.

2. Francesco Tristano

El caso de Francesco Tristano es único, y en el circuito de la música clásica podría ser observado como una anomalía de urgente rectificación. Pero su fichaje por Deutsche Grammophon hace dos temporadas –arrebatado a Infiné, el sello electrónico francés, donde publicó tres álbumes de lo que él acuñó como ‘piano 2.0’– significa todo lo contrario: que su caso es precisamente lo que necesita esta industria de ropas caras para atrapar un nuevo público en zapatillas y tejanos. Interesado por igual en la música barroca y el techno de Detroit, Francesco Tristano es el único pianista en el mundo que ha urdido programas en auditorios con partituras originales de Bach y adaptaciones de clásicos de Carl Craig; tanto en sus discos con Moritz von Oswald como en sus incursiones dance en Aufgang ha dado cuenta de su respeto y conocimiento del techno como una energía viva y en permanente transición hacia lo desconocido. Su mérito, de todos modos, va más allá: esta heterodoxia en las fuentes se compensa con un virtuosismo muy trabajado y un profundo estudio de materiales no demasiado obvios. Como el mítico Glenn Gould –no será la última vez que aparezca su nombre–, le obsesiona Bach y sueña con grabar toda su música para teclado, pero sus interpretaciones se adentran aún más en la herejía. Si Gould buscaba la rigidez en la nota, su exactitud redonda (sin prolongación reverberante, sin abuso del pedal), Tristano busca que las notas resuenen y lleguen de lugares inesperados; el estudio de grabación no es para él como un quirófano, sino como la leonera de un músico experimental, sus discos se llenan de ecos, fantasmas y poluciones. Lo mejor es que, como aquel que dice, acaba de empezar: está llamado a mostrarnos formas inéditas de tocar y grabar a los grandes maestros del barroco (y del siglo XX, su otra pasión).

Disco recomendado: Si tiene que ser uno de su faceta electrónica, “Auricle Bio On”, sin duda. Pero aquí Francesco Tristano aparece por su condición de intérprete de piano clásico, y tendría que ser “Long Walk” (2012), un programa compuesto por piezas del organista danés Dieterich Buxtehude que tanto fascinó a Bach, que de joven llegó a caminar más de 400 kilómetros –una larga marcha– para escuchar su música en Lübeck. Como en el anterior “BachCage”, también hay piezas propias, pero aquí de mucho más nivel y perfección, sobre todo “Ground Bass”, un despliegue cromático audaz tomando como referencia el viejo ritmo de baile español de la chacona. Aunque nada mejor en este disco brutal que los 23 minutos del aria ‘La Capricciosa’.

3. Hélène Grimaud

Esta francesa de ojos grandes y grises, que siempre mira en las portadas de sus discos como si estuviera haciéndole carantoñas a un bebé, comparte una facultad sensorial con Aphex Twin: está bendecida con la capacidad de percibir de manera sinestésica, y allí donde hay sonidos ella ve colores. Su manera de tocar el piano, por tanto, es rara y muchas veces contraviene las normas, y de todos los pianistas en activo es quien más se ha acercado al trabajo revolucionario de Glenn Gould –ya no saldrá más–. Hélène Grimaud no tiene manos, sino dos arañas que se mueven a velocidades difíciles de captar cuando mete el turbo a lo extenso del teclado, y es capaz de interpretar con una percepción muy particular de los silencios, los acentos suaves y profundos, y de atreverse con material complejo. Pero lo mejor de su discografía, más que como toca, es cómo confecciona sus programas. Su disco centrado en Bach es un rompecabezas coherente en el que se mezclan preludios y fugas y adaptaciones al piano a cargo de Litsz o Rachmaninov de composiciones para órgano o violín; su Mozart lo toca a contrapié como si estuviera interpretando al primer Beethoven, y siempre aparecen modificaciones de la partitura a su gusto, ese tipo de atrocidades que no permite la academia más intransigente, pero que se aceptan si suenan sublimes, que es lo que ella consigue. También es una gran aficionada a los lobos, que no tiene nada que ver con la música, pero indica más o menos lo freak que es Grimaud.

Disco recomendado: No sería el último, donde toca los dos primeros conciertos para piano de Brahms (2013), sino uno de hace diez años, “Credo” (2003), y por una razón: aunque en otras grabaciones ha bordado obras maestras como el concierto ‘Emperador’ de Beethoven, en “Credo” el programa es de una audacia extraordinaria: se abre con “Fantasia on an Ostinato” del post-minimalista americano John Corigliano, continúa con dos maravillas de Beethoven –una enigmática “Sonata para Piano nº 17” y una “Fantasía Coral” con picos de intensidad sublime–, y se cierra con “Credo para Piano Solo, Coro Mixto y Orquesta” de Arvo Pärt, una mezcla de delirio cacofónico y lamento religioso que puede provocar trastornos nerviosos.

4. Valentina Lisitsa

En el caso de Valentina Lisitsa –ucraniana residente desde hace años en Estados Unidos, y nacionalizada americana–, la juventud no fue un factor beneficioso. Tras grabar un par de discos en Naxos, sello especializado en series económicas e ‘intérpretes de segunda’, se dio a conocer entre el público gracias a YouTube. Con una webcam estratégicamente situada en posición perpendicular al teclado, Lisitsa se grababa acometiendo interpretaciones virtuosas de Litsz, Schubert, Mozart y otros clásicos infalibles, y contra todo pronóstico la rueda de la viralización comenzó a girar en su favor. Mientras las visitas se disparaban, ella vio la oportunidad: hipotecó su casa, contrató a la London Symphony Orchestra y se empleó en la tarea hercúlea de grabar todos los conciertos para piano de Rachmaninov (incluida la “Rapsodia” inspirada en los rompecabezas para violín de Paganini). Mientras tanto negoció un contrato con Decca, grabó un concierto de clásicos populares en el Royal Albert Hall de Londres, editó finalmente el doble CD rachmaninoviano y a finales de 2012 ya estaba instalada como una de las principales pianistas del circuito. Justo ahora acaba de editar un nuevo disco, “Listz”, pensado y tocado para lucirse por todo lo alto. Y lo consigue.

Disco recomendado: “The Piano Concertos / Paganini Rhapsody” (2012) es admirable: la orquesta toca con un punto de furor, bien armonizada con su discurrir agilísimo por el piano, y resuelve con una solvencia brutal, con una suficiencia insultante, uno de los repertorios más exigentes para los pianistas especializados en el periodo romántico (y post). Lo bueno de Lisitsa es que no se queda en la versión eslava y rubia de Lang Lang: su disco con las sonatas para violín y piano de Charles Ives, un tesoro escondido del siglo XX, (y junto a Hilary Hahn) es sorprendente, inteligente y encantador.

5. Hilary Hahn

La irrupción de Hilary Hahn en la primera división de los violinistas fue muy comentada, pues entró siendo niña. Prodigiosa, sin duda, pero no es eso lo único que nos debe llamar la atención: en la música clásica se dan bastantes casos de ‘monos de feria’ con los que engañar al oyente desprevenido, intentándonos convencer de que una personita todavía en tierna edad puede estar a la altura de mitos como Ithzak Perlman. Pero Hilary Hahn era otra cosa: ciertamente toca bien, ha seguido mejorando con los años sin hacer ruido ni venderse al mejor postor, y proponiendo programas interesantes en discos que, desde un punto de vista comercial, suponen un riesgo evidente para su casa de discos. No sería el caso de su Bach, pero sí todos aquellos en los que, con muy buen criterio, combina un clásico aceptado –el “Concierto para Violín nº 1” de Mendelhsson, o el “Concierto para Violín” de Beethoven, peaje por el que debe pasar tarde o temprano todo violinista para demostrar que sirve para esto– con piezas menos grabadas con la firma de Barber, Shostakovich, Bernstein o, en el caso del “Violin Concerto” de Jennifer Higdon (nacida en 1963), incluso una première mundial. Otro aspecto interesante de su perfil es que, cuando puede, se va a tocar con gente de fuera del mundillo clásico, como en Silfra (2012), su disco con el pianista neo-impresionista alemán Hauschka.

Disco recomendado: Su “Concerto for Violin & Orchestra op. 14” de Samuel Barber es para derramar un charco de babas, porque la composición es sublime (y superior al más famoso “String Quartet” en el que está incluido el tristísimo ‘adagio’), pero si buscamos una grabación completa con todo killer y nada de filler, debería ser la 2008, con los únicos conciertos para violín y orquesta (opus 36 y 47, respectivamente) de los dos compositores más diametralmente opuestos del siglo XX, el austriaco Arnold Schönberg –heredero de la atonalidad y padre del dodecafonismo–, y el finlandés Jean Sibelius, el último romántico verdadero.

6. Janine Jansen

A la hora de escoger otra violinista, la cosa estaba entre Janine Jansen y Lisa Batiashvili (previo descarte de Julia Fischer, por conservadora). Y aunque Batiashvili se atreve con autores más modernos y difíciles –bajo el padrinazgo del director Esa-Pekka Salonen y la pianista Hélène Grimaud, de la que hemos hablado más arriba–, su trayectoria es brevísima, recién comenzada, y por ahora no se puede decir mucho más aparte de que apunta maneras y que, si algún día decide colgar el violín, tiene garantizada una carrera como modelo. Así que la holandesa se lleva el puesto porque sigue el mismo patrón exacto que Hilary Hahn: empezó joven, da buena imagen (Jansen sonríe más, eso sí) y ofrecen interpretaciones más que cumplidoras del repertorio básico –el ‘Concierto para Violín’ (Beethoven) de Jansen es mucho mejor que el de Hahn, por ejemplo-, con la diferencia de que nuestra protagonista tiene un poco hacia la annesophiemutterización, con unas “Cuatro Estaciones” de Vivaldi en 2004, mucho Bach y mucho Tchaikovski. Pero a medida que ha progresado su carrera han ido llegando las dificultades y las piezas raras: el concierto para violín de Britten (2009), la “Noche Transfigurada” de Schönberg en 2012 y, este año, todo un disco dedicado a Prokofiev.

Disco recomendado: para ir sobre seguro, sería el programa doble Beethoven / Britten de 2009, con una pieza inmortal y una rareza infrecuente de gran atractivo. Pero el programa de 2012 en Decca, adoptando un papel protagonista en el “Quinteto para Cuerdas” de Franz Schubert y en la “Verklärte Nacht” de Arnold Schönberg, tiene mucha tela: la pieza fundamental en el resquebrajamiento de la atonalidad contrapuesta a una exultante joya del Romanticismo, que de entrada suena como mezclar yogur con ketchup y que termina siendo un satisfactorio choque de sabores clásicos y vanguardistas.

7. Alice Sara Ott

Mitad japonesa, mitad alemana, Alice Sara Ott entra antes que nada por la vista. Su manera de tocar el piano tampoco está exenta de glamour: lo hace siempre descalza (por comodidad, según dice), aunque no siempre se da cuenta el público, ya que es costumbre en los recitales vestir falda larga y volcánica. Pero una vez superado el trance del atractivo visual, en Alice Sara Ott descubrimos una pianista de grandísima técnica que no tiene miedo a los retos. Sus primeras grabaciones iban sobre seguro –Litsz, Chopin–, pero a partir de sus interpretaciones de Beethoven (un programa panorámico que incluye una sonata de juventud, la número 3, y una de senectud, la 21, acompañadas de piezas breves entre las que, a modo de concesión comercial, aparece la famosa bagatela “Para Elisa”), la Alice Sara Ott de Deutsche Grammophon se ha convertido en el ojito derecho del sello alemán. Este año ha grabado “Pictures” –o sea, los “Cuadros de una Exposición” de Modest Mussorgsky al completo–, pero lo mejor está aún por venir: en verano se informaba vía Facebook y Twitter de una misteriosa colaboración con Francesco Tristano. Están grabando algo juntos y no sueltan prenda. Y pinta que será tremendo.

Disco recomendado: más que un disco, lo recomendado es ir a verla en directo si pasa por el auditorio más cercano de tu ciudad –lo de tocar descalza tiene su encanto, no se puede negar–, pero si no se da la oportunidad, lo mejor es hacerse con “Pictures”, no sólo porque la obra de Mussorgsky sea memorable, sino porque consigue encontrar el punto perfecto de equilibrio entre tensión y relax, entre sombras tenebrosas del romanticismo y el apunte de impresionismo que el maestro ruso ya deslizaba en sus ‘promenades’ entre cuadro y cuadro.

8. Joyce DiDonato

Cuando hablamos de voces, entramos en terreno espinoso. Aquí ya tenemos divas y divos entre manos, la gente más caprichosa, irritante y asesinable si te pillan en un mal día –top 1, Angela Gheorghiu–, y además conscientes de que el sex appeal es un factor que juega a favor, y que tan bien han sabido explotar sopranos y mezzos a lo largo de los últimos años, como Anna Netrebko, Elïna Garanča, Danielle de Niese o la última bomba sexual de la ópera, Nino Machzaide, con esos labios y esos ojos tan Angelina Jolie. Por eso, y aunque todas son maravillosas laringes educadas de manera primorosa, nos quedamos con Joyce DiDonato, porque su coolness va más allá de todo eso. Anti-diva en cierto modo, esta norteamericana afirma que se enamoró de la ópera a una edad avanzada (o sea, en la adolescencia, que ya se puede considerar como ‘tarde’), y que le costó encontrarle el truco al canto, pero que cuando conectó por completo cayó en la red y se quedó atrapada para siempre. El reto para esta mezzo-soprano de extensión de tesitura algo superior a la habitual –lo que le permite, igual que a Cecilia Bartoli, permitirse algunos papeles de soprano– estaba en los detalles de pronunciación, en clavar con exactitud los agudos más complejos y, sobre todo, en la posibilidad de jugar a cosplay cada día. Las mezzos especializadas en ópera barroca normalmente asumen los antiguos papeles de los castratti en su versión más aguda, y Joyce es de las que disfrutan travistiéndose: su disco de 2011, “Diva, Divo”, es un programa de intercambio entre roles femeninos y masculinos a partir de algunas de las arias más deliciosas que van de Mozart y Rossini a Gounod y Strauss. Que es otra de sus virtudes: no sólo que parece más una madre freak que una señorita repipi, sino lo bien que se adapta a la ópera barroca, la clásica, la belcantista y la atonal. Joyce mola.

Disco recomendado: definitivamente, “Drama Queens” (2012), no sólo porque le hizo ganar un Grammy, sino por la propuesta fresquísima que ofrecía dentro de los márgenes de un repertorio 100% barroco: adoptar los roles de varias reinas, auténticas y mitológicas, para las que compositores como Haydn, Monteverdi, Orlandini, Keiser, Hasse o Cesti compusieron retumbantes arias. Así, Joyce DiDonato, haciendo honor a su preferencia de transformarse en personas distintas cada noche y disfrutar con esa magia teatral que sólo permite la ópera – “una invitación a un mundo de fantasía”, en sus propias palabras–, se mete en la piel de Berenice, Reina de Palestina, la sacerdotisa Armida, Rossane, princesa de Persia, Octavia, emperatriz de Roma, o Galsuinde, princesa de España. Uno de los discos favoritos de 2012 de Alex Ross, por cierto.

9. Jonas Kaufmann

El retorno del macho en el exclusivo círculo de los tenores. Si el sex appeal había sido cosa prácticamente exclusiva de los bajo-barítonos –en los últimos tiempos, latin lovers con músculo y tendencia metrosexual como Ildebrando D’Arcangelo o Erwin Schrott–, mientras se tenía a los tenores por una panda de obesos o tirillas de metro y medio, llegó por fin el alemán Jonas Kaufmann para defender la hombría en el registro más agudo de la voz masculina. Su aspecto es ligeramente montaraz, con el pelo revuelto, barba de dos días y mirada de empotrador a punto de embestir, y ciertamente tiene tirón entre el público femenino. Pero no es por eso por lo que aparece aquí. Aparece aquí porque, verdaderamente, es el gran tenor de su generación: un spinto con una capacidad pulmonar propia de un elefante, un chorro de voz intenso y unas dotes naturales para asumir papeles difíciles: no sólo borda los Verdis más complicados (Macbeth, Don Carlo y, sobre todo, Otello) y todo el verismo, sino que entró en Wagner cuando todo el mundo le recomendaba evitar ese infierno para no destrozar su voz. Pero echado para adelante como es, ahora tiene unos Siegmunds, Lohengrins y Parsifales que son para mear y no echar gota. Se dice que es el sucesor de Plácido Domingo, pero la verdad es que Kaufmann se está construyendo su propia liga, su propio mito.

Disco recomendado: El “Wagner” es muy áspero para empezar, y el “Verdi Album” muy oportunista, así que iremos a una propuesta inhabitual pero sugerente: “Verismo Arias” (2010), una colección de piezas de las óperas realistas de sangre y muerte fechadas en Italia en el cambio de siglo del XIX al XX. No hay nada de Puccini (que nunca fue un verista, en realidad, y del que ya dio cuenta con maestría en su anterior “Romantic Arias”), pero sí mucho Leoncavallo, Cilea, Ponchielli y Mascagni, arias tormentosas, breves, condensadas y que requieren una capacidad técnica sobresaliente. Y le salió una cosa bárbara.

10. Patricia Petibon

De Patricia Petibon mola sobre todo el pelo: como otra soprano excéntrica, Simone Kermes, lo tiene teñido de caoba fuerte y consigue con ese aspecto llamar la atención de inmediato, lograr que se dirijan todas las miradas hacia ella. Cualquier persona que se trabaja el pelo –tanto en el tinte como en el peinado; a veces se hace esculturas de cabello rarísimas, cuando no dos moños– merece una mínima atención, y la soprano francesa lo ha utilizado bien para que, una vez pasemos de lo capilar a la voz, admiremos una de las técnicas más pulidas que existen en la actualidad. Y, sobre todo, uno de los repertorios más amplios y valientes no ya entre las sopranos líricas –que estas no se mueven de lo que va de Mozart a Puccini–, sino incluso entre las especializadas en el repertorio barroco, ese boom de los últimos años que se ha convertido en una competición por ver quién desentierra las partituras raras (Cecilia Bartoli wins) o logra las coloraturas más atrevidas (Julia Lezhneva arrasa). Petibon es brillante tanto haciendo un Händel como un Vivaldi, lo borda con Mozart y, en un salto temporal alucinante, demuestra que el siglo XX –su “Lulu”, la ópera de Alban Berg, es estupenda– está hecho también para su garganta dúctil como la plastilina: su próximo disco es el “Stabat Mater” de Francis Poulenc, una de las cumbres de la música religiosa de la última centuria.

Disco recomendado: ese Poulenc que saldrá a la venta el 18 de noviembre pinta muy bien, pero de mientras habría que rastrear otras cosas. Su disco de canciones españolas puede ser una mala elección por el tema de acentos (y porque la zarzuela no es plato de fácil digestión para cualquier estómago), así que lo mejor es irse a los discos de arias del barroco francés e italiano. Pero si además de escuchar se quiere ver también, de cabeza a por la grabación de “Lulu” en el festival de Salzburgo de 2011, donde la complejidad de la música –cantada con precisión matemática por Petibon– se mezcla con una escenografía sórdida, propia de una historia de putas, bajos fondos y muerte como es la obra maestra de Berg.

Bonus: Vladimir Jurowski

Debutó como director de orquesta a una edad insultante, con sólo 23 años, dirigiendo óperas no precisamente habituales en el repertorio trillado –la grand òpera francesa de Meyerbeer, ese tostón anacrónico–, y desde entonces ha estado entre los conductors más reclamados y mejor pagados. Con sólo 41 años, su currículum es de impresión: fue el director musical del festival de verano de Glyndebourne, saltó luego a la London Philarmonic Orchestra y desde entonces no ha parado de entrar en la rueda del dinero, es decir, de ir de orquesta en orquesta como director invitado cobrando un pastizal gracias al prestigio bien ganado. Ruso de nacimiento, su repertorio favorito está en todo lo que va de Rimsky-Korsakov a Shostakovich y Stravinski (ojo a sus versiones de “The Rake’s Progress”), pero es un hombre con visión amplia que bucea con criterio en todo el post-romanticismo. Aunque si hemos de decir la verdad, elegirle como el único director de orquesta de esta lista (por encima de una vaca sagrada, y no va por su corpulencia, como Christian Thielemann o un joven prometedor como Robin Ticciati) responde, sobre todo, a su alarmante parecido, cuando se deja el pelo largo y suelto, con Mario Vaquerizo.

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar