Columnas

El indie y la superioridad moral: el error de pecar de orgullo

Un estudio de la Universidad de La Rioja indica que los universitarios no conocen a Radiohead ni a Wilco, y mucha gente se ríe de ellos. Pero, ¿realmente tienen motivos según qué personas para sentirse superiores?

Un encendido debate ayer en las redes sociales volvió a poner sobre la mesa uno de los pecados capitales del público autodenominado 'indie': el del orgullo, o la soberbia, de creerse superiores (moralmente) a otros públicos consumidores de otra clase de música. ¿Se sustenta esta tendencia? ¿O realmente somos menos guapos de lo que queremos creer?

Quien se diera ayer un paseo por las redes sociales -no había que irse muy lejos, con tener un muro de Facebook bien nutrido de amigos y un par de centenares de cuentas en seguimiento en Twitter- inevitablemente tuvo que percatarse que había un debate en la ciberesfera. Sí, una simple charla de bar, un pasatiempo, pero debate al fin y al cabo al respecto de un estudio del profesor de Sociología de la Universidad de la Rioja Sergio Andrés Cabello, que a partir de una muestra de más de 600 alumnos concluye, entre otras cuestiones, que a más del 50% de los estudiantes universitarios no les suenan, o no conocen, nombres como Radiohead, Wilco, Björk o Depeche Mode. Más allá de los datos secundarios desprendidos del estudio, y de una serie de detalles que se han pasado por alto, el ciberdebate acabó derivando, en la mayoría de los casos, en reacciones de superioridad por parte de muchos perfiles que, conocedores de la existencia y de la discografía de estas bandas, sacaban la conclusión tajante de que hay mucha gente ahí fuera "que no se entera". Dicho en otras palabras: yo soy el listo, ellos son los tontos.

"Tan de espaldas a la realidad vive el fan de Estopa que no conoce a Radiohead como el fan de Radiohead que no conoce a Juán Magán"

El estudio de Andrés Cabello, desde el respeto que merece todo profesor universitario, de todos modos, es francamente parcial, y poco significativo. Su muestra se circunscribe a la universidad de La Rioja, que por una simple cuestión de proporción no es el equivalente a toda España. Así que sería más apropiado extraer este titular: artistas supuestamente conocidos por la mayoría, como Radiohead o Wilco, no son especialmente conocidos en dicha universidad, donde sí hay un conocimiento mucho más amplio sobre Melendi y Juan Magán. También con el debido respeto a los jóvenes estudiantes de Logroño y alrededores, el resultado de la misma encuesta, y con la misma muestra de inviduos, realizada en la Universidad Complutense de Madrid o en la Universidad de Barcelona, habría arrojado datos distintos. Quizá no radicalmente opuestos, pero mucho más matizados. Hay que reparar también en un detalle interesante: de entre esos más de 600 alumnos, y a pesar de manifestar en su mayoría "interés" por la música, pocos tienen el interés real por informarse, ya sea leyendo publicaciones especializadas en papel o en internet, por no hablar ya de la compra de discos físicos (sólo un 1% lo hace). Por tanto, su acceso a la música se produce a partir de las pequeñas comunidades de amigos (cada vez más cerradas en internet, donde es difícil interactuar con desconocidos que pasan por allí, como podría ocurrir en un bar) o de los medios generalistas, en los que se hablan de ciertas cosas y se omiten otras. Precisamente las que sí trata la prensa especializada. Hay conclusiones, por lo tanto, que no deberían asombrar a nadie.

Por tanto, los universitarios españoles (y en particular los de La Rioja) no es que sean más tontos por preferir a Estopa o Coldplay, simplemente es que no les interesa saber qué hay más allá. Aquí es cuando el que comparte otro código aprovecha la ocasión para arrogarse una inteligencia superior, y asistimos a un espectáculo muy habitual entre quienes se identifican con 'lo indie' -y esto no es algo nuevo, sino que es tan antiguo como cuando en los 80 había quien se diferenciaba del fan de Dire Straits por conocer a The Smiths, y el primero que descubrió a Nirvana en el instituto mientras el resto de la clase escuchaba a U2 u Hombres G-. Se trata de la superioridad moral: de esa jactancia, esa arrogancia que se otorga quien cree que su gusto es mejor que el del resto. Ciertamente, el ser humano tiende a la vanidad, y en una sociedad tan poblada y tan variada en cuanto a gustos, es importante marcar una diferencia. El origen de fenómenos como el dandismo está ahí, el simple concepto de 'snob' parte de la misma premisa, y en todas las áreas de consumo cultural hay un componente esnob que es inherente a la discusión sobre libros, películas y discos. Sin embargo, cuanto más exigente es el criterio, más probable es que aparezcan personas que, por el simple hecho de pertener a esa idea -antes lo llamábamos tribus-, crea estar en la posesión de la verdad absoluta. Más que utilizar la cultura como un medio de conocimiento personal y de enlace con el prójimo, se hace para levantar barreras elitistas.

Es cierto que resulta triste que haya jóvenes de hoy que no sepan quién es Björk. Porque desconocer algo siempre empobrece al individuo y porque escuchar a Björk, sobre todo si su música acaba comunicándote sensaciones valiosas, es al fin y al cabo reconfortante y nos ayuda a ser mejores. Como dice el refrán, el saber no ocupa lugar. Pero todavía alguien nos tiene que decir por qué es lícito sentirse superior por escuchar a ciertos artistas, cuando ese orgullo lo que deja al descubierto es un gran desconocimiento en otros campos. Tan de espaldas a la realidad vive el fan de Estopa que no conoce a Radiohead como el fan de Radiohead que no conoce a Juan Magán: no es una cuestión de gusto estético, sino de curiosidad por saber qué es lo que existe ahí fuera y, como consecuencia de esto, tener los argumentos para elegir con criterio y, también, atacar con argumentos. El público indie, precisamente por esta superioridad moral que le hace creer ser el centro del universo, muchas veces no sabe de la existencia de otros mundos, no sólo el del mainstream más extendido y creativamente menos arriesgado, sino el de otras escenas de alto nivel intelectual. Imaginemos un estudio sociológico realizado con una muestra de 600 individuos encuestados al entrar por la puerta de un festival como Sónar o Primavera Sound. En esta encuesta se les preguntaría si conocen a artistas como Brad Mehldau, El Agujetas, Diana Damrau, Marisa Monte o John Adams. No estamos hablando de artistas de reggaeton o electro latino, ni tampoco de rumberos aficionados al hachís, sino del pianista jazz más talentoso de los últimos 20 años, de un genio asocial del flamenco, de la soprano más superdotada de lo que llevamos del siglo XX, de una artista referente de la última música brasileña y de uno de los más prestigiosos compositores de minimalismo académico. Probablemente nos llevaríamos sorpresas. Sorpresas del 80%.

"Reconocer que no sabemos nada, como Sócrates, es el primer paso hacia la verdadera sabiduría y, por tanto, a la verdadera felicidad"

No debe sorprendernos ningún desconocimiento. Por desgracia, hay demasiadas cosas que desconocemos, muchas más de las que llegaremos a conocer a lo largo de una vida larga, plena y sin riesgo de enfermedades. Cada público es distinto y ninguno es superior, precisamente porque objetivamente no hay ninguna música mejor que otra: quien se obsesione con el jazz se estará perdiendo maravillas en el pop, y quien se encastille en el indie quizá nunca pueda disfrutar de grandes cosas que se hacen en la música electrónica de baile más underground o en la moderna composición académica. En definitiva, sabemos muy poco de lo que pasa porque el universo cultural es casi tan extenso como el universo galáctico. Nosotros somos átomos que viven en una pequeña piedra que da vueltas alrededor de una estrella pequeña en la punta de una galaxia insignificante. Como lo son muchos artistas que adoramos en un cosmos infinito de sonido. Reconocer que no sabemos nada, como Sócrates, es el primer paso hacia la verdadera sabiduría y, por tanto, a la verdadera felicidad.

La aspiración a conocer más debería ser una motivación personal. Existe un problema, sin embargo: los canales de comunicación en 2013, aunque nos permitan acceder a una mayor variedad de información, en la práctica limitan bastante los intereses de las personas. Salvando excepciones (que con el tiempo se acaban convirtiendo en enciclopedias con piernas), lo que antes era un gran río mainstream ahora se ha convertido en un cúmulo de pequeños afluentes cerrados. Hay consumidores que circulan todavía por el gran río -y que conocen a Melendi porque suena en Los 40 y ejerce de coach en La Voz-, pero tienen más influencias las personas en comunicación directa -la pequeña burbuja que se forma entre un consumidor musical y su círculo de amigos en las redes sociales- que los medios de comunicación tradicionales. Y eso, en definitiva, nos hace a todos peores.

No hay motivos para sacar pecho. Tan ciego es a la realidad el público mainstream como lo es el indie. Quizá uno no sea tan ciego y sea simplemente tuerto, pero la verdad es que esta superioridad moral está injustificada. A menos que, como ocurre muchas veces, sea fruto del instinto primario que nos exige afilar nuestro ego para no sentirnos tan solos, tan insignificantes, tan vacíos.

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