Columnas

Ni joven, ni moderno

Meditaciones autobiográficas sobre censura, humillación y otros desafortunados percances del escribir

A Kiko Amat le han petado un montón de artículos. Lo peor de todo es que la censura casi siempre procedía de aparentes revistas de música que en realidad eran revistas de tendencias gestionadas por aristócratas que nunca habían leído a Kiko Amat, aunque ellos insistían en que él era la persona idónea. Su trágico periplo hasta la fecha te lo cuenta en PlayGround. Por ahora.

Yo solo quería escribir, pero tuve la nefasta ocurrencia de nacer en Sant Boi. Una rápida ojeada desde los dilatadísimos labios menores de mi parturienta madre me dejó bien claro que las opciones existenciales en aquel pueblo del extrarradio industrial barcelonés eran:

a) Jugar a rugby

b) Trabajar en una fábrica, o

c) Ser un loco (del manicomio)

Como imaginan, no me abalancé apasionadamente sobre ninguno de ellos (¡qué hombre cuerdo lo haría!). Cual tahúr acorralado en una partida a vida o muerte, me saqué una flamante cuarta opción de la manga: ser escritor. Bien mirado, todo apuntaba hacia ese horizonte: era un mentiroso de siete suelas, detestaba los deportes de acción y, por extensión, cualquier tipo de pasatiempo no cerebral y fatigoso, residía a menudo en un laberíntico crepúsculo de pavor interno (que solo se agitaba con tremebundas llamaradas periódicas de invención febril) y sufría melancolía perpetua y nostalgia por todo. Incluyendo lo que estaba por pasar. Y por añadidura las tías pasaban a través de mí, como si fuese un ectoplasma meditabundo plantado en mitad del sendero, estorbando y hurgándome las napias.

Así pues: escritor.

¡Eureka!

A continuación, una vez emergí (con excelentes notas) de la EGB, me dispuse a perseguir mi sueño, cosa que hice de inmediato tomando las sendas más dañinas y cometiendo los más elementales errores al alcance de un bípedo implume. Me convertí en 1985 a una subcultura antañona-moderna con aguzado sesgo épico-bélico-antisocial (los mods), firmé por una pandilla skinhead (excelente idea para un futuro hombre de letras), desoí con contestataria pasión todos los consejos de mis mayores, me transformé en un redomado absentista académico (hacia finales del bachillerato ya había dejado de ir a clase por completo; solo entraba por la puerta del instituto y me zambullía sin más preámbulos en el bar), comencé a engullir anfetaminas como si fuesen pipas Churruca y abandoné la lectura de forma drástica.

Bravo, campeón.

En tan solo cinco años, ya desintegrado atrozmente el delirio paradisíaco de mi subcultura, había descendido todos los peldaños del escalafón moral, espiritual y físico, y solo era un fumeta gordo, tatuado de forma inmunda, que vivía en Sitges (ciudad fantasma durante el invierno, conurbación-hormiguero turístico durante el verano: lo peorcito de ambos mundos), trabajaba en un kiosco, escribía en fanzines punk cada vez más amargos y biliosos, leía NME o Melody Maker mientras miraba el mar, escuchaba una y otra vez el Frosting on the beater y liaba nuevos y alarmantes cañardos siete-papeles de hachís de Playafels. Y luego, ya presa de los más temibles munchis, sobrevolaba la sección de confitería del kiosco como una plaga de langostas, arrasando a mi paso los botes de nubes, moras y gominolas. No sé por qué no me colgué de una viga en 1994. ¿Porque hubiese cedido, quizás?

"¡Yo, escribir! ¡Yo, ceporro como ninguno, bruto como un tractor, iba a escribir en una publicación de gran tirada!"

En fin, quizás no sea este el lugar para contarles todas mis pesadumbres y zozobras de juventud. Les introducía esta lamentable saga para que vislumbraran el camino tortuoso que precedió a ser publicado, y captaran en toda su cósmica magnitud la importancia que para mí tiene escribir cosas en lugares públicos. Cuando en 1996, ya regresado de una adelgazante estancia en la capital del Reino Unido (enflaquecí de pura hambruna lumpen, no de follar o insuflar cocaína), medio chiflado de amor por todas las cosas de este frondoso jardín y tísico como una comadreja hepatítica... Cuando en 1996, decía, me ofrecieron escribir para una de las incipientes y modernísimas publicaciones gratuitas barcelonesas, de poco me agarra un patatús. ¡Yo, escribir! ¡Yo, que solo tenía el carnet de Manipulador de Alimentos! (el de la biblioteca lo había desmenuzado para hacer boquillas) ¡Yo, que había leído mi último libro en 1985! ¡Yo, que estaba en aquellos momentos encajando asientos de Ibiza en la cadena de montaje de SEAT Martorell! ¡Yo, que ponía acento en y creía que “diatriba” era lo mismo que “disyuntiva”! ¡Yo, ceporro como ninguno, bruto como un tractor, iba a escribir en una publicación de gran tirada! Oh, vida: tus caminos son, en verdad, inescrutables.

Y aquí es donde quería yo llegar: con la tontería, llevo treinta años escribiendo cosas. Alguna gente las lee y otra gente no. Alguna gente se hace pipí de risa con ellas y otra gente las agarra y se limpia ruidosamente las nalgas, jura de forma terrible y menta mi nombre (en vano). A alguna gente mis escritos le mejoran la vida y a otra se la deben jorobar; por desgracia. Pues no hay forma, es bien sabido, de contentar a todo el mundo sin ser un pusilánime buenista, neutral y completo pagafantas. Ocasionalmente alguien se ofende, es cierto, pero tampoco puedes irte disculpando por estos mundos de Dios. Si algo he aprendido en todos estos años de trabajo es que siempre va a haber alguien ofendiéndose por alguna razón. Por añadidura, una broma explicada deja de serlo. Una hipérbole diseccionada pierde todas sus capacidades elementales de ser chocante e incongruente, y tiene maldita la gracia.

Pero en fin. Lo que está claro, al menos de cara a los futuros empleadores y editores, es que uno es como es y escribe como escribe, y ya no tiene edad para canjear cosquillas, picores ni hábitos semánticos. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillamente que, aunque es altamente probable que un amplio sector del público no tenga ni pajolera idea de quién es uno, sí es mínimamente exigible que el señor editor que llama por teléfono para ofrecerte un artículo tenga una vaga idea de cuál es tu disciplina y qué cojeras te aquejan.

Pues bien: eso raramente sucede. El interlocutor anónimo que se aposenta al otro lado de la línea suele ser un señor con nombres y apellidos de ecos nobiliarios (Eugenio José Guzmán-O’Reilly de las Maestranzas, aunque puedes llamarle “Pipín”), que ha escuchado que su mayordomo decía que el ama de llaves mascullaba que el chaval de las porquerizas leía cosas graciosotas de un tipo que “sabe de música” o “es moderno” o “pop” o qué carajo sé yo. Y todo apunta a que ese desdichado juntaletras “pop” sería la perfecta nueva incorporación para aquel musgoso magacín que busca un nuevo “ target” y que, por una desafortunada combinación de factores administrativos-imperiales, a Pipín le ha tocado dirigir.

"Aquí donde me ven, he sido DESPEDIDO de la mayoría de revistas con portada brillante y tinta pringosa del país"

Esa, amigos, es la historia de mi vida (reciente). Ricachón loco de manicura sublime y aficiones navales llama por teléfono desde su club de golf (o delega en su ayuda de cámara, Piluca, videoartista frustrada, poetisa “alternativa” y/o “especialista en moda”) y, con fraseo grandilocuente y lisonjero, jura que le encanta “lo que haces”, tu “estilo rompedor”, y ¿no sería maravilloso que llevaras la sección de música del magacín? ¿O escribieses ese artículo “cañero” sobre aquel fotógrafo requeteguay?

Por supuesto, las cien primeras veces, cuando yo aún era un pie tierno acnéico y babieca, mordí el anzuelo. Una mezcla de candidez y vanidad conspiró para hacerme creer que algo así era posible: que un ente primitivo con el sentido del humor de un bebé, cerril y de gustos arcanos, nacido en Sant Boi, con un currículum académico devastado termonuclearmente y menos modales que un jabalí ebrio dirigiera con éxito cualquier sección de una revista mayoritaria. No hace falta decir que eso no sucedió jamás. Al contrario, la cadena de acontecimientos siempre transcurrió por una de estas dos ominosas veredas:

A) Entrega del artículo + Lapso de tiempo anormalmente largo sin respuesta + Correo electrónico lamentando que tu escrito no “encaja” en la línea de la publicación (o, siempre lanzando pelotas fuera cobardemente, que lo han “tirado para atrás” los Nazgul del consejo de redacción) + DESPIDO.

B) Entrega del artículo + Lapso de tiempo anormalmente largo sin respuesta + intento de censura (también llamada “suavizar el tono”, “decir lo mismo con otra palabras” y un vergonzoso etcétera; o sea: hachazo al canto) + acalorada respuesta del autor + somero intercambio digital de palabras gruesas + DESPIDO.

Sí. Aquí donde me ven, he sido DESPEDIDO de la mayoría de revistas con portada brillante y tinta pringosa del país [Nota: Excepto tres publicaciones que me acogen en la actualidad y desde hace muchos años, benditas sean. Otra cuarta, que no puede despedirme porque la llevan unos amigos míos y encima no me pagan, los muy ruinas. Y una quinta, Playground, aquí presente, que de momento aún no se ha puesto a ello. Gracias al cielo]. También de suplementos culturales, revistas gratuitas de tendencias (ellos las llaman “de música”) y periódicos de todo jaez, empezando por aquel grandullón con nombre patrio de Madrid. En la mayoría de ellos no llegué ni a empezar a escribir, por A o por B. En algunos casos, en honor a la verdad, me pagaron por trabajo no publicado, aunque la terrible humillación a la que me habían sometido continuó allí, impávida, alojada para siempre en mi ventrículo izquierdo, como si de pequeño me hubiesen manoseado la pilila en las duchas de los Salesianos. En otros, lo recuerdo ahora, la censura se extendió cual metástasis a cuatro o cinco números de la revista, aumentando de forma exponencial.

¿No se entiende? Les pongo un buen ejemplo, real como la vida misma: famosa revista para hombres me encarga llevar, de nuevo, la sección de música. Entera. Yo, al mando, como Eisenhower. ¡Hurra! Primer artículo (propuesta mía): la No Wave de Nueva York. Lapso de tiempo anormalmente largo sin respuesta y final conversación telefónica con alguien que sonaba como Pedro El Grande, zar de las Rusias, diciendo que sí, que me lo publican, pero instándome a que la próxima vez hable de contenidos algo más mayoritarios. Escalofrío premonitorio en el espinazo. Mensaje captado. Segunda entrega: New Order. Lapso de tiempo bla bla. Nuevas peticiones de ampliación del campo de batalla, acompañadas de condescendientes palmaditas en la chepa. Mensaje captado, si bien con crepitante inquietud y crecientes muestras de indigestión aguda en el bajovientre. Tercera entrega: Nirvana. Lapso de tiempo yadda yadda. Enérgicas sugerencias del Duque de Buckingham en pos de una suicida recalificación del suelo temático de la sección (“¡Más famoso! ¡Que esto lo conocen solo cuatro frikis!”). Inquietud del autor se transforma en pánico flamígero (¿Más famoso aún que Nirvana? Pero, ¿para quién coño estoy escribiendo?). Cuarta propuesta, ya unilateral, con sonido de orden castrense y catapultada desde el extremo revistil: U2. Un momento. Hasta aquí podríamos llegar. Habráse visto. Sigue acalorada respuesta del autor, vocingleras denuncias de la injusticia que se ha sufrido, mentadas de madre a discreción y, finalmente, DESPIDO.

¿Esto? Mil veces. Mil, se lo juro.

"Por lo común no acepto encargos, pues cada vez que lo hago algo se muere en el alma (mi alma)"

En realidad, todo ello tiene fácil explicación y obedece a un lamentable malentendido, nacido quizás de un neblinoso juego boca-oreja, por el cual el editor telefoneante cree que eres otro pájaro. Directamente: otra persona. Un fulano que acepta órdenes, que escribe por encargo, que cambia estilo, gustos y prioridades a voluntad (y por designios externos) y, en resumen, es un gilipollas alelado sin voz ni opiniones, solo un siervo de la gleba que pergeñará cualquier basura inane para recibir un puñado de patatas con gusano.

Nunca es agradable ver al editor con escudo heráldico cuando cae en la cuenta del trágico y repugnante error de juicio que cometió al contratarte. Si lográramos ver su cara, sería la que pone Kurt Russell en La cosa, cuando el notas del laboratorio se parte en dos y se transmuta en desagradable cabeza andante con patas de octópodo.

Cuando caí en que las cosas iban así, y por añadidura no tenían pinta de ir a cambiar jamás, decidí alterar mi táctica. Empecé a dirigir a mis posibles empleadores a algún escrito mío bien soez y procaz publicado recientemente, y luego les instaba a que, una vez leído, ya aclarado el asunto de mi estilo, volviesen a contactarme. Pensé que con ello había zanjado el tema, pero erré el tiro. Oh, y cómo lo erré. Nadie quiere ser el aburrido y abstemio de la fiesta: todos volvían a llamarme, cómo no, y con ansias renovadas. “Eres claramente lo que necesitamos”. Ay. ¿Cómo convences a alguien mayor de cinco años de que sabes lo que, de veras, le conviene?

Hace tan solo unos meses me llamó la redactora rompedora de una mundialmente famosa revista para mujeres. Me repitió el sonsonete arriba descrito, al que contesté diciendo que no creía que fuese a funcionar, porque escribo en tono de mofa y primera persona rigurosa con múltiples cerdadas, etc. La mujer no quiso oír hablar del tema. “Eres lo que necesitamos”, de nuevo. Por lo común no acepto encargos, pues cada vez que lo hago algo se muere en el alma ( mi alma), pero aquel mes la guardería privada me estaba estrujando la cuenta corriente y la bolsa escrotal con excepcional dureza; así que al final accedí a escribir una pieza sobre un fotógrafo espantoso que solo sacaba adolescentes medio en cueros con gravísimos desórdenes alimenticios. Tapándome la nariz, les entregué un artículo de envidia. No daba envidia, entiéndanme, sino que versaba sobre la envidia. Mi envidia: cómo nos hubiese gustado a mí y a mis amigos ser así: rubicundos chavales desnudos y ricos que saltan de botes agarrados a niñas pecosas con tetas de almíbar, en lugar de los monstruos masturbadores, resentidos y violentos, visionadores perpetuos de traseros peludos, que los ochenta nos obligaron a ser. Otra cosa no sería, pero sincero: sí.

Pasó el acostumbrado mes de silencio administrativo, hasta que un día, en el coche con mi zanahoriesca mujer y zanahoriescos hijos, sonó el móvil.

“Que al final no te vamos a publicar el artículo”, dijo la redactora rompedora.

Yo, que ya sabía que algo así iba a suceder, no perdí pie ni estrellé el automóvil contra un poste. Además, aquel día no me tocaba conducir.

“Lo sabía —le dije—. ¿No os dije que leyerais mis artículos previos? ¿No os lo dije? ¿No os dije lo del humor violento, y que con toda seguridad iba a hablar de semen y esputos y de mis amigos de juventud?”

“Sí —contestó ella—. Pero la directora estaba obsesionada.”

“¿Obsesionada?”

“Sí. Quería alguien joven y moderno, como tú. Yo ya le dije que no eras moderno —se detuvo para pensar— y joven tampoco.”

Allí me quedé sin palabras. El coche se detuvo en un semáforo. Me froté la cara y, ante la mirada atónita de Naranja, mi mujer, me puse a carcajearme. Una carcajada medio triste y lunática, de personaje de HP Lovecraft, la risa del que ha visto algo que le arrancará la cordura para siempre. Luego colgué, y mi risotada se fue apagando. Me sentía como si me hubiese dejado la típica novia cargante y efímera a quien, sin embargo, habías tomado cierto cariño por puro roce; esa extraña combinación de alivio, pesadumbre y agravio personal.

Mi mujer, volviendo a mirar al frente y poniendo primera, me preguntó qué había pasado.

“Acaban de devolverme otro artículo”, le dije.

“¿Otro?”, dijo ella.

“Sí. Y además, creo que acaban de llamarme viejo y antiguo.”

“Bueno –dijo ella- Para ti eso son elogios, ¿no?”

“Lo que cuenta es la intención del otro —le contesté, mirando distraído por la ventana—. Y creo que no. Creo que eran insultos.”

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