Columnas

Las horas perdidas

Segundo origen. Parte I: el fin del mundo.

Edu Mas

La Historia está cuajada de planes de final. Desde que el hombre es hombre justo al lado de la muerte coloca otro ítem interesante: el fin del mundo. Lo que me maravilla es que la forma siempre es común. El fin como un radical acto de violencia, pensemos si queréis en el Ragnarok nórdico (no se puede ser más bestia) o en el Día del Juicio Final cristiano (no puede ser más espeluznante).

Es decir, concebimos el fin del tiempo como una erradicación total de todo lo que conocemos. Una erradicación física. Joder, qué estúpidos somos. El fin del mundo ya ha sido, no una sino varias veces. Cada vez que nuestro sistema de vida, todas aquellas ideas y estructuras de pensamiento que permiten construir una idea de futuro, muere, es el fin del mundo. No hay más. Se ha terminado: hay que construir uno nuevo o morir, esta vez sí, de forma física.

Hacía ya mucho tiempo que no era el fin del mundo. Hasta ahora. Esta crísis no es un problema de oro, es una pandemia ideológica que ha neutralizado todos los sistemas vitales de lo que, hasta ahora, nos permitía describir arcos de futuro. Y no volvamos a equivocarnos, no se trata de un momento concreto: el día del fin del mundo. No, no y no. El estado de las cosas siempre se construye o corrompe de forma paulatina. Esta crísis, es sólo una explosión más de una serie de muchas que derrumban de forma sistémica el mundo en el que vivimos. El mundo, no la tierra que pisamos.

No soy historiador así que no sabría datar exactamente el nacimiento de este fractal. Además no me interesa.

En la era del video, el mundo es una fotografía. Todos los sectores, personas, instituciones y países están congelados, sonriendo. Pétreos en el lugar donde se supone que deben estar: hay gente trabajando en cadenas de montaje de coches, jueces juzgando, políticos saludando, familias cenando juntas, artistas buscando el grial y reponedores de supermercado reponiendo. Nadie piensa demasiado en qué o cómo, sólo quieren que este ruido pase. Porque es molesto, cansa y no les deja concentrarse.

El síntoma definitivo es este paroxismo.

Claro que, pensemoslo así, es mucho más sencillo para mi o para ti estar así, ir haciendo y que ojalá que pase. Es muy fácil: si a alguien le pones un martillo en las manos, construye; si le pones un Kalashnikov dispara y si le pones un bolígrafo escribe. Pero la pregunta que nadie se está haciendo, la que de verdad desencadena este pánico (ya hablaremos en capítulos posteriores de esto) es: ¿qué pasa cuando lo que te ponen en tus manos es nada?

Estamos viviendo el momento más importante de nuestras vidas y uno de los momentos históricos más apasionantes de los útimos cien años.

Los coches no existen más, la política no existe más, la economía no existe más. Hola, tu trabajo, el que llevas haciendo desde hace veinte años, se ha extinguido. Tu casa está hecha de ladrillos y cemento, no de billetes de quinientos. El papel ya no existe más. Tu revista preferida morirá o ha muerto. Tú vas a vivir ciento veinte años. El blanco perfecto no existe, porque nunca ha existido, así que te da igual comprar un detergente que otro.

Nunca jamás hemos tenido tanto poder, tanto potencial y tanta capacidad de intervenir en el devenir del mundo como ahora. Nunca.

Ha llegado nuestro momento. El relevo generacional forzado porque, sencillamente, la estructura neuronal de mi padre ya no está preparada para un reseteado de tal calibre. Y yo que tengo veintiocho años, casi no llego a tiempo. Deberíamos estar completamente llenos de electricidad, porque ahora es el momento de las ideas. Si estamos acojonados es por esta sensación de irrealidad que provoca el hecho de que, de todo lo que te cagabas cuando eras un adolescente (cosa que te hacía parecer adolescente) resulta que es verdad. Una verdad radical e incómoda, infinítamente más incómoda que cualquier especulación alarmista, ya me entendéis.

A veces, este ruido del que os hablaba antes, este que molesta y no nos deja concentrarnos, me parece el ruido de una goma elástica estirándose, tensando toda su estructura como si se estuviera preparando un lanzamiento gigantesco. Podemos hacerlo, podemos porque el mundo se ha terminado, ¿no es el pretendido mesías Obama el paradigma de lo que estoy diciendo? No hay forma si no de que un discurso así petrifique y conmueva de tal forma al pueblo más armado, más frívolo y más hijodelagranputa de esta tierra. No importa que no sea verdadero, no importa nada. Se ha sublimado de negro a estandarte en un año. Este hecho es tan radical, tan de a tomar por culo todo, tan atómico que no se puede rebatir. Los argumentos son de otro planeta: se está generando un mundo nuevo mientras el viejo se destruye. Claro que sí, como siempre ha funcionado, como es natural.

Mientras las grandes corporaciones no pueden encontrarse el culo con las dos manos, cientos de pequeñas entidades conectadas de forma neuronal dan un servicio demoledor, hablan un lenguaje diferente, nadie lo entiende. Es el idioma del segundo origen. Las primeras reacciones de una acción de devastación absoluta. Se ha terminado lo que había, no existe más.

Por supuesto, el mundo se ha terminado porque así lo hemos querido. Lo cual debería llenarnos de valor y no de miedo. No compramos más discos, ni más coches, ni más comida dudosa, ni más películas, ni más revistas o periódicos, ni más televisión, ni más casas, ni más milagros, ni más nada. No compramos y punto. Comprar en todo el siginificado de la palabra. El fin del mundo está provocado por un gran, unísono y solar: No, gracias. Hemos sido educados para avanzar, para desarrollarnos rápidamente sin tener en cuenta que tenemos cinco veces más tiempo para pensar en ello, para reinventarnos, para interesarnos. No, gracias.

El dinero se ha terminado para nosotros. No compramos más. Queremos hacer lo que nos interesa, nos emociona y nos conecta con la vida. No queremos ganar más dinero. No queremos crecer económicamente un 30% anual. No lo necesitamos, gracias.

La guerra ha terminado y no existía ningún bando, ningún representante del sistema. No había nadie acariciando un gato en un sillón viendo el devenir de ningún plan. No había plan. Sólo partículas infinitesimales yendo a trabajar cada día, generando cosas, gastando cosas, matando gente, pariendo, dando las gracias, construyendo, produciendo, viviendo una vida heredada de tan lejos que la ruta, si la había, estaba tan difuminada que sólo quedaba la idea de la misma.

Deberíamos estar eufóricos, pero no lo estamos.

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