Columnas

El hombre que puso la literatura patas arriba vuelve al combate

El autor de "Nocilla Dream" publica este mes "Limbo" (Alfaguara). Repasamos algunas ideas clave para entender su figura hoy.

En 2006 Agustín Fernández Mallo representaba una manera completamente alienígena de hacer las cosas; ocho años más tarde, su reinado como contraejemplo en el mundo literario local sigue en pie. Sin lugar a dudas, su nombre se ha convertido en una figura capital para entender la cultura española de nuestro tiempo.

1. Hacer chistes a costa de Agustín Fernández Mallo es como reírse de Miley Cyrus o del inglés de Botella (como si España fuese buen ejemplo de bilingüismo): nace de la inclinación a pensar que el éxito nunca jamás es repartido con justicia, y que los tontos, como diría el anuncio de Media Markt, siempre son los demás. Algo así enuncia Robert Trivers en su ensayo sobre el autoengaño. Ante nosotros siempre hay una catarata que nos hace considerar como farsantes a aquellos nombres que atraen la atención global, y atravesar esa catarata exige un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a efectuar.

2. En cierta forma, Mallo es el nombre que más fuerza y peso tuvo en la literatura española de la década anterior. Y eso a pesar de que su influencia haya sido servir de contramodelo. Él nunca tuvo madera de enfant terrible (más bien al revés: ni el sexo, ni la violencia, ni las opiniones políticas a contracorriente —ni siquiera las opiniones proselitistas— protagonizan sus escritos), y aun así su nombre ha pasado a ser una suerte de tabú. Desde que su fama llegó, daba la sensación de que nadie quería tener mucho que ver con su figura. De pronto se convirtió en el alumno aventajado al cual sus rivales, recalcitrantemente celosos, aislaban de la pista. A fin de cuentas, ningún otro autor ha servido para nombrar la sensibilidad de su tiempo. Igualmente, si su nombre no hubiese sido tan amenazador no habría recibido tantas réplicas. Salta a la vista.

3. A Mallo, paradójicamente, la fama le vino de manera involuntaria. Su firma empezó a sonar en 2007, a partir de una reportaje publicado en El Cultural que dio nombre a la “Generación Nocilla”. Entonces Mallo había publicado un libro sin muchas pretensiones más que su propio divertimento, "Nocilla Dream", en cuya fórmula insistiría más adelante. También reeditó algunos poemarios y publicó un ensayo desatinado que le hizo más perjuicio que otra cosa (Mallo brilla en la lírica y en la prosa poética; no tanto en el pensamiento abstracto ni en la divulgación). Lo cierto es que si echamos la vista atrás uno tiene la sensación de que Mallo se plantó azarosamente en el centro del tablero, que a ambos lados de él brotó un cenáculo que se arrojaba los cubiertos y vajillas a la cara, que en el fondo nadie estaba prestando mucha atención a lo que Mallo hacía o decía, y que el físico siguió haciendo lo que le vino en gana. Hacía bien. Ocho años después de "Nocilla Dream", Agustín Fernández Mallo parece una alucinación colectiva.

4. La mayor parte de firmas obsesionadas con la posteridad escribe para ser entendido en el futuro; los nombres que más importan, en cambio, son los que sintonizan con su tiempo. Mallo eligió esto último. Hoy basta echar una ojeada a la manera en que los escritores españoles se relacionan con el presente, antes y después de Mallo, para hacerse una idea de su (contra)influencia. El caso más llamativo está en varios de los escritores nacidos en los ochenta, de los cuales recientemente se recogieron un par de antologías, “Última Temporada” y “Bajo Treinta”. Jenn Díaz, por ejemplo, cumplirá 26 años en 2014, aunque su ficción suena como la de una sexagenaria en silla de ruedas. No hay nada punible en ello, claro, pero sin duda se trata de una decisión estética intencionada y compartida: el narrador de Iago Fernández (1990), probablemente el más prometedor de todos los novelistas jóvenes locales, también suena como si se hubiera olvidado de salir de una bañera con agua caliente. Si no fuese porque el adjetivo evoca a la Conferencia Episcopal, casi podría decirse que se trata de un comportamiento innatural. Tan innatural como Pérez Reverte escribiendo novelas de grafiteros.

"Frente a las posiciones de izquierdas que suelen gobernar las humanidades, Mallo hizo de su literatura un canto al mundo globalizado"

5. En la literatura sucedió igual que en el resto de la sociedad: el estallido del crash destapó la caja de los truenos e hizo que todo el mundo quisiera meterse a comentarista político. Antes de que ese muro de contención se rompiese, sin embargo, puede que Mallo reflejase mejor que nadie el espíritu de los tiempos. Su obra más conocida es anterior a 2008, y como tal refleja un entusiasmo por la alucinación del bienestar y el progreso. Frente a las posiciones de izquierdas que suelen gobernar las humanidades, Mallo hizo de su literatura un canto al mundo globalizado. Visto hoy era un error, por supuesto, pero entonces todos nos encaminábamos al Error, en mayúsculas. Además, Mallo es un escritor de ficción, alguien cuyo tema es el vicio en la condición humana, y no un asesor político, como se empeñan otros. Su literatura siempre ha estado asociada al consumo, la tecnología y aquel optimismo de empuje neoliberal que hoy todo el mundo finge no haber visto, pero que en realidad era el sentimiento que cohesionaba aquellos años no tan maravillosos. A continuación el Titanic se hundió y los escritores huyeron despavoridos de su época: había que corregirla, o por lo menos demostrar vergüenza ante la misma. Los que no se dedicaron al panfleto, borraron con lejía cualquier rastro de modernidad que hubiera en su prosa. Era una forma de darle la espalda a los tiempos. Afortunadamente las novelas de Mallo siempre estarán ahí para recordarnos años más boyantes, y todo lo contrario.

6. Lo decíamos al principio. Con la posición que Mallo ocupa en la literatura actual ocurre lo mismo que nuestra reacción a la hora de evaluar algunas modas o espectáculos, en apariencia banales y demasiado poco sofisticados para requerir nuestra atención: un puritanismo perezoso nos invade, y además las lentes que usamos para mirar no están bien regladas. Así como ciertas modas o subculturas trajeron libertades (del punk al techno pasando por la Movida), y el twerking es capaz de poner en jaque los corsés morales de Estados Unidos, Mallo amplió las fronteras de lo posible en literatura. Hugh Hefner, por ejemplo, encarna las peores pesadillas de una América dominada por la testosterona, pero también liberó a una cultura aburrida y gris. Mayo del 68 visibilizó otra batalla contra las ataduras morales de la época, pero hoy políticos como Nicolas Sarkozy se sienten capaz de reinterpretar aquella revolución como punto de partida de la inmoralidad que nos guió a 2008. En todos estos casos (subculturas, twerking, Hefner, Mallo y Mayo), sería injusto limitar al producto como “Banalización-De-La-Cultura-Típicamente-Capitalista”. Lo importante siempre está detrás de la catarata.

"El riesgo ahora es que la ficción literaria se estrangule a sí misma, convirtiéndose en un pequeño gueto sin ninguna influencia real en el mundo"

7. Quien hoy desee confeccionar las leyendas últimas de una nación hará bien en dedicarse al periodismo; escribir poemas épicos con que narrar la Transición o el 15-M, a la manera de un Virgilio o de un Homero, no parece la decisión más práctica, y eso a pesar de que el poema épico alguna vez tuvo un sentido similar al que hoy tiene el periodismo. Este razonamiento desemboca en algunas de las preguntas que más atormentan hoy a los analistas de la cultura: ¿Nos entontece Internet? ¿Por qué la gente no lee ficción literaria, ni compra poemas épicos, ni asiste al teatro (y eso a pesar de que nunca hayamos leído tanto como ahora, aunque el objeto leído sean tuits, páginas web o estados de Facebook)? Es un lugar común aludir a la imprenta o al cine como tecnologías que transformarían para siempre los géneros literarios: la novela desplazaría al poema como forma narrativa ideal, el periodismo casi siempre se ocuparía mejor que los dos anteriores a la hora de entender el presente, y las cámaras influirían de manera inconfundible en el giro experimental de la novela en el siglo XX. Está claro que novelas como las de antes seguirán leyéndose, a pesar de que el tiempo que este tipo de lecturas requiere no abunda, y de que el marketing editorial tendrá que hacer muchos esfuerzos para que eso siga sucediendo. El riesgo ahora es que la ficción literaria se estrangule a sí misma, convirtiéndose en un pequeño gueto sin ninguna influencia real en el mundo. Preguntarse para qué puede servir hoy una novela es un ejercicio saludable, y la actitud que definió la entrada de Mallo en el panorama literario español se hacía eco de la pregunta. Ya sea como ejemplo a seguir o como todo lo contrario, Limbo plantea una gran ocasión para interrogarse por qué el nombre de Mallo ha impresionado tanto, y el conjunto de su obra merece una (re)lectura tan justa como atenta, ahora que los fuegos que produjo ya han sido apagados.

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