Columnas

Un macarra en el escaño: cómo la política se convirtió en ‘gangsta’

Al zapato de David Fernàndez y el jacuzzi de Jesús Gil los une un hilo invisible: el de la política convertida en paliza de callejón. Investigamos los orígenes de este fenómeno en el que el diputado se convierte en un rufián

David Fernàndez, diputado catalán de la CUP, amenazó a Rodrigo Rato con una sandalia y así nació la política gangsta, el macarrismo de escaño. Pero, ¿es realmente el principio de una tendencia? No: antes hubo Gil, el Rey de España, Labordeta, Matanzo y otros políticos que hicieron del pecho sacado y la parla de germanía su arma preferida.

Me cago en la leche, Merche, se acercan las celebraciones de la Constitución. De nuevo escucharemos alabanzas al consenso, al apaño entre franquistas y demócratas, a la paz entre Fraga y Carrillo –que han sido obscenamente longevos gracias a la radiactividad de Palomares y los charcos de alquitrán en los pulmones respectivamente–, a la valentía de Adolfo Suárez y a los 35 años de mayor prosperidad y paz que han conocido nunca España, y que han permitido el envidiable upshifting de la familia Alcántara, abandonando el pestazo rural de Sagrillas hasta abrirse paso en la cambiante y moderna España contemporánea. Pero lejos de este escaparate cívico, cuando el diputado de la CUP David Fernández amenazó con una sandalia a Rodrigo Rato durante la comparecencia del ex presidente de Bankia ante la comisión de investigación del Parlamento catalán, supimos que un nuevo estilo había obtenido carta de naturaleza, que una manera de hacer política había venido para quedarse. Al diablo el canovismo y su “Liga de dos”, al diablo las barbas y la pana de Jarcha y su “libertad sin ira”, fuera ya los tecnócratas del teatro del parlamentarismo liberal, basta de educado ecosocialismo.

David Fernández nos regaló un momentito raro, de tensión palpable, un duelo descomunal, como Chelo García Cortés interpelando a Veronica Forqué, un cuadro berlanguiano de alta zafiedad narrativa. Rodrigo Rato, el anti Midas que arruina todo lo que toca, tragó por una vez saliva y se sintió como Guardiola viendo a Ibrahimovic esperándole a la salida del Banco Sabadell apostado en un cajero. Fernández resplandecía con su camiseta de ‘antifa’, salido del útero contestatario de Can Botxi, blandiendo una sandalia mugrienta. Imagínense a Espartaco con cangrejeras, al Ché Guevara con unas Crocs. Nada de un zapato brogue de costura prusiana y empeine labrado, sino una invitación al horror acomodaticio de la chancla. Era el acontecimiento fetish del año, una cumbre del retifismo, como si Christian Grey amenazara a una discípula durante un veraneo en Peñíscola. Su intervención concluyó con una marrullera despedida que atufaba de testosterona, y mientras la moderadora de la cámara intentaba acallar al sans culotte, éste reunió el coraje para pronunciar versos dignos de Tupac Shakur y proferir un testicular “nos vemos en el infierno. Hasta luego gángster”. Pura perfórmans de estética born to lose: había nacido la Política ‘gangsta’, un género que se ha consolidado en la cloaca de la Restauración Borbónica y que ha venido a sustituir al aburrido intercambio de puyas de cartón piedra en las comparecencias parlamentarias.

Puesto que las ideologías han sido erradicadas del seno de los partidos, nos sentimos aliviados por la desaparición de los asesores de imagen, los gurús, los jefes de gabinete de comunicación y los estrategas del marketing y de la imagen. Ha llegado el momento apoteósico de los macarras de la política, un elenco adicto al esperpento, un ejército de síndromes, profetas desarmados con la demagogia parda rizándoles la piel. Hay que dejarse llevar un poco y dejar de llorar por el fin de una democracia que han pisoteado los banqueros y las oligarquías políticas.

"Cleaver inventó los pantalones más fascinantes de la historia, todo un canto al machirulo"

En los Estados Unidos van mucho más adelantados, y si en South Park concibieron aquella fantástica metáfora de los procesos electorales en la que planteaban que la democracia consiste en elegir entre un sándwich de zurullo y una ducha vaginal, allí volveremos nuestras miradas para encontrar al puto amo de la política gangsta: Eldridge Cleaver, un brothaque comenzó su andadura política en los Panteras Negras. Cleaver llegó a presentarse a las elecciones a la presidencia en el convulso 1968 por el Partido de la Paz y la Libertad. Pasó temporadas en Argelia y Cuba, fue fugitivo de la justicia, fue evangélico, mormón y musulmán. Hasta experimentó con una síntesis alucinógena de cristianismo e islam denominada Cristlam. Tuvo problemas con las drogas y acabó en los ochentas defendiendo a Reagan y a los conservadores. Rápido con la navaja, inventó los pantalones más fascinantes de la historia: unos pantacas de hombre con una manga cosida para acomodar el pene. Todo un canto al machirulo, al machito pegón que mide el lomo a su compañera del gueto. ¿Hay algo así en España? No. Pero vamos a abordar las figuras de unos cuantos camorristas para saber cómo hemos llegado hasta aquí. Estos son algunos de los que te fockan, los que te parten la boca.

El concejal Ángel Matanzo

"Matanzo era un facha meditabundo y sentimental cuya principal preocupación era limpiar las calles de putas, rojos y maricones"

Sin duda el que aportó la madurez al género, alguien que tuvo la humorada de bautizar su partido como PIE –su aventura política junto al doctor Cabeza–, o de militar junto a Ynestrillas en el AUN. Con una montura de gafas por las que hoy se pelearían los vintagers de la calle Tallers y que harían las delicias de Màxim Huerta, Matanzo olía a bingo, a blenorragia, a vinazo, a figón, a gallinejas, y en general a añorado casticismo con una voz cavernosa como salida de la vagina de un súcubo. El tipo de hombre que esperarías encontrarte en la cantina de Star Wars acodado en la barra con un vaso de anís, un ejemplar de la revista Clima y una parpusa, un adalid del tipo de madrileñismo cuyo último bastión son Lina Morgan e Iker Casillas, el otrora yerno ideal de España, hoy despreciado y maltratado porque España odia a los chivatos. Carnicero de profesión (se dice que un cesto de naranjas fue su primera cuna), comenzó su carrera política en las pardas y marciales filas de Alianza Popular en 1983 como concejal del distrito Centro y fue el responsable de liquidar los últimos vestigios de la Movida madrileña durante la alcaldía de Álvarez del Manzano. Como el Rorschach de Watchmen, era un facha meditabundo y sentimental cuya principal preocupación era limpiar las calles de putas, rojos y maricones. Acabar con los barrios chinos, pasear con armas en un Madrid lleno de trileros, chorizos, prostitutas, mendigos, chaperos… tales eran los sueños de su darwinismo urbano. Una vez disolvió en persona una fiesta sandinista en Malasaña a las tres de la mañana. Llegó hasta allí para defender el sueño de los vecinos, amenazado por los antisistema. Imaginaos a Danny Trejo con tatuajes de Celia Gámez y aliento a brandy Soberano: hoy lo tendría más difícil con los hipsters del barrio. Su segundo apellido era España: no te digo nada y te lo digo tó.

Xosé Manuel Beiras

El que fuera portavoz del Bloque Nacionalista Galego disfrutó en su caliente apogeo de una merecida fama de encabronado. Su aspecto de Santacláus comercial, de abuelete que soborna a los nietos con werther's original, de milenario lunático, de patriarca de Canaán con bufanda de cashmere, le ganaron la simpatía del progresismo. Con pinta de alborotar las reuniones de la comunidad de vecinos o de ser el tipo que toca todas las barras de pan en el lineal del supermercado, en 1993 golpeó su escaño en el Parlamento gallego con un zapato. En el presente curso político se dirigió al asiento de Núñez Feijóo dando un puñetazo en el escaño de este mientras se debatía su relación con el narcotraficante Marcial Dorado y prorrumpiendo en lloros lastimeros: “Faime vostede chorar!”. Aunque para macarra, la foto filtrada del propio Feijóo en el yate del narco, con unos colores quemados propios de un fotograma de Malick y exhibiendo con orgullo unos blancos manchurrones en la espalda con la misma dignidad que Sasha Grey.

El Borbón

El pillastre viejuno que detenta la jefatura de Estado, el mismo que embroma a sus médicos pintándose la frente con betadine y saliendo al pasillo con la sonda anal puesta y unas tiritas en la nariz, dejó para la posteridad el “¿por qué no te callas?” con que interpeló a Hugo Chávez. La mejor tradición de las corralas, la manera en que los matones del gueto se disputan en turno de palabra, la forma sumaria en que suele resolverse quién da la vez en la cola de la pescadería, elevados a principio conductor de la diplomacia internacional durante la Cumbre Iberoamericana de 2007. Campechanía overseas. Sintiendo España muy fuerte.

Andrea Fabra

Hija del único abuelo que tiene un aeropuerto en España en el que pueden jugar sus nietos, atesora una cabellera llena de vitaminas y mechas rubias y una insultante pose de pija. Ahora imaginen la atmósfera de los palenques donde se producen las peleas de gallos, disputas por ropa tendida en un suburbio napolitano, barras bravas argentinas arengando en la bancada popular del Congreso: estamos hablando de Andrea Fabra. Mientras Rajoy anunciaba en el Congreso el recorte de las prestaciones por desempleo, Andrea se desató con un “¡que se jodan!”, destinado a los antiespañoles perezosos que viven del cuento y no quieren laburar. Claro que sí Andrea, préndete fuego como un lighter, sacúdete el sudor como si fueras un wiper, que tú eres callejera, Street Fighter.

Joan Puig i Cordon

No podemos olvidarnos del parlamentario catalán y de su simpática invasión de la casa de Pedro J. Ramírez en Mallorca, una viñeta que acaricia nuestra nostalgia de los veraneos familiares en Gandía. Con un rollo de maduro springbreaker, el bañador flotando desbocado alrededor del héroe y el carné de diputado entre los dientes, el parlamentario catalán accedió a la piscina del director de El Mundo escalando unas rocas, llamando “matones” a los que se encontraban allí, escupiéndoles y empleando la fuerza. A la altura de los Funny Games de Haneke.

Jesús Gil

Gil estuvo a punto de berlusconizar la política española con su partido, el GIL (Grupo Independiente Liberal), una manada de paisanos con el tiro del pantalón bien alto que adoptó como himno el “The Final Countdown” de los Europe, conocido entre el populacho marbellí como el Tiroriro. Convertido en un freak mediático, sermoneaba a las masas dentro de un jacuzzi rodeado de mamachichos. Después de apropiarse del Atlético, al que destruyó, consiguió la alcaldía de Marbella en 1991, así como las de varias localidades andaluzas. Adicto a las timbas en Las Vegas, campeón mundial de parchís y caballista, el hombre que susurraba a su caballo Imperioso fue un producto de la burbuja especulativa de los 90 que llevó a la ruina los municipios donde gobernó. Cómo olvidar sus mamporros e insultos a los directivos del Compostela, su hostilidad populista por el bipartidismo, su amor al Pueblo, sus guayaberas tropicales de capataz americano del tamaño de una carpa de circo, sus fajos de billetes prendidos con un clip. Un alegato a favor del disparate, un milestone de la sordidez y de la contabilidad tróspida al que le costó cara la aventura de Ceuta y Melilla.

Labordeta

Si un hombre bueno figura aquí es por su glorioso “a la mierda”, eslogan que quiso que figurara en su epitafio. Mientras se debatía sobre la guerra de Irak, los diputados populares le obsequiaron con frases del tipo “vete con la mochila a Teruel”, “qué me dices cantautor de las narices”… lo que empujó a Labordeta a mandarlos a todos a la mierda. Y viendo a nuestro alrededor tanta escoria, echamos de menos su imagen de ateneísta, de pastor, de profesor de Sociales. Todo un ejemplo. Hay que mandar más a la mierda.

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