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10 mentiras que les cuento a mis hijos

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Porque educar a la muchachada del futuro es más difícil de lo que parece

Kiko Amat

20 Marzo 2014 10:50

Con los niños es posible modificar los husos horarios, construir una dimensión espaciotemporal paralela al presente, embellecer las grandes tragedias históricas y adivinar un futuro mejor. Y un montón de cosas aún más divertidas. Otra lista genial del genial Kiko Amat.

1) Son las _ _ _ _ _ (hora completamente ficticia). Los niños, esos adorables querubines que entrarán sin mácula al reino de los cielos (si no fuese por el “pecado original”, malditos cristianos), son el sector de la población más crédulo que existe (después de los cristianos). Se lo tragan todo sin rechistar. Por ello en mi casa nunca protestan cuando, a las seis de la tarde, con un flamígero sol de Supernova entrando a empellones por los ventanales e incinerando el cortinaje y achicharrando nuestras retinas, les digo que es hora de ir a la cama. O cuando, por necesidades logísticas (cosas que yo tengo que hacer con la desdeñable parte de mi existencia que me ha dejado su existencia), les hago comer una hora después de haber desayunado. Pues sí: en mi hogar nos pasamos el uso horario, el meridiano de Greenwich y el reloj atómico por el espacio internalgal. Siempre es la hora que yo digo, y sanseacabó. La cronología me obedece y se doblega ante mis más pasajeros caprichos. ¡Domino el tiempo! Como aquel supervillano chapuzas de la DC que llevaba un reloj colgando del cuello, a lo Flavor Flav, y distorsionaba el minutaje y robaba relojes y usaba armas tan malignas como el “aceite de relojería súper refinado”. Soy el Sultán de las Horas, copón, y ahora precisamente es hora de apagar la televisión e ir a la cama. Sí, (entre dientes) a las cinco de la tarde. No, ahí pone las diez de la noche (no saben leer las manecillas del reloj aún, criaturicas).

2) No se pega a la gente: Por fortuna, casi nunca preguntan “por qué” cuando les lanzo ese imperativo. No sabría cómo carajo contestarles. Lo repito como un mantra porque, como todo chiflado antisocial, sé que los frikis debemos camuflarnos entre la población civil y vivir una angustiosa doble vida, al igual que Dexter. Pero lo cierto es que no sé razonarles por qué “no se pega”. Pegar, de hecho, está perfectamente justificado en multitud de ocasiones. Si algo me ha enseñado esta vida azarosa y magullante es que al abusón se le combate a batazos de béisbol, no a base de súplicas, o esgrimiendo la dudosa fuerza de la razón. La “razón” le importa bien poco al psicopático ceporro que en cada recreo humilla a nuestro hijo mayor y le llama marica y le roba los “basurillas” y le casca sibilinamente, sin dejar marca, a espaldas de la profesora. Los abusones, de hecho, son tradicionalmente irracionalistas, como Nietzsche o el Mussolini de “creer, obedecer, combatir”. Uno no puede pretender que se avengan a participar en una formal mesa redonda —con moderador— sobre sus cuestionables métodos de persuasión. Lo que hay que hacer con ese matón de patio es saltar repetidamente sobre sus menudillos y machacarle los metacarpios bajo la rueda de un camión y luego susurrarle corleanamente al oído que la próxima vez será peor. Métodos corsos. The Glasgow kiss. Arrearle un cabezazo en la tocha al padre, PANG, delante del (ahora ya lloroso) gordo abusaniños, en una espléndida domesticación práctica del salvaje a dos bandas. Llevémosles la civilización al estilo lancero bengalí. Enseñemos a nuestro hijo a defenderse para que no le hagan daño, con clases aceleradas de boxeo pre-Queensberry y patada-en-la-puta-cara santboiana. Pero eso no es lo que les digo a mis rorros, porque a) Está mal visto b) Posiblemente sea punible por la ley, c) Quizás arrojaría al mundo al caos de las edades oscuras y d) Prefiero hacerlo yo mismo, en secreto, detrás de un contenedor de basura.

3) La policía está aquí para protegernos: Es broma, hombre. Mis amadísimos hijos, que son más listos que el proverbial hambre, jamás se creerían una patraña de ese calibre. Aunque tengan solo 6 y 4 años, saben lo de las pelotas de goma, lo de las cargas sanguinarias en protestas pacíficas, la violencia gratuita (casi siempre racista) y la extrema amoralidad almogávar (de mercenario: obedecen al noble que suelta más doblones) que impera en las Fuerzas de Orden Público. Así que ni intento colarles esa patraña. Lo que hago es reclamarles a voces que cambien de acera de inmediato cuando les vean acercarse con sus boinas ladeadas de paraca y andares de Jack Palance. Lo que hago es contarles que en sus comisarías comen niños crudos ensartados en pértigas. Lo que hago es ofrecerles la pieza de educación más útil que un padre puede darle a un niño: desconfía siempre del poder y sus perros guardianes. Por supuesto, esta filosofía no está exenta de lagunas morales y contradicciones de base. Hace dos años, mi hijo mayor se perdió en la playa de un pueblo de la Costa Brava, y estuvo en paradero desconocido durante diez minutos (los más angustiosos de mi vida) hasta que al fin le hallamos. Tan pancho. Cogido de la mano de un policía municipal. También pelirrojo, aunque parezca demencialmente implausible (la estampa era un poco de El pueblo de los malditos). Admito que no supe qué responder cuando el pobrete me espetó (delante del zanahoriesco pasma): “¿Ves como la policía no es tan mala?”. Por un momento pensé en escabullirme de esa encrucijada moral con una nueva maturranga (“El señor de uniforme te estaba raptando, hijo mío”), pero ni siquiera yo tengo tan mala intención.

4) Estaba observando esos bellos almendros en flor: Traducido para padres como usted y como yo: “estaba admirando ese rotundo y cimbreante trasero de señora”. En efecto. Como narraba el humorista catalán Eugenio —en el que quizás sea el mejor chiste de la historia de los chistes— miraba “un búho”. Pues no existe forma sutil de comunicarles a tus niños, que te observan con adoración implícita y amor mastodóntico y rictus candoroso y gigantescas pupilas de muñecajo manga, que estabas momentáneamente entregado a una ensoñación de lascivia adulterina justo cuando ellos te preguntaban los nombres completos de los trece enanos que le invaden la casa a Frodo Bolsón. Cómo decirles que estabas imaginando con todo detalle gráfico una retorcida cópula de carácter filo-tabú entre las temblorosas carnes de una energúmena anónima en el Passeig Sant Joan, cuando deberías haber estado escuchando una confusa perorata de tu hijo menor sobre los poderes de los Invizimals. No, lo mejor es despertar del ensueño fornicador, pellizcarte vigorosamente los antebrazos y perpetuar la triquiñuela. Y jamás de los jamases pronunciar la frase fatídica: “He dicho culo, hijo mío. ¡CULO!”.

5) Hay que hacer deporte: Otro caso diáfano de camuflaje social y de decir lo que conviene decir en público para que no nos arrojen al otro lado de la empalizada, como a un chandala indio (el paria que es menos que un esclavo), con la marca de Caín grabada a fuego en el entrecejo. En realidad, se trata de una conveniente abreviación con propósitos mendaces. Mi frase entera dice así: “Hay que hacer deporte... Hasta que esos malnacidos dejen de obligarte en los boletines de notas”. No pongo en duda que el deporte pueda chutarles sensacionalmente a algunos (quien mueve las piernas mueve el corazón, fortalece el espíritu de equipo, todas esas sandeces) pero para otros humanos puede ser uno de los más pavorosos traumas de la infancia, pubertad y adolescencia. Y cuando digo otros humanos lo que quiero decir es: yo. Yo cateé la Educación Física de 1º y 2ª de BUP, tuve que presentarme en septiembre en ambas ocasiones junto a los otros dos entes que históricamente siempre han suspendido gimnasia: la patizamba con síntomas primigenios de obesidad mórbida y la loca-de-los-gatos con gafas prismáticas y cabello churretoso. Y aquí el menda. Los tres allí juntos en la pista de básquet, ante un plinton descomunal, como reos incas pre-sacrificio solar. Si eso no es un suicidio público en cuanto a popularidad entre las chicas, ya me dirán lo que es. El deporte fue un recondenado suplicio inquisidor para mí (también fui el peor rugbista de la Unió Esportiva Santboiana, como pueden leer en Rompepistas), y es lo último que les deseo a mis hijos. Mis enseñanzas, de poder sincerarme completamente con mis dos moteados galopines, serían: chicos, en esta nueva era del nerd se puede ser un adulto enjundioso, espiritualmente elevado y razonablemente popular entre las féminas sin haber siquiera olisqueado un puto balón ni trotado en una indigna maratón escolar (¡otro trauma!). Y luego les cantaría aquella gran frase de La Granja: “Dejemos el deporte para gente con poco cerebro / yo soy un chico de la calle sin complicaciones”. Badim badam.

6) Eso pasó hace muchos años: Es lo que les escupo a mis dos anaranjados gurruminos cuando nos sorprenden a mi mujer y a mí hablando de algo auténticamente atroz y pavoroso que acaba de suceder a la vuelta de la esquina. Aeroplanos estrellándose engullidos en llamas, genocidios de flamante factura balcánica, represión fascista “en democracia” y, en general, peña que mata a otra peña. Por ridículo que suene, siempre tengo que trampear indicándoles que eso (los descabezamientos y sepelios en vida de toda esa gente inocente) sucedió en el año VII en una tierra lejana, en una época de monstruos lacustres y poderosos brujos y villanía feudal y epidemias mortíferas, cuando en realidad está sucediendo a tres metros de nuestros culos, tras un par de insignificantes fronteras. Si les contara la verdad, la estremecedora verdad, no volverían a dormir en su cama. Ni yo. Si yo pudiera ir a cobijarme a algún lecho materno ahora mismito, lo haría sin pensarlo dos veces. Las cosas dan miedo, leches, y todo apunta a que lo que se nos viene encima no va a parecerse en nada a Futurama o los falansterios de Fourier. Más bien será un escenario de desolación, burricie, vasallaje y barbarie totalitaria, mezcla de Terminator y Gandía Shore en el devastado paisaje del Baix Llobregat industrial (que será omnipresente en todo el globo). Pero mis queridos hijos no aprenderán esto de mi boca, sépanlo. Les mantendré a salvo de la verdad hasta que no me quede otro remedio.

7) Papá no se encuentra muy bien: Y por eso no podemos ir a _ _ _ _ _ _ (el monte, la playa, el cumpleaños de algún necio de tu clase, el chikipark, el escalofriante nuevo show del Club Super3). Se trata de una verdad a medias, en este caso. O sea, Papá no está muy pujante, salta a la vista, pero no es por la insospechada epidemia de gastroenteritis que desde esta mañana azota la provincia, como os ha contado vuestra amable madre, desmentidora del Holocausto Paterno e intachable propagandista escuela Joseph Goebbels. Si pudiera deciros la verdad, rapacines de mis entretelas, os contaría que Papaíto estuvo ayer por la noche con Tiito X y Tiito Z, atrapado en una descendiente espiral de degollina moral y envilecimiento sensorial, y ese somero fragmento de información debería bastaros si conocéis a ese par de paparras de lupanar. Pues todo lo demás es información reservada que no puedo desvelaros hasta que brote el primer asomo de bozo en vuestra área mostachil. Coses de grans, les digo siempre a ambos zagales, y mis hijos deben sospechar que todas las “coses de grans” te dejan a la mañana siguiente ese aliento dragonáceo de Smaug agónico, esos ojos vacíos con capilares ensangrentados, ese letargo abúlico de acción y reflexión, ese súbito desinterés por la pulcritud personal. No me extraña que ocasionalmente me digan (rompiéndome el corazón) “Quiero volver a ser pequeño”. Lo que en realidad significa: “No quiero hacerme viejo si he de ser como tú”. Y acabo de darme cuenta de que he vuelto a cantar un fragmento de la misma canción de La Granja. Qué caso.

8) Me encantaría viajar a Calcuta: Uno de tantos eufemismos paternofiliales. En realidad se trataba de una de las frases que más pronuncio a lo largo del día, siempre acompañada de fieros mordiscos en los propios nudillos, que es: “Voy a matar a ese hijo de puta” (alguno de mis archienemigos). Si ustedes tienen algo de capacidad de inventiva sabrán que el abanico de martingalas paternas es infinito: “Me cago en su boca” se convierte en “Me apetece algo de coca” (de San Juan, tíos bestias), “Que no haya compasión para ese bastardo” deviene “Se acerca la onomástica de Ricardo” y así hasta el infinito. O mejor, hasta que llegan a los seis años, la edad exacta en que este tipo de embelecos cesan de colar y tus hijos empiezan a reproducir tus denuestos y maldiciones con asombrosa precisión. Siempre delante de la directora del colegio, la abuela del Opus o el agente de servicios sociales que acude regularmente a ver si ya has dado ese esperado —e irrevocable— paso en falso parental. “Papá siempre nos dice que desearía mear en las putas encías sangrantes de...” (otro archienemigo). Lo que nos lleva a:

9) No digáis palabrotas: Casi no puedo reunir el aplomo ni la impostura necesaria para dejar caer esta necedad. Es obvio que no me lo creo ni yo. Lo único que puedo reclamarles enérgicamente es el epílogo lógico a dicha oración: “No digáis palabrotas... delante de X”. Lo que equivale a entregar una patente de corso para que suelten cualquier burrada en casa. Y no seré yo, que juro y maldigo más que la hermana de Dexter cruzada con el capitán Haddock, ambos poseyendo demoníacamente a un sargento chusquero de infantería, el que les afee la conducta. Como ya aduje en mi primera lista para este permisivo magacín, existe mierda en el mundo cósmicamente más importante que soltar un mecagüen el santo copón de la baraja de vez en cuando. Es así de sencillo.

10) Todo irá bien: Ja, ja, ja. Perdón, se me escapó la risa Barón Ashler. No, en serio, pichurrines míos. Todo irá de fábula. Súper, vamos. Seréis todo aquello que queréis ser de mayores. Bueno, no, de hecho solo podréis ser tres cosas, las únicas que quedarán en el 2044: recolector de estiércol, alfarero de estiércol y prostituto del Señor Feudal. En un lecho de estiércol. A no ser que empecéis la revuelta comunera ahora. Y cuando digo ahora lo que quiero decir es al salir de clase. Porque los estudios son lo primero. No, en serio. No, no me estoy riendo. A estudiar he dicho. Porque lo digo yo, por eso. No, nada de lo mencionado es mentira. Olvidad esta lista (ruido de trituradora de papel).

Nota del autor: Esta columna, como todas las que la precedieron y todas las que la seguirán, está construida siguiendo los mismos parámetros que mis obras de narrativa: un sólido armazón de verdad afianzado con músculos de hipérbole y revestido de pura imaginación o embuste. No vayan por ahí confundiéndolas con la realidad.

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