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Las claves literarias del libro del año: una guía para no perderse en el laberinto de “La Casa de Hojas”

La primera novela de Mark Z. Danielewski, que hoy se publica en español, es un libro complejo y adictivo hecho de otros libros. Para comprenderlo mejor, aquí va una pauta de influencias, referencias y ecos literarios que lo explican

“La Casa de Hojas” es un libro hecho de otros libros: hay rastros de Melville, Borges, King, Eco, Cervantes, Burroughs, Homero y un largo etcétera de hitos literarios que han cuajado en una novela diferente, laberíntica, terrorífica y erudita. ¿Quieres saber por qué apesta a mejor libro del año en castellano? Aquí van diez (+ dos) razones.

Ilustración de Grant Fuhst

La casa, en “La Casa de Hojas”, siempre va coloreada en azul. Desde la misma portada hasta cualquier variación idiomática –haus, domus, house–, este recurso gráfico en la novela de Mark Z. Danielewski indica con toda claridad que la verdadera protagonista del libro es la construcción terrible y metafísica en la que viven los Navidson. Es una casa ‘encantada’ sobre una colina, pero no en el sentido que tradicionalmente le ha dado la literatura, desde la novela gótica hasta el siglo XX, a las casas encantadas, poseídas o habitadas por un mal sobrenatural. “La Casa de Hojas” trasciende la idea de posesión y la lleva hasta una infinidad cósmica. La casa es tan protagonista del libro porque podría ser el mismo universo.

En apariencia, “La Casa de Hojas” es una historia de terror. Pero no lo es. O no exclusivamente. El libro que hoy editan por fin Alpha Decay y Pálido Fuego en la versión de Javier Calvo, tras un retraso de 13 años –se publicó en inglés en 2000, y cualquier otra traducción ha sido siempre un proceso duro, prolongado y que se ha cobrado varias víctimas (mentales)–, es un acontecimiento literario de primer nivel y una obra maestra porque pertenece a esa rara estirpe de libros que son mucho más que lo que contienen sus hojas. Las ídem de “La Casa de Hojas” son un recipiente –una casa, o un cosmos completo, tanto da– en el que cabe todo: hay un misterio, hay un mal latente, una obsesión, pero también una síntesis de grandes tradiciones literarias encajadas con maestría en lo que a ratos parece un relato pulp, repleto de acción y aventuras, pero casi siempre se manifiesta, vía metamorfosis léxica, en un complejo puzzle postmoderno cargado de erudición, claves ocultas, citas en latín, notas a pie de página, referencias bibliográficas a libros inventados (o reales; no queda definida la frontera entre mentira y verdad), libros dentro del libro, libros perdidos dentro del mismo libro, y una película, “El Expediente Navidson”, que cruza incluso formatos, el textual y el visual, de una manera brillante.

La sinopsis del libro va así (lee sin miedo, no encontrarás spoilers de importancia): un bala perdida llamado Johnny Truant, personaje de pasado incierto marcado por una disfunción familiar y un problema con las drogas que trabaja en un Salón de Tatuajes y lleva una vida sexual promiscua, entra en contacto con un extraño manuscrito que ha dejado uno de sus vecinos, un ciego solitario e incomunicado llamado Zampanò, escondido en su apartamento tras morir en extrañas circunstancias. He aquí el inicio de la novela, que se puede leer aquí en el adelanto editorial cedido gentilmente por Alpha Decay. El manuscrito de Zampanò es un tocho erudito, cargado de bibliografía y metarreferencias, acerca de “El Expediente Navidson”, una película documental de culto (pero que nadie parece haber visto jamás, a pesar de que existen innumerables alusiones en críticas, tesis doctorales y reseñas en los medios generalistas) sobre la exploración de una casa. La Casa. Will Navidson, fotoperiodista galardonado con el Premio Pulitzer, se muda con su familia americana perfecta –Karen fue modelo y es una belleza madura; sus hijos forman la parejita, tienen mascotas con nombres de escritores artúricos o damas victorianas– y la casa parece perfecta para ellos.

"Es un libro de claves y metaliteratura que se comprende y se disfruta más si se alcanzan a entender algunas de las innumerables piezas de que se compone"

Pero la casa no es perfecta: padece una distorsión en sus dimensiones. Es seis milímetros más amplia por dentro que por fuera. El espacio real contiene más de lo que en lógica (pura matemática) puede contener. Y la Casa empieza a distorsionarse mostrando un misterio que rápidamente deviene en horror y obsesión para Navidson, que cámara en mano (y tras haber plantado otras cámaras en otras partes de la casa), más la ayuda de un equipo experto, comienza una exploración del espacio. El material grabado finalmente dará forma a “El Expediente Navidson”, la película escalofriante y conmovedora que ha cautivado a tantos críticos. Esa película de la que no hay rastro.

A lo largo de más de 730 páginas, y no sólo mezclando géneros y épocas, sino también recursos gráficos –lecturas especulares, claves de colores, fragmentos en Braille, acrósticos, caligramas y párrafos tachados–, Danielewski sumerge al lector en una obsesión transformada en altísima literatura: no será servidor el único que piense que “La Casa de Hojas” es una verdadera obra maestra, el primer gran clásico del siglo XXI como “Ulises” de Joyce lo fue el primero del XX, y sin duda el mejor libro que se ha editado en castellano este año, y en varios años anteriores (descontando milagros como “2666” de Roberto Bolaño o “La Broma Infinita” de David Foster Wallace, que también llegó con retraso, pero llegó para quedarse definitivamente). “La Casa de Hojas” es un libro de claves ( roman à clef, pero mucho más allá, no sobre personas, sino sobre obras) y metaliteratura que se comprende y se disfruta más si se alcanzan a entender algunas de las innumerables piezas de que se compone. Sin ánimo de destripar el argumento y sus sorpresas, pero sí con la intención de ayudar a ponerlo en perspectiva, aquí va una relación de ‘claves literarias’ de una obra de culto ya preparada para obsesionar a una nueva hornada de lectores.

1. Jorge Luis Borges. Zampanò es ciego. Cuando aparece cualquier personaje ciego hay que pensar en Borges (como en el meridiano Jorge de Burgos de “El Nombre de la Rosa”), y también en Homero –hay mucho de literatura antigua y mitología en la novela, por cierto–. Zampanò compone una odisea homérica en “El Expediente Navidson”, pero el rastro más intenso que se puede seguir en el conjunto de la novela es el de Borges: las referencias son continuadas –la Casa puede entenderse como un Aleph, un punto que resume la totalidad del universo; o un negro jardín de senderos que se bifurcan; obliga a leer como se leía el Quijote de Pierre Menard, volviendo sobre la literatura tal como fue para leerla no exactamente como antes, sino según la perspectiva del presente. Hay espejos y un laberinto, incluso el libro como laberinto es la Biblioteca de Babilonia, donde caben todos los libros, o el Libro de Arena, donde es imposible regresar al punto anterior porque todo ha cambiado, como dentro de la Casa. La construcción intelectual de la narración fantástica, tan inherente a Borges, ha calado hondo en Danielewski, que adopta pautas similares de seducción a partir de lo simbólico.

2. Miguel de Cervantes. “La Casa de Hojas” es cervantina en el sentido de que parte de una obsesión como la de Alonso Quijano, que ve gigantes donde hay molinos –Navidson es, en el fondo, un loco que cree percibir la realidad con una nitidez extraordinaria, imposible para los demás, y se imagina monstruos donde sólo hay… ¿qué exactamente?–, y también en la medida en que admite rupturas de la narración. Si en el “Quijote” aparecen novelas dentro de la novela, colecciones de poemas y cartas a modo de preámbulo –algo que no es cervantino per se, pues estaba también en Mateo Alemán y otros novelistas anteriores, pero Cervantes lo sublima–, “La Casa de Hojas” no es únicamente el relato, sino sus apéndices y sus añadidos interiores. Para Danielweski esto es indiscutible: él acepta formar parte de la tradición cervantina (y posteriormente la de Sterne), y la sigue con honores.

3. Herman Melville. Pero en esa obsesión que puede (o no puede) conducir a lo fatídico, es todavía más importante “Moby Dick”. Es fácil hacer la traducción mental de casa/ballena y Navidson/Ahab: Navidson no cejará en su empeño de encontrar el secreto del interior de la casa, y en su empeño cerril está dispuesto a destruir su familia, su cuerpo y su lucidez. Como si fueran marineros del Pequod, los exploradores contratados para adentrarse en la casa son expertos y duchos en su oficio, especialmente elegidos para capturar lo que fuera que allá dentro esté. Las referencias a Melville salpican todo el libro, desde las cartas enviadas por la madre loca de Truant desde la Institución Three Attic Whalestoe (nótese el ‘whale’; estas cartas llegaron a publicarse en libro aparte en versión extendida en 2000), a la apatía de ciertos personajes que, según qué cosas, preferirían no hacerlas. La experiencia de adentrarse en lo desconocido –o sea, en el corazón de las tinieblas– es, además, el punto de conexión con Joseph Conrad, el otro pilar de la dimensión ‘aventurera’ (y terrorífica) de “La Casa de Hojas”.

4. Umberto Eco. Un capítulo de “La Casa de Hojas” se titula ‘Eco’. Trata sobre la resonancia dentro de la casa, sobre el mito griego de Eco y Narciso, de resultados tan espantosos, y sobre la física del sonido (con ecuaciones). Pero también sobre Umberto Eco, no sólo porque muchas posibles claves de interpretación del libro hay que buscarlas en la semiótica o en el gusto por (otra vez Borges, que es el padre literario del italiano) los laberintos, los espejos y los iconos entendidos en su simbología medieval, sino porque comparte con el autor de “El Péndulo de Foucault” la maestría para trabajar la narración en dos niveles, el de la alta cultura y el de la cultura popular. ¿Alguien diría que “El Nombre de la Rosa” es una novela de detectives? En la superficie lo es, en efecto: en el siglo XIV, Guillermo de Baskerville investiga extrañas muertes en una abadía siguiendo la tradición de Conan Doyle. Pero es mucho más que eso: incluye largas enumeraciones y listados (“La Casa de Hojas” también es partícipe del vértigo de las listas), teología, filosofía, claves de significado ocultas al ojo no erudito. ¿Alguien diría que “La Casa de Hojas” es una novela de terror? En la superficie lo es. En el fondo es otra cosa.

5. Gaston Bachelard. Citado varias veces en el libro, el autor de “La Poética del Espacio” aporta a Danielewski los mimbres teóricos para transformar su casa (un lugar cerrado y concreto) en una proyección de un espacio aún mayor, de dimensiones ciclópeas. El filósofo francés, un excéntrico del siglo XX recogido por los post-estructuralistas, proyecta en “La Casa de Hojas” la necesidad de que el libro se entienda no sólo narrativamente, sino visualmente (de ahí las numerosas páginas casi en blanco, los recuadros, las columnas que se leen a la inversa, los cambios de tipografía y los colores). Algunos de los momentos más vibrantes del relato están en esos dos segmentos de más de cien páginas que se leen en 15 minutos: la velocidad, o la ubicación espacial de los personajes (arriba, abajo, subiendo, bajando), se traduce en frases rápidas en la parte baja de la página, o escalonadas simulando un ascenso, o dividiendo la frase en palabras sueltas para representar una huida a la carrera.

6. David Foster Wallace (y Julio Cortázar). Aquí podrían entrar los postmodernos, todos incluido (cómo no) Thomas Pynchon, otro maestro de la doble lectura pulp vs. intelectualizada en la ficción del siglo XX, constructor de personajes entre lo grotesco y lo heroico, pero “La Casa de Hojas” tiene mucho más de aquellos autores (cabría citar también al ruso Andrei Bitov) que, como David Foster Wallace o Cortázar, han ayudado a avanzar en la lectura fragmentada y acribillada por interrupciones de la típica lectura lineal. En Danielewski no se dan tantos saltos hacia adelante y atrás como en “Rayuela” –eso sí, muchas notas llevan directamente a las páginas finales, otras obligan a retroceder y otras encierran al lector en un bucle del que no se puede salir sin romper las reglas disciplinadas de la lógica–, pero el libro se interrumpe a lo largo de 450 notas al pie que cumplen diversas funciones: la de la cita bibliográfica, pero también la de la corrección aclaratoria, el desarrollo o ampliación de una idea, o segundos y terceros niveles de lectura. “La Casa de Hojas” tiene diversas voces: primero, Zampanò, que redacta el manuscrito de “El informe Navidson” e incluye notas bibliográficas; segundo, Johnny Truant, que incluye “El informe” dentro de sus historia, que a la vez se desarrolla como notas dentro del propio ‘informe’; tercero, los editores, que aclaran detalles sobre sendos manuscritos, los de Truant y Zampanò, y añaden apéndices. Es, aparentemente, un libro imposible de leer, pero que engancha más que la heroína.

7. Vladimir Nabokov. No todo Nabokov, pero sí el Nabokov ‘postmoderno’ (es un decir) de “Pálido Fuego”. Aparece desgajado del apartado anterior porque “La Casa de Hojas” tiene una deuda fundamental con este libro raro y fascinante que, como sabrán quienes lo hayan leído (y quienes no lo hayan leído ya tardan), es un comentario detallado de un poema, una larguísima nota al pie. “El Expediente Navidson” sigue la misma pauta: se trata de una exploración hasta el más mínimo detalle, y destripando hasta la última referencia, de un trabajo aparentemente anodino (una película grabada con las peores cámaras domésticas puestas en circulación en los años 80 y 90), pero considerado como una obra maestra, y del cual no se tiene rastro real más allá de lo que se dice, o se dice que quizá se ha dicho, en la exégesis que le acompaña, probablemente apócrifa. Tanto el poema + comentario de “Pálido Fuego” como el texto de Zampanò, comentario a la vez comentado por fuentes ajenas, obran la hazaña de la obra literaria que intenta explicarse a sí misma.

8. William S. Burroughs. El segmento de Johnny Truant es muy distinto al de Zampanò. El léxico es más bruto, callejero; está sembrado de coloquialismos, palabras soeces y un realismo alucinado. Danielewski admite influencias del realismo americano de postguerra (sobre todo Hemingway, que era el hombre en busca del peligro), y de la narrativa lírica post-victoriana (es fan de Virginia Woolf, como debe ser), y esa mezcla entre mirada poética, alucinación como por influjo de las drogas, sexo violento y realismo crudo se funden en diferentes escalas en la parte más ‘real’ de toda la narración. De entre todas estas voces más literarias y menos técnicas, destaca la de Burroughs, pues Truant ve el mundo a través de los ojos de un loco y un yonqui, y su terror no distingue entre la realidad y el sueño, vive en un desasosiego perenne, como ocurre con los personajes de “El Almuerzo Desnudo”.

9. Las casas encantadas. La Casa es una casa encantada, pero no contiene fantasmas. No está exactamente poseída por ningún mal sobrenatural –aunque a través de un diario del siglo XVI desenterrado hacia la mitad del libro se puede llegar a comprender un poco cuál es su origen impuro–: es otro tipo de inquietud la que la puebla, la que la transforma. Por tanto, “La Casa de Hojas” pertenece a la larga tradición de la novela gótica, desde “El Castillo de Otranto” (Walpole) a “La Caída de la Casa Usher” (Poe), pasando por de manera muy evidente por “La Casa de los Siete Tejados” de Hawthorne. En la concepción del horror según Danielewski hay un elemento poético (él ha dicho más de una vez que, en su opinión, la novela es más de amor que de miedo), lo que desvía el foco del terror puro a la metafísica, algo que se comprende al avanzar las exploraciones de Navidson por la casa, y que en cierto modo recuerdan a ese libro maravilloso, y muy poco conocido, que es “El Monte Análogo” de René Daumal, sobre una expedición científica hacia una montaña más alta que el Everest, y situado en algún lugar del Pacífico, que sólo se puede alcanzar esquivando las leyes de la naturaleza, de la geometría euclidiana y de la física teórica. La Casa es también una ‘Casa Análoga’, y por tanto su terror va más allá del tiempo y del espacio, de los eones y los años luz (lo que, en cierta manera, es Poe en la forma y Lovecraft en el fondo).

10. Stephen King. Stephen King se ha deshecho en elogios con “La Casa de Hojas”, y “La Casa de Hojas” tiene –en esa superficie comercial, pulp y aventurera con ‘monstruos’– mucho de Stephen King. La exploración de la casa recuerda bastante al tramo final de “Tommyknockers”, cuando los personajes consiguen abrir la escotilla que había brotado del suelo en aquel pueblo perdido y que resultaba ser una nave venida del espacio. Ni la Casa es una nave ni ha venido del espacio, pero es un espacio en sí mismo que se podría corresponder con una dimensión desconocida. De King también toma Danielewski la manera exacta y económica de dibujar a sus personajes (sobre todo los secundarios), siempre con algún exceso o tara que les hace ser grotescos, humorísticos o patéticos, pero siempre con su punto de grandeza homérica. Por no hablar del ritmo: pese a las notas al pie, el uso del griego y otras lenguas muertas, a pesar de la densidad filosófica, una vez se entra en la aventura, la novela se dispara como un galgo a la carrera.

Coincidencia 1: “The Blair Witch Project”. “El Expediente Navidson”, la película, trata sobre unas personas que se adentran en lo desconocido portando mochilas, kits de supervivencia, agua… y cámaras domésticas. Lo documentan todo, y con ese material se monta una historia sobrenatural. Esto nos suena de algo, por supuesto, y no precisamente a “[REC]” o “Cloverfield”. Es la misma mecánica de “The Blair Witch Project”, la película más rentable de la historia del cine según la (des)proporción entre gasto e ingresos, pero ninguna de estas dos obras ha influido a la otra: son prácticamente simultáneas en el tiempo. La novela de Danielewski se publicó en 2000, y la película en 1999. Ambas se hicieron a la vez, partiendo de una idea fácil, pero no tan evidente en aquel tiempo: la miniaturización de las cámaras estaba llamada a cambiar (o a facilitar la transición) del lenguaje del cine y el estudio sobre el cine. Dos acontecimientos separados que rascaron en la superficie del zeitgeist hasta hacer sangre.

Coincidencia (influencia) 2: “Perdidos”. La primera temporada de “Perdidos” se emitió en 2004 (y los primeros meses de 2005). Es, por tanto, posterior a “La Casa de Hojas”, como lo es también otra serie de televisión con enfoque postmoderno como “American Horror Story”. ¿Hay influencia de Danielewski en J.J. Abrams? Sería muy temerario arriesgarse a decir que no: hay similitudes sospechosas, como el monstruo de humo –un eco del gruñido de la Casa–, la isla como cosmos, el diálogo entre entretenimiento veloz y sobrecarga erudita y, ante todo, los enigmas. Si “Perdidos” tenía ‘los números’, ‘el blanco y el negro’, ‘los otros’ y demás misterios que deberían servir para entender la solución final del enigma, “La Casa de Hojas” está sembrada de claves ocultas en forma de códigos, acrósticos y palabras mal escritas que abren una nueva puerta (del laberinto) a significados desconocidos. Pero como ocurría en “Perdidos”, lo prudente no es esperar que todo se cierre de manera coherente, sino disfrutar del viaje. Cualquier intento de que TODO cuaje en una lógica inapelable conduce a la frustración: como cualquier obra abierta, “La Casa de Hojas” no es únicamente lo que se lee, sino lo que uno quiera y pueda interpretar a partir de sus lecturas previas. Y estas claves literarias son sólo una pequeña parte del conjunto: si el libro es un universo, cada página por separado también lo es. Hay que leerlo para divisar a lo lejos la magnitud del milagro.

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