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El odio a los jóvenes solo beneficia a las clases dominantes

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“Hay mucho miedo y rabia, pero sin esperanza no hay forma de vencer”

Antonio J. Rodríguez

22 Septiembre 2014 06:30

*fotografía de Miguel Trillo

1. Si hay una estrategia que en las últimas décadas ha servido a las élites dominantes para gobernarlo todo, esa es la del “divide y vencerás”: lo mismo funciona para invadir territorios, que para alienar a sus propios ciudadanos. El filósofo César Rendueles subrayaba en Sociofobia que el gran éxito del 15-M había pasado por destapar nuestras máscaras de cinismo, y devolvernos a las plazas públicas. A partir de ese momento, tu vecino dejaba de ser alguien en quien desconfiabas, para convertirse en alguien que compartía tus propios miedos. Un igual. Tras varias décadas de obsesión con la libertad, ese fue el punto de inflexión donde nuestra principal necesidad era disponer de una sociedad más fraternal. La metáfora que mejor explica esto es la del 99 contra el 1%. A fin de cuentas, todos estamos en el mismo barco.

2. Claro que no iba a ser tan fácil. Inducida por algunas industrias culturales, uno de los sentimientos más populares tras la crisis de 2008 fue la nostalgia por el pasado: hace unos meses lo veíamos con productos tan demenciales como Yo fui a EGB, ejemplo de un “marketing aspiracional” cuyo éxito se basa en una “añoranza de un tiempo que nunca se vivió”. Es una estupidez, pero funciona. Lemas como que “la literatura antes era mejor”, “la música antes era mejor”, “las fiestas antes eran mejores”, “el periodismo antes era mejor”, o “la cultura antes era mejor” han calado hondo. Su resultado es una parte de la juventud que ha terminado resignada y paralizada ante cualquier perspectiva de un futuro distinto. Es decir, una juventud sometida y alienada. Ideal para que las clases dominantes regresaran sobre sus pasos. Volvíamos así a los tiempos de oscuridad.

3. Una variable de lo anterior pasa por entender toda forma de reinventar o sentir la cultura como una traición, como si la única solución ante la crisis fuera quedarse de brazos cruzados: Ignacio Pato y Alba Muñoz hablaban estupendamente de esta parálisis  aquí y aquí. Un ejemplo reciente de esa inacción lo vemos en el artículo que Elena Cabrera publicaba hace un par de días en El Estado Mental. La tesis del ensayo es la siguiente: toda antología es “un arma de la clase dominante”. Bajo este prisma, cualquier artículo periodístico o cualquier libro que persiga dar voz a nuevos autores es sinónimo de casta, y debe ser visto bajo sospecha. Por supuesto, aquí entra el trabajo de decenas de periodistas precarios, así como de textos cuyo fin pase por hacer justicia con la desigual presencia de mujeres o jóvenes en el canon o en las mesas de novedades. De pronto, la metáfora del 99 contra el 1% deja de funcionar: editoriales ínfimas persiguen “dar el pelotazo”, y el trabajo de escritores y periodistas no es “ni inocente ni filantrópico”. La sociofobia ha vuelto.

 4. Dejar atrás el agua (Nueve poetas cubanos) (edición y prólogo de Fruela Fernández y Juan Antonio Bernier, La Bella Varsovia, 2011), Apuestas (Nueve nuevos poetas) (edición de Alejandra Vanessa y Elena Medel, La Bella Varsovia, 2014), Réquiem por Lolita (Antología Joven de Poetas Españoles) (edición de Almudena Vega, Las Cuatro Estaciones, 2014), Hijas del pájaro de fuego (Las femeninas alas de una poética actual) (edición de Ana Tapia, Fin de viaje, 2012), Disociados (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2013), La manera de recogerse el pelo (Generación Blogger) (edición de David González, Bartleby, 2010), Última temporada (Nuevos narradores españoles 1980-1989) (edición de Alberto Olmos, Lengua de Trapo, 2013), Emergencias (Doce cuentos iberoamericanos) (ed. Jorge Carrión, Candaya, 2013), “El presente es del ensayo” (Cuatro autores en busca del futuro del género) (3-12-2013, Peio H. Riaño, El Confidencial), “Diez escritoras de las que deberías haber oído hablar” (16-3-2014, ABC, I. Martín Rodrigo y D. Morán)… son sólo algunos ejemplos de los esfuerzos que editores, escritores y periodistas han volcado para repensar la industria editorial. Una industria editorial que, como decía hace poco Peio H. Riaño, ya sólo encuentra su tabla de salvación en las estrellas de la tele…

5. El artículo que Elena Cabrera firma en “El Estado Mental” no tendría mayor importancia si no fuera porque evidencia una tendencia social terriblemente peligrosa: el regreso a la desconfianza, a la presunción de culpabilidad y al odio a nuestros compañeros de viaje. Precisamente, eso es lo que más beneficia al 1%. Meses atrás, el periodista Owen Jones reconocía aquí que “hay mucho miedo y rabia, pero sin esperanza no hay forma de vencer”. Sus palabras definen increíblemente bien el tiempo que nos corresponde vivir: cada vez más, nos vemos rodeados de emprendedores acríticamente optimistas, y resentidos inmovilizados por el miedo. Pivotamos entre la esperanza y el miedo radicales. Sin embargo, el futuro sólo puede pertenecer a una rabia optimista, valiente y plural, capaz de acabar con los errores del pasado. Y para eso, hay un lema del que no podemos desprendernos: todos somos el 99%. Todos navegamos en el mismo barco.

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