Columnas

Un imbécil, ya te digo

Columna

Carlos Vareno

Sentirse un imbécil en el siglo XXI está a la orden del día, me repito mecido por el sonido del vagón mientras el resto de viajeros andan inmersos en sus ipods, diarios gratuitos, lenguas entrelazadas y piercings de platino. Un imbécil, me digo, sin apenas dar abasto ante el bombardeo informativo que me ofrece la actualidad, es desesperante ver como mi inteligencia, una y otra vez, se hostia contra los límites de mi cráneo evidenciando lo evidente: mi hardware no da para más. Hace pupa, la verdad. AY.

Dolorido, tan solo dos palabras para la posteridad: Wolfram Alpha; voy leyendo en el iphone de camino a mi refugio. Es lo que algunos geeks ya han catalogado como el santo grial de internet. Es como conectarse a un cerebro eléctrico, o eso dicen entre carraspeos y alabanzas. Según ellos, ya nos podemos olvidar de Google y sus enlaces interminables, resultado de palabras claves en sus robots de búsqueda, Wolfram Alpha va de pregunta y respuesta. De literalmente teclear: “Cuantos infectados hay en el mundo por la gripe A?”, y de, acto seguido, obtener una respuesta exacta a la pregunta y cagarse en el pantalón. BUSCADOR DE BUSCADORES. Wow, ya empiezo a temblar. Y no porque disponga de un gran listado de respuestas, sigo leyendo, sino porque es capaz de calcular cualquiera a partir de una serie de bases de datos y de algoritmos. Una vez formulada la pregunta, según su creador el Sr. Wolfram, la herramienta calcula diferentes respuestas eligiendo de forma selectiva la información de la Red para acabar dando una respuesta precisa. He aquí el oráculo délfico, y en la palma de nuestras manos. Lástima que nuestra limitada capacidad de asimilar, procesar y disfrutar de tanta información amenace con saltar escopeteada entre las sienes obturadas de tanta grasa saturada.

Así es la vida. Un router parpadeante que hace de mi sala de estar una discoteca de pachanga informativa las 24 horas del día. Versión Ibiza Maxi Boom, oigan. Dos discos duros a reventar de cds y películas que jamás, y repito, aunque duela mogollón, jamás llegaré a ver o escuchar. En su mayoría pelis que a los cinco minutos quiero cambiar por cualquier otra de las miles que poseo, pero que inseguro y arrepentido, vuelvo a poner empezando por la primera arrastrado así en un círculo vicioso de subtítulos sudacas y sonido pirata. Continúo. El iphone, regalo de Movistar por gastar y gastar en mi cuenta telefónica mensual, no puede estar más asfixiado de fotografías y pdfs descargados de mis diarios online, por no hablar de todos los favoritos que pueblan mi barra de herramientas del buscador. Una ristra de artículos que van desde la neurociencia de último cuño, hasta la última paja mental sobre macro economía y el fin del mundo. El horror digital, como diría un calvo Marlon Brando en su particular Apocalypsis Now del 2009. Adán mordisqueó la manzana y ahora nosotros arramblamos con el árbol entero. Ja ja, a regodearnos pues en nuestros respectivos apartamentos hechos de placenta y descargas ilegales.

QUINTANA, anuncia la voz robótica del metro. Los dos emos de al lado ahora se meten mano descaradamente y el resto del vagón hace ver que no se da cuenta. Se abren las puertas y aparece un sujeto aparentemente normal: bambas nikes de las baratas, tejanos color tejano, polo Lacoste posiblemente falso, todo normal salvo una cosa, la enorme cabeza que le sobresale del cuello como un tótem al que adorar. ¿Cuanto podría caber allí dentro? ¿Cuantas neuronas? ¿Cuantos Bytes de información? Me pregunto mientras me incorporo en el asiento y me levanto a tres segundos de mi parada. Malvado, el iphone se me escurre del regazo y se despedaza en mitad del vagón causando conmoción. Ya lo dijo, Arthur C. Clarke, la gran crisis del hombre llegará cuando el nivel de complejidad de la información supere con creces la capacidad del ser humano. Entre advertencias y el pitido que cierra las puertas, mi mente se ha quedado en blanco. Un blanco inmaculado. ¿Que hay alguien ahí? Un imbécil, ya te digo.

Carlos Vareno es un total desconocido que semana tras semana envía a nuestro correo electrónico textos, dibujos y diagramas, columnas esbozadas. En el asunto siempre pone "Desde la azotea del edificio", y cuando hemos querido ponernos en contacto con él, conocerlo personalmente (como hacemos con todos nuestros colaboradores), simplemente deja de contestar nuestros mails.

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