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Las horas perdidas

Segundo origen. Parte 2: Daños colaterales

Edu Mas

“Deberíamos estar eufóricos, pero no lo estamos.” Así es como terminaba la primera parte de una columna dividida en tres. En esta segunda trataré de explicar el por qué de esta frase.

Hay algo sumamente inquietante cuando, después de haber deseado mucho algo, al fin lo consigues. Te deja frío, te confiere un poder carísimo de controlar. Lo querías, así que ya lo tienes ¿Ahora qué?

Yo, concretamente, he deseado en secreto que andaran a la mierda los noticiosos desde hace ya unos años. Donde los noticiosos son todos aquellos medios que priman el titular sobre el contenido, los grandes hacedores de ignorancia de este país y de otros. Recuerdo claramente pensar hace algo más de un año, cuando apuntaba la crisis, mientras estábamos al borde del Ragnarok porque no llovía, que pensé: - Si se trata el tema de la economía igual que se están tratando todos los temas de interés mundial hasta ahora, va a desencadenar tal ola de pánico que va a elevar las revoluciones de este hecho a cotas inimaginables. Evidentemente, no lo pensé así. Probablemente proferí un gruñido y mi cabeza hizo el short cut.

Para los que no estéis versados en el tema del pánico, es el miedo incontrolable. El pánico patológico (que es el que nos ocupa) está fundamentado en la amenaza, no en un hecho mismo. A modo de ejemplo veamos el once de marzo, terrorismo en España. Lo que sentimos fue dolor, rabia, tristeza infinita, decepción e impotencia. No pánico. Creedme cuando os digo que hablo con total conocimiento de causa: he tenido más ataques de pánico de los que puedo recordar, el control del miedo se ha convertido en un eje fundamental en mi vida.

La gestión de la información es fundamental para no desatar este pánico. Como ya habréis notado, se ha capitalizado de tal forma cada elemento que puede congelarnos de miedo que la crisis no iba a ser menos. Ergo los noticiosos anduvieron a la mierda de una vez por todas autofagocitándose. Eh, que ¡la crisis, la crisis! Pues vete recortando plantilla por si las moscas. No sé cuántos redactores de titulares debe haber en la calle o poniendo cafés, no me lo quiero imaginar y espero que hayan aprendido algo. Veréis, el secreto para acojonar a alguien no es decirle –te voy a matar-, para nada. Si quieres que alguien no duerma dile –alguien quiere matarte-. La fuente del miedo es fundamental para controlarlo, si no conoces la fuente agárrate a lo que puedas porque lo vas a pasar peor que mal.

No estamos eufóricos porque estamos acojonados. Normal. Yo no sé si voy a morir hoy mismo de un ataque de tabaco, o me tragará un tsunami en Benidorm, o sufriré un ataque bioquímico. Amén de que no sé si el día que quiera sacar el dinero del banco lo voy a tener o era solamente un número.

La publicidad está mal, como forma de comunicación que es, también se ha terminado. No hay proposiciones, sólo respuestas inmediatas: titulares al son de los titulares de los noticiosos. Los coches que no contaminan, las petroleras ecológicas, los precios ligeramente menores porque estamos en crisis y el peor: el hombre viejo viene a decirle al bebé que aquí se viene a ser feliz. Nos ha jodido el abuelo.

Toda la maquinaria de comunicación no funciona, ya no existe más. Un blog es más fiable que un periódico: fallo del sistema.

Se nos ha marchitado la confianza. Ya puede uno tener todas las posibilidades del mundo que si se ve gordo en el espejo puede terminar vomitando la vida en un retrete. Recuperar la confianza puede ser la cosa más difícil que uno pueda proponerse en la vida. Una de las cuestiones subyacentes a todo el fallo sistémico es que, sencillamente, ya no sabemos en quién confiar. Lo que quisiera que entendiéramos todos es que, primero, debemos recuperar la confianza en nosotros mismos y así hacerla crecer de forma concéntrica de forma que, tal vez un día, podamos tener ojos nuevos para mirar.

Otra cuestión subyacente que debiéramos comenzar a asumir es que no todos somos capaces de todo. En primer lugar porque no tenemos control sobre la vida misma, en segundo lugar porque nunca ha sido así. Yo, por mucha ilusión que me haga, no voy a ser campeón olímpico, ni siquiera buen escritor si me apuráis. Porque no, porque no tengo fuerza de voluntad, porque fumo un paquete diario, porque si quisiera ser escritor debería vivir como tal y no lo hago, y aunque lo hiciera, ¿quién me dice a mi que tengo algo relevante que contar? No se puede. Los hombres no somos iguales.

Ahora bien, todos podemos hacer algo. Algo, no cualquier cosa. Cuando digo podemos hablo del estado ideal donde cada uno tuviera la libertad para proponer ideas y los medios para llevarlas a cabo. Definitivamente el momento es ahora. Lo que seamos capaces de pensar y construir en este breve estado de gracia en el que el mundo se está creando de nuevo será fundamental para determinar la longevidad de éste. Porque claro, creo que sería irreal pensar que vayamos a gestar un mundo infalible, pero al menos vamos a ser los padres, al menos será nuestro y no podremos echarle la culpa a nadie por nada. Y esto debiera ser una consigna ahora más que nunca: habla ahora o calla para siempre.

Ah, pero es que estamos acojonados. Ése es el síntoma devastador de las buenas noticias, porque a tragar no nos gana nadie, penar es fácil y romántico pero, ¿estar contento? ¿Quién coño te ha enseñado a ti a estar contento y a tener posibilidades?

Es cierto entonces que la guerra al terror tenía daños colaterales. Aunque no fuera el terror del que nos hablaban. La guerra al terror donde se combate el miedo con miedo produce monstruos. Claro coño. Es que los que estaban proponiendo el terror y siguen en ello no eran sólo los terroristas, ha habido un verdadero ataque sobre la población que ha sufrido más allá de los atentados un megáfono gritando ¡Pánico, pánico! Torres gemelas, Londres, Madrid, cambio climático, tu marido te va a pegar, el dinero se va a acabar. Una guerra de palabras que ha terminado por arrasar el mundo, una guerra de la que todos hemos sido víctimas y verdugos. Basta ya.

Ya se ha destruido bastante. El que se queje de la política, por favor que se postule como candidato, el que se queje del periodismo que cree un medio de comunicación, al que no le gusten las condiciones de su trabajo que se cambie porque lo que no le gusta es su trabajo en sí mismo, al que sufre malos tratos que los denuncie o que acepte que el amor es incomprensible, el que quiera frenar el calentamiento global que venda el coche, prescinda de cosas y que se organice. Ay, pero el que no haga nada, el que no haga nada que se joda y se calle. Silencio joder, que nadie se queje nunca más si no ha hecho nada para cambiar nada. Empezando por mi.

Se está gestando un segundo origen. Va doler pero vamos a tener que parir el nuevo mundo. Nos ha tocado.

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