Columnas

"Yo lloraba a escondidas porque quería ser otra persona"

Una historia sobre hastío generacional en una ciudad de provincias

Terror cristiano

La señorita María Jesús tenía un tío que se había suicidado. Era viejo y vivía solo y se había ahorcado. O se había ahorcado porque era viejo y vivía solo.

La señorita María Jesús nos dijo:

—Dios está en todas partes.

Y yo me lo imaginé expandido por toda la habitación como el aire.

De repente algo flotaba en el techo y se escondía bajo mi pupitre. Rodeaba mis piernas y se metía en mis fosas nasales. Salía expulsado y se escondía en mi oí­do. Me había acompañado a la hora del baño. Me había observado dormir. Me había visto cambiarme sentada al borde de la cama por las mañanas. ¿Estaba Dios en los ojos de los pósteres de mi habi­tación? ¿Estaba Dios en los ojos de los Backstreet Boys? Ya en casa corrí a abrazarme a mi padre completamente espantada, y aunque no le conté nada acerca de mi congoja, nos quedamos así, abrazados en el silencio de la oscuridad de nuestra casa defectuo­sa porque siempre se olvidaba de encen­der las luces. Aunque así Dios tampoco nos vería.

Todo el mundo sonríe todo el tiempo en Padres forzosos

Mi madre dependía de las drogas pres­critas. Mi padre de los dogmas de una organización de personas decepcionadas que buscaban el sentido de la vida en el control de la eyaculación. Mi hermana recortaba fotos de Cindy Crawford y las pegaba por las paredes de su habitación para no comer. Yo lloraba a escondidas porque quería ser otra persona. Quería llamarme Stephanie, ser rubia y vivir en San Francisco. Tener un golden retriever, más hermanas rubias y que en mi colegio hubiera taquillas. Mi mejor ventana al mundo era la televi­sión y la tierra prometida, California.

"Mi madre tiró la casa de Pin y Pon con­tra la pared de mi habitación por algún motivo. Mi hermana se fue a vivir con mi abuela".

Mi madre madrugaba, limpiaba la casa y trabajaba. A mi padre le hacían bullying en la oficina y a veces no salía de la cama. Jugaba al ajedrez con un tablero electró­nico que le daba la réplica a través de un piloto rojo. Mi hermana se escapaba de casa para ir a la discoteca. Mi padre salía de la cama para buscarla. Mi madre lla­maba a casa de todas sus amigas. Llama­ba a los hospitales. Yo comía delante del televisor y lanzaba las servilletas usadas detrás del mueble del salón para no levantarme a tirarlas a la basura. Para seguir viendo la tele. Mis padres las descubrie­ron un día hechas una bola, manchadas de tomate. No se enfadaron porque pen­saron que se trataba de algún tipo de filia grave. Yo lloré porque no estaba loca. Yo lloré por una timidez enfermiza. Yo lloré porque no me gustaba la gente. Yo lloré porque quería vivir en otra parte. Mi hermana salía y dejaba notas en las que escribía que se iba y no sabía si vol­vería. Mi padre me escribió un cuento sobre una cama que estaba triste porque ya nadie la usaba. Mi hermana siempre volvía. Mi madre se peleaba con la ado­lescencia de mi hermana. Mi madre se peleaba con la depresión de mi padre. Mi madre perdía los nervios. Mi madre lan­zaba objetos contra las paredes. Yo tiré mis zapatos contra el armario de las sar­tenes porque no quería cortarme el pelo. Mi madre tiró la casa de Pin y Pon con­tra la pared de mi habitación por algún motivo. Mi hermana se fue a vivir con mi abuela. Volvió a la semana. Mi padre escribía poesías a mujeres que estaban en su cabeza. Yo me hice un ga­rabato en la frente con el pintalabios fa­vorito de mi hermana y dije que era un polvorón. Mi madre limpiaba el hospital. Mi madre quería ser cirujana. Pero mi madre nació en el campo. Mi padre com­ponía canciones dedicadas a un hombre colombiano al que admiraba porque el que admiraba porque el espíritu de Marte se había reencarnado en él. Yo gané un premio por inventarme un cementerio de cacas de perro. El premio era un reloj suizo rosa. Mi padre quería que yo fuera niño para ponerme su nombre. Me puso su nombre igualmente. En el salón de actos del ayuntamiento me entrevistaron para la radio. El locutor me preguntó en directo que cómo me llamaba. Yo dije que Nicole. Mi padre nació en el franquismo. Los médicos dijeron que no llegaría a la democracia. Mi padre se moría y él no lo sabía. Mi padre vivía engañado. Mi hermana ganó un pez naranja en la feria. Como pasaba el tiempo y no se moría, lo tiramos al río.

Nada es más triste que una canción triste de Chayanne

 Porque yo he ido más allá del límite de la desolación mi mente,

 mi cuerpo y mi alma ya no tienen conexión.

Chayanne

Lo último que hiciste en la vida fue volar. Volaste sobre los asientos delanteros del coche. Volaste sobre la carretera. Volaste sobre una acequia. Volaste hasta salirte del cuerpo.

A los nueve años, entre dolor y vergüen­za, me crecían las tetas debajo de una ca­miseta a rayas celestes y blancas que se me iba quedando estrecha. Tú lo sabías y me espiabas a la hora del baño. Yo lo sabía y tapaba aquel agujero con una bola de papel higiénico. Pero tú la quitabas, y cuando tu abuela —mi tía— te pillaba, corrías por el pasillo anunciándole a to­do el mundo que yo tenía “las tetas gor­das” y mi madre “el culo blanco”.

"Mi madre madrugaba, limpiaba la casa y trabajaba. A mi padre le hacían bullying en la oficina y a veces no salía de la cama".

Pasamos aquel verano juntos en el pue­blo. Entonces aún ibas al colegio. Enton­ces aún sacabas todo sobresalientes. Aún querías ser médico. Pero ya tenías inge­nio para la pillería. Me enseñaste a hacer sofisticados tirachinas con un trozo de madera, una pinza de la ropa y un clavo. Probamos nuestros límites clavándoselo a mi padre en las costillas mientras dor­mía la siesta. Aquel verano fui lo más ma­la que he sido nunca. Pero yo soy buena y tú también. Es por eso que escuchabas Chayanne a escondidas y las que más te gustaban eran sus canciones tristes. Es por eso que tu hermano se metía contigo. Y fue por eso que tu padre sollozó abraza­do a tu cuerpo: “¡mi hijo bueno, mi hijo bueno...!”. Porque tú eras bueno.

La próxima vez que nos vimos fue tam­bién la última. A pesar de los años. Aca­baban de operarte de una lesión derivada de tu trabajo en la fábrica y tenías miedo a que te tuvieran que poner una sonda para orinar debido a los efectos secun­darios de la anestesia. Era verano y está­bamos en el hospital obligados. Me senté en la silla en un rincón y apenas nos mi­ramos. No hablamos. Te habías dejado el pelo corto por delante y largo por detrás. Observé la marca de sol de tu esclava. Tu lóbulo agujereado. La metamorfosis ha­bía sido completa. Nunca llegué a saber si te libraste de aquella sonda. Deseo que sí. Aunque yo no quiero acordarme de la sonda ni de aquel verano ni de la llama­da de mi madre a deshora. Te has que­dado atrapado en un disco de Chayanne y me has arruinado todas sus canciones pero no importa. Aunque si ya ni siquiera podemos ser felices bailando Chayanne, ¿qué nos queda?

"Yo lloraba a escondidas porque quería ser otra persona. Quería llamarme Stephanie, ser rubia y vivir en San Francisco".

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