Columnas

Las horas perdidas

Edu Mas

Lo feo que nunca se rinde

Tengo una humedad en la pared justo detrás del cabezal de mi cama, ese agua atrapada milésimamente ha jodido la pintura y ahora se está despegando. No sé qué la provoca pero mis sospechas tienden hacia un bajante común del edificio. Es sólo una hipótesis claro, qué coño sé yo de humedades. Pero lo que sí sé es que el agua se seca y, por esa razón, de alguna forma he llegado a tener la secreta esperanza de que la mancha ceda, se seque y, milagrosamente, quede la pared anterior. Creo que he fraguado esta historia para aliviar la angustia que me provoca el hecho de que esa humedad desaparece durante todo el día de mi cabeza hasta que me voy a dormir y regresa como una maldición, como el gato negro si me entendéis.

Hace un mes me hice con el Fallout III, un juego que venía recomendadísimo por varias publicaciones y algún que otro blog que uso para tratar de escoger bien los juegos que me compro. Creo que debí ser la tercera persona en adquirirlo en Barcelona, no sé por qué pero me planté el mismo día de su lanzamiento en mi tienda habitual y, antes de ir a trabajar, me lo compré para fijarme algo agradable que hacer al final del día. Cuando introduje el juego en la PS3 estaba en mi casa con un amigo al que, por extraño que parezca, le gusta ver cómo juego a videojuegos, de hecho pasa horas conmigo fumando, callado la mayoría del tiempo, soltando algún comentario muy de vez en cuando casi siempre sobre por qué hago ciertas cosas. Bien, me siento a su lado, enciendo un cigarro y me pongo a jugar durante una hora aproximadamente. Mi amigo me dice con una solemnidad exagerada: este juego es un palo.

Es divertido pensar en cómo dejé mi último trabajo. Digo que es divertido porque, si lo pienso, me dejó él antes a mi que yo a él. Si me fui es porque ese trabajo ya no me quería, después de haber pasado yo tanto tiempo sin ni siquiera interesarme por él. Realmente me tenía atrapado, como una de esas relaciones envenenadas de las que no quieres saber nada, pero que no puedes evitar. Y no puedes evitarlo porque te da sus momentos, porque piensas que lo que se conoce se puede querer, que por malo que sea, si se conoce se puede querer. Y así vas dándole margen a algo que no te satisface, pero que está calentito, que no cuesta mucho esfuerzo, salvo la propia autoestima y, sobre todo perdura porque piensas que, al fin y al cabo, no deberías quejarte tanto y punto.

Sólo llevaba una hora de juego y mi amigo había abierto la boca para decir que Fallout III era un palo. Bueno- pensé – seguro que más adelante mejora. Lo pensé porque Fallout III es uno de estos juegos “morales” que están saliendo ahora, como Fable 2 u otros, incluído Spore. Este tipo de juego avanza según tus acciones. De alguna forma tiene en cuenta tus decisiones y éstas van modificando la trama, tus capacidades o incluso tu personaje. Es interesante porque si no prestas atención y realmente juegas de forma “natural” es sorprendente cómo te evalúa la IA de la puta máquina. Esto, que así relatado suena tan bien, quería comprobarlo por mí mismo, así que le di unas horas más al juego. Cuatro más para ser exactos. No terminaba de arrancar, pero tiene una estimación de sesenta horas, así que pensé “eh, lo bueno está al caer”.

Cada noche, cuando me meto en la cama escucho el maullido de la mancha, amenazadora sobre mi cabeza, impasible. Realmente es un asco, es algo que no queda bien, que hace pobre, pero hay días que me quedo mirándola bocabajo en la cama, con la cabeza sobre mis brazos mirando fijamente la pared desconchada y pensando en cuánto tiempo van a tardar en abrir un agujero para determinar de dónde sale y que se me va a llenar la habitación de yeso y olor avinagrado de paleta y que menudo coñazo, sinceramente. En esos momentos, creo que inconscientemente, ya no estoy esperando un milagro en forma de aspiración de humedad, no. En esos momentos creo que estoy pidiéndole por favor, rogándole a esa mancha que no exista, que se vaya sin más. Joder, ¡estoy rogándole que se retire! En serio, no he visto nada más tozudo, cabrón e impasible que una humedad. Nunca intentéis que colabore, es inútil.

Al día siguiente fueron diez horas para Fallout III, en serio. Me pegué una maratón repitiéndome a mi mismo: “este juego es una mierda, ¿no?” Y al día siguiente tres más, y al cabo de dos, fueron cinco horas. Nada. Por mucha fe que pusiera en un arma nueva, una habilidad nueva, un territorio nuevo, el juego era sencilla y llanamente una soberana pérdida de tiempo que desafiaba mi criterio y mi paciencia pero, sin saber cómo, el cabrón del juego me había jugado durante casi treinta horas el día que fui a por otro nuevo.

El punto al que quiero llegar es que la vida, lo que nos pasa, esto que hacemos o la expresión que más os guste, básicamente se basa en una serie de cuestiones tangenciales a una dirección a la que queremos llegar. Estas molestas cositas que tenemos que hacer, que hacemos sin pensar o que de alguna forma nos vemos obligados a hacer impiden, de hecho, la consecución de nuestra meta. Nos queman, nos devastan la energía. Y aún así no podemos dejar de hacerlas. Hay algo misteriosamente atrayente en las molestias controlables. Como si fuera el pellizco para sentirnos despiertos. Es una pura cuestión irracional, algo que si nos lo regalan no lo queremos pero que una vez adquirido forma parte de nuestro paisaje, de nuestra casa, de nuestra personalidad y que no queremos abandonar de forma gratuita. Tiene algo que ver con una tendencia zombie, seguro que si pudiéramos ser zombis un par de horas tendríamos la misma sensación, la misma secuencia de pensamiento. Esto es:“Quiero comer cerebro/ qué asco/ quiero comer cerebro/ no quiero matar a nadie / quiero comer cerebro/ dios, mis pantalones están andrajosos/ quiero comer cerebro/ joder, estoy descalzo y no quiero ir de ningún modo hacia esta dirección/ quiero comer cerebro/ ¿es mi pito esto que está en mi bolsillo? …”

Creo que sabéis cómo termina la historia: acabas comiendo cerebro. Lo sabéis porque creo que todos tenéis una tarea pendiente, una molestia concreta, una obsesión idiota. Algo pequeño, molesto, cabrón, feo. Algo feo que a fuerza de no rendirse nunca, a fuerza de seguir siendo desagradable e incordiante sin importar cuánto deseemos que no sea así termina por ser el referente de lo tangible, el gancho que nos conecta con la vida, que nos recuerda que esto que vivimos es real, grande, peludo y ha venido a jodernos bien y muy fuerte. Por eso lo necesitamos: para fijar nuestra sonrisa justo en el lado contrario, donde sabemos que habita la luz.

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