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¿Es maleducado el público que va a los conciertos en España?

Las últimas actuaciones de The xx en Madrid son la gota que parece haber colmado el vaso: la gente habla mucho y escucha poco. ¿Hay para tanto?

¿Es maleducado el público que va a conciertos en España? Las crónicas de la última actuación de The xx en Madrid hablan más de la gente ruidosa que del grupo. ¿Nos está pasando algo con la falta de respeto a la música, o estamos dramatizando? Veamos.

Un denominador común en todas las crónicas, críticas y comentarios que se han hecho a propósito de la visita de The XX a Madrid ha sido la denuncia abierta y contundente del comportamiento que una parte del público mantuvo durante toda la velada. Como si de un partido de fútbol se tratara, algunos de los asistentes a la cita dedicaron esfuerzos sobrehumanos para no cerrar el pico durante todo el concierto: ese murmullo insoportable que se te mete dentro cuando estás viendo a una banda que te gusta y que te puede acabar jodiendo la noche. Los pelmazos que hablaron sin parar estuvieron especialmente cargantes, y el problema es que es éste un fenómeno que en los últimos años ha ido in crescendo, hasta el punto de que ya nos parece casi normal ver a una formación en directo con el runrún de las conversaciones ajenas como banda sonora secundaria. De acuerdo: La Riviera, la sala donde tuvo lugar el evento, no es el Teatro Real ni es el Gran Teatre del Liceu, de modo que parece difícil e incluso absurdo exigirle a los asistentes el silencio ceremonial de los grandes foros líricos y clásicos. Pero ni tan siquiera el pop y el rock están exentos de que su público trate con máximo respeto a las bandas que se suben a un escenario y, sobre todo, a esa gran mayoría de gente que no se dedica a ir de tertulia a los conciertos.

"Es interesante plantearse por qué sucede y si estamos ante un fenómeno eminentemente español o mediterráneo"

La misma noche del primero de los dos conciertos que The XX hicieron en la capital ya quedó patente en las redes sociales el mosqueo de la gente. Hasta el punto de que casi se hablaba más de esto que de la propia actuación de la banda inglesa. Ante esto cabe preguntarse por qué es la música, y en concreto la música que está fuera del ámbito académico y ‘culto’, por llamarlo de alguna manera, una plataforma cultural en la que la mala educación y la falta de respeto flagrante están a la orden del día. Ni tan siquiera ir al cine, otro espacio en el que ya parece inevitable convivir con murmullos persistentes, sonidos estridentes y móviles que se encienden y se apagan, es tan incómodo e irritante como ir a un concierto de pop, sobre todo si es uno de aquellos, como el caso que nos ocupa, en los que el grupo protagonista juega con los silencios y un tono bajo. Es interesante plantearse por qué sucede y, también, si estamos ante un fenómeno eminentemente español o mediterráneo, acostumbrados como estamos en este país a que se den por asumidas e inevitables muestras de comportamiento alejadas por completo de cualquier mínimo sentido de la formalidad y la educación.

Que España sea el país líder en descargas ilegales de contenido audiovisual es un dato que ayuda a entender esta demoledora falta de respeto que existe por la música. De hecho, es líder indiscutible desde hace ya unos años, sin competencia alguna, y quizás por eso las cosas van como van. Se empezó devaluando el formato –si lo puedo tener en MP3 para qué quiero un CD o un vinilo–, proceso comprensible en consonancia con los tiempos que corren y la revolución tecnológica, se siguió devaluando el hábito de escuchar música –básicamente hemos dejado de escuchar para engullir: el síndrome buffet libre– y no queda lejano el día en que se acabará devaluando a los artistas, a los que tarde o temprano casi se les exigirá que actúen gratis para que la gente acuda a escucharlos y verlos. La piratería quizás no es el problema ni la causa de que la música esté como esté y reciba el trato que recibe, pero indudablemente es una de las razones. La cultura del gratis tiene sus pros –promoción para artistas noveles, incidencia directa en venta de entradas para conciertos, mayores posibilidades de ser escuchado–, pero también ha ayudado decisivamente al levantamiento y explotación de la idea de que la música es una manifestación artística sin valor alguno en la bolsa social del gran público y de que no tiene un papel relevante.

"Se tiene la sensación de que una parte del público concibe la música como un ruido de fondo"

Y esto repercute también en los directos, donde cada vez más se tiene la sensación de que una parte del público concibe la música como un ruido de fondo con el que sobrellevar una noche con amigos o conocidos. La idea de que en muchas ocasiones un concierto de un artista de moda es una excusa cualquiera para salir de casa, dejarse ver y colgar muchas fotos del evento en Facebook, como podría serlo la inauguración de algún club o local, y de que tiene más importancia el hecho en sí de ir que las canciones y cómo la banda las traslada al formato del directo. Sucedió con The XX, un ejemplo perfecto para ilustrar esta sensación de desapego absoluto que mucha gente tiene por la música en nuestro país: si algo caracteriza a “Coexist”, también su puesta en escena, es que necesita implicación total del oyente, tanto por su fuerte carga emocional como por sus particularidades expresivas, y no parece que vivamos en una época propicia para que una parte del público asuma semejante reto. Si contemplas esta actuación como una de esas citas a las que ‘hay que ir’, si te has escuchado el disco a salto de mata y, además, tienes la pésima idea de convencer a alguien para que te acompañe, es muy probable que a los diez minutos de haber empezado desconectes por completo de lo que está sucediendo encima del escenario. Pero el grupo no tiene la culpa. Y mucho menos esa parte de público que sí ha tomado parte activa en la ceremonia del concierto y sí está disfrutando de la propuesta y no tiene por qué aguantar que el que tiene al lado cuchichee sin parar durante hora y cuarto.

Escribía Fernando Sánchez Dragó en “Y Si Habla Mal De España… Es Español” que es éste un país profundamente maleducado. Y sucesos como el vivido en The XX así lo certifican. Pero la mala educación ya no se expresa en el hecho de que en algunos pasajes del concierto casi se escuchara más a la gente que al grupo protagonista –a fin de cuentas, esto puede llegar a suceder en cualquier club del mundo, tampoco sería justo localizarlo exclusivamente aquí–, sino en el hecho, más preocupante si cabe, de que definitivamente se le haya perdido el respeto a la música como vía de expresión artística con valor e incluso a los propios grupos, y éste sí me parece un fenómeno muy español sobre el que conviene reflexionar. Se ha hablado en los conciertos desde tiempos inmemoriales, no hay nada nuevo en ello, pero lo que sí parece más de nuestro tiempo, y el trasfondo más alarmante de todo esto, es el papel residual y menospreciado que está jugando la música en nuestra sociedad, cada vez más empeñada en quitarle hierro e importancia a sus valores artísticos y culturales y en reducirla a un simple producto de consumo. Gratis, por supuesto.

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