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14 motivos para discutir con tu pareja

¿Por qué discuten las parejas? Desvelamos aquí los principales desencadenantes de las peleas domésticas más feroces

¿Tienes peleas en casa por culpa de la limpieza? ¿Te ha jugado un asunto de cuernos alguna mala pasada? ¿Te parece un rollo la familia de tu pareja? Tranqui, no estás solo.

Todas las imágenes están sacadas de la película "¿Quién teme a Virginia Woolf?" (Mike Nichols, 1966)

1. Desorden/guarrería genérica

Les sorprendería la cantidad de gente que riñe con su esposa por este nimio motivo. Yo mismo, sin ir más lejos. Me resulta incomprensible cómo puede multiplicarse su montonzuelo de bragas sucias hasta alcanzar proporciones de gran mamífero marino. Mi mujer tiende a amontonar cosas en mondongos heterogéneos; ese es uno de sus principales rasgos definitorios: La Mujer Que Amondongaba Materia. Por todas partes nacen, crecen y se reproducen (pero nunca mueren, pues son indestructibles, como el bicho de Alien) cerdosas torretas de desechos tutti frutti, publicidad sin abrir, libros a medio leer, recuerdos de las colonias de 1987, mecheros sin gas, gomas de cabello, ropa interior en diversos estadios de tizne, paquetes arrugados de chicles y anónimos amenazantes a medio redactar. Cuando me armo de valor y logro desmantelar una de esas almenas de infortunio (rezongando para mí: “¡Mondongos, mondongos, mondongos!”), la cornucopia multiforme vuelve a brotar en otro punto de la casa, cual testarudo fenómeno paranormal. Afirma el cliché que los hombres somos mucho más puercos que las señoras, pero a juzgar por mi entorno inmediato la dejadez patológica y pertinaz parece más bien un rasgo femenino. No sé si las mujeres son de Venus y los hombres de Marte, como afirmaba el abominable best-seller, pero de ser así Marte se antoja un sitio pulcro y saneado, ideal para establecerse en familia, y Venus una porqueriza infernal e inhabitable, no apta para humanos. Mondongolia.

2. Cuernos

"Existen grados: No es lo mismo ser discreto a la hora de conducir tus affaires que publicitarlo a voces por toda la comarca, aumentando así el volumen de carga del astado cónyuge"

De ir por orden de importancia, imagino que el cuerneo sería el motivo #1 de esta lista. La pareja suele tomarse malamente esa bobada, esa fruslería: que de golpe y porrazo, mira tú por dónde, te agrade más otra pájara. Así, gangnam style, como una predeterminada pulsión molecular de trilobite o el capricho de un jerarca loco con hacinado harén: “Ahora me gusta esa de ahí; la vestal de escasas luces y escasos atavíos. Decapita a la vieja, Iznogud”. Santos célebres, eunucos legendarios y provectos padres de la patria han cuerneado; es algo que los humanos hacemos. Jung y Freud se cuerneaban. Pedro el Grande y JFK lo hicieron un asunto de estado. Joder: si para los viejos semitas era un mandamiento de entre diez es que debía tener cierta relevancia ¿no creen? Yahvé, “de su propia mano” le escribió a Moisés: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno”. Lo del burro no ha prosperado, naturalmente (excepto en áreas rurales donde pervive aún el amor físico con équidos), pero ¿desear la piba/pibe del vecino? Ha permanecido en el patrón homínido hasta el día de hoy. Por supuesto, como en todo —exceptuando la pedofilia, el genocidio y el posmodernismo— existen grados: no es lo mismo el cuerneo de repetición, compulsivo y ladino, que el revolcón beodo de una noche durante la XXVª Convención de Fabricantes de Plumieres celebrado en el hotelucho desértico de un complejo turístico en temporada baja (lo que sucede de gira se queda de gira, que dicen en el rock). No es lo mismo ser discreto a la hora de conducir tus affaires que publicitarlo a voces por toda la comarca, aumentando así el volumen de carga del astado cónyuge. No es igual ser cornuto e contento que atajar los cuernos con extrema virulencia así asoman por el horizonte (divorciándose, quiero decir; no derramando sangre). Y desde luego no se parece en nada estar bailando el charlestón-sin-pantalones con otro fulano/fulana que fantasear sobre ello. Es el entrañable fenómeno que la iglesia católica condenó como “pecado de pensamiento”: se trata, ni más ni menos, de lo que acontece en el interior de la mente del titubeante marido fiel (pero lascivo) cuando percibe la fatal atracción hacia otro ente fornicable: imaginar todo el maldito asunto, a veces en tiempo real, desde la confusión inicial y el cortejo, pasando por la plenitud sexual, hasta el fin del romance. Solo que nunca hay plenitud, por supuesto. Solo sinrazón, remordimiento privado y vergüenza intradérmica, y un montón de comedidos correos criptoflirteantes embarrados de cotidianidad que nadie sería capaz de descifrar. Es el culmen de la tristeza marital; casi mejor que cuerneen, miren lo que les digo.

Nota: Para prevenir este tifón de despropósitos solo puedo recomendarles lo que un amigo mío ha bautizado como “paja preventiva”. Es decir: jamás salir de casa rumbo a un entorno potencialmente dañino (p.ej.: cualquier estancia que reúna a miembros del sexo opuesto sin hipertrofias visibles) sin antes habérsela meneado a conciencia. Lo que Vince Vega (de Pulp Fiction) masculla en el baño antes de salir a reencontrarse con Doña Wallace (“Te montarás en el coche, irás a casa y allí te harás una paja, eso es todo”) pero al revés. La paja antes de cruzar el dintel de la puerta, siempre.

3. Amigos del otro

Es privilegio del casamentero moderno no ser arrojado a un matrimonio infantil pactado entre familias y poder escoger uno mismo a la media naranja. Lo que nunca jamás se ha escogido, sin embargo, es a la turba de cítricos necróticos que pululan alrededor de esa media naranja, cual pústulas incurables o tenaces parásitos intestinales. Lo que llamamos, eufemísticamente y por puro decoro, “amigos” y “amigas” del otro. Ese amasijo indeterminado y prehistórico (pre-tú, en cualquier caso) de cargantes alimañas que vas a comerte con patatas, que va a pernoctar contigo en casas rurales, que vaciará tu nevera y se beberá tus alcoholes, y encima lo hará echándote en cara que conoce al otro mejor que tú lo harás nunca, y qué pena que te perdieras aquella Nochevieja del 98, cuando él/ella _ _ _ _ _ _ (inserten aquí burda insinuación de lambada con danzarín atorrante de asombroso pistolón). Los amigos del otro son una excelente razón para echarse la vajilla por la cabeza mutuamente, pues no parece ser suficiente que los toleres —como al ruidillo sin potencial de avería en un motor— sino que encima se te exigirá que los ames. A esa jauría indecente de perros de Satán. Pero incluso esa patulea ingrata de metomentodos, listillos y pusilánimes es mejor que... ( sonido de truenos y relámpagos en la noche)...

4. La familia del otro

Perdón, quise decir: ¡LA FAMILIA DEL OTRO! ¡Sálvese quien pueda! ¡Las mujeres y los niños (de la familia ajena) primero! ¡Pero por la borda, y con un peso atado a los pies! Uno al menos conserva la vaga posibilidad de quitarse algún día de encima a los amigos del otro, si juega adecuadamente sus cartas de cizaña y planta las pruebas falsas en los lugares pertinentes. Pero la familia del otro, mis queridos amigos, está ahí pa-ra-que-dar-se, como el dolor de menisco pasados los cuarenta. Con la familia política uno solo puede actuar de dos maneras: a) Congraciándose con ellos (mediante sobornos, agua de fuego y bisutería barata, como se hizo con los nativos americanos) o b) Repugnándoles de manera fehaciente y holocáustica. De lo primero no existen pruebas documentadas (según parece, nadie lo ha logrado aún), mientras que lo segundo es pan comido. Pero tienen ustedes que repugnarles al máximo, eso sí; lo suficiente como para que no osen volver a poner sus sucios pies en la casa. Un consejo para yernos: su cuadro de comportamiento debería combinar al protagonista de American History X y al yonki raquítico de Trainspotting que se caga en la cama: un nazi fecal, si quieren, todo tatuajes nórdico-supremacistas e incontinentes esfínteres. Podría contarles espeluznantes anécdotas sobre suegras horripilantes que he sufrido (no la presente), aberraciones infrahumanas y siervas de Belcebú que sonreían como los guardias porcinos de Jabba el Hutt, olían como el pozo del Sarlacc y cocinaban como Lucrecia Borgia. Y que, no hace falta decirlo, me odiaban. Oh, sí, me odiaban, como se odia en la franja de Gaza o el Ulster, con un odio milenario, fraticida, tradicional, el odio innato que la gente alimenta hacia los empleados de la Grúa Municipal o los críticos literarios. Pues aquel mimbres con la raya afeitada en la cabeza, tatuajes disléxicos y velomotor churrigueresco era exactamente lo que no habían soñado para sus hijas. Estarán contentas, suegras de la antigüedad: me fui, finalmente. Me fui, en efecto, pero antes (¡Ja, ja!) implanté en su mente un puñado de imágenes de gratuito nudismo matutino que las mantienen insomnes en las largas noches de invierno.

5. Hábitos de asueto (del Otro)

Pensaba en farrazas harakiri y chamuscarriñones, que son mi hobby primordial, pero en realidad sirve cualquier cosa que le pirre al consorte y a nosotros nos resulte inaccesible, sean torneos de paddle o consumo comedido de heroína. Toda la mierda, en resumen, que El Otro o La Otra realizan para pasarlo bien en nuestra ausencia. ¿Cómo no sentirse vagamente celoso ante ese feroz competidor, Cosas Guays Que Realiza el Cónyuge, y en las que no parece existir una miserable grieta por la que infiltrarnos? ¿Cómo se atreven? Aunque parezca mentira, mucha gente vive así, languideciendo en sofás-ciénaga, engullendo six-packs de Especial Dia y reviendo películas inglesas del año de la polka mientras el otro lo pasa cañón en ese grande mundo de allá fuera, y luego yéndose a dormir llenos de pesadumbre e ideas abstractas sobre “acabar con todo esto”, para al cabo de cinco minutos ser despertados por una bestia parda descastada y feroz, con los ojos inyectados en hemoglobina y un cono de tráfico bajo el brazo, que regresa despeinada de los bares cerrados e insiste, a las tres de la madrugada, en preguntar (fuera de sus casillas) “qué fue lo que te hizo fijarte en mí por primera vez” y “haz una lista rápida de razones por las que me amas”. ¿Cómo dicen? ¿Que esa mujer es una santa? No, no, lo entendieron al revés: el desdichado del sofá soy yo.

6. Educación infantil

Si mi mujer llega a ser uno de esos orates empeñados en seguir creyendo que un ser omnipotente e invisible rige los designios de la humanidad desde algún punto difuso de la galaxia, y por tanto concluyera que su prole debe recibir educación religiosa, la hubiese abandonado a los cinco minutos. Llevándome a los niños. ¿Matándola luego, tal vez, para evitar inconvenientes juicios futuros? No importa: yo, y muchos como yo, fuimos zurrados sin clemencia ni compasión por esos sarasas hipócritas y maquiavélicos que se hacen llamar siervos de Cristo, y les aseguro que es lo último que deseo para mi camada. Y lo mismo puedo decir de la educación privada. He ahí otra rutilante piedra de contención de los matrimonios modernos: educar a la chiquillada en colegios concertados/privados (lo que El Otro bautizará como “darles lo mejor”) o públicos (lo que El Otro suele resumir como “condenarles a un patíbulo de analfabetismo, violencia pandillera, parasitismo social, mala ortodoncia y temprana muerte”). Los calzonazos certificados pasamos por el tubo de mil claudicaciones, pero no por esta. He aquí el exacto vórtice donde algunos hombres y mujeres se dejan crecer UN PAR y le aúllan a la negra noche HASTA AQUÍ HEMOS LLEGADO. La escolarización en mi casa será pública o no será: prefiero tenerles por aquí en taparrabos, gruñendo y despiojándose el uno al otro, que rodearles de odiosos pijos repeinados, inútiles, beatos y gangosos. Antes dejo que mi mujer les afilie en el Ku-Klux-Klan o les tatúe en las nalgas “Propiedad de los Hell’s Angels” que aprobar la matriculación de esos dos infelices en un centro privado y/o católico.

7. Política e historia

Recuerdo una noche de hace lustros en cierto restaurante de La Toscana en la que, tras echarme al gollete tres imprudentes limoncelos digestivos (por aquel entonces aún no era consciente de su mortífera graduación) le acabé berreando a mi esposa “No tienes ni idea. Vosotros no perdisteis la Guerra Civil” (en realidad dije: “Nodiensssnidea. Foshtros d-do berdishtes la JJJerraZzvil”). Ignoro a quién señalaba con aquel “vosotros” (la mágica transmutación de conceptos individuales en generalizaciones multitudinarias es un síntoma inequívoco del taja paranoico: “¡Todosh me odiaish! ¡Admitidlo!”), pero sé que se trataba tan solo de una tenue discrepancia en la percepción del sistema de vencidos y vencedores que resultó de la Gran Contienda española del siglo XX. Que los míos perdieron, sin lugar a dudas. Si dos personas unidas en desposorios que pertenecen a la misma denominación apóstata (furibundo ateísmo de trinchera) y habitan el mismo segmento del mapa político (izquierda de la izquierda, según entras a la izquierda) pueden arreglárselas para discutir, literalmente, de cualquier estupidez (ver punto siguiente) imaginen lo que debe ser vivir con un facha, por ejemplo. Cada frase un Frente del Ebro, cada decisión una lucha fratricida. No se lo deseo ni a mi peor enemigo. Bueno, a él sí.

8. Cualquier estupidez

El protagonista de Radio Days declara en un fragmento de la película que sus padres eran capaces de discutir por el tamaño de los océanos (“¿Me estás diciendo que el Atlántico es mayor que el Pacífico?”). Le sucede a todo el mundo. Con mi señora he discutido virulentamente de verdaderas bobadas, como por ejemplo Bruce Springsteen (“Todo el mundo sabe que su mejor disco es el Tunnel of love”), temperatura media de la casa, velocidad de tránsito durante semáforos en ámbar, inexplicables olvidos en el supermercado (“Dios, he vuelto a dejarme las espinacas; ¿Qué puede haber sucedido?”) y otras menudencias, menos relevantes que un pedo de sardina en medio del Atlántico. No es la conferencia de Potsdam, no.

9. Falta de percepción extrasensorial hacia las necesidades y pulsiones y padecimientos y nuevos looks del Otro/Otra

Tienen razón, estamos penetrando en ominoso terreno Friends, pero a veces los lugares comunes obedecen a certezas demostradas. Es bien sabido que la frase “¿No notas en mí nada diferente?” puede arrojar a domadores de leones y bomberos condecorados a las fauces del pánico más abyecto. No importa que, tras un rápido recuento de articulaciones, cartílagos visibles (que estén las dos orejas), ojos y pechos todo parezca permanecer en su localización habitual: lo más seguro es que hayan pasado por alto algo primordial, de todos modos. Y si eso sucede con significantes externos, fáciles de inventariar y contabilizar con el dedo índice, imaginen el misterio que encierran los sentimientos del otro. ¿Cómo adivinar esa retorcida amalgama de querencias irracionales y perturbadas fobias? Uno tendría que ser una mezcla de Mandrake el Mago, Nostradamus, Sigmund Freud y Houdini (dándonos a la fuga cuando el diagnóstico, invariablemente, falle) para predecir cada microscópico cambio psíquico de la pareja. En esto, de nuevo, el viejo cliché funciona de manera infalible: la mujer insinúa su maladie con crípticos mensajes cabalísticos, ultrasonidos inaudibles y señales láser imperceptibles para el ojo humano, mientras que el hombre —descendiente directo de los Neandertales que señalaban a una pieza de caza y gruñían: ÉSTA PA MÍ— resumirá su estado presente en una oración pronunciada con rezongo gutural y sin subordinadas: Estoy Bien/Mal/Triste/Pedo/Loco/Resacoso/Gordísimo/Furioso/Aburrido/Más Quemao Que el Palo de un Churrero, etc. (marquen la que proceda).

10. Regalos y cumpleaños

Olvidarse de. O, casi peor, no olvidarlos pero regalar una baratija impresentable que parece sacada del contenedor goteante más cercano. Literalmente. Mi mujer (que no osaría autodefinirse precisamente como gran regaladora) me ofreció en 1998 este presente en mi onomástica: unos pantalones milrayas pata de elefante color gris jerbo hepatítico con ostentosa mancha de orina ajena en la bragueta. Ah, y de la talla 45. Se lo juro por mi madre. Recuerdo vivamente escrutar aquel pringoso pantalón durante siete largos minutos, quizás esperando que en cualquier instante se transformara en carruaje tirado por corceles o colección magnífica de discos raros. Pero no lo hizo. Aquel desecho rechazado por Humana permaneció en mis manos en su forma original y con el pestuzo acre de su difunto amo acampando en mi pituitaria, sin la menor intención de dejar de ser otra cosa que un calzón inmundo con cintura de hombre semiobeso. Por supuesto, me enfurecí. Cualquier hombre lo hubiese hecho. No solo porque el regalo como tal no me gustara (y les garantizo que no me gustó: Pata elefante. Talla 45. Milrayas tono cachumbo. Penetrante olor a almizcle y acido úrico forastero), sino porque era la irrefutable prueba de haber dedicado cero minutos a pensar en él y, por consiguiente, en . Mí mí mí. Centro de su Universo y conquistador de su corazón, sólido pilar de la familia y, mal me está el decirlo, bastante mejor regalador de cosas.

11. Agravios antiguos

Alguna gente cauteriza mal, y es incapaz de dejar atrás afrentas jurásicas y dolores pasados de fecha. He ahí la peor fórmula para la supervivencia de una pareja: el sacar, a la mínima de cambio y por un quítame allá Qué Horas son Estas, el listón telefónico de pullas, ausencias, desamores y adulterios que todo hijo de vecino puede almacenar en la joroba, pero que solo los cretinos (aquí me incluyo) se obstinan en conservar como el tesoro de Sierra Madre. Hay que dejar lo pasado en el pasado, que decía el Timón de El rey león, y —a no ser que hayan empujado a la suegra por un hueco de ascensor o canjeado los niños por un disco ignoto— mirar hacia el futuro y más allá.

12. Dinero

Nada hay más desazonador que discutir por pasta. Es una cosa dickensiana, de película neorrealista con niños deshollinadores descalzos, a la que sin embargo y gracias a los esfuerzos de nuestros oligarcas nos estamos viendo abocados sin remisión. Ay de la sociedad conyugal que no consiga unirse en frente común contra la carencia de parné: pues la miseria desembocará infaliblemente en un fuego cruzado de recriminaciones monetarias que irán horadando la solidez marital hasta convertirla en un reusado guijarro de piedra pómez. Cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana; ya lo cantaron El Último de la Fila.

13. Vacaciones con niños

El periodo estival/navideño es tiempo de emergencias, todo el mundo lo sabe y teme, lo mismo que un paseo forzado por IKEA, Central del Horror. De vacaciones todo el mundo discute, pues es una época para tener los nervios de punta, con la camada en tercer grado penitenciario, el estómago dispéptico, la dermis en salazón y el cerebro chamuscado por los rayos UVA. Y, por añadidura, los querubines disfrutan de tres meses de vacaciones, frente al solitario mes paterno. ¿Quién fue el despiadado cerebro del mal que diseñó este sistema de tortura? ¿Ming El Inclemente? ¿Pol Pot? ¿Alguna de mis antiguas suegras? ¿Saben ustedes por qué el día de la Via Catalana había tantos hombres eufóricos dando brincos por las calles de Barcelona? No solo por el éxito popular de la convocatoria, que también, sino por un detalle que solo los más agudos sherlocks acertaron a deducir: a la mañana siguiente los niños empezaban el colegio. En efecto: todos los padres de familia con el temple destrozado por aquel Julio-Agosto-Septiembre, envejecidos una década, macilentos y arrugados como testículos de nonagenario y aplastados por la derrota parental, vieron aquella víspera gloriosa que el suplicio terminaba al fin. Y, mientras concertaban el primer vermú adulto de septiembre, copiosas lágrimas de gozo derramándose a borbotones por sus mejillas, los ángeles le cantaban a un nuevo amanecer. Mi adorado JP Donleavy escribió: “Ese padre debe preguntarse, ¿Qué se siente al estar libre de esas cargas? Bueno, señor, en primer lugar es maravilloso y en el segundo, otra vez maravilloso”.

14. Puro odio al cónyuge

Mi tío abuelo y tía abuela se odiaron toda la vida. Ciegamente. En pijama, en público, desde el interior del WC o de ultratumba. Fue la suya una extenuante existencia de aborrecimiento impenitente; el que provoca que te irrite el ruido que hace tu pareja al pensar y te chinche hasta su nombre de pila. Es aquella hostilidad manifiesta de la gente antigua, señor y señora unidos por presión social o tradición o, qué coño, por hacer algo en los años pre-MDMA, y que en nuestros días parece haberse extinguido. Recuerdo un documental sobre el rústico bluesman Mance Lipscomb donde su señora confesaba que no se sentaba a la mesa con él desde hacía 30 años (no exagero) por vaya usted a saber qué arcaico desliz marital. Pero un día se descubrió el divorcio, y las avenidas se desbordaron de MILFs y DILFs pletóricos y mollares, renacidos tras haber cercenado las amarras que les unían al chimpancé/maruja de turno. “ No good marriage has ever ended in divorce”, resumía Louis CK en uno de sus monólogos. Y, como siempre, con más razón que un santo.

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