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Cómo ser madre a los veinte años

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Hablamos con María Ramos, Esther M. García y Jenn Díaz: tres escritoras, tres mujeres muy distintas, tres madres a los veinte años

Luna Miguel

29 Junio 2015 06:00

—Imagen de Jenny Lewis

Mi madre me tuvo a los 17 años.

Más que mi madre, durante toda su vida pareció mi hermana.

Por eso desde que tengo uso de razón, la relación madre-criatura que mantuvimos me recordaba más a una relación entre hermanas. La imagen de una niña pariendo a otra niña. La imagen de una niña aprendiendo lo que es el mundo al mismo tiempo que aquella luz que salió de sus entrañas.

Durante años, mi madre fue la mamá más joven en las reuniones de padres del colegio. Todas las familias se nos quedaban mirando extrañados, aunque probablemente ninguno sintiera la misma sensación que ella, preguntándose a cada minuto cómo habría sido su vida “como una mamá normal”.

¿Pero qué significa ser una mamá normal hoy en día?

Tengo 24 años, y aunque fui madre fugaz y veloz durante tres meses, a veces me acuerdo de que a mi edad la mía ya tenía criada a una niña de 7 añazos.

Se agita algo en mi interior cuando pienso que dentro de mí deseo la maternidad con todas mis fuerzas, aunque fuera de mí muchos me digan espérate, eres muy joven, tienes todo el tiempo del mundo, ya llegará.

Sin embargo, todo esto no deja de ser una mentira, pues a mi alrededor amigas entradas en la treintena me cuentan la absoluta presión con la que viven desde que cumplen tal cifra. Como si a los veinte ser mamá fuera terrible. Como si a los treinta la irresponsabilidad fuese no serlo.

Ser una mamá normal hoy no significa nada. O mejor dicho, no hay indicios de que esa normalidad vaya a ser posible.

«Y aún os preguntáis por qué la mujer escribe su cuerpo»


María Ramos


En 2010 y gracias a la blogosfera, conocí a María Ramos, una poeta sevillana que se pasaba el día compartiendo poemas propios o ajenos por la red. En aquel momento, Ramos tenía 27 años, y en sus fotografías se podía ver de vez en cuando un cuerpo más pequeño, delgado y gracioso, que siempre la acompañaba.

Se trataba de su hija, a la que había tenido a los 21, una edad que para la mayoría es demasiado temprana, y que de sólo pensarla ya asusta. ¿Qué hace una chica de veinte años con un bebé en un país feo, pesado y difícil como este?


La maternidad no existe en la literatura, porque nos la han ocultado



María Ramos siempre me ha recordado a mi madre, y cuando pienso en ella o leo sus trabajos —sus traducciones de Sylvia Plath en Tres mujeres (Nórdica) o sus poemas sobre la maternidad en Siamesa (El Gaviero)— se me ocurre que a menudo nuestra sociedad tiende a esconder no sólo a las que fueron mamás muy jóvenes, sino también a las que se lanzaron a esa aventura de manera independiente, distinta, rompiendo las reglas de lo que la maternidad debería ser.

No es extraño que exista este reparo y este rechazo si desde ámbitos como el de la cultura este también ha sido, históricamente, un tema tabú. María Ramos, como escritora, conoce lo escondido que ha estado en nuestras bibliotecas, y por eso ella ha optado por escribirlo, describirlo, traducirlo, reivindicarlo.


Jenn Díaz


Pero la poeta sevillana no es la única. Desde Barcelona, la novelista de 27 años Jenn Díaz lleva tiempo retratando e investigando la figura de la madre en su narrativa y en sus ensayos.

En el plano más personal, Díaz también es madre, incluso si no es de su cuerpo de donde ha surgido la otra vida a la que ella se entrega y cuida a diario. Cuando le preguntamos a la narradora si el hecho de ser madrastra en la veintena le ha traído dolor o si por el contrario le ha traído luz, ella responde así: "Convivo con una niña, así que la pregunta en este caso no me diferencia de las madres-paridoras. No ha sido ni doloroso ni luminoso, sino más bien algo natural".

 

De tan cotidiana, hemos dado la maternidad por aprendida


Díaz, que ha publicado varias novelas donde un personaje femenino ha de cuidar a un hijo que no es suyo, dice que esto no es casual.

Desde hace tiempo la autora se ha obsesionado con la maternidad, o quizá más bien con la manera de abordar la “madrastrez”, que es en una manera de ser madre en sí misma, salvo que con límites, dilemas y cuestionamientos por todas partes.

Jenn Díaz piensa que la literatura está llena de madres, sólo que la tradición se ha encargado de esconderlas. "De tan cotidiana la hemos dado por aprendida", nos cuenta. "Tampoco aparece la menstruación, ni lavar los platos, ni tender, ni lavarse los dientes. Se ha medido la maternidad con el resto de cosas corrientes, pero la maternidad es algo excepcional: debe aparecer".

«Pero mírate, tienes apenas veinte años y el vientre usado»

Esther M. García

María Ramos fue madre joven por casualidad: la sangre se detuvo y la vida llegó.

Jenn Díaz fue madre joven por casualidad: la criatura se presentó en casa y el corazón se le embarazó.

Esther M. García, sin embargo, fue madre joven porque así lo quiso, porque así lo deseó con todas sus entrañas. Y aunque la naturaleza se empeñara en arrebatarle sus sueños llevándose con ella hasta a cuatro bebés, la narradora y poeta mexicana acabó llenando su tripa con dos niños a los que ama con locura.

La literatura de Esther M. García, por cuestiones biográficas, siempre ha sido muy cercana a lo corporal.


Decir 'madre' es decir 'cosa inferior'



Para ella ser madre joven fue doloroso por muchos motivos.

En primer lugar por ese continuo cuestionamiento a sí misma: "Siempre me preguntaba si una mujer de verdad podría decirse mujer, aún si no podía parir. Mucho tuvo que ver la experiencia traumática de los abortos que pasé y que me sentía inferior por no poder crear seres de carne y hueso".

En segundo lugar por las circunstancias difíciles ante las que se lanzó a la aventura ser madre: "Fue doloroso porque no tuve el apoyo, el cariño y la compasión de las personas que yo amaba, como mi familia y el que era mi esposo".

A pasar de todo, García convirtió el dolor y la rabia en energía, y gracias a la experiencia reconoce haberse hecho más fuerte. Ella lleva adelante un trabajo, una carrera literaria y una vida familiar de las que se siente absolutamente orgullosa.  


El cuerpo de la mujer es un terreno fértil que puede constuir o destruir sociedades enteras



Es posible que Esther, junto a Jenn y María, forme parte de esa generación que ha sabido recuperar el testigo de algunos grandes referentes —ahí están las sombras de Louise Bourgeois, Sylvia Plath, Simone de Beauvoir,  Adrienne Rich— y que ha perdido el miedo a denunciar las cosas, a mostrarlas tal y como son.

Señala María Ramos a este respecto que "el cuerpo de la mujer es un terreno fértil y complejo que sirve para construir o destruir sociedades enteras", y por eso le parece lógico que el desde siempre el hombre haya querido controlarnos así. Diciéndonos cuándo parir, cuándo obsesionarnos con el bebé, cuándo odiar a la criatura o cuándo odiarnos a nosotras mismas.

Las palabras y la vida de estas tres escritoras y madres tan distintas son entonces una piedra más en esta hermosa y libre casa que la literatura viene desde hace tiempo construyendo.

Lo demuestra Ramos en uno de sus breves, afilados y sinceros poemas que aquí suscribo:


La tristeza también es fértil (ya nada duele)



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