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Cuanto más, mejor: una encendida defensa del maximalismo

Basta ya de minimalismo y de economizar recursos: lo elegante es el exceso y aquí van numerosos argumentos a favor de lo barroco y lo churrigueresco

No al minimalismo, sí al exceso sin control: Diana Aller defiende en este artículo el arte recargado, la sofisticación generosa, el barroquismo y el adorno como una vía estética de superar la aséptica y aburrida estética del ‘menos es más’. A tope con adornos.

No les descubro nada si les digo que vivimos abrigados por una sociedad enferma, que rinde culto a la contradicción, al “sí pero no” y al tan dañino “menos es más”.

El problema de tomarse las cosas tan en serio es que, a la postre, nada es verdad. Nos han machacado tanto con la idea de reducir y simplificar que el maximalismo se ha convertido en un lujo, que se pueden permitir en todos sus órdenes solo quienes tienen dinero, tiempo y metros cuadrados.

Si usted, avezado jovenzuelo, acude a un concierto de su grupo favorito y sólo tocan dos canciones, o eliminan la guitarra, ¿cómo se quedaría? ¿Acaso se consolaría diciendo “ah, bueno… menos es más”? Si usted, pizpireta muchacha, en un encuentro íntimo se encuentra con un miembro viril del tamaño de un cacahuete (las que hemos pasado por ello guardamos un trauma mental severo) ¿pensaría “qué bien, menos es más”?

La especulación inmobiliaria, la pésima gestión financiera, el mal gusto de los poderosos y las variadas enseñanzas de adoctrinamiento gañán, han propiciado que la simpleza (que no la sencillez) se haya convertido en la coartada perfecta para desmanes sociales y culturales de cualquier índole. Así, hoy, descreída de creencias neoliberales de consumo, y libre como los hermanos de Farruquito, me atrevo a enunciar algo que debería ser obvio:

MENOS ES MENOS Y MÁS ES MÁS

A mí, como a Unamuno, me duele España. Me molesta que se haya latinizado, que triunfe Shakira, que haya paro, que huestes de jovencitos que no saben situar Trujillo en un mapa porten piercings en su rostro. Me daña que se escuche Sven Väth fregando los platos y no en una pista de baile, y me duele que se venere el impersonal estilo del residencial “La Finca”.

Me he propuesto loar lo churrigueresco, el abigarramiento y la cantidad. Algo así como defender la elegancia del exceso (algo que, así dicho, parece un título de Héroes del Silencio, la verdad).

El Maximalismo (así con mayúscula, que abulta más) es una corriente de principios del siglo XXI que aún carece de perspectiva suficiente como para ser contrastada. Sin embargo, ya que es atribuible al arte, destaca por dos variables muy importantes: cada cosa cuenta en toda su dimensión (es decir, que nada es prescindible en realidad) y, sobre todo puede ser valorada en infinitas formas diferentes. Para mí esto representa algo muy positivo: la capacidad de crear se multiplica, se sobredimensiona, crece, enriquece… y llena. Y saciarse de arte, amigos, es como hartarse de reír o de follar: un imposible muy deseable.

El germen del Maximalismo como flujo artístico podríamos encontrarlo en obras tan complejas como el Codex Gigas, un manuscrito raruno y desmedido, que tiene algo de oscuridad y sordidez. Les pongo en antecedentes: un monje benedictino (ya saben ustedes, el típico monje benedictino de toda la vida) comete un asesinato, allá por el siglo XIII. Para conmutar la pena de muerte, él mismo propone crear una obra monumental, capaz de honrar a la humanidad entera, y que contuviera todo el saber de su época (algo así como una Wikipedia medieval escrita a mano).

La legislación vigente (a saber si sería una inquisición de aquellas de moda) le dice que de acuerdo, pero tiene un plazo limitado para elaborar la obra: una noche.

A la mañana siguiente, y sin haber pegado ojo, Herman el Recluso (así pasó a la historia el monje de la hoy República Checa) presenta un libraco enorme único en sus características: dentro está prácticamente entera la Biblia (sin el Apocalipsis), tratados de medicina, brujería y encantamientos, listados de gente muerta (así, como les estoy narrando), las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, trabajos de historiadores, calendarios, tratados de la época y absolutamente de todo. Incluso un simpático grabado (ciertamente burlón y muy actual) del mismísimo Maligno.

La completísima temática, la abigarrada técnica de color y oro, el hecho de que haya sido robado en innumerables ocasiones, el perfecto estado de conservación y la referida imagen de Satanás, han acrecentado la leyenda de que el monje pidió ayuda al demonio para crear tan magno documento en una sola noche. Como ven, maximalismo 100%.

Artes maximalistas

El exceso bien entendido trae consigo todo tipo de manifestaciones artísticas del todo fascinantes. Se trata de la materialización de dicha actitud extrema y sirve como declaración de intenciones y desafío a las leyes de la moderación y la prudencia: piensen por ejemplo en los grupos heavys ochenteros, a priori simples pero muy ornamentados en lo musical. Sus biografías están cuajaditas de excesos. Algunos de los protagonistas practicaban hasta cinco coitos en un día, consumían drogas que se medían por kilos en vez de gramos y vivían de forma delirante. Ya saben de quién estamos hablando: AC/DC, Poison, White Snake y toda aquella caterva de degenerados encantadores…

Ozzy Osbourne, afamado miembro de Black Sabbath, en una de sus desmedidas juergas, disparó a las gallinas de su mujer, Thelma Riley. Después llegaría el divorcio, el diagnóstico de trastorno bipolar y la expulsión de Black Sabbath. Estuvo seis meses recluido en la habitación de un hotel acompañado solamente por sus drogas y sus bebidas alcohólicas favoritas.

Hasta que la hoy también celebérrima Sharon Arden, hija y secretaria de Don Arden (mánager de Black Sabbath) entró en escena. Se convirtió en su pareja y trató de impulsar la carrera en solitario de Ozzy de cara a la compañía discográfica. Planeó una estrategia bizarrísima que consistía en que Ozzy Osbourne entrara en el despacho con unas hermosas palomas blancas en sus brazos, que lanzaría al aire como declaración de buenas intenciones y metáfora de paz delante de todos los ejecutivos de la discográfica. Pero el señor Osbourne apareció ciego como las Grecas a la reunión, así que se sentó en las rodillas de una de las ejecutivas de la CBS y, sin mediar palabra, le arrancó a una paloma la cabeza de un mordisco. Después de escupir las plumas, dejó lo que quedaba del animal sobre el escritorio y se marchó tan contento. Desconozco si el numerito de la paloma lo traía preparado o fue improvisado, pero la decapitación de la paloma da buena cuenta del carácter excesivo de los grupos y las gentes metaleras.

Si atendemos a un delimitadísimo espectro musical, existen cienes y cienes de conjuntos musicales maximalistas: desde la tesitura vocal homosexual y puesta en escena de vodevil del defenestrado Mika hasta filigranas vocales de hoy como Beach House, o locurísimas estéticas como las de Gaga.

En todos los órdenes artísticos hay grandiosas obras churriguerescas, ornamentadas y sin embargo con una cósmica proporción que nos llena. Se trata, al fin y al cabo, de una huida de la aséptica y desalmada monotonía que nos rodea; una lógica superación del vacío existencial que muchos se regodean en mostrar. Como dijo aquél gran pensador, director, actor y literato: “A la mierda!”.

Interiorismo, el gran caballo de batalla

Sabemos ya que el exceso bien entendido trae consigo todo tipo de manifestaciones artísticas del todo fascinantes. La materialización de dicha actitud extrema, sirve como declaración de intenciones y desafío a las leyes de la moderación y la prudencia, máxime cuando se refieren a nuestro propio entorno. Sí, querido lector, su casa le define, dice muchísimo de usted, de sus hábitos y sus formas de priorizar.

Últimamente –desde finales de los 80, en realidad– se ha extendido la patética creencia de que “cualquiera puede” hacer de todo, cualquiera tiene buen gusto y basta con creérselo para considerarse apto para elegir.

Nada más lejos de la realidad, y nada más dañino para el chulesco carácter español.

¿Quién no ha escuchado llamar “loft” a un salón diáfano? ¿Y qué me dicen de ésa gente que se maravilla de una sala de estar fría, impersonal, minimalista y sin un solo libro?

Definitivamente, se ha perdido el norte: gentes con maldad como Pablo Motos, José María Aznar o Carmen Martínez Bordiú, han dado pésimo ejemplo a la hora de sentar cánones estéticos. Y el vulgo se ha sentido capacitado para decorar sus hogares con falsos muebles rústicos, con el espejo lleno de curvas de IKEA, con ilustraciones de Audrey Hepburn, y con suelos plasticosos y jaspeados de comedor de colegio.

Existe un príncipe del mal, un elemento dañino para el natural devenir del mundo y el interiorismo. Su nombre es Joaquín Torres y es arquitecto.

Detengámonos en él: Joaquín Torres, ese hombre. Su imagen de homosexual de provincias, su peculiar ceceo, su manifiesta aversión a la tradición y antigüedad y su afición a exponerse públicamente dan cuenta del gusto zafio y de nuevo rico que atesora.

Suya es la imagen arquitectónica de la urbanización “La Finca”, esa que suele ir acompañada del adjetivo “lujosa”. Este y otros personajes de parecida calaña han conseguido que el lujo se asocie al extrarradio, a la novedad, al consumo sin clase, a la zafiedad y a la incultura.

“La Finca” es una urbanización que está cayendo en picado: sus moradores –futbolistas, starlettes y gentes del espectáculo y la alta prostitución– han pasado un exhaustivo examen para ocupar sus minimalistas casas. Por lo visto David Bustamante y Paula Echevarría se mueren por habitar ahí (ellos tienen su residencia en Villanueva del Pardillo).

La propia casa del maléfico y garrulo Joaquín Torres es un cúmulo de despropósitos estéticos y espacios sin aprovechar, carentes de significación ni personalidad. La suya, como todas las que construye, es una casa que no dice nada de sus moradores (bueno sí, que son neuronalmente deficitarios), sin vida, sin un boli bic encima de una mesa, y con libros para decorar.

Anexo: Iconos del exceso

Viviendo como vivimos, esclavos de la modernidad, venerar el exceso no significa que cualquier disfraz o mamarrachada nos sirva.

Defiendo el discernir inteligente, la selección, de lo que merece estar y por ello es llamativo, con desproporción y radicalismo. Se trata de una actitud o un porte punk ante la vida. Desde Santa Teresa de Jesús hasta Bildu podría servirnos como ejemplo.

Las grandes civilizaciones, las que molaban de verdad, optaron por el maximalismo. Fíjense en los egipcios; qué looks, qué formidable arquitectura, cuánto oro... O en los mayas, haciendo predicciones del todo desmesuradas acerca del devenir de nuestra especie. Piensen por un momento en los griegos y sus fastuosos templos de adoración a deidades de seis metros de alto. Avancemos un poco en el tiempo hasta la Francia de la ilustración y la peluca, que fue puro exceso en todos los aspectos. Qué tiempos aquellos, qué agradable odisea para los sentidos.

Pero al regresar mentalmente a nuestros días, comprobamos con cierta tristeza que la aburrida funcionalidad y la insulsez disfrazada de elegante sencillez lo cubre todo, haciendo de nuestro mundo un lugar uniforme y mucho menos disfrutable. Sólo unos pocos outsiders caminan a contracorriente por la senda del barroquismo y nos guían en nuestra búsqueda maximalista. Son seres pertenecientes a diversas disciplinas y que parecen venidos de otros planetas. Gurús que supieron construir un universo extremo, propio, y desprejuiciado; y que a partir de ahora inspirarán nuestra corriente existencia.

Por eso, les dejo con unos ejemplitos maravillosos, que a buen seguro, les harán pensar y disfrutar. Hasta más ver.

1. “El Jardín de las Delicias” del Bosco

2. La Capilla Sixtina

3. El gótico flamígero

4. Las casas de Tita Cervera

5. Mozart

6. Cuarto Milenio, su plató, sus invitados…

7. El barroco tardío

8. La pintura mural mexicana

9. Los recopilatorios de Spanish Boogie

10. La orfebrería marroquí

11. El color

12. La Duquesa de Alba

13. Los Superhéroes

14. Italia a finales del siglo XVI

15. Los ropajes de los diseñadores Herida de Gato

16. Neoclasicismo urbano

17. Los complementos de Nicky Minaj

18. La casa de la interiorista Iris Apfel

* En esta galería encontrarás ejemplos de maximalismo y minimalismo a lo largo de la historia.

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