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6 historias políticas para fanáticos del deporte (o viceversa)

¿Eres de los que se ha propuesto empezar el año con una visita a Decathlon y la promesa de hacer deporte? Ojo, esto te interesa.

Suele pensarse que el deporte es una alcantarilla ideológica donde fermenta una pútrida combinación de alienación, machismo y violencia. César Rendueles lleva haciendo deporte desde siempre, y admite que algo de verdad hay en esa idea. “Pero lo que ocurre —matiza— también es que llamamos deporte a cosas que en realidad no se parecen en nada”.

1. Llevo haciendo deporte desde siempre. Un poco de todo y todo mal. No recuerdo ninguna actividad física en la que haya destacado nunca. Debía tener unos cuatro años la primera vez que me federé. Fue en gimnasia deportiva. Era tan pequeño que no me sabía mi propia dirección y al hacerme la ficha tuvieron que llamar a mi madre y preguntársela. Duré poco porque los entrenamientos eran disparatados. La niñas lo tenían aún peor. A sus entrenadoras les iba el rollo cuartelero y repartían bofetones con generosidad. Entonces empecé a nadar. No pegaban pero había un entrenador que se metía en la piscina con un megáfono para gritarnos. Cuando escucho a Napalm Death me viene a la cabeza el olor del cloro.

2. El deporte más violento que he practicado de niño es el balonmano. Hablo de los entrenadores, claro. Entre los jugadores el trato era exquisito. Recuerdo un partido en el que, como siempre, estaba sentado en el banquillo. Íbamos perdiendo pero a nadie parecía importarle mucho. El entrenador nos gritó: “¡Vosotros, levantaos!”. Eso era que estaba cabreado. Cuando estaba de buenas nos hablaba en femenino y nos llamaba “niñas” (supongo que por eso soy incapaz de sentirme cómodo con lo del lenguaje inclusivo). A continuación, mandó el banquillo al medio de la cancha de una patada. “Recogedlo”, nos dijo. En otro partido nos dirigía un ayudante. Cuando llegó el entrenador principal, echó una ojeada a la cancha y le dijo señalando a los dos pívots: “Saca a uno de esos subnormales, me da igual cuál”. Según se acercaba a la banda le soltó una hostia con la mano abierta. A los quince o dieciséis los jugadores empezaban a devolverlas. Las hostias, digo. Asistí a un par de peleas serias entre jugadores y entrenadores.

3. Un día subía por una carretera comarcal con un desnivel infernal. Llovía y hacía mucho frío. Llevaba el coche en segunda pero casi se calaba en las curvas. En una de ellas adelanté a un ciclista a punto de reventar del esfuerzo. La amiga con la que iba dijo: “Si es capaz de hacerse eso a sí mismo, imagínate lo que puede llegar a hacerle a los demás”. Esa ha sido la opinión unánime de la izquierda política acerca de la práctica deportiva: los aficionados al deporte somos unos tarados que nos merecemos lo que el capitalismo nos tiene reservado; los cuerpos fibrosos son una alcantarilla ideológica donde fermenta un pútrida combinación de alienación, machismo y violencia… No digo que no haya algo de verdad en ello. Pero lo que ocurre también es que llamamos deporte a cosas que en realidad no se parecen en nada. Igual que con el doping. No tiene mucho sentido usar el mismo término para hablar de los ciclistas que se chutan EPO y de Javier Sotomayor, que ganó una competición internacional de salto de altura después de meterse coca para irse de farra.

4. De algo de eso habla Simón Elías en "Apinismo Bisexual" (Pepitas de Calabaza, 2013). Es un libro sobre la montaña y el alpinismo en el que no hay primeras ascensiones heroicas ni detalles técnicos. Trata sobre el bajón de volver a la ciudad después de un viaje, de cumbres nunca alcanzadas, de furgonetas destartaladas y resacas épicas... En el mejor texto del libro, Elías fantasea con la posibilidad de que las cordadas de alpinistas sigan el ejemplo de los griegos de Homero, cuyos soldados de élite eran parejas homosexuales. Al leerlo me he acordado de Erri de Luca, el novelista que durante muchos años fue responsable del servicio de orden de Lotta Continua, un partido italiano de extrema izquierda. Cuando tenía treinta y cinco años, se disolvió la organización y Erri de Luca empezó a escribir y a escalar. Poco después publicaba unas novelas buenísimas y encadenaba vías de alta dificultad. En 2002 visitó el Himalaya para conocer a Nives Meroi, una montañera que ha ascendido once ochomiles en estilo alpino (o sea, sin oxígeno ni porteadores). Meroi le contó que empezó en el alpinismo extremo porque le daba miedo lo que le pudiera pasar a su marido y quería acompañarlo en sus expediciones.

"Si los festivales fueran obligatorios, los llamaríamos campos de concentración"

5. El deporte nos cambia de un modo que ya casi nada lo hace. Un día un oficinista sedentario se sorprende a sí mismo calzándose unas zapatillas a las siete de la mañana para sentirse morir durante media hora corriendo por un parque. ¿Cómo llegamos a hacer algo así? Pasa algo parecido con la música. Me alucina la cantidad de tiempo y esfuerzo que dedicamos a grupos o conciertos que, a poco que lo pensemos, tampoco son para tanto. Si los festivales fueran obligatorios, los llamaríamos campos de concentración. Muchísima gente está dispuesta a colaborar para crear y difundir la música que le importa. En Wikipedia las entradas rigurosas y documentadas sobre música popular anglosajona son más abundantes que sobre cualquier otro tema. Es algo que no nos ocurre en casi ningún otro ámbito de nuestra vida. Además, ese compromiso mantiene una relación muy complicada con la comercialización extrema, que es la otra cara de la música popular. Constantemente aparecen escenas nuevas que son fagocitadas por el mercado, de modo que se vuelven a buscar escenas nuevas… Vivimos una constante huida hacia delante. Y hacia atrás. Ese es, seguramente, el secreto de la retromanía.

6. Lo dicho: con el deporte ocurre igual. Es muy fácil perderse en el supermercado. Un día dejas de ser alguien que sale a correr y te conviertes en un runner vestido como un gilipollas y sobreequipado con unas zapatillas carísimas y ridículas. Aunque también es verdad que hace unos años vi a un tipo mayor corriendo por el Retiro descalzo. Pensé que era un loco como aquel que me encontré una vez en el metro, que iba vestido con chaqueta, camisa y corbata pero desnudo de cintura para abajo. Luego resultó que no: hay straight edges del atletismo que se mean en Nike y corren descalzos. De hecho, alguna gente se toma un poco a la tremenda lo de evitar la comercialización. Como Javi Povés, un jugador del Sporting de Gijón que en 2011 dejó el equipo porque, según sus propias palabras, “el fútbol profesional es sólo dinero y corrupción. Es capitalismo, y el capitalismo es muerte”. Otros le echan imaginación. Caminando por la Sierra de Guadarrama me tropecé con un par de barbudos con casco y protecciones que llevaban lo que al principio me pareció una bici de descenso partida en dos. Cuando me acerqué me di cuenta de que eran dos monociclos reforzados con ruedas de montaña. Incluso en el surf, el segundo deporte más pijo después del polo, hay gente que trata de salir del basurero comercial y coge olas a nado, sin ninguna clase de tabla. Imagino que eso no cuenta, pero una vez vi a unos tíos de un equipo de piragüismo tirarse desde un trampolín de tres metros metidos en sus kayaks. Y luego ya está el nivel Göran Kropp, un sueco que en 1996 viajo en bici de Estocolmo al campo base del Everest arrastrando más de cien kilos de material de montaña y logró hacer cumbre en solitario sin ninguna clase de ayuda . Más alto, más fuerte, más pirado. Era así, ¿no?

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