Columnas

El mayor monumento al emprendedor está perdido en el mar y tiene forma de Titanic

El Blueseed se define como una comunidad emprendedora flotante a bordo de un barco, y en él se encuentran un montón de referencias tremendamente mareantes

Tú pagas 1.600 dólares al mes y a cambio puedes trabajar 24 horas al día siete días a la semana en alta mar y libre de cualquier legislación que te impida nada. Éste es el concepto del mayor monumento al gran héroe de nuestro tiempo, el emprendedor. Jaron Rowan te explica los ingredientes con los cuales ha sido construido semejante crucero estajanovista. Vacaciones y trabajo, más unidos que nunca.

El sueño del capitalismo produce monstruos. Aberraciones físicas, lugares y territorios que funcionan como vitrinas de lo peor de la humanidad, maquilas fronterizas, enclaves como Marina D'or, Eurovegas o ikeas que de inmediato te arrebatan las ganas de vivir. A fin de cuentas, ¿quién no ha discutido con su pareja tras pasar cuatro horas en Ikea buscando muebles, a la sombra de unas estanterías Lerberg? En esta línea de inventos tan constructivos como destructivos se encuentra el BlueSeed. El último grito en innovación en nuestro mundo contemporáneo se encuentra en alta mar y tiene forma de Titanic.

Poneos vuestro polo y náuticos porque abandonamos tierra firme para embarcarnos en el BlueSeed, un crucero para emprendedores e innovadores que “a d oce millas de la costa de Estados Unidos y ya en aguas internacionales” pretende erigirse como un Silicon Valley sin regulaciones estatales ni necesidad de tributación.

Este prodigio ha surgido sin duda de cabezas que han pasado demasiado tiempo bajo el sol californiano, una mezcla de ideales utópicos, nostalgias piratas y un desprecio total por la forma Estado. Este es un espacio de coworking puesto de Ritalin y venido a más.

La lógica del emprendizaje pasada de tuerca.

Una ciudad flotante diseñada específicamente para cumplir los sueños de emprendedores e inversores y su deseo de triunfar.

"He aquí un monumento a la auto- explotación. Un edén empresarial lejos de inspecciones de trabajo y visados y permisos de residencia"

Capital semilla flotando en un transatlántico amparado bajo la jurisdicción de Bahamas. Si, Bahamas. Un archipiélago de islas que tiene un flamenco es su escudo de armas y donde no se ha escuchado jamás la palabra regulación.

Este proyecto toma el testigo de otros intentos fallidos que trabajaron en la misma dirección. El más llamativo de ellos fue el SeaCode, un barco transatlántico que quisieron fletar cerca de la costa de San Diego, proyectado para albergar empresas dedicadas a la programación de software. Imaginad: un barco lleno de tipos con camisetas sudadas, chistes recursivos y coca-cola a granel. Esta iniciativa naufragó en 2005 al no lograr la inversión necesaria para llevarse a cabo. Los instigadores de este proyecto, Roger Green y David Cook, previsores y temiendo las críticas que podían arreciar, enarbolaron un discurso patriótico: este proyecto atraería de nuevo el talento y los trabajadores que habían abandonado Estados Unidos escapando de la excesiva regulación estatal.

Puede que se adelantaran a su tiempo. Tal vez este mismo proyecto tras la crisis tenga más perspectivas de prosperar.

El BlueSeed va viento en popa. Tiene ya unos 1400 emprendedores inscritos, con los manguitos en los brazos y esperando a embarcar. Obviamente, en este delirio no podría faltar un gimnasio para soltar adrenalina y cotejar niveles de testosterona y fibra muscular. También hay salas de juego, restaurantes y entretenimiento para quien quiera escaparse del placer de poder trabajar 24 horas seguidas los siete días a la semana, todo ello de forma completamente legal. He aquí un monumento a la autoexplotación. Un edén empresarial lejos de inspecciones de trabajo y visados y permisos de residencia. Si pagas tu cuota de 1.600 dólares por persona y mes tienes derecho a quedarte, seas quien seas, vengas de donde vengas. Es la idea de puerto libre llevado a alta mar, es la verdadera piratería galvanizada y decorada con palmeras y césped artificial. Barcos lanzadera aseguran que puedes pisar tierra firme cada vez que lo necesites, cada vez que necesites enfrentarte con el nuevo viejo continente.

Podríamos hacer una arqueología de este extraño objeto tecnológico y diseccionar los diferentes conceptos y objetos que lo componen, en apariencia sin relación entre sí. El Titanic resuena de fondo, en esa ambición de fletar una ciudad que pueda cruzar el mar.

Pero también están las zonas francas y puertos libres que desafían las regulaciones estatales, esos pequeños paraísos de la actividad comercial.

Los obsoletos hubs industriales de los setenta y ochenta que popularizara Michael Porter y que toda ciudad en un momento quiso tener.

Los espacios de coworking que nos distraen de la burbuja inmobiliaria y del escandaloso precio del suelo.

Las maquilas de la frontera mejicana con sus condiciones laborales penosas y desprecio a la dignidad.

La soporífera película “Waterworld”, otro fiasco del siempre repugnante Kevin Costner.

El Principado de Sealand, la micronación surgida sobre una plataforma petrolífera en medio del mar del norte o la República de Minerva la primera micronación nacida sobre una isla artificial.

Las incubadoras para emprendedores o los viveros de talento que florecieron como setas por el territorio cuando se pensaba que la bonanza económica no se podía acabar.

"Una aberración delirante que precipita al olvido cualquier conquista laboral"

Las paredes pintadas de color flúor y los muebles de diseño con formas sinuosas y difícil acomodación.

Los míticos garajes de Silicon Valley donde Jobs y Gates no dudaron en privatizar el software diseñando con fondos públicos en las universidades y centros de investigación públicos.

La ideología californiana y el “no existe la sociedad” que proclamara una crecida Thatcher cuando vaticinaba la desaparición del Estado.

Todos estos elementos se constelan y se aceleran en esta ruina del futuro al que todas deberíamos viajar.

Un transatlántico para emprendedores es la encarnación del kraken neoliberal.

Una aberración delirante que precipita al olvido cualquier conquista laboral.

Un Cthulhu contemporáneo preocupado por tener buen acceso a internet y una fuente de electricidad a la que poderse conectar.

Una ciudad de tazas de café, portátiles con logos de manzanas y bicicletas plegables con las que poderse desplazar.

Un lugar donde la palabra trabajar deja de tener sentido, un enclave en el que la vida desnuda se pone a producir, los relojes quedan obsoletos, los nootrópicos no dejan de circular, la cafeína despertando al cerebro a patadas y de fondo sinfonías complejas de Whatsapp.

El deseo de triunfar subido a una palestra en medio del mar.

Un gran contenedor al servicio de la autorealización a través del trabajo.

El famoso “90 Hours A Week And Loving It!” tatuado en la espalda.

La bandera del barco, la calavera de Steve Jobs.

Un proyecto caduco, como una ruina distópica de un futuro que no va a tardar en llegar.

Emprendedores navegando mar adentro persiguiendo un falso ideal de libertad.

¿Os mareáis?

Espero que si.

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