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La BSO de tus años de brackets y porros de la que siempre estarás orgulloso

Un repaso absolutamente subjetivo y visceral a los últimos temas de Kase O

Kase O es al hip hop moderno lo que ARPANET a la fibra óptica, o lo que el inventor del walkie talkie a Steve Jobs. O sea, en un escenario donde

a) músicos como Drake o Kanye West son veneradas instituciones del pop cuyos vídeos suman decenas de millones de reproducciones,

b) los ritmos sincopados y el trap han pasado por encima al viejo 4x4 y

c) el dominio de la moda y la cultura digital ya están completamente normalizados en el rap,

lo que hace Kase O suena a anacronismo, a periodo cretácico de nuestra cultura musical.

Kase O es al hip hop actual lo que Pepe Mújica a Obama

Aunque para ser honestos, también podríamos decir que Kase O es al hip hop actual lo que Pepe Mújica a Obama si hablamos de política. O sea, un señor bonachón, transparente y abrazable (una auténtica rareza de la especie humana) admirado por su pequeño pueblo; un pueblo alejado de la espectacularidad y los focos de la cultura made in USA.

Y sí, todos sabemos que Mújica nunca podría ser presidente del país más poderoso del mundo, pero a veces nos gusta pensar en esa posibilidad.

 

 

Música pa’ tíos

Días atrás Kase O publicaba en YouTube su último videoclip, "Hardcore Funk", y frente a las influencias de otros géneros electrónicos en el hip hop actual, el compás de esta canción tiene el viejo ritmo tronchavértebras de siempre, a lo "Jump Around": música para que adolescentes inseguros liberen sus hormonas dándose de leches en pogos, en salas de conciertos enanas con los suelos embarrados a causa de las cervezas derramadas, que es básicamente el imaginario en el que vivimos los admiradores de Kase O cuando lo escuchábamos, hace 10, 15 o 20 años.

Hay un punto de orgullo y también una cierta vergüenza del pasado en este videoclip. "Hardcore Funk" es como una reunión de viejos alumnOS de instituto (el masculino es importante aquí) que se reúnen a hacer el gañán, y que usan unos códigos de logia masónica: si no estuviste ahí en el año 1999, probablemente no entenderás qué es lo que nos pone tan contentos.

Las cuerdas vocales de Kase O son un prodigio de la naturaleza. Su voz es, probablemente, la voz más masculina del mundo

Hardcore Funk es música pa’ tíos . Para tíos heterosexuales, de hecho, o mejor dicho: para tíos heterosexuales que se aman entre sí como solo se aman las verdaderas amistades masculinas. ¿Un lío, no? En el vídeo vemos a un montón de colegas que rodean y profesan respeto y admiración al macho alfa de la manada. O sea, Kase O, nuestro hombre.  

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Visto en retrospectiva, la razón por la que los adolescentes varones inseguros admirábamos a Kase O es por ese prodigio de la naturaleza que son sus cuerdas vocales. Su voz, probablemente, es la voz más masculina del mundo: las palabras salen proyectadas de sus labios como dólmenes pesados, su dicción baturra es firme, sólida, divertida y brillante y las consonantes palatales fricativas (creo que este es el nombre técnico que reciben las haches inglesas) las pronuncia como un auténtico hombre de las cavernas, el antónimo de la sofisticación. Es como si su garganta segregara moco atómico al hablar. Oigan bien cómo dice palabras como JIP JOP, JEITERS, JOMIS (homies) o JARCOR, es un auténtico —e inexplicable— gustazo al oído. 

Hardcore Funk es como una reunión de viejos alumnos de instituto

En una época de tu vida en la que crees que morirás virgen y tu voz suena como un gallo apedreao —adolescencia, vade retro—, la voz de Kase O es todo lo que quieres tener en el mundo: una voz para ser respetado; una voz cuyos imperativos se cumplen.

Un prodigio de la naturaleza

Kase O fue un prodigio de la naturaleza no solo por el timbre de su voz, también por su talento como letrista y su virtuosismo formal. Los vídeos de cuando rapeaba con 12 o 15 años son una leyenda, y ya entonces le caracterizaba una puesta en escena que con los años se ha ido acentuando.

Su aspecto es el de un hombre robusto, con un cierto candor y familiaridad en la mirada, completamente despreocupado por la moda, alguien cuyos sentimientos sabes que son puros, un hombre sin artificio y que a veces incluso parece no ser de este mundo. Da la sensación de que hubiera sido amamantado por una loba en mitad de la naturaleza.

Hace diez años, Kase O publicaba "Dos Minutos", una canción en la que iniciaba un nuevo itinerario en su carrera. Los rasgos que caracterizaban este sendero eran canciones trufadas de referencias a la poesía clásica, glosarios enriquecidos, versos que huyen del mundo material y se zambullen en el pensamiento abstracto, metáforas que remiten al mundo natural, retruécanos, construcciones espaciales escherianas y una autopercepción de poeta romántico, castigado por sus demonios y bendecido por un talento sobrenatural.

Era una especie de género propio, una forma de hacer las cosas demasiado lírica para el rap y demasiado bruta para la literatura.

Y así, en ese limbo o tierra de nadie que había descubierto, Kase O abrió una brecha en el espacio y se quedó a vivir.

Aparte de ser otra de sus últimas canciones, “Repartiendo arte” es la sublimación de ese estilo elevado. Es una canción que suena como si Kase O se hubiera caído dentro de sí mismo. O como si el alma de quien rapea hubiera trascendido al cuerpo:

«Estoy ahí dentro, me veo desde fuera,/ Justo en el centro de una gran esfera/ Que está justo en el centro de una gran esfera que esta justo en el centro…/ ¡Espera! ¡Por que se me llevan!» 

Y luego remata con aquello de que «creo que por un accidente se me ha roto el hilo y ya no puedo volver, me quedo aquí para siempre...»

Repartiendo arte suena como la alucinación platónica de un profesor de Estética que ha cargado demasiado el porro

Es como si su mente hubiera disparado con un arco un montón de ideas que rebotan en las paredes del cráneo. Como un pinball con esferas de mercurio que se unen y deshacen. O como la alucinación platónica de un profesor de Estética que ha cargado demasiado el porro. 

El buen salvaje

Kase O tiene 35 años pero aparenta casi medio siglo, su expresión curtida es el mejor símbolo de su carácter de buen salvaje y uno se imagina que su virtuosismo y la carretera le han drenado una descomunal cantidad de energías, y que por eso parece tan cascao.

¿Está acabado?, es la pregunta que sobrevuela su cabeza desde hace tiempo, pero es una pregunta errada: no es que la historia del hip hop le haya pasado por encima, es que Kase O se desvió para construir un lenguaje y un espacio propios. Si en los últimos años el hip hop se ha mudado de los barrios a Internet, Kase O también se ha movido de sitio. Lo que ocurre es que él se ha marchado a una cabaña en el bosque, un espacio salvaje e igualmente virgen para esta música. Kase O es, en cierta forma, el Henry Thoureau del rap.

“Tutorial”, la última canción de Previo, es un recordatorio de que el cetro sigue siendo suyo. Allí Kase O sale de la guarida para confirmar su liderazgo e impartir justicia.

Con sus habituales alusiones al pensamiento libertario, lo mismo dispara arriba («tengo 34 palos pavo, me he pasado más de la mitad engañado por el estado») que abajo («andas obsesionado, orgulloso de tus visitas, ahora es Dios quien te visita, se acabaron las risitas»); lo mismo tritura la mediocridad que cultiva las bases para un futuro más luminoso.

Puede que cuando éramos pequeños Kase O nos fascinara por el magnetismo de su personaje, pero con el tiempo resultó que aquello que le hacía grande no eran sus cuerdas vocales ni su virtuosismo, o al menos no solo eso. Lo que verdaderamente le hace grande es el hecho de que Kase O es un hombre de valores nobles. Alguien que nos gustaría que presidiera la Tierra.

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Demasiado lírico para el rap, demasiado bruto para la literatura, un género en sí mismo

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