Columnas

Los jóvenes de Rumanía tienen el corazón negro

Y la literatura es su mejor arma para iluminar el futuro

Cuando Vlad Pojoga y Catalina Stanislav llegaron de visita a Barcelona en abril de este año, lo primero que hicieron fue meterse en un ultramarinos cercano a Sagrada Familia para comprar algo de comer y un poco de agua. En el momento de pagar, la joven pareja se puso a charlar en inglés con el viejo matrimonio español que dirigía la tienda. ¿De dónde venís?, les preguntaron, y ellos respondieron que de Sibiu, Rumanía. La cara de los dependientes cambió, y no tardaron en exclamar "¡pues menudo buen aspecto y menudo buen inglés tenéis para ser rumanos! ¡No os parecéis en nada a esos que viven por aquí!"

La generosa ración de racismo con la que Vlad y Catalina fueron recibidos en nuestro país en seguida fue olvidada: ellos habían venido aquí para comprar libros, para conocer a más jóvenes autores y creadores como ellos, y para establecer un vínculo con una cultura que, a pesar de los kilómetros, no es tan lejana como pensamos.

Si algo podemos extraer del desafortunado comentario de los dependientes, es que, en realidad, sus prejuicios están basados en algo muy triste y cierto: no tenemos ni idea de cómo es Rumanía, ni de qué ambiciones tienen las nuevas mentes que habitan el país, ni de qué estudian, o qué les interesa, o cuánta pena les da a muchos que nuestra impresión sobre ellos sea tan desconfiada.

Lo que también es cierto es que Vlad y Catalina son excepcionales por muchos motivos: ellos son quizá la cabeza más visible de toda una nueva generación de artistas, editores, traductores, escritores, y en definitiva jóvenes con inquietudes que quieren cambiar las cosas a fuerza de estudiar y trabajar. Incluso si algunas instituciones les insinúan que nunca estarán capacitados para ello. Incluso si desde el resto de Europa somos capaces de ignorar a este diamante bruto. A esta bellísima granada cargada de futuro y a punto de estallar.

“Las autoridades del distrito no hacen nada por nosotros”

Vlad y Catalina tienen 21 y 19 años respectivamente. Los dos son estudiantes de lengua inglesa en la Universidad de Sibiu. Desde muy pequeños hablan inglés, podría decirse que son prácticamente bilingües. Por lo visto, desde que su ciudad fue Capital de la Cultura Europea en 2007, el ayuntamiento se puso las pilas en los terrenos de educación y cultura. Las librerías, los clubs de lectura y las actividades literarias proliferaron en su ciudad, lo cual les permitió crecer en el lugar propicio para convertirse en aquello que ya son: unos verdaderos agitadores poéticos.

A pesar de su juventud, Vlad Pojoga es el traductor de Chuck Palahniuk en Rumanía. Por sus manos han pasado también textos de Sylvia Plath y de buena parte de la Alt Lit, ese grupo de escritores en lengua inglesa a los que tanto admira y de los que a veces consigue que su facultad compre libros, para que los alumnos de inglés puedan tenerlos en sus bibliotecas.

Vlad aún vive con sus padres, entre otras cosas porque allí las traducciones están mal pagadas, y también porque cualquier dinero que gane lo invierte en los demás: para crear pequeñas plaquettes de poesía, para invitar a otros autores del mundo a que vayan a Sibiu a leer, para comprar libros o para editar, junto a Catalina y otros amigos, la revista Zona Noua, una publicación en la que mezclan poesía con música y con arte, y que aunque aún se edita sólo en papel pretende convertirse en un proyecto online que aúne nuevo periodismo y literatura.

Además de todo esto, Vlad coordina las jornadas poéticas del festival de Metal más famoso del este de Europa, ARTmania, donde góticos y metaleros de todos los países de alrededor emigran una vez al año para beber cerveza, tatuarse, ver sesiones de cine gore, escuchar música y, también, poesía. Precisamente, el pasado mes de agosto me monté en un avión de Wizzair con destino a Sibiu para asistir al festival de música, charlar con algunos de sus asistentes y conocer un poco mejor tanto a Vlad y a Catalina como a ese grupo de personas brillantes que les rodean.

“El despertador de nuestros corazones se detuvo hace mucho tiempo”

En lo alto de una montaña, la joven pareja de escritores y yo estamos mirando al horizonte. Hemos escalado la empinada colina hasta llegar a la fortaleza germana que la preside. Desde allí se pueden ver los bosques, se puede oler el humo de alguna chimenea y también se intuyen las casas del pueblo de más abajo, donde precisamente nació el escritor maldito Emil Cioran. El silencio es absoluto, y excepto por los ruidos de nuestros pasos aquello es completamente pacífico. Vlad me cuenta algunas historias de guerras, y discute con Catalina de algunos episodios históricos que ambos estudiaron en el colegio pero que casi no recuerdan.

Los dos reconocen la suerte que han tenido al crecer en una de las zonas más prósperas del país. Además de ser famosa por las historias de vampiros, Transilvania se encuentra en un lugar estratégico entre montañas, que desde hace siglos ha aislado la zona de conflictos. "Si vas a la frontera con Ucrania o con Moldavia las cosas son distintas, y hay mucha más violencia, pobreza y mafias. Pero aquí todo es más apacible y todo se vive de una manera distinta", me asegura Vlad.

Pudiéndose haber ido a estudiar a lugares más grandes y variados como Bucarest, los dos han preferido quedarse en su ciudad natal. Les encanta Bucarest, y son conscientes de que en la capital están pasando cosas mágicas: la escena literaria es muy grande; allí, por ejemplo, se encuentra la sede de la editorial de Claudiu Komartin, el poeta rumano joven más internacional; y las guías de viajes europeas están cada vez más enamoradas de su centro, e incluso lo han declarado como un “nuevo destino hipster”, haciendo que el turismo crezca muchísimo en los últimos años. Sin embargo, para ellos Transilvania es sinónimo de tranquilidad, y desde allí pueden seguir desarrollando los miles de proyectos que tienen entre manos.

De entre todos esos proyectos, uno de los más ilusionantes es el de celebrar un congreso propio de literatura y arte joven. Aunque ARTmania es importante, su propósito es conseguir que voces nuevas de todo el mundo se encuentren allí. Voces como las de Tao Lin, o como la de esos escritores que como ellos también han participado en los eventos y antologías de 89plus. Para ellos, dar voz a la juventud significa conseguir crear un espacio común más en el que las fronteras no sean un obstáculo. Su propósito es el de editar.

Pero su mayor sueño es el de conseguir que todas estas acciones lleguen a la gente, a esa gente de su país que tiene inquietudes, pero que tan pocas veces puede cumplirlas. Jóvenes y no tan jóvenes con un nivel de inglés superior al de muchos de nosotros que han terminado sus carreras y que sólo a menudo les queda la opción de salir de su país, o a lo sumo de pedir pequeñas y descorazonadoras becas para los Estados Unidos o Canadá, con las que se les permite viajar a cambio solo de realizar trabajos basura durante meses. "Alguna vez lo he pensado —me dice Catalina—, ¿pero de verdad mi destino es ir a Nueva York sólo a limpiar casas…?"

“Despertaremos en un mañana veraniego”

Llegar a la gente. Velar por la cultura, por el futuro, por el respeto. Es sábado por la noche y estamos en un festival lleno de gente vestida de negro, de puestos de nachos con queso y cerveza, o de piercings, o de libros oscurísimos. Ha caído el sol y en ARTmania todo suena metálico. En una pequeña carpa al otro lado del escenario principal hay un montón de poetas reunidos —vienen de Brasov, de Cluj, de Bucarest, de Timisoara, e incluso de Moldavia—, conforme van saliendo a recitar la sala se llena, y con la música de las guitarras al fondo el público termina pidiendo más.

A Vlad casi se le saltan las lágrimas de la emoción, porque ha conseguido salirse con la suya, y que un montón de gente ajena al mundo literario escuche, aplauda, ame y desee la poesía. Quizá él, a sus 21 años, haya encontrado la fórmula que muchos de nosotros no hemos descubierto en siglos: ¿y si en vez de quejarnos de que nadie va a los recitales de poesía somos nosotros los que llevamos la poesía a otros espacios? Mahoma y su montaña, en resumidas cuentas.

Horas antes de este recital, de hecho, somos nosotros los que escalamos una montaña. Ni Vlad, ni Catalina ni yo podemos hacernos una idea de lo que pasaría esa noche en ARTmanía. Caminamos y ellos siguen contándome cosas, sueños, proyectos. Están convencidos de que quieren conocer el mundo, y de que quizá acaben pidiendo una beca Erasmus para pasar un tiempo en Barcelona. Más tarde no les importará regresar a sus hogares, porque saben que en su país queda demasiado por levantar, y que aunque la idea de intentarlo fuera les atrae, la de construir su mundo aún es mucho más fuerte.

Descendemos y llegamos a Rasinari, el pueblo donde nació Emil Cioran, ese mismo que hacía un rato veíamos tan diminuto desde la fortaleza germana. Aquí muchas calles están sin asfaltar, y por ellas algunos agricultores tiran con caballos sus carretas llenas de paja. "Mira, a esto se parece la verdadera Rumanía, la más profunda —me dice Vlad—, pero así es como nos deben imaginar a los rumanos en el resto del mundo". Lo cierto es que miro a mi alrededor, y cada esquina me recuerda a la de cualquier pueblo español de interior. Podría tratarse de un Pujaire o de un Huertapelayo, con la diferencia de que a las afueras de esta localidad hay unos cuantos gitanos con vestimentas típicas, y una casa asociada al nombre de un filósofo. 

Regresamos a Sibiu en el coche de los padres de Vlad escuchando algo de rock. Nos espera un día muy largo en el festival y los tres vamos en silencio. No puedo dejar de pensar en algunas de las cosas que él me ha dicho sobre la “verdadera Rumanía”, y me pregunto si quizá aún esté dolido por el comentario que meses atrás le soltaron a él y a su novia al llegar a Barcelona. Por fortuna, este fin de semana ha sido invitado a la edición de 2014 en Cosmopoética en Córdoba, en reconocimiento de su trabajo como editor y como poeta. Él, que se preocupa tanto por conocer las cosas buenas de fuera y transportarlas adentro, por fin ha podido invertir los papeles y enseñarnos a los de aquí parte de esa genialidad que en tantísimas ocasiones nos negamos a mirar. 

Ahora podemos verlo con claridad: los jóvenes de Rumanía tienen el corazón negro. Es oscuro porque nunca lo enfocamos con nuestras linternas, y sin embargo por dentro es luminoso porque en su interior existe una esperanzadora fiesta.

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