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Algunos motivos para partirse el culo (muy fuerte, o sólo un poco) con Facu Díaz

Titular alternativo: Se ríe Izquierda Unida y acaba denunciado por el PP

Días intensitos para debatir sobre humor y política. Mientras la semana pasada el grueso de la sociedad defendía el derecho de Charlie Hebdo a hacer el humor que le diese la gana —teniendo en cuenta que la revista estaba siendo igualmente criticada por su humor xenófobo y sexista—, Michel Houellebecq era tildado de escritor ultraderechista cool. La cosa tiene gracia. Además de que el escritor viene de publicar un libro protagonizado por una caricatura del burgués bohemio francés, Houellebecq recibía el año pasado un papel clave en El secuestro de Michel Houellebecq, película que se chotea de la posibilidad de que el escritor acabe secuestrado y donde la principal fuente de chistes es… el propio Houellebecq. Como Charlie, a Houellebecq le gusta disparar contra todo.

Aquí en España, más de lo mismo: la clase política se vuelca con Charlie Hebdo pero el humorista Facu Díaz es imputado por presunto delito de humillación a las víctimas del terrorismo. Entretanto, y como ocurrió con la revista francesa, Internet discute sobre si el humor de Facu es bueno o no. Va a llevar razón Darío Adanti cuando dice que «el humor es ese hermano menor de la prensa, que es el primero en recibir los golpes. El humor es como el pajarito de la mina, el primero en morir por la censura».

Humor político… ¿pero para qué?

Hay al menos dos razones para hacer humor con la actualidad. El primer motivo es aliviar las tensiones de una sociedad en descomposición. Un ejemplo claro de esto es lo que ocurrió con el humor negro antinazi: como ya detalló en un libro Werner Herzog, los chistes que los judíos hacían sobre el nazismo no eran especialmente subversivos con el régimen. Los hacían para no volverse locos.

Otro motivo para hacer humor con una situación política grave es el desafío a la autoridad que eso supone . También es una forma de plantar cara al drama sin miedo y volverse fuerte. Meses atrás, cuando Occidente se tiraba de los pelos ante el riesgo para su seguridad que suponía ISIS, en Irak, donde verdaderamente estaban sufriendo la violencia, a alguien se le ocurrió hacer un programa de televisión que se cachondeaba de los terroristas. Resulta que los terroristas estaban matando a Irak…  de la risa.

Hacer chistes sobre la Guerra Civil, sobre la Transición o sobre la crisis de 2008 no significa necesariamente mostrar desinterés por estos acontecimientos. La risa también es una demostración de vigor y entereza, y en este sentido el humor de Facu Díaz sintoniza a la perfección con una sociedad que en los últimos años ha tenido que experimentar un empacho de información política. Probablemente todos hubiésemos preferido hablar de nuestras cosas, pero no era posible. Para bien o para mal, la nuestra es una generación que en el desayuno discute la transición, en la comida comenta sobre macroeconomía y en la cena la conversación gira sobre el sexismo en la vida diaria. Y de eso mismo van los chistes de Facu Díaz.

Sus sketches tratan sobre los lugares comunes de los militantes de Podemos y sobre los lugares comunes de los viejos militantes comunistas:

Él habla de esa figura embalsamada en alcanfor que es el intelectual del PSOE (¿cuarta página de El País?)…

…y también de los indignados de Izquierda Unida.

En un mismo sketch, Facu Díaz se ríe de Inda y de su propio programa… 

…pero también del programa electoral de Pablo Iglesias.

Del imperio chanante al Humorismo Semiprofesional Tuitero

Uno de las grandes cosas que le sucedió al humor español de los últimos años fue la risa chanante. Su fórmula era clara: primeros atisbos de friquismo digital ( «¡Internéeeee!»), un mejunje de referencias pop ( «¡celeeebritiiisss!») y un público compuesto por un montón de modernos que en realidad escondían un pasado rural ( «¡gañáaaaan!»). La receta funcionó estupendamente, conformó la sensibilidad de toda una generación y durante bastante tiempo construyó su propia hegemonía…  hasta que la realidad le dio un tortazo. Hoy Joaquín Reyes ha cambiado el humor absurdo y vainilla por la sátira política, y Twitter se ha llenado de una legión de burócratas del humor que no puede parar de hacer bromas políticas. Los tiempos son otros.

Facu Díaz es una fantástica encarnación de esa mutación del humor español. Sus códigos ya no comprenden los nuevos movimientos políticos y sociales como frágiles instituciones embrionarias y sagradas: asumámoslo, Pablo Iglesias da bastante risa y eso no puede seguir siendo un tabú. A su vez, si sus coñas recaen sobre nuevos movimientos políticos y sociales, es porque a veces el humor es la mejor manera de contestar a una crítica. Como ocurre con las parodias sobre feminismo de Alicia Murillo, Facu Díaz da voz a un montón de gente que algunos quieren ver como una especie de yihadistas locales —feminazis, estalinistas…—, pero que solo se lo está pasando bien mientras discute sobre problemas colectivos. Y eso, a veces, es muy LOL.

Los pintan como feminazis y estalinistas… y sólo son cómicos

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