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El irresistible encanto de la mujer araña

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Illegal Pop #11

Servando Rocha

12 Octubre 2015 06:00

Fue una de las primeras estrellas del espectáculo, pero su biografía parece propia de una espía más allá del telón de acero. Cuando falleció en 1861 en Nueva York tenía solamente treinta y nueve años, pero su vida había sido escandalosa y sorprendente. 

Lola, una mujer indomable y con fama de intrigante, pionera del feminismo y del pop un siglo antes de las grandes divas y femme fatales, había cruzado medio mundo y dejado una leyenda que la elevó a la categoría de figura espectral. De ella se dijo que era una hija no reconocida de Lord Byron y en California quiso fundar su propio estado: Lolaland. «Una tigresa —afirmó un periódico de la época, describiendo uno de sus espectáculos—. Es una gran cometa de su sexo».

Su vida está repleta de equívocos y zonas oscuras. Comenzando por su nacionalidad. Lola Montez no era española, sino irlandesa. No había nacido en Andalucía, a pesar de que decenas de periodistas escribieron sobre ella como si fuese sevillana o gaditana, sino en Irlanda, concretamente en Grange, en el condado de Sligo. Aunque no está tan claro. Otras fuentes aseguran que fue Liverpool. Y su nombre, por supuesto, era otro: Elizabeth Rosanna Gilbert, más conocida como la «mujer araña». 

El «baile de la mujer araña»

Su primer destino fue la India. Allí fue junto a su familia (un férreo militar británico y una madre que no se interesaba por ella). Cuando su padre falleció, la por entonces pequeña Elizabeth fue enviada a Escocia; allí pasó por varias escuelas de baile, donde se ganó la fama de rebelde y díscola. No terminó su formación: siendo aún menor de edad se fugó con un teniente del ejército. Ambos acabaron en Calcuta, pero la relación no marchó bien y se separaron.


Elizabeth Rosanna Gilbert, más conocida como la 'mujer araña', fue descrita como 'una tigresa, una gran cometa de su sexo'



Fue en Calcuta donde comenzaron sus primeras actuaciones como la «bailarina española» por su aspecto andaluz. Ya no es Elizabeth sino Lola, el nombre del que jamás se separó. Y, además, es famosa: escandaliza allá por donde va gracias a su baile hipnótico y sensual, un escándalo aún mayor cuando se supo que era divorciada y que contaba con numerosos amantes.



Antes de que las capitales europeas cayesen rendidas ante su sugerente «baile de la mujer araña», Lola había ido dejando decenas de amores, entre los que se contaban intelectuales y aventureros. Su círculo de amigos lo formaban escritores y pintores decadentes y bohemios, como el compositor Franz List o el grupo de George Sand, Lamartine, Honoré de Balzac y Alejandro Dumas. 

Sus amantes fueron desapareciendo; algunos se esfumaron en medio de ataques de celos, otros perecieron en duelos. París no paraba de hablar de Lola y eran frecuentes las noticias en la misma orgullosa prensa española, que no desdice su supuesto origen andaluz. Es una figura provocadora y misteriosa, y muchos afirman verla a diario paseando con un látigo. Pero de pronto deja la ciudad de la luz y aterriza en Munich, donde de inmediato las autoridades prohíben su show por ser excesivamente escandaloso.


Lola había ido dejando decenas de amores, entre los que se contaban intelectuales y aventureros



Lola, sin embargo, no se da por vencida. Monta en cólera y ella sola marcha a ver al mismísimo rey Luis I de Baviera. Delante de él se queja y dirige su ira contra la ciudad y el país. El emperador, atónito, la escucha. Se dice que preguntó si su cuerpo no era una obra de arte y Lola, sin pensárselo dos veces, tomó unas tijeras y cortó su vestido a la altura del pecho. Luis se rinde ante ella e inician una relación.

Su puesta en escena (chaquetas negras y collares, bailes hipnóticos, comentarios que lanza al público, castañuelas en alto y peineta) causa algaradas e incidentes. Además, ahora es condesa y habla de derechos de las mujeres, publicando un manual de belleza femenina (titulado El arte de la belleza o el secreto del cuidado personal), donde también ofrece estampas de la vida parisina y su noche.

Lola, incapaz de contenerse, se lanza a la arena política. En los teatros no duda en responder airada a quienes le reprochan su vida, logrando atemorizarlos. Pero también, cuando cada noche brinda insultos a monarcas corruptos y dictadores, comienzan a verse policías armados. La inagotable Lola crea un nuevo tipo de espectáculo donde las interrupciones son frecuentes y el artista es capaz de bajar hasta las butacas, iniciar discusiones o llegar a las manos. También es pionera en otro fenómeno: el striptease, en 1845, mucho antes de ese otro París de finales de siglo y también del desenfreno y la libertad durante los tiempos de la Alemania de Weimar. Esta será la heroína eterna, la gran figura de Max Ophüls.


Lola fue pionera de un espectáculo: el striptease



Bienvenidos a «Lolaland»

Estamos a mediados del siglo XIX y esta actitud, con frecuencia, se paga con creces. Lola, acosada, acaba en Inglaterra. No está sola. La acompaña un oficial del ejército que se ha enamorado de ella, pero no pueden casarse. Mantienen su relación en secreto, para evitar la acusación de bigamia, hasta que la situación se hace insoportable.

Lola cruza el océano y, en plena fiebre del oro, se traslada a la por entonces pujante California. En San Francisco consigue el clamor del público y en poco tiempo no hay periódico que no hable de ella. Su «baile de la araña», durante el cual se sacude unas imaginarias tarántulas, eclipsa la ciudad. Se casa nuevamente e instala en un pueblo minero californiano. Actúa en conciertos benéficos para una audiencia predispuesta al silbido y la revuelta, como el cuerpo de bomberos de la ciudad, donde sale a escena luciendo un casco de bombero e inicia su danza.



El matrimonio es un fiasco, pero Lola se reinventa y convierte en empresaria. Su teatro marcha bien y es famoso por el tipo de espectáculos, pero entre bambalinas, fiel a su imagen intrigante, desea algo mucho mayor. Conspira para agitar políticamente la zona y mantiene contactos y conversaciones con políticos opositores y gente de prestigio. Ha ganado tablas como oradora. Defiende a las mujeres y no teme a nadie.

Su objetivo último es aún mayor, algo digno de los mayores sueños de los artistas un siglo más tarde y ya en la era del pop: persigue fundar «Lolaland», su propio territorio liberado. Ella, la «mujer araña», como la única y definitiva emperadora. El reino de la araña.

Sus últimos años son muy distintos. En Nueva York, tras varios ataques esquizofrénicos, se la ve deambular y vive como una vagabunda. Quedan muy lejos los años de lujo y excesos, la fama y la polémica. Lola es una paseante en la gran manzana. Duerme donde puede y termina falleciendo de neumonía.


Lola quería funda Lolaland, su propio territorio liberado





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