Columnas

Aquellos maravillosos años: el regreso zombi del templo indie madrileño

La reapertura de la sala Maravillas vuelve a confirmar que la única opción viable para una ciudad en declive es la nostalgia por el pasado

Últimamente todo el mundo parece convenir en que Madrid se ha precipitado hacia un declive sin retorno. La opresión del ayuntamiento a la cultura y la intervención del espacio público son dos señas de identidad en una ciudad cuyas únicas aspiraciones culturales parecían concentrarse en las Olimpiadas ya fracasadas. Sin embargo no todo está perdido. La reacción ciudadana sigue siendo posible.

Cuando llegó el correo electrónico, pensé que era una broma. Tras el cierre del Nasti, emblema hipster hispano, vuelve la sala Maravillas. Hablamos de la madriguera del indie nacional en los años noventa, por donde pasaron todos los grupos de ‘la escena’ (expresión copiada del Melody Maker, un tabloide musical de la época). El local era un espacio modesto, mitificado al extremo, hasta el punto de que cada vez que entraba alguien ‘de provincias’ lo primero que soltaba es ‘¿de verdad esto es el Maravillas?’ Básicamente, un pasillo ancho, poco iluminado y peor sonorizado. La sacralización de la sala llegó al límite con el cierre del Nasti, que mereció artículos en El Mundo, El País o Rolling Stone. Cuesta pensar que una sala de electrónica, heavy metal o música latina de ese tamaño –aforo oficial: 200 personas– pudiera recibir el mismo trato. ¿Qué hace de Maravillas un lugar tan especial? Básicamente, que estaba llena de periodistas musicales (una profesión donde el indie es dominante). Muchos de ellos, sobre todo algunos locutores veteranos, esperaban que Maravillas fuese la semilla de una nueva Movida. Con el tiempo, quedó claro su optimismo delirante.

Los paletos éramos nosotros

¿Algunos recuerdos? Aquello era como cualquier bar de universitarios, donde el problema central era la dificultad para acertar con tu tolerancia tóxica. Mandaban las discusiones sobre gustos, un asunto que nos parecía de importancia capital (por culpa de este error de cálculo se pierden cantidades industriales de tiempo). Un recurso fácil para empezar las conversaciones era reírse de los más paletos, chicos entusiastas de Burgos o Sevilla que después del segundo vodka con naranja perdían la compostura y se acercaban a la cabina para informar al DJ de su necesidad urgente de escuchar “Cannonball” (The Bredeers), “Boys & Girls” (Blur) o “Animal Nitrate” (Suede). Por supuesto, los paletos éramos nosotros. No creo que hubiera mucha gente rica, pero sí bastantes con mentalidad de señorito. En vez de hablar de paro o precariedad, fingíamos tener algo parecido a un trabajo (más bien eran encarguillos) y nos reíamos de los grupos de Los 40 Principales (el indie siempre tuvo tendencia a justificarse contra el rival más débil). Si nos ponemos en plan malicioso, me acuerdo de una fila de cuarenta vinilos de “Super 8” (Los Planetas) escondidos en la oficina de dirección. Cuando pregunté qué pintaba allí semejante alijo me dijeron que uno de los dueños los tenía guardados esperando a que subiera la cotización. Su plan era revenderlos en el año 2000 por los precios astronómicos a los que se cotizaban los álbumes emblemáticos de La Movida. La burbuja indie no acabó de funcionar, pero no fue por falta de ganas.

Canciones de clase media

Una vez me tocó hacer de jurado del concurso de maquetas del festival de Benicàssim. En la sala Maravillas, nos entregaron un saco de cintas y nos pusimos a leer los nombres. Casi todos te quitaban las ganas de escuchar el contenido (abundaban los ripios, la ironía facilona y el humor tuno). Me sorprendió la cantidad de grupos que se bautizaban con frases en latín. No eran máximas literarias, sino expresiones jurídicas, porque abundaban las bandas formadas por estudiantes de Derecho en busca de hobby molón (conocía esas frases latinas porque era la carrera que yo cursaba; el periodismo musical era mi intento de hobby molón). Me pregunto si alguien que haya pasado de tercero en esa facultad ha escrito alguna vez una buena canción (apostaría a que no). El grueso de la tropa indie era clase media-baja con aspiraciones de ascenso. Entre los habituales, los hay que llegaron a director de periódico nacional, alto cargo de la administración de Esperanza Aguirre y unos cuantos ejecutivos cool (o no tan cool). Pero, bueno, no creo que hubiera ni la mitad de la mitad de clase alta que en el indie de Barcelona o Euskadi. Hasta en eso éramos cutres.

Sadismo hipster

Llegados a este punto, se estarán preguntando si alguna vez ocurrió algo interesante en aquella sala. Recuerdo ocho o nueve conciertos que me parecieron memorables, a lo largo de quince años, que no es tanto. No voy a dar nombres, no sea que nos liemos otra vez a hablar de gustos. Me consta que en la cabina hubo DJs competentes, con criterio musical y menos prejuicios de los que se supone. El sonido de la sala no era gran cosa, de hecho estropeó más de una actuación que podría haber despegado (me soplan que, poco antes del cierre del Nasti, la cosa mejoró bastante). En verano el calor era insufrible y corría el rumor de que a ratos quitaban el aire acondicionado, por pura diversión sádica o para vender más copas (cada parroquiano tendrá su opinión o parte médico sobre esto). Los flyers de la sala, con calavera y tibias cruzadas, decían medio en broma que el Nasti era un pequeño infierno donde a algunos les encantaba pasar el fin de semana. El humor malote era marca de la casa y de gran parte de los parroquianos.

Esnobismo pop

Por la nota de prensa, queda claro que Maravillas Espectaclub (la secuela) quiere poner al día el legado del Maravillas. Después de leer el texto, me parece buena idea que dediquen una noche de la semana a DJs femeninos (será los viernes). El antiguo local no era un espacio especialmente empático con las mujeres. Conozco varias chicas que se sentían incómodas cuando se quedaban solas en la pista. A partir de cierta hora, las formas de ‘entrar’ no eran las más sutiles (hablo de finales de los noventa, no sé cómo seguiría la cosa). La promoción del nuevo local habla de ‘la mítica sala Maravillas’, echando leña al fuego de la vieja exageración. Con la perspectiva del tiempo, creo que el local contribuyó más a reforzar el esnobismo que a abrir los oídos de la ciudad. Madrid no es una lugar que destaque por su cultura musical: la gente que más sabe es la que viene de otro sitio, o ha sabido aprovechar su Erasmus o su etapa de okupa en Londres.

Maravillas no se toca

"Pasear hoy por Malasaña es como asistir a un cásting para extras de Zoolander 2"

Paradoja divertida: la palabra Maravillas me suena cada vez mejor. No por la vieja sala indie, sino por el Patio Maravillas, centro social autogestionado con sede a pocas calles de distancia (calle Pez, 21). Allí podemos encontrar gente joven mucho más espabilada de lo que éramos nosotros. Son militantes contra el racismo, el consumismo y la cultura impuesta desde arriba. A algunos les gusta el indie, seguramente han pisado el Nasti más de una vez, pero tienen una mentalidad menos estirada, más consciente y social (nosotros éramos auténticos analfabetos políticos). Un ejemplo entre muchos de la actividad del Patio es el blog Gentrisaña, observatorio sobre la gentrificación en el barrio. Pasear hoy por Malasaña es como asistir a un cásting para extras de Zoolander 2: trajes de diseño retro, gafas tres tallas más grandes, universitarios con caniches.... El bar típico donde solíamos comer un huevo duro por 50 pesetas antes de ir al Nasti parece ahora un decorado de Amélie. Cuesta encontrar una tienda que no tenga nombre en inglés. Ciertas calles parecen pasarelas donde lo que llaman ‘street style’ se convierte en sinónimo de ‘ropa cara y ridícula’ (cada vez veo más sentido a vestirme en Decathlon). No creo que pise mucho Maravillas Espectaclub: el sitio dónde está la acción se llama Patio Maravillas. Aquí podéis consultar la programación: patiomaravillas.net.

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