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“Eres joven y bella, Anabel”

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Una historia de sexo y enfermedad.

Lucía Clementine

15 Julio 2014 13:02

Todo empezó con un primer polvo en una horrible fiesta. Desde entonces el sexo se convirtió el la mayor obsesión de la pobre Anabel. En una historia tremenda que recuerda a un capítulo de Skins mezclado con las terribles novelas de Charlotte Roche, la escritora Lucía Clementine consigue agitarnos, desagradarnos y ponernos los pelos de punta. ¿Puede el sexo convertirse en una enfermedad?

Ilustración de Joaquín Aldeguer

Anabel en clase

Anabel se encontraba ensimismada en el pupitre, dando vueltas a su lapicero, mientras su profesora enseñaba datos extra para una lección. Los alumnos de 2º B siempre buscaban preguntas más allá del temario. Intentaban hacer descarrilar entre risas a la joven maestra novata. Entre el barullo, de pronto, un papel arrugado cayó en la mesa de la estudiante, ella lo abrió y leyó su interior: "Esta tarde es la fiesta de Juanito. No faltes, van todos." Se giró y vio a su mejor amiga, Rosó, que le guiñó el ojo.

Anabel en la fiesta

Por la tarde, al llegar a casa de Juanito, Anabel se dio cuenta de que su amiga tenía razón: ahí dentro estaba todo el instituto. Bebían cerveza y la casa estaba oscura, aunque fuesen las seis de la tarde y afuera brillara el sol. Ella avanzaba tratando de encontrar a Rosó, y entonces se empezó a preguntar si ella realmente encajaba en un lugar como ese.

Era su primera fiesta.

Anabel encontró a su amiga junto al ordenador, estaba con Kenneth añadiendo canciones al repertorio musical que retumbaba por todas partes. Kenneth tenía apoyada la mano en el muslo de Rosó y no la quitó cuando vio que ella se acercaba.

—¡Anabel! Te estaba esperando. Vamos a por una cerveza.

En la mesa de bebidas le tendió un vaso de plástico y empezó a parlotear.

—Creo que le gusto… Me ha dicho que salgamos al jardín para tomar aire fresco. Ya sabes lo que significa eso. Me he depilado, así que… por qué no. ¿Tú lo has hecho? Dios, ¿has visto esta casa? Es grande. ¡Y decían que Juanito era un muerto de hambre! ¡Já! ¡Ni de coña! Vamos a bailar juntas.

—¿Qué te has qué?

Casi no le había dado tiempo a repetir la pregunta cuando las dos se encontraban en la pista improvisada del salón. Rosó bailaba sacudiendo el pelo y agitando los brazos. Anabel tenía vergüenza de hacerlo, temía que todos pudieran reírse, e intentaba disimular dando un paso a la izquierda y uno a la derecha.

Estaba preocupada, ella no se había depilado. ¿Para qué hacerlo? No había pensado en la posibilidad, porque, en fin, tenían catorce años. ¿Había que hacerlo siempre que se iba a una fiesta? ¿Rosó no era virgen? Para quitarse todas esas dudas de la cabeza, Anabel siguió bebiendo. Los vasos iban y venían en todas direcciones. Poco a poco, se fue relajando. Estaba bebida y eufórica. De pronto era una más.

Anabel en el jardín

Kenneth llevó a Rosó al jardín trasero. Anabel se quedó en el sitio, bailando con gente que reconocía. Llevaba tantas horas haciéndolo que ya utilizaba todo su cuerpo para seguir el ritmo. Justo cuando se dio cuenta de que el salón se estaba quedando vacío, apareció Juanito.

—¡No te ofendas, pero pensaba que eras más tímida!

—Nosotras pensábamos que eras un muerto de hambre, ¡así que no me ofendo!

Anabel estaba sudada y mareada, pero quería seguir. Juanito siguió bailando con ella, hacían bromas y se reían a carcajadas.

—Oye, ¿vamos al jardín?, preguntó Juanito.

—Vale…

Cuando Juanito le abrió la puerta trasera y le invitó a que pasara, Anabel descubrió que era allí donde habían ido a parar Kenneth y Rosó, que estaban manoseándose y besuqueándose como dos babosas retorcidas.

Juanito llevó a Anabel a una esquina oscura del patio.

—No tengas miedo.

—¿Qué pasa con Rosó y por qué me has traído aquí?

—Si te relajas podemos hacer lo mismo que ellos…

Anabel intentó calmarse. Lo más seguro es que Juanito tuviera razón y que esa fuera la mejor manera de terminar la fiesta.

—Dame un beso, le dijo.

Ella lo hizo, y en seguida se subió la falda, echándole las bragas hacia un lado. Se pegaron mucho. Sus caderas dibujaba círculos lentos ahí abajo; arriba sus bocas se besaban. Ella notó que su rizado y áspero vello se humedecía. Juanito le quitó la camiseta dejando al descubierto dos pequeños pechos. Nunca había necesitado utilizar sujetador. Siguieron tocándose y el miedo se convirtió en una sensación verdaderamente agradable. Caricias, lametones, movimientos torpes. Después de un rato, Anabel notó algo duro y pequeño que poco a poco penetraba en alguna parte de su interior. Se agarró a Juanito lo más fuerte que pudo.

Anabel obsesionada

El lunes siguiente, en el instituto, todo sucedió con normalidad. Los mismos alumnos haciendo preguntas fuera de temario con sus libros abiertos por el tema de turno. Las mismas clases aburridas. Los mensajes secretos de Rosó. Pero ella no podía pensar en otra cosa que no fuera Juanito. ¿Cómo puede la gente vivir tan tranquila después de hacer el amor?

A la salida, Juanito le dijo que la acompañaría a casa. Parecía más tímido de lo normal. Por el camino, Anabel inspeccionaba los rincones y las calles apartadas en las que nunca se había fijado; intentaba encontrar el sitio perfecto para tener intimidad. Pero ellos caminaban, y cada vez se encontraban más cerca de su hogar. Juanito sólo hablaba de partidos de fútbol en los que la mayoría de veces su equipo había perdido. Al fin, Anabel adivinó un portal mal cerrado y empujó a Juanito dentro.

La chica se agachó bajándole el pantalón, dándole pequeños y rápidos besos en el estómago.

—Espera. ¿Qué haces?

—¿A ti que te parece?

—Oye… sólo quería acompañarte a casa… me gustaría que saliéramos juntos… ¿Estás segura de que aquí…?

Ya tendrían tiempo de hablar después. A Anabel no le entraba en la cabeza que después de la otra noche él pudiera ser tan soso. Jugueteaba con su polla flácida, que tan pronto como tuvo una erección descargó su pobre líquido. Él se subió los pantalones avergonzado y ella no daba crédito: ¿salir con ella? ¿miedo a follar en un portal? Acababa de descubrir lo maravilloso que era el sexo, y lo único que deseaba era practicarlo.

Anabel enloquecida

No le costó demasiado encontrar nuevos amantes. Atraía a los chicos del vecindario, pero siempre volvía a toparse con lo mismo: pasaban un rato maravilloso y luego pretendían ser sus novios, o tenían gatillazos, o simplemente eran todos demasiado jóvenes e infantiles, y no saciaban sus deseos.

Así que Anabel decidió elaborar sus propias reglas:

no más de una vez por tío

—no más chicos aburridos de su edad

—no más presas de su barrio, ampliar fronteras, salir a cazar

Pero pronto se dio cuenta de que una sola conquista por día ya no era suficiente. Se sentía ansiosa y siempre quería más y más. Ya no es sólo que nadie la comprendiera, sino también que nadie era capaz de quitar su hambre. No pensaba en los estudios, ni en salir con sus amigas, ni en disfrutar de su tiempo libre. Tenía un vacío. Tenía una enfermedad.

Anabel preñada

Se dio cuenta al tercer o cuarto mes, aunque lo sospechaba. Un pequeño vientre abultado y el pecho más pesado anunciaban que su cuerpo iba a sufrir un inevitable cambio. Por primera vez en mucho tiempo estaba aterrorizada. Se miraba al espejo del cuarto e imaginaba un estómago que crecería, y del que al final aparecería algo que sin duda ella no quería. No le preocupaba cómo explicárselo a su madre, ni tampoco qué hacer con la criatura. Su máximo miedo venía a la hora de gustar a los chicos, ¿cómo iba querer follar alguien con una niña con la tripa enorme?

Una tarde, cuando deambulaba asqueada por su barrio, Anabel se cruzó con un chico vestido con equipación de básquet que le resultó muy atractivo. Empezó a hablar con él, pero no le hacía demasiado caso. Intentó abrazarle, pero él se negó. Anabel se abalanzó violentamente sobre él, le tiró al suelo y empezó a darle golpes. Le quitó a la fuerza los anchos pantalones y empezó a gritar como una loca. La gente de alrededor intentó separarles, y Anabel comenzó a hacerse daño a sí misma. Cuando llegó la ambulancia, ella ya estaba inconsciente.

Anabel en el hospital

Anabel despertó en la planta de pediatría del hospital. Le dolía la cabeza, pero sobre todo le dolía el vientre. No se acordaba de lo que había pasado, pero sentía rabia en su interior. Inspeccionó la habitación y se dio cuenta de que a su lado había un chico más o menos de su edad que la estaba mirando. Tenía mal aspecto, y estaba enganchado a varios tubos.

—¿Tú qué tienes?, le preguntó el chaval.

—No estoy enferma. Me han encerrado como si fuese un animal con la rabia, respondió ella dejando ver su vientre lleno de heridas.

—Vaya… ¿estás embarazada?

—Lo que estoy es muy triste… déjame meterme en tu cama.

Anabel se levantó tambaleante y se acurrucó a su lado. El chico no tuvo más remedio que dejarle entrar y abrazarla tímidamente. Ella movió su cadera y le agarró la polla que estaba flácida. Empezó a frotarse contra él y a emitir gemidos falsos.

—Más fuerte, dijo ella.

Él no sabía qué hacer.

—¡Más fuerte!, repitió.

Él miró hacia abajo, y se dio cuenta de que la chica llevaba una especie de pañal empapado.

—¡Estás sangrando!, dijo horrorizado.

El chico enfermo la empujó hacia el borde de la cama, y ella cayó al suelo. Anabel se rió con fuerza, pero miró hacia abajo se encontró con su entrepierna totalmente ensangrentada. Se quedó en silencio un momento, y en seguida comenzó a gritar.

—¡Métemela!, ordenó la niña, retorciéndose completamente sola sobre las baldosas, ¡sigue follándome!

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