Columnas

La juventud es un problema de miseria

Crisis, precariedad y un futuro incierto, ¿qué hacer cuando no nos queda nada a lo que agarrarnos?

La novelista francesa Cécile Coulon nos regala este relato poético sobre tres jóvenes que tienen que enfrentarse al olvido de un país que se rompe, y que se parece demasiado a nuestro continente. ¿Cuántas veces nos han dicho que debíamos marcharnos de nuestra tierra si lo que queremos es sobrevivir? Con 'La juventud es un problema de miseria' cerramos el segundo volumen de Ficción Rara.

Ilustración de Joaquín Aldeguer

Eran demasiado jóvenes.

Demasiado jóvenes para cocinar sin derramar agua hirviendo sobre la encimera, demasiado jóvenes para regresar a casa temprano, demasiado jóvenes para estudiar materiales nobles impresos en los formularios de inscripción de la universidad, la mayoría de los estudiantes optaron por abandonarla para encontrar un trabajo, o dos, o tres, para pagar en negro en las callejuelas de la ciudad, ahora rebosantes de baretos en los que la comida hace tan felices a los obreros cansados como a los perros flacos que esperan atentos a que su ración de comida sea servida sobre una mesa de hierro cubierta por un pequeño mantel. Eran demasiado jóvenes para entender, para saber, para esperar.

Demasiado jóvenes para obedecer.

Demasiado jóvenes para aceptar ver así a su país, esas ciudades que habían visitado, ahora pisoteadas, cambiadas, completamente distintas, podridas desde dentro, vaciándose de su belleza igual que una llaga que supura bajo el sol caliente del verano. Demasiado jóvenes para querer vivir en los pueblos que los autóctonos tenían que mantener vivos, como cuando presionamos el pecho de un hombre al que le falta oxígeno, con las dos manos sobre el corazón. Demasiado jóvenes para conocer a esas personas que empujaron los dos brazos contra la caja torácica del país para devolverle la respiración. Demasiado jóvenes para que se les prohíba respirar a pleno pulmón, con esa enorme mariposa que ellos mismos llevan dentro, como un cofre de tesoros perecederos. Eran demasiado jóvenes para ahorrar. Para guardar su dinero. ¿Cómo se ahorra lo que no se tiene?, decía el mayor de los tres, un muchacho con la mandíbula cuadrada y el pelo corto, de color castaño como un campo seco. Tomma. Un adolescente viejo, feo, benevolente, entristecido por la ausencia de sexo y de comida sana. Tomma pensaba, y se negaba a mirar su reflejo en el cristal que había pegado a la puerta de la habitación que compartía con su hermano pequeño.

Demasiado jóvenes para adorar la soledad, para apropiársela.

Demasiado jóvenes para que confiaran en ellos. Sí, hay trabajo para vosotros. Sí, se os pagará mal, viviréis mal, comeréis mal, no hace falta que preguntéis. Demasiado jóvenes para preguntar qué será de ellos. Llevaban su edad sobre la espalda como el asno que soporta el peso de su amo, mientras lo transporta por los caminos tortuosos del presente, sin posibilidad de salvación en caso de caída. Eran demasiado jóvenes para olvidar todo cuanto habían vivido hasta aquella noche de noviembre. Las pantallas, los periódicos, las conversaciones en los pasillos, los profesores, las cuidadoras y los panaderos, todos decían lo mismo, con el mismo temblor de voz, el mismo miedo de encontrarse en la calle, sin familia, sin amigos. El amor, lo recordaremos. Marchaos, atravesad el océano, las montañas, aprended una lengua extranjera. Volveréis como héroes. Volveréis sin vuestra juventud, con un uniforme nuevo, el anterior era demasiado llamativo, demasiado colorido, demasiado propenso a levantar celos, a despertar la frustración y las dudas de vuestros padres porque ya no os aceptan en los despachos oficiales del funcionariado. Marchaos. Sois demasiado jóvenes para sufrir, incluso si ya sufrís. Marchaos.

Porque podían entregarse, pero no entregar. No tenían nada más que su existencia para donar a ese país que buscaba riqueza donde no la había. Eran demasiado jóvenes para irse de vacaciones y regresar sin heridas. Demasiado jóvenes para tener hijos, pues no tenían nada con lo que vestirlos, ni con lo que alimentarlos. Demasiado jóvenes para comprar ropa. La suya no estaba rota. Todavía no. En los informativos nacionales, los periodistas encontraban frases demasiado fuertes para definir la situación actual. La juventud es un problema de miseria. Nuestro país ya no tiene dinero, no sabe qué hacer con esos nuevos adultos a los que no puede pagar. Eran demasiado jóvenes para aceptar ser rechazados por una madre que se había cebado hasta la indigestión; la progenitora les dejó las sobras, como a los perros sin collar que esperan migajas con la nariz pegada al suelo. La madre no tiene dinero. A la madre ya no le queda dinero. Marchaos. Aún queda algo de dinero en otros sitios, coged trenes, aviones, barcos, arriesgaos. Hay que dormir en camas sucias, hay aprender difíciles lenguas extranjeras de esas que duelen en la boca, hay que cumplir las normas que no quisimos aceptar en casa. Demasiado jóvenes para leer hasta el final los libros, las leyes, las cartas de sus abuelos.

Demasiado jóvenes para soportar la ausencia de horizonte. Mi horizonte es vertical, y pronto me aplastará, dice la joven que fuma un cigarro que ha conseguido en la calle. Betti. Como la actriz, la cantante y la bailarina. Con un nombre tan parecido, no tenía derecho al error, pero ella aún no podía saberlo. Betti conocía a Tomma porque ella se ocupaba de cuidar a su hermano pequeño los miércoles por la tarde. Los dos iban a los mismos cafés, bebían la misma cerveza infame, y se intercambiaban los mismos libros, con las mismas referencias escritas a lápiz en los márgenes. No soportaban tener que esperar respuestas a las preguntas que ellos planteaban demasiadas veces al día. No soportaban buscar oro en un suelo imposible de cavar. Demasiado jóvenes para recuperar las herramientas sin las que su generación se había quedado. Otra vez me duele mi edad, dijo Tristán delante del edificio de administración. Los dos primeros chavales lo rescataron después de haberle visto buceando en la basura durante la noche. Por supuesto, nunca mencionaron aquel episodio. Revolver la basura a los diecinueve años. Eran demasiado jóvenes para sentirse mal.

Marchaos. Porque la juventud es un problema de miseria. Vosotros sois demasiado jóvenes para convertiros en un problema. Sois demasiado jóvenes para estar tristes, para tener hambre, para sentir dolor. Marchaos. Tantos países y tan poco tiempo para conocerlos. También hay pisos limpios, también hay comerciantes honestos, también hay sol más allá de vuestro hogar. Lugares en los que el sol no se ha puesto en huelga. Tomma. Betti. Tristán. No os abandonéis. No dejéis de fumar. No os olvidéis. Recordad. Demasiado jóvenes para atravesar las fronteras. Demasiado jóvenes para negarse a empujar a las puertas del océano. Marchaos. Existe la tierra, existen las lágrimas, existe el polvo, pero hay una manera de sobrevivir. Hay hogares con una habitación para cada uno de nosotros.

Y entonces se fueron. Cruzaron. Transpiraron. Demasiado jóvenes para no sudar en el duro intento. Se fueron. Impregnados de un idioma que no era el suyo. Ropa distinta, nuevo corte de pelo, dinero perdido, ilusiones, carnés de identidad. Tomma salió de la habitación de su hermano pequeño, Betti estaba acostada en la cama de Tristán, él es alto, está delgado, sus ojos son claros y tristes. Se han ido muy lejos, se han ido mucho tiempo. Tenían ampollas en los pies, cucarachas en los calcetines y vinagre en el café de la mañana. Lo hicieron. Convencidos. Se marcharon al silencio de un país donde nadie les conocía. Se marcharon durante años enteros, pero eran demasiado jóvenes para envejecer. Se marcharon, sí, allá donde la juventud no eran un problema de miseria.

Tiempo después, el día de su regreso, en la calle de la casa de sus padres, un hombre que vendía periódicos les dijo:

¿Vosotros no sois de aquí, verdad?

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