Columnas

Algunas de las peores meriendas de canapé que puedes pegarte en las mejores galerías de arte

El creciente movimiento de galerías en Lavapiés contrapesa el declive de las inauguraciones fastuosas posteriores a la crisis.

No hace mucho, las galerías de arte madrileñas eran popularmente conocidas por sus exposiciones gastronómicas antes que por sus lienzos, pero con la crisis la broma se fastidió. Actualmente Lavapiés tiene toda la pinta de ser el objetivo de una nueva gentrificación madrileña, entre otras cosas gracias al alud de arte que se precipita desde las inmediaciones de la sede del Partido Popular al Museo Reina Sofía. Ernesto Castro te cuenta las exposiciones must que debes visitar, a pesar de la calidad de sus aperitivos.

Ilustración de Roger Haus

¿Hace cuánto que no pisas una galería? Si la respuesta es “Jamás, cada vez menos, lo estoy dejando” y da la casualidad que vives en Madrid, no sabes la que te estás perdiendo. Entiendo que hay cosas mejores que hacer un sábado por la mañana en lugar de elogiar una obra cuya base conceptual nadie, salvo el redactor del catálogo, parece entender muy bien. Tampoco hace falta mencionar las exenciones de impuestos que trae consigo invertir vuestro capital en unas entidades artísticas cuya producción, según la opinión del respetable, podría afrontar cualquier hijo de vecino y cuyo precio además aumenta como hacía el ladrillo antes de 2008. Olvidemos entonces que Gao Ping, el chino líder en blanqueo de dinero y amigo íntimo de Nacho Vidal, tenía una galería justo a las espaldas del Reina Sofía, y pensemos en cosas importantes. Esas cosas que hacen de las inauguraciones de exposiciones un complemento imprescindible, justo detrás de las series de la HBO, para tener una dieta variada y saludable.

Hablemos de canapés.

Los hay de mil formas. Antes de la crisis hubo una moda de tostas finas à la nouvelle cuisine, jamón del bueno, canapés divididos en entrantes, platos fuertes y postres. Yo invitaba a mis colegas del Juan de la Cierva, un instituto público, y conseguía que las paredes de sus refugios tomaran otro cariz. Allí donde antes había un cartel del GTA San Andreas ahora lucía una calavera de Damien Hirst. Por aquél entonces, en Italia, algunos jubilados valientes y osados se ganaron el nombre de “I Mangiatori” porque acudían en masa a los actos culturales, se sentaban en primera fila, siempre cerca de los fogones y de las salidas de emergencia, como zombis en busca de una bandeja. Uno de mis mejores amigos sintetizó la verdad del momento. Borracho como una cuba y a la salida de Malborough, admitió por teléfono: “Mamá, no quieras saber dónde he estado. Aquí se cena mejor que en casa”. Así fue. Milenios de mística culinaria maternal hechos trizas. Había más creatividad en el catering que en las paredes.

Luego vino la crisis. Y con ella, los colines que ahora acompañan las porciones triangulares de queso con denominación de origen García Baquero. Por suerte, el creciente número de galerías ha suplido la calidad claramente en declive del tentempié madrileño. Solo en la capital del Reino, como informa un amable mapita desplegable, hay 50 galerías inaugurando exposición. La comparativa con Barcelona –o sea la competencia– resulta apabullante en favor del relaxing cup of café con leche. Aunque no siempre fue así. En el último lustro se ha producido un importante trasvase cultural entre ambas ciudades. El resultado actual arroja una curiosa división nacional del trabajo. Dejando de lado la música, la industria editorial sigue teniendo una presencia mayoritaria en BCN, mientras que el negocio artístico se concentra en MAD a marchas forzadas. Cada quién dirá que prefiere. Una elite arty o un círculo libresco.

También vale quedarse con ninguno.

En cualquier caso, Gao Ping estuvo arropado y tuvo buena compañía. La calle Doctor Fourquet, donde estaba situada su galería Gao Magee, se ha convertido en el epicentro del renacimiento expositivo madrileño. Hasta hace poco el grueso de los marchantes tomaban posiciones en las cercanías de la calle Génova, donde están situados los cuarteles del Partido Popular. Tampoco parecía sorprender a nadie esta feliz coincidencia entre poder político y dinero embutido en vitrinas o colgando de las paredes. A fin de cuentas, la competencia estaba entonces compuesta por unas pocas sedes en la rivera adinerada del Parque del Retiro, tocando con el barrio de Salamanca, y algunos espacios a la vera del Reina Sofía (Espacio Mínimo) o de la Fundación La Caixa (Raquel Ponce, La Fábrica). La reciente apertura de hasta seis galerías en Lavapies, siguiendo esta idea de Kunst = Kapital, ha generado la imagen de un barrio hipsterizado. Algo así como un Chelsea con bocata de calamares.

Sin embargo, la gentrificación del centro de Madrid discurre por una trayectoria bastante distinta. El Chelsea original de Nueva York quizá sea famoso por tener el mayor número de galerías por metro cuadrado, pero también mantiene abiertos algunos talleres de reparación de coches, por ejemplo, donde todavía pervive cierto pasado de cuello azul. Basta con dejarse ofrecer costo en Lavapiés para ver la diferencia. La ausencia de centros de trabajo fordistas y la presencia masiva de inmigrantes, bastante similar al Raval en ese sentido, hacen de este distrito un espacio de futuro imprevisible. Aunque no conviene hacer pronósticos, cabe esperar que cualquier intento de desplazar a los habitantes previos a la llegada del mundo del arte tenga aquí tanto éxito como tuvo en las proximidades barcelonesas del MNCARS.

Esto es: cuatro skaters y poco más.

Pero la aparición de nuevos espacios es una buena noticia. De hecho, esta rentrée ha habido tantas buenas exposiciones que resulta difícil, cuando no imposible, hacer un catálogo de las mejores. Pero ahí van, de todas formas, las cuatro galerías que uno tiene que visitar sí o sí, aunque el condumio que ofrezcan sea algo malo, tirando a pésimo muchas veces. Conviene acudir con tupperware lleno desde casa.

Las bromas de Amondarain.

José Ramón Amondarain es insuperable en los detalles. El artista vasco acaba de fichar por la galería Max Estrella, uno de los trasvases más comentados de la temporada (ríete tú de la despedida de Mourinho). A modo de presentación en sociedad han realizado una retrospectiva donde el detallismo descuella por encima de todo. Cierto que el centro de la estancia está ocupada por varias estatuas rollo primitivista donde el pedestal es más importante que el objeto; no hay nada que comentar de ellas salvo que son algo malas. La clave de esta muestra individual, pese a quien pese, se encuentra colgado en las paredes: la potencia de Amondarain en las distancias cortas comienza a aparecer en unas imágenes de moluscos con nombres de artistas en calidad de pie de foto. ¿Cómo dices? ¿Que no tiene maldita gracia? Prueba entonces con la sala siguiente, desternillante a más no poder. Allí están unas lápidas parietales de poliester donde podemos leer anagramas compuestos a partir de (los mismos) nombres de artistas. Por ejemplo: Joseph Beuys/He Use Spy Job, Dora Maar, Dar O Amar, Bruce Nauman/ Cuan Bumeran. ¿Qué? ¿No pillas el chiste? Vale, quiza sea muy Inside Joke.

Fuera de serie: Angel Bados.

Fuera coñas, Angel Bados se sale. A pesar de competir duramente con Snap – portfolio, la muestra curada por Abigail Lane para Espacio Mínimo, las esculturas de Bados seguramente constituyen el plato fuerte de la calle Doctor Furquet. Expuestas en el espacio de Moises Perez de Albeniz, estas composiciones escultóricas hechas de cartón, cristales o piedras reciclan la mejor herencia del arte povera, la corriente italiana experta en convertir elementos de desecho en objetos de culto: lugares de la memoria de nuestra civilización. Una historia a partir de la caca. Pero Ángel Bados es mucho más sutil que todo esto, por supuesto. No os defraudará, palabra.

El desastre en pintura.

Si tú también alucinas con los números del desastre español, el porcentaje de parados, la disparidad entre los votos y los escaños que reciben los partidos en el Congreso, la prima de riesgo, el aumento de las exportaciones y la contracción de los salarios, y si estas cosas tan abstractas hacen de tu vida un calvario (o por el contrario, has hecho el agosto como buen especulador y esquivaimpuestos), entonces la galería Blanca Soto es tu lugar. Blanca Soto exhibe estos meses una muestra de PSJM, el colectivo artístico de españoles afincados, cómo no, en Berlín. PSJM son Cynthia Viera y Pablo San José, representantes de la corriente artística denominada crítica institucional. Hace poco expusieron una retrospectiva en Las Palmas de Gran Canaria ( PSJM. Una década crítica: 2003-2013) donde pudimos comprobar los cauces de trayectoria creativa, empezando por el marketing experimental, la denuncia de cierta moral empresarial corrupta, y terminando por el análisis de estadísticas, la geometría social de nuestro tiempo. Encuadrada en este último registro, Spanische Malerei, la expo hecha para Blanca Soto, sorprende por la rotundidad del planteamiento. Se recomienda llevar papel y boli.

Imprime tu rabia en Juana de Aizpuru.

Los medios insisten. Las impresoras en 3D son el futuro. También lo son la consolidación del DIY, la práctica abolición del trabajo fuera de casa para los yuppies y los creadores de estar por casa, gallumbos + sandalias en tu sala de estar. Hasta entonces, el momento en que bajen de precio los aparatitos y podamos demoler nosotros mismos los dichosos mitologemas de la Forbes, tenemos la opción de pasarnos por la galería Juana de Aizpuru. Allí está expuesta Habitaciones prohibidas de Alicia Framis, quien plantea una reflexión sobre el viaje y sus afectos. Aunque los dibujos del comienzo, paneles de aeropuerto con destinos a lugares imaginarios, puedan parecer bastante low fi, la cosa cambia cuando entramos en La habitación del grito, un espacio hecho para que los empleados de un banco holandés pudieran desfogarse, donde cada grito genera la impresión de una taza en 3D. Mientras esperamos la impresión de la taza (lleva unos 20 minutos) podemos visitar La habitación del olvido. Sus paredes están hechas de Metyrapone, una medicina que ayuda a olvidar, algo así como la aspirina del país de los lotófagos. En suma, una exhibición interactiva no apta para tecnófobos.

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