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10 mitos y realidades sobre la hombría en 2015

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Desentrañamos 10 lugares comunes y preconcepciones habituales sobre hombría y el “arduo trabajo de la masculinidad”.

Kiko Amat

14 Septiembre 2015 06:00

1) Los hombres no lloran: Falso. Los hombres sí lloramos, solo que no en público. El único testigo de mis lágrimas siempre ha sido un objeto de porcelana inanimado: el viejo retrete. Si los váteres hablaran, pueden apostarse algo a que el mío solo sabría decir: “Kiko, tranqui, tío; todo irá bien, no llores”. Hay algo repugnante en la visión de un hombre derramando lágrimas en público, no digan que no. Para que se admita esta flaqueza tendría que haberte pasado algo muy gordo: que la Wehrmacht esté desfilando por debajo del Arco del Triunfo ante tus acuosos y recién nazificados ojos, o que —tras pisar una mina— estés sosteniendo los propios intestinos en las manos, como si acabaras de comprar 50 kilos de carne picada para tu puma. Entonces sí: procede dejar caer alguna lagrimilla (aunque aparentando que no es nada, como en Objetivo Birmania). El resto del tiempo conviene comerse la pesadumbre y mandarla al trastero de dramones-no-resueltos que tenemos todos los hombres alojado justo al lado del bazo. ¿Por qué? Porque se supone que eres pal de paller, amigo mío, sostén de la familia y tótem de solidez, y los tótems suspensorios de familias y solideces no se desmoronan moqueando a la mínima de cambio.

¿Otra razón para no llorar? Afea. En serio. El otro día estaba yo solo en casa llorando a moco tendido como un emo de plastilina, y me acordé de que José Luís Cuerda solía mirarse al espejo cuando lo hacía, por curiosidad. Así que aún sollozando, más deprimido que Thom Yorke con bajón de MDMA en una residencia de ancianos, me dirigí al baño para corroborar la hipótesis del maestro, y... ¡DIOS! Menudo monstruo. Parecía John Merrick cagando. Pero no, era yo. Yo, llorando como un idiota, hipando a tragos cortos, la caja torácica ta-ta-tartamudeando y las clavículas temblonas como un yugo zarandeado por un par de bueyes peleados, y el rostro abotagado, fofo, como si la tristeza... no sé, ¿engordara? Espero que me crean si les digo que nunca he visto a ninguno de mis amigos llorar, y eso que a lo largo de treinta años nos han pasado cosas que eran para llenar dos cubas de 1000 litros. La única excepción es mi viejo amigo Carilla, alias “Lagrimilla”, que todo el día tiene los ojos acuosos (pero es solo por algún tipo de bizarra disfunción endócrina). La cuestión es que hombres y mujeres reaccionamos de forma distinta de cara a la desdicha. Nadie lo dijo mejor que Richard Pryor: “Cuando las mujeres tienen el corazón roto, lloran. Cuando los hombres tienen el corazón roto se lo guardan dentro como si no doliese, y luego pasean por ahí y se dejan atropellar por camiones”.



2) Los hombres no aprenden: Verdadero. ¿Recuerdan lo de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra? En este caso concreto, lo de “hombre” no se refiere a Homo Sapiens (masculino o femenino) sino a macho. Toda la base de datos (sobre uno mismo o el mundo que nos rodea) que el hombre ha ido condensando a base de extrema magulladura y ridículo público, a la hora de la verdad solo sirve para la reflexión inane a toro pasado, o para gestar una visión del mundo más fatalista que la de un capo de la familia de los Corleonesi. El destino de un hombre siempre está predeterminado. Si hay alguna posibilidad de que un hombre la cague, la cagará. Una y otra vez, como Bart Simpson con aquel cupcake electrificado que le enchufa Lisa para demostrar que su hermano “es más tonto que un hámster”. La lección es que un hombre (pues Bart y Homer somos todos) es, en efecto, más tonto que un hámster, y aprende mucho más lento. O nunca, como es mi caso.


Para que se admita la flaqueza de un hombre que llora tendría que haberte pasado algo muy gordo. Por ejemplo, que estés sosteniendo los propios intestinos en las manos, como si acabaras de comprar 50 kilos de carne picada para tu puma



3) Los hombres no se quejan: Verdadero. Hace unas semanas, estando en Gijón, me hallé en la peculiar tesitura de tener que explicarle a alguien la diferencia entre “protestar” y “quejarse”. Al final le convencí, quizás porque aquella noche me acompañaban dos fornidos gañanes y entre los tres persuadimos a aquel gusano; pero la duda permaneció alojada bajo mi córtex: ¿Realmente hay gente que no entiende esto? Es bien sencillo: protestar es cercar el Parlament o arrearle a un Mosso en las napias con una lámpara de pie. Quejarse, por otro lado, es lamentarse de que el Wifi de un bar no chuta del todo o que el timeline de Twitter va así-así. Cuando en De aquí a la eternidad le ordenan (injustamente) al soldado Prewitt lo de volver a subir al cerro, pero esta vez con doble carga en la mochila y fusil en alto, ¿acaso comenta el soldado que le duelen un pelín las pantorrillas? ¿Que ahora no va a poder ser porque se halla en plena digestión del rancho? Claro que NO. Prewitt aguanta el castigo con hombría, de la única forma posible: sudando, escupiendo lapos que parecen zamburiñas y jurando entre dientes, sin darles la satisfacción. No lo duden, es axiomático: si un hombre entra en un bar y empieza a lamentarse de naderías, no se trata de un hombre.

¿Qué es entonces? Ni idea. ¿Un lagarto con máscara humana, como los de V, o tal vez un mogote de blandiblub que ha cobrado vida mediante algún ritual de hechicería pagana? Pero un hombre desde luego no. Porque los hombres siempre estamos “bien”, y nunca hablamos de nuestros sentimientos ni temores. ¿Acabas de pillar a tu mujer pegándotela con otro (tu mejor amigo), y cuando huías de allí con los ojos empantanados no has visto ese tráiler de 18 ruedas que ha pasado por encima de ambas tibias reduciéndolas a arenisca, y ya en el hospital te han detectado un carcinoma rectal en audaz estado de metástasis, y justo entonces alguien te pregunta “Cómo te va, tío”? La respuesta es: “bien”. Siempre “bien”, joder. Porque “la tristeza forma parte del arduo trabajo de la masculinidad”, como afirmaba J.R. Moehringer, pero eso no quiere decir que uno tenga que ir voceándola por ahí como un cantautor vasco de la transición. Un hombre debería aguantarlo todo, igual que aquel joven y herniado titán de las leyendas griegas: paternidad, desamor, enfermedad, pavor al futuro... Pequeñeces. Somos hombres, y no estamos pereciendo en una nube de gas mostaza en Verdún, 1916. Fortitude. Musn’t grumble. Soldier on. Keep the faith. Y el resto de lemas de aguante ingleses. 



4) Los hombres piensan con el pito: Verdadero. Cuando Morrissey cantó aquello de “most people keep their brains between their legs”, lo que en realidad quería decir era “most MEN”. Y ni siquiera se trata de “brains”, vamos. De hecho hablamos de la completa desintegración del raciocinio, decoro y sentido común a la que uno se planta delante de una vagina real, no esculpida a base de polímeros. Es justo lo contrario de poseer un cerebro. Según cuentan, se trata de un diminuto duendecillo priápico que vive justo detrás de la oreja derecha masculina, y que se parece un poco a Hervé Villechaize, solo que de color magenta y en pelotas. Con alas. ¿Qué masculla ese elfo nudista con rasgos filipinos, oigo que me preguntan? No es un gran conversador, según se ve. Como también dijo el gran Pryor: “The brain says “get the pussy, get the pussy”, and you can’t do nothing else”. Pero bueno, una cosa sí puedes hacer: mentirte a ti mismo, y glorificar tu atávica pulsión neandertal transformando a la individua que acabas de conocer, una dama más antipática que un camillero y con menos personalidad que una hoja Excel, en una mezcla de Marie Curie, Lauren Bacall, Emma Goldman y aquella aviadora que se cruzó solita el océano Atlántico en 1932. Mi consejo, en todo caso, es aplastar al irritante genio alado antes de que empiece a causar estragos; pues a no ser que ustedes sean un muñeco Playmobil, y en su zona púbica solo haya una loma, todos los hombres tenemos pito y pelotas, y el energúmeno ese y sus dos colegas arrugados no hacen más que meternos en embrollos.


A la que uno se planta delante de una vagina real, hablamos de la completa desintegración del raciocinio, decoro y sentido común

5) Los hombres son desordenados y sucios: Falso. Muchos hombres ostentan el glamur y la pulcritud de Fortu en el lavabo de una gasolinera, sí, y asimismo en mi pandilla todos los hombres nos rapamos el pelo “una y otra vez” (que cantaban aquellos), nos cortamos las uñas de manos-pies con regularidad castrense hasta que se hallan en estado de perfecta revista (Infante de Marina style), toda nuestra ropa está recién lavada y las camas hechas con cartabón y escuadra, nuestras axilas huelen a gladiolos con tomillo y limones de Sicilia, y nuestros dientes se asemejan a perlas del Pacífico recién pulimentadas. Pues las enseñanzas de mi abuela resuenan aún en mi mente:

Yo (a los 12 años): ¿Por qué coño me tengo que cambiar los calzoncillos cada día, abuela?

Abuela (impávida, y haciéndome entrega de un calzón de blancura cegadora): Imagina que tienes un accidente.

Yo (colocándome unas gafas de aviador para poder mirar aquellos calzoncillos y luego pinzándolos con dos dedos): ¿Uh?

Abuela: Que si te pasa algo, gamarús, al menos en el hospital vean que vas limpio.

Mi abuela tenía una cierta razón locatis, ahora lo veo. Si acabas de salir despedido de tu Vespa por encima de la plaza Tetuán tras una colisión contra la furgoneta de flores Navarro y estás a punto de impactar analmente contra la hoz de uno de los alzados en el monumento al Dr. Robert, al menos que cuando los enfermeros traten de arrancarte los jarales bañados en sangre no topen con unos calzoncillos inmundos. Ya que no lo haces por higiene, hazlo por dignidad, tío cerdo. Y esto es así desde hace décadas, por cierto, desde luego mucho antes de que un condenado imbécil se inventara el concepto “metrosexual”, demostrando que no había husmeado en la moda y hábitos masculinos de los últimos cuatro o cinco siglos.



6) Los hombres ejecutan; las mujeres organizan: Verdadero (con reservas). Lo que nadie se acuerda de apuntar es que la “ejecución” propiamente dicha puede ser más ardua y extenuante que subir una vaca frisona escaleras arriba en un piso de la Barceloneta, y que muy a menudo es equiparable o superior al esfuerzo cerebral efectuado por la mujer al “organizar”. No entiendo muy bien por qué se considera esa tarea (pensar) como inherentemente más valiosa que la de la acción pura, recia y sin adulterar. Jack La Motta no se hizo famoso por sus reflexiones voltaireanas sobre la labor del hombre, sino por repartir unos galletazos que temblaba el firme. Hay un tiempo para cada cosa y una cosa para cada tiempo, como bien dice el Antiguo Testamento. Mi mujer a lo mejor ha “organizado” la “logística” de las vacaciones, sí, pero el ochavón engrilletado que carga el coche y conduce durante once horas a base de speed y reparte bofetones a los asientos de atrás en momentos de revuelta y lo acarrea todo en sus alforjas de desespero soy yo. En esta parcela concreta, está claro que los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, y mi mujer oriunda de Titán, el planeta sanguinario que vio nacer a Thanos; pues no hay forma de llegar a un acuerdo sobre el asunto, y la última vez que lo intenté me llevé un taburetazo en la sien. Discutir con ella de esta mierda es más peligroso que violar pitbulls, va en serio. La única respuesta sensata, pues, es deja-a-a-rlo como está, que cantaban Los Salvajes. Y seguir acarreando bultos, pellizcarnos los pezones cada diez minutos para no desfallecer en plena autopista tras haber cruzado ya seis fronteras europeas, y diezmar enjambres de cucarachas y desatascar inodoros hasta el patatús olfatorio. Pero bueno, todo sea por no pensar.

Un fugaz vistazo a mi alrededor demuestra precisamente que el desorden es femenino



7) Los hombres saben pegar: Falso. Pero ojalá fuese cierto, copón. Cuando mis mejores amigos, cuarentones velludos que de vez en cuando aún utilizan la fuerza bruta para la resolución de conflictos, me cuentan algún zipizape reciente en el que han zumbado a alguien, siempre pienso las mismas tres cosas, en el mismo orden:

1) Bien hecho; seguro que se lo merecían.

2) Ojalá yo fuera así.

3) Pero suerte que no.

Porque estoy seguro de que emplearía todo ese poder para hacer el mal. Conozco mi naturaleza, y empezaría buscando la justicia social y liberalizando los bienes de consumo, para al final acabar aniquilando a los débiles e inocentes. Yo sería la URSS, vaya. Yo sería los bolcheviques que tomaron el Palacio de Invierno y celebraron la huida de los Romanov, y que al poco tiempo ya estaban exterminando a los mencheviques, borrando a Trotsky del mapa y reduciendo poblados enteros a cenizas. Empezaría así una gran rueda de violencia, de aleatoriedad, de arbitrariedad, sin control de calidad y desde luego ni hablar de justa lid. Pegaría a todo el mundo, en fin, eso es lo que estoy tratando de expresar aquí, lectores. Pegaría a todo el mundo, y por las razones más nimias. Utilizaría toda esa energía para solventar cualquier tipo de malentendido. Si se me colara alguien en la cola del súper le incrustaría un rábano en la oreja; cualquier asomo de litigio en las reuniones del AMPA culminaría conmigo hundiéndole a alguien un pupitre en la epiglotis; si un crítico cursi dejara mal alguno de mis libros le pisaría la cabeza con vehemencia. Estas controversias con gente que me cae gorda acabarían, en todo caso, con mi encarcelamiento, o con una multa severa. Avergonzaría a mi familia e hijos y tal vez acabaría en el talego. Amado violentamente en las duchas por hombres hirsutos de mirada vacía.

El problema radica en lo siguiente: digo que no soy un tío violento, pero en realidad no lo sé. Cuando me acaloro, ¿no tomo la vía de la gresca porque no creo en ella? ¿O no la tomo porque mi espina dorsal y sentido común están lanzado mensajes de alarma a mi gran bocaza que, por supuesto, está enviando mensajes de desafío que mi cuerpo no podrá pagar? Yo creo que la naturaleza es sabia, en este sentido. En el mundo natural existe la araña de patas largas, un torpón octópodo que posee un veneno letal capaz de matar a cualquiera, aunque (oh, destino cruel) carece de los incisivos para administrarla. Yo creo, por fortuna, que este es mi caso. Que la evolución me ha dotado de un instinto mortífero pero no me ha dado las armas. Las armas son estas que muestro ante vuestros atónitos ojos. Estos puños; puños de gelatina, mecagüen la leche ¿Por qué me hiciste así, Jehová? (añade, blandiendo uno de sus puñitos Nancy al cielo).



8) Los hombres no son de fiar: Verdadero. Hay demasiadas variables, ¿no lo leyeron antes? El hombre medio es una mezcla del Harvey Keitel de Bad Liutenant y el oso Yogui, con la empatía de Josef Stalin y los hábitos higiénicos de un tejón heroinómano. Sus pulsiones e instintos bestiales toman las riendas con demasiada asiduidad para considerarlo algo anecdótico. Una de dos: los hombres son más pérfidos que las mujeres, o simplemente más estultos. La única puntualización pertinente es esta: la nobleza masculina suele entrar en juego con otros hombres (uno no critica a los demás tíos a sus espaldas, como un solterón amargado), pero es manifiestamente ausente a la hora de aplicarla a las mujeres. Sí, amigos: es así de despreciable, pero yo no hice el mundo (solo vivo en él). Un fulano desleal, sin palabra, jeta y traicionero se transforma mágicamente en un “canalla” o un “person” (para utilizar la vernácula en boga) si el destinatario de sus indignidades es una mujer. Para que luego digan que la sociedad ya no es machista. Las cosas no han cambiado una pizca desde mi BUP, en 1987, por el amor de Dios: el tío frescales sigue siendo un “follator”, pero la tía que hace lo mismo es “un poco putilla”. Fantástico, hombres. Avanzando por la senda del raciocinio y la ilustración como siempre, ¿eh?


Protestar es cercar el Parlament o arrearle a un Mosso en las napias con una lámpara de pie. Quejarse, por otro lado, es lamentarse de que el Wifi de un bar no chuta del todo o que el timeline de Twitter va así-así





9) Los hombres beben: Verdadero. Calma. Sé lo que me hago, que los de la AFA (Asociación de Fifís Abstemios) no empiecen una campaña de twitterlinchamiento. No estoy diciendo que para ser un hombre tieso y viril uno tenga que darle al vaso. Estoy diciendo que, con todos los defectos arriba señalados, sería de locos no atizarse un copazo de vez en cuando. De otro modo ninguno de nosotros sería capaz de sobrellevar la carga. ¿Es que acaso no ven el amargo caparazón que nos cubre? ¿Es que no intuyen el disperso y silvestre contenido de nuestros cerebros? ¿No han apreciado la justicia totalitaria y cruel que administran nuestros genitales? Necesito un trago, la madre que me parió. Necesito cualquier cosa que me haga feliz y me bañe de esperanza y amor. Para olvidar que soy lo que soy. Si no es la botella, ¿qué podría ser? Ah, claro:

10) Los hombres no bailan: Falso. Algunos hombres sí lo hacen. Yo, sin ir más lejos, les he escrito todo esto con un solo dedo, mientras el resto de mi cuerpo daba tumbos por el despacho al loco son del “Surrender” (versión de Big Drill Car). Bailar quizás sea uno de los pocos espacios habilitados para que el hombre pueda manifestar su debilidad y temores y belleza interior (otros dos son la escritura y la música, claro). Es una de esas parcelas no intervenidas donde no hace falta hacer alarde de testosterona ni impenetrabilidad ni dureza. Puedes bailar, animal. Puedes hacerlo. Qué hermoso es el momento en que un tipo descubre esto: que puede danzar, trazando círculos sobre sí mismo, brazos en cruz, y luego poner el pie aquí y arrear un zapatazo allá, y ahora lanzar los dos dedos índices al aire en modo charlestón, y ahora pegar un brinco y caer bien, ahora toca palmada, y cierras los ojos un instante y los vuelves a abrir, y ya estás bailando, tío. Bailando para no llorar. Bailando toda la noche para contener la marea de la tristeza, como decía Alison Statton, porque a oscuras el impacto se acabará desvaneciendo. Con un poco de suerte. Hombres bailando, exorcizando el escozor y curando los cates del costalar, de la única forma que nos está permitida: bailando. Por favor, únanse a mí en este último vals salvaje. Un-dos-tres. Un-dos-tres.



El hombre medio es una mezcla de Harvey keitel de Bad Liutenant y el oso Yogui, con la empatía de Josef Stalin y los hábitos higiénicos de un tejón heroinómano





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