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Las mujeres solo sirven para una cosa

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El primer escritor conocido fue una mujer, y otras cosas que no sabías porque sólo va a contártelas Clara Janés

Luna Miguel

07 Julio 2015 06:00

—Imágenes de Elisa Scascitelli

Para guardar la casa. Para preservar el olor a lejía y lavanda de la casa. Para lucirse hermosas. Para brillar en la oscuridad solitaria de la casa. Para esperar al amado. Para cerrar la boca. Para ser un fantasma. Un destello. Un simple agujero.

De acuerdo: las mujeres no sirven para una sola cosa.

Si elaboramos una lista de todas sus utilidades posibles en nuestra sociedad, podremos encontrar unas cuantas más. Sin embargo, parece que todas ellas estuvieran relacionadas. Que todas ellas tuvieran, en realidad, una misma definición.

¿Las escritoras existen?



Tomando entonces como referencia el título del último ensayo que la escritora Clara Janés ha publicado en Siruela, podríamos decir que una mujer sirve para Guardar la casa y cerrar la boca. O lo que es lo mismo, su papel en el mundo no es otro que el de ser sumisa.

Aunque a veces pensemos que vivimos en el año 2015, y que por fuerza tal cifra es sinónimo de una época más libre, ajena al sexismo, lo cierto es que nuestro mundo y también nuestra literatura siguen sumidos en una enorme desigualdad.

Hace un año, podíamos leer en El Diario un artículo de Pau Rodríguez a propósito de la ausencia de nombres femeninos en los libros de texto escolares tanto de ciencias como de humanidades. Según un estudio de la Universidad de Valencia, sólo el 7,5% de los referentes de estos libros son mujeres.


El sexismo es el pan de cada día



Esto no es cosa sólo de la Comunidad Valenciana. Sólo hay que abrir un libro de Lengua y Literatura de cualquier editorial y comunidad de nuestro país para darse cuenta de que, en general, las escritoras no existen, y si lo hacen son bichos raros, asociadas a determinados temas “muy femeninos”, y siempre inferiores a los escritores laureados, ganadores de premios y merecedores de nuestro continuo estudio y atención.

Esta desigualdad no está sólo en los libros académicos.

El sexismo es el pan de cada día en el mundo de las letras, y aunque hoy los catálogos de las nuevas editoriales y las páginas de suplementos culturales han empezado a mostrar una igualdad de géneros, el desprecio sigue mostrándose y recordándonos eso que Janés denuncia desde el mismo título de su nuevo libro: la mujer sólo sirve para una cosa. La mujer no sirve para nada.

Cien voces para cambiar el mundo



Sin ir más lejos, hace dos semanas en El Cultural de El Mundo podíamos encontrar unas declaraciones de Chus Visor —editor de Visor, una de las editoriales más importantes de poesía no sólo en España sino también en América Latina— en donde se aseguraba que la poesía hecha por mujeres en nuestro país es muy inferior a aquella escrita por hombres.


Un proyecto para dar voz a las poetas olvidadas

Las respuestas y las quejas ante tales declaraciones empezaron en seguida a llenar las redes sociales, y poco después comenzaron a nacer proyectos muy interesantes que tienen como único propósito dar voz a las poetas silenciadas de nuestra literatura.

Proyectos como Cien de cien, de la poeta y editora Elena Medel, autora además del catálogo de Visor, en el que cada día publica, y hasta llegar a cien, a una poeta del siglo XX.

Con 10 autoras publicadas hasta la fecha, Medel ha dado cuenta de la cantidad de nombres olvidados, desconocidos, alejados de las grandes editoriales y de la academia, pero aún así enormes e importantes, que componen nuestras letras.

De la diosa de la luna hasta nuestos días



El nuestro no es el único país en el que la poeta ha sido infravalorada, insultada y despreciada. A lo largo de la historia, las escritoras han tenido que esconderse para poder cantar sus pensamientos, para poder expresarse, para poder escribir aquello que a veces ni siquiera sabían que otra persona llegaría a leer —y a apreciar, a comprender, a amar—.

Además de Cien de cien, recientemente han salido a la luz otras iniciativas que han arrojado luz y esperanza. Libros como Beat Attitude son ejemplo de ello. Esta antología de mujeres de la Generación Beat aparecía en las librerías españolas hace tan sólo unos meses de la mano de la editorial Bartleby y de su antóloga, Annalisa Marí, quien en su momento declaraba a PlayGround que "al fin las poetas iban a dejar de ser simples personajes secundarios de la literatura".


Clara Janés es la escritora más valiente, curiosa y atrevida


Casi al mismo tiempo que esta antología, otro libro importantísimo salía a la luz. Guardar la casa y cerrar la boca, de Clara Janés, quizá no tuvo toda la repercusión mediática que en ese momento precisaba, aunque sin duda este ensayo está a tiempo de ser recuperado y reivindicado. En él la poeta, editora y traductora más atrevida y valiente de España introduce al lector en un terreno absolutamente desconocido: en la historia de la Literatura Universal a través de sus mujeres.

Así, con ella aprendemos que el primer escritor del que se tiene constancia en nuestro mundo no es un hombre, sino una mujer, poeta y sacerdotisa nacida 2.500 años antes de Cristo.

Se trata de Enheduana, quien dedicó poemas a deidades de la fertilidad y también a Nanna, la diosa de la luna. Sus cantos religiosos guardaban dentro cierta intimidad y brillantez que, según Clara Janés, no eran propias de la literatura de la época.


Tuvieron que enfrentarse a maridos, a padres, a religiones, a sociedades



El de Enheduana es un caso muy especial. Resulta increíble que jamás en las escuelas se nos hable de ella. Que jamás en los libros de historia o de literatura nos cuenten que antes que nadie, las canciones, las rimas y las palabras más hermosas sobre el cuerpo, la humanidad o el universo fueron dichas por mujeres.  

En Guardar la casa y cerrar la boca, Janés hace un repaso de diferentes culturas y literaturas, contándonos pequeñas historias de grandes mujeres que escribieron y lucharon no sólo por decir, sino por el simple hecho de ser.


Este es el libro que deberían enseñar en todas las escuelas



Nombres como el de Rosa Chacel, el de Sujata Bhatt, el de Matilde de Magdeburgo, el de Ts'ai yen, el de Hildegarda de Bingen o el de otras tantas escritoras que a lo largo y a lo ancho del mundo y de sus siglos tuvieron que enfrentarse a maridos, a religiones, a sociedades e incluso a otras mujeres que pusieron piedras en sus caminos hacia la libertad de escribir lo que querían escribir.  

Muchas, sin embargo, o quizás la mayoría, quedaron sepultadas no ya sólo por el machismo de su época, sino también por el tiempo, y por los miles de nombres masculinos que sólo por esta condición ya tenían más valor, más importancia, más derecho a hacer historia.

Otra vez, hubo mujeres



Hubo, y las hay, y las habrá. Y es triste tener que repetirlo una y otra vez. Y es triste tener que decirlo, y tener que probarlo, y tener que gritarlo cada poco porque, de lo contrario, puede que nadie quiera acordarse.

El ensayo de Janés es breve y está lleno de referencias a autoras que aún es casi imposible conseguir o leer en nuestra lengua —si no fuera muchas veces por las traducciones de la propia Janés—. Ojalá sus palabras sobre poesía y mujer fueran enseñadas en todos los colegios y universidades. Ojalá se le hiciera más caso a lo que dice aquí, a todo que nos descubre.

En uno de los apartados del ensayo, la autora hace referencia a la poesía egipcia y a uno de sus libros más antiguos, Las máximas de Pahhoteop, de cuya época se encuentran poemas como este, donde una joven defendiendo su amor ante un padre que no acepta a su pretendiente.

No le abandonaré,

aunque me peguen.

Y tenga que estar todo el día en el pantano,

ni aunque me persigan a estacazos hasta Siria,

o hasta Nubia con varas de palmera,

o hasta el desierto a bastonazos,

o hasta la orilla del mar pegándome con cañas.

No escucharé sus artimañas

y no renunciaré al hombre que amo.

Sería hermoso pensar también, cuando ahora leemos este pequeño texto, que a lo que esta muchacha de hace miles de años se refería no era simplemente "al hombre que ama", sino quizás al puro hecho de escribir poesía.


Aún queda un largo camino



 

A la poesía en sí misma y a su libertad. Como Medel, como Janés, como Marí, como otras tantas y otros tantos hacen cada día, desde aquí también lo reclamamos.

Escribía Martín Lopez-Vega en su columna de El Cultural dedicada al caso Visor, que "el hombre y la mujer, entendidos de forma separada, deberían ser especies en definitivo peligro de extinción".

A menudo las cosas que ocurren, los actos, las declaraciones sexistas, el cansancio de reivindicar, nos llevan a pensar que queda un largo camino para que esto pase. Nada mejor que los versos de esta joven egipcia cuyo nombre desconocemos para expresar lo que de hoy en adelante debería preocuparnos:

No abandonaremos esta lucha,

aunque nos peguen.

No escucharemos sus artimañas,


y no renunciaremos (jamás) a la literatura que amamos







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