Columnas

Los mejores EPs de agosto según PlayGround

Nuestra selección mensual de 12”s y otros discos en formato corto

Una vez más, hemos seleccionado diez EPs que han sobresalido en la cosecha de agosto. Los descubrirás en orden descendente hasta culminar en las posiciones de honor. ¿Quién estará en la cima?

Como cada mes, repasamos los que han sido, a juicio de la redacción de PlayGround, los diez maxis más destacados del mes. Música en formato corto que, sin embargo, tiene el mismo empaque y trascendencia que la publicada en LP. Aquí van nuestras apuestas en materia de maxis, en orden descendente, del 10 al 1.

10. Untold: “Change In A Dynamic Environment pt. 3” (Hemlock)

Untold cierra su trilogía ‘techno’ con dos cortes más que completan su proceso de ‘scubización’: bajos tensos armados sobre beats fríos y exactos, en lo que es la visión educada y purificada de la música de club oscura por parte de los viejos heraldos del dubstep que ya se han cansado del house. “Kane” golpea como un martillo y se lanza a tumba abierta al final, y “Overdrive” parece seguir el movimiento de una locomotora de vapor. Para DJs del palorro, dos armas muy útiles.

Crítica

9. Bronze Age: “Antiquated Futurism” (Bed Of Nails)

Bed Of Nails es el sello que se ha montado Dominik Fernow para planchar techno, y tras una primera referencia suya como Vatican Shadow ahora invita a su amigo Bronze Age (o sea, Kris Lapke, también en Christian Cosmos, Furisubi y demás atrocidades) para que se haga ‘un Surgeon’: “Surviving Cultural Impedance” está rebozado en acid industrial y golpea como un látigo, “Coupling Symbols” suena como una referencia de Blackest Ever Black pero screwed & chopped, y “Modal Ingenuity” tiene el sonido antiguo de un viejo maxi de Hardfloor (entrañable).

Review

8. Koreless: “Lost In Tokyo” (Vase)

Jacques Greene está on fire: su sonido está alcanzando la madurez y su sello propio, Vase, poco a poco va encontrando la forma de discográfica importante. Ahí se ha llevado al entrañable e indie-friendly Koreless, que entrega un “Lost In Tokyo” de melodía emo y beats huidizos al que él añade un remix con el que negocia una entrada de bombo tardía, pero que reúne todos los placeres del deep house de la nueva generación.

Crítica

7. Pachanga Boys: “Christine” (Hippie Dance)

Rebolledo y Superpitcher repiten la fórmula exitosa de “Time” –la progresión estable, con sábana de sintetizadores por debajo, hacia el crescendo alborotado– y la de “Thundercat”, sobre todo en las voces tribales, y “Legs” es la perfecta combinación de ambos ángulos, aunque sin efectos tan devastadores. “The Untold Legend of Mysterious Ondo” también tiene su gracia – “respira hondo, hondo, cachondo”; la letra se sale–, aunque el hit del maxi es “Poem For The Youth”, con sus once minutos en busca del éxtasis. No lo alcanzan, pero se acercan.

Crítica

6. Team Doyobi: “Digital Music vol. 1” (Skam)

“Digital Music Vol. 1” suena a broma, por un lado –Team Doyobi siempre fueron un dúo ‘digital’, en el sentido de que su instrumento preferido era un viejo ordenador Atari–, pero en realidad es una reconversión en las texturas, efectivamente más digitales (más nuevas) en estos ocho esbozos donde –esto es innegable– se percibe más coherencia, cadencia y regularidad. Siguen en su línea de IDM fragmentada, como la extensión del universo de breaks y glitches de los Super_Collider de Vogel y Lidell en un universo ultra- geek, pero con más orden a la hora de disponer el paisaje electroacústico, los breakbeats y las melodías de manicomio.

Crítica

5. Sensate Focus: “Sensate Focus 3.333333333333333” (Sensate Focus)

Sensate Focus es para Mark Fell la experiencia extendida de una lectura intermitente y pellizcada de un house de club ultrainteligente, una manera de hacer música de club que recupera el espíritu del microhouse de sellos como Perlon o Force Tracks y lo renueva de la misma manera en que otros popes de lo complejo como Frank Bretschneider o Alva Noto han hecho lo propio con el techno.

Crítica

4. Rrose: “Preretinal” (Eaux)

En el segundo EP de Rrose en su propio sello, Eaux, sigue maniobrando por el lado oscuro del techno y los dos cortes van a la yugular: “23 Lashes” y “Prism Guard” suenan a sendos de los zarpazos más mentales de Jeff Mills –sangre, pero sin supurar, sólo hematoma–, con lo que el hombre deja claro que también sabe mantener la calma y no sólo portarse como un cafre.

Crítica

3. Joy Orbison, Boddika & Pearson Sound: “Faint / Nil (Reece) / Moist” (SunkLo)

Boddika ha hecho buenas migas con Joy Orbison, con el que –con éste– ya lleva cuatro maxis a medias en plataformas tan serias como Swamp81 ( “Swims”, el origen de todo) y el propio sello que se han montado ellos para sus aventurillas, SunkLo, en el que encuentran la plena libertad para retorcer las articulaciones del house contemporáneo y crear piezas en las que se distinguen muchos rasgos e influencias, pero que tienen el suficiente componente de rareza como para percibirse como originales y distintas a lo que dicta la corriente dominante.

Crítica

2. Traxman: “Heat” (Sewage Tapes)

La tentación de decir que Traxman hace ‘footwork inteligente’ es tan fuerte que la propia expresión da repelús, grima, cosa. Lo que sí es cierto es que el de Chicago está ofreciendo, a día de hoy, los beats más visionarios y elaborados de la cosecha juke, desmarcándose de manera muy clara de las técnicas más manidas de sus paisanos de la ciudad del viento. Ahora llegan cinco pepinos más pulidos por el mismísimo Trax God que juegan con patrones de canción de cuna soul ( “Da World Around Us”), calypso y rave ( “Mirrors - Footwerk”), espirales melódicas maníacas ( “Da Family”), hair rock ( “Iron Man”) y be-bop ( “Alotta Funny Stuff Going Down”). Si no clavas la rodilla ante él no eres digno de esta música.

Crítica

1. Blanck Mass: “White Math / Polymorph” (Software)

Benjamin John Power vuelve a Blanck Mass, su proyecto en solitario al margen de Fuck Buttons, ahora en el sello de Oneohtrix Point Never con este 12” de dos largas jams cósmicas con arreglos disco que evolucionan hacia una especie de trance líquido ( “White Math” funciona así, a chorro), bombos asimétricos, chispazos ácidos (en el meollo de “Polymorph”) y esa gloriosa frustración que ocurre cuando esperas el crescendo, el clímax, el despiporre, y nada de eso sucede porque sus 20 minutos de duración son como una meseta, alta y llana, para cerrar los ojos en una pista de baile y perderse dentro del marasmo épico.

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