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Por qué nos hicimos fans: así se construyó el mito de Depeche Mode

En la semana en que sale a la venta “Delta Machine”, regresamos a los orígenes de la banda de Basildon para comprender cómo se forjó una leyenda del pop electrónico

¿Cómo se formó la leyenda de Depeche Mode? Coincidiendo con el lanzamiento de “Delta Machine”, nos retrotraemos a los comienzos de la banda para trazar una línea de evolución única que lleva hasta la cumbre de “Violator”.

Hasta 1980, en la geografía del pop jamás había existido Basildon, y es poco probable que en un futuro próximo, o incluso lejano, la ciudad vuelva a dar un grupo, o un artista individual, de una cierta importancia. Los centros de poder en Gran Bretaña seguirán siendo Manchester, Londres, Liverpool, Glasgow o incluso Sheffield: no hay apenas mucho más espacio para que pueda respirar con tranquilidad un enclave industrial en la región de Essex, donde las cosas que ocurren no son más que una breve interrupción en la infinita línea temporal del aburrimiento. Este hecho insólito –la existencia de una pequeña ciudad sin tradición musical que, de repente, queda inmortalizada por el advenimiento de un suceso impredecible como Depeche Mode–, debería servir para medir con alguna precisión la importancia de un grupo que, más de 30 años después de su nacimiento, conserva un halo de santidad y diferencia que, pese al desgaste del tiempo y un evidente descenso en la calidad de sus últimos discos en comparación con los primeros, no parece que se vaya a apagar.

Basildon no es un lugar con tradición musical, y eso explica en buena medida por qué Depeche Mode empezaron a construir un discurso tan propio, casi desde un principio. Quizá no tanto en sus primeros dos discos, que estaban sujetos –de una manera muy particular, eso sí– a la lógica del synth-pop británico nacido al calor del post-punk, pero sí a partir de sus visitas a Berlín, el endurecimiento de su sonido y la edición de “Construction Time Again” (1983). Repasando, recordamos que en “Speak & Spell” (1981) y “A Broken Frame” (1982) Depeche Mode presentaban rasgos intercambiables con las bandas de pop con sintetizadores que por entonces dominaban el hit parade británico, la que más The Human League, pero también ABC, Visage y lo que quedaba de Ultravox. Pero había aspectos particulares muy interesantes: la manera de vestir, prácticamente desconectada de cualquier moda dominante, muy casual, como de chicos de pueblo que sólo han recibido ecos de la gran metrópoli –recuérdese, aunque sea una anécdota sobradamente conocida, que el nombre del grupo viene de una revista francesa de trapitos que se podría traducir como ‘moda rápida’–, y que combinaban sin orden ni concierto atributos rocker y punk (los pantalones estrechos, las chaquetas de cuero, los tupés) con algo de la extravagancia post-glam de los nuevos románticos –esos trajes de sastre, tan ingleses, tan de Ultravox–.

Cuando editaron sus primeros singles, Depeche Mode tuvieron que sufrir un cierto desprecio por parte de un sector de los críticos, que apoyados en el prejuicio que despertaban sus melodías sencillas, pegadizas y poco adornadas, los veían como una banda para fans adolescentes, en un cuarteto prefabricado para post-púberes estúpidos. Canciones como “Puppets” y “Boys Say Go!” no es que ayudaran demasiado a canalizar un estado de opinión diferente, pero evidentemente Depeche Mode escondían mucho más que una manera juvenil y desafectada de hacer pop.

Basildon, como decíamos al principio, es una ciudad aburrida, de creación reciente, de perfil recto y severo gracias a sus edificios de arquitectura moderna. Es una ciudad sin historia que, sin embargo, en los años 70 podía dar a un adolescente algunos alicientes para ponerse a crear: aburrimiento –un aburrimiento casi sagrado, a menos que te refugies en el bar a beber cerveza y jugar a los dardos– y una sensación de vida en un entorno alienígena. Lejos de Londres, lejos de la pomada, Depeche Mode recibieron las turbulencias del punk y el post-punk desde la lejanía, y aún como un hecho más extravagante el eco distante que llegaba, desde el continente, de las canciones de Kraftwerk. En 1978, en plena fiebre do it yourself, cuando las bandas no necesitaban más que ganas y unos pocos ahorros para hacer música y distribuirla, hacer una canción pasaba siempre por la opción más barata. Depeche Mode descartaron las guitarras (exploradas sin buenos resultados entre 1978 y 1980 en aventuras musicales particulares), optaron por los sintetizadores que por aquel tiempo eran cada vez más pequeños, más manejables, más intuitivos y baratos, y comenzaron a hacer canciones. Eran cuatro: Vince Clarke componía, Dave Gahan cantaba, y Martin L. Gore y Andrew Fletcher añadían teclados adicionales –en el origen, Vince empezó a hacer canciones con Andy; al poco tiempo llegó Martin y formaron un trío, Composition of Sound, en el que estaba todavía libre el papel de vocalista; con Gahan, que por entonces cantaba por los pubs, se completó la primera formación–. Eran cuatro, sí, como Kraftwerk, y enamorados de la tecnología, el futuro, de esa esperanza con la que sólo se puede combatir el vacío existencial de vivir en un lugar sin salida.

Fichados por Daniel Miller tras escuchar “Photographic” –primero editada en un recopilatorio del sello Some Bizzare– pasaron a engrosar el pujante sello Mute, estandarte del post-punk de credo futurista, donde sólo cabían artistas entregados a la ley de la máquina. “Photographic” era una manera de entrar muy adecuada en un sello que ya contaba con héroes de lo oscuro como Fad Gadget, Robert Rental & Thomas Leer y D.A.F. en su catálogo: los sintetizadores eran poderosos, la manera de cantar de Gahan fría y a la vez andrógina, con un tempo alto, por entonces más en sintonía con la nueva ola alemana que con el synth-pop inglés. El tiempo ha relegado a “Photographic” a un lugar casi testimonial en su carrera, un comienzo eclipsado por las canciones que completaron “Speak & Spell” – “Just Can't Get Enough”, por supuesto, pero también “New Life” y “Dreaming of Me”, los dos siguientes singles–, pero era para los recién formados Depeche Mode una manera de presentarse en una escena en ebullición como la del pop sintético con una credencial valiosa que, para nada, justificaba algunos ataques de los comienzos hacia su música. Algunos insultos ciertamente resultaban ingeniosos –música que sonaba como el tecleo de una máquina de escribir, por ejemplo; o la de Rolling Stone, que les tildaba de menudencia sin valor para todos los públicos–, pero los cimientos ya estaban cavados y todo quedaba presto y dispuesto para edificar.

La salida de Vince Clarke del grupo pareció herir de muerte a Depeche Mode. Fue en 1981, en plena gira de presentación de “Speak & Spell”: él había escrito las canciones, pero había decidido dejar de defenderlas. Su prioridad era componer y grabar, no tocar ni dar entrevistas en las que se le preguntaba por banalidades como sus gustos en ropa y el color de sus zapatos, y rápidamente pudo cumplir su deseo aliándose con la vocalista Alison Moyet y formando Yazoo, dúo que daría pie a algunos de los temas más bellos de la historia del synth-pop ( “Only You”, de hecho, estaba originalmente compuesta para Depeche Mode). Aquella huida fue desconcertante. Depeche Mode se había convertido en un trípode sin líder y había dos opciones: seguir o acabar. En realidad, la segunda opción era imposible de contemplar: Depeche Mode habían empezado a amasar fans, las ventas iban bien en Inglaterra, se esperaba más. La solución, en cambio, fue improvisada: Martin Gore tuvo que hacerse cargo de las canciones –había escrito una de las de “Speak & Spell”, la insatisfactoria “Tora! Tora! Tora!”, que tomaba el título de una mítica película bélica ambientada en la Segunda Guerra Mundial– y entró un nuevo teclista, Alan Wilder, en sustitución de Vince Clarke.

Paradojas del destino, estas dos modificaciones fueron las que ajustaron las piezas para que el engranaje de los Depeche Mode que conquistaron el mundo en los años 80 comenzara a funcionar con un perfecto engrasado, Gore ideando las canciones y Wilder retocándolas hasta elevarlas a un grado insólito de complejidad y crudeza. “A Broken Frame” (1982) sonaba como un eficiente disco de transición: compuesto en su totalidad por Gore, mantenía el sello del pop de estructura sencilla, pero el tono empezaba a ser más sombrío incluso en sus canciones más olvidables, como “Monument”. Entre muchos fans ha quedado como el disco menos logrado de la primera etapa de Depeche Mode (lo mismo opina Gore, quizá con un exceso de autocrítica), pero eso, con el paso del tiempo, suena a razonamiento injusto a la sombra de los grandes álbumes: cuantitativa y cualitativamente, “A Broken Frame” tiene mejores canciones que “Speak & Spell” si sumamos “See You”, “Nothing To Fear”, “The Meaning Of Love”, “Leave In Silence” y otros hits dormidos. Pero nada anticipaba lo que iba a pasar.

En 1983 comienzan los ‘verdaderos’ Depeche Mode, siempre y cuando consideremos su esencia distintiva la búsqueda de un sonido casi rígido, la escritura de letras existencialistas cargadas de frases memorables y atenazadoras, y esa pasión por la experimentación con el sonido. “Construction Time Again” (1983) fue el primer disco en el que Alan Wilder participó activamente en la grabación (hasta entonces había sido un parche para cubrir a Clarke en las giras), y sus ideas fueron decisivas: introdujo nuevos sintetizadores con una paleta de texturas más robusta, entendió que la música electrónica implicaba la búsqueda activa de nuevos sonidos sin descanso, añadió el sampler al arsenal de máquinas de la banda y adquirió el rol de guardaespaldas de Martin Gore en el sentido de que Gore componía y Wilder destripaba las canciones hasta el fondo para dotarlas de unas vestimentas sonoras adecuadas a su idea. Aquí fue cuando comenzó, por tanto, la reconversión industrial de Depeche Mode: el álbum se grabó en Berlín, otra ciudad de arquitectura recta, gris y grandiosa que influyó decisivamente en la ambición de crear un pop igualmente hierático, decadentista y desesperado. En un símil con Kraftwerk, “Construction Time Again” es para Depeche Mode lo que “Autobahn” (1974) fue para el cuarteto de Düsseldorf: la certeza de que se había encontrado el camino tras unos cuantos años de formación y pruebas. No fue un disco perfecto, y la única canción que hoy sobrevive en la memoria colectiva de aquel esfuerzo es “Everything Counts”, pero más allá de las canciones en sí, de Berlín volvieron unos Depeche Mode más cómodos con su propuesta: Martin había descubierto la estética sado, el culto al leather, la disciplina en los detalles, y eso se adhirió definitivamente a la manera de vestir del grupo y también a los temas, mucho más sobrios y metálicos.

Depeche Mode, por tanto, había sido un grupo forjado a partir de una doble transición: la primera tras la salida de Clarke, la segunda tras la toma de conciencia de Gore y Wilder de que tenían concepciones del sonido muy parecidas y un plan entre manos, que podían usarlo para obtener algo más profundo que simples canciones sobre temas triviales. El cambio estético en la imagen y el sonido se acompañó de una mutación en los asuntos de las letras, cada vez más abiertos a cuestiones políticas (sobre todo en “Construction Time Again”) o representaciones del malestar existencial. Una de las grandes razones del crecimiento de Depeche Mode del estatus de banda eficaz de la escena synth-pop a ídolos de estadios está precisamente en esa característica: haber sido –como también lo fueron The Cure con armas muy distintas– una voz para los marginales y los incomprendidos con himnos igualitaristas como “People Are People” y brutales exposiciones del extremismo dictatorial como “Master and Servant”, que se podía entender simultáneamente como una canción sadomasoquista –esa era la lectura literal– o como una crítica al maltrato de la población por parte de los gobiernos, precisamente en un momento de auge del liberalismo conservador en Inglaterra y Estados Unidos. Casualidad o no, “Some Great Reward” (1984) fue el disco que les abrió las puertas de América –y del resto de Europa–, y el pequeño culto hacia Depeche Mode inició su rápido camino hacia el desbordamiento a nivel mundial.

En una década caracterizada por el culto al triunfo y al dinero, Depeche Mode encontraron una manera de diferenciarse del espíritu de los tiempos para reflejarlo a la inversa. Nunca fueron unos proselitistas de la máquina –su música está inspirada en los sentimientos y la confusión, la religión y el desafecto, pero no hay una conciencia ardiente de la dimensión revolucionaria y futurista de la tecnología–, pero tampoco unos luditas reaccionarios. Cada nuevo disco de Depeche Mode a partir de aquí, y especialmente hasta “Violator”, está cuidadosamente envuelto en un sonido puntero, artificial y medido para alcanzar esa sensación distópica. Allí donde no llegaron Kraftwerk, quizá por su intransigencia hacia el mundo natural, lo consiguieron Depeche Mode: nihilistas antes que humanistas, siniestros en lugar de cándidos, acompañaron esa alineación con las corrientes minoritarias gracias a un reguero de canciones épicas. Las puertas del éxito masivo, inesperadamente, se abrieron de par en par. “Some Great Reward” tiene algunas de las mejores canciones de esta línea siniestra y a la vez poderosa: “Blasphemous Rumours”, “Something To Do”, “Lie To Me”, y también “Somebody”, la primera cantada por Martin Gore, también la primera balada de una pequeña colección con momentos capaces de poner la carne de gallina como “A Question of Lust”, que marcaría una de las muchas líneas de continuidad con el comienzo de la trilogía fantástica del último tercio de los 80, “Black Celebration” (1986).

El título de “Black Celebration” no es casual. El camino vital de Depeche Mode había sido una transición lenta, pero segura, del pop desprejuiciado de los comienzos a una identificación completa con la pesadumbre, la negatividad, el horror y el lado pesado de la tecnología. En su álbum de 1986 se llevó aún más lejos la apuesta de “Some Great Reward”: mejores canciones, vestidas con un sonido todavía más punzante, esquelético y deshumanizado, pero sobre todo letras que de una manera absoluta conectaban con el desencanto de la juventud que pertenecía al bando de los derrotados en la gloriosa expansión del capitalismo en los 80. Un título como “World Full Of Nothing” es sintomático del contenido nihilista, negativo, de Depeche Mode, con el cual muchas subculturas maltratadas –gays, góticos, desempleados de suburbios urbanos– podían sentirse perfectamente identificados. La música de Depeche Mode, en su proceso de expansión mundial, llegó a lugares tan insospechados como Detroit: la influencia de estos discos, y “Black Celebration” en particular, en el nacimiento del techno es casi tan importante como la del italodisco de principios de la década y la obra completa de Kraftwerk. Depeche Mode describían en los punteos gélidos de piezas como “Fly On A Windscreen” ese paisaje distópico que parecía llegado de un futuro catastrófico, pero que en realidad era el día a día en las pequeñas ciudades azotadas por la crisis de la industria y la extracción de recursos minerales. A la vez, ofrecían el antídoto para huir de esa trampa: sexo ( “Stripped”), compañías inconvenientes ( “Dressed In Black”), religión ( “Black Celebration”). Una mezcla entre anestésicos y estimulantes que había narcotizado a toda una generación.

Depeche Mode eran conscientes de la dimensión que habían alcanzado cuando llegaron al punto de “Music For The Masses” (1987), una celebración de su estatus poderoso y una maximización de todos sus atributos positivos. El título es tan real como orgulloso: habían recorrido un camino en paralelo al de U2, desde unos humildes orígenes en el post-punk hasta llegar a los estadios. La gira mundial de aquel año culminó en el Rose Bowl de Pasadena, California, el campo de juego de los Raiders, con un total de 101 conciertos en los que Depeche Mode llegaron a su cumbre personal a todos los niveles: creatividad, esquematismo instrumental, abstracción, desarrollo rítmico tenaz, letras hipnóticas, concepción abstrusa de la tecnología. La colección de canciones era imbatible, y la secuencia de vídeos rodados por Anton Corbjin en un riguroso blanco y negro extremadamente granulado ayudaron de manera decisiva a multiplicar el poder icónico de Depeche Mode: los rostros serios –se les veía poco sonreír, al que más a Martin–, los ojos ocultos por gafas de sol, la vestimenta rigurosa y masculina, en una alineación exacta con el glamour de lo sobrio y dark. Pero al tocar el techo, necesariamente todo empezó a bajar, discretamente, con lentitud al principio, pero los primeros síntomas ya estaban ahí: la creciente adicción de Martin al alcohol, el abuso de la cocaína en las giras, los coqueteos primeros de Dave Gahan con la heroína. Toda esta espiral culminaría tras “Violator”, haciendo de las grabaciones posteriores de “Songs of Faith and Devotion” (1993) y “Ultra” (1996) un infierno del que Alan Wilder, distanciado de Martin e insatisfecho con la dirección musical del grupo –cada vez con más guitarras de por medio, con una actitud más rockista, menos industrial–, quiso huir en 1995 para no volver más.

Su salida pone aún más en valor a “Violator” (1990) como el último gran disco de Depeche Mode. Habrá quien pueda odiar “Personal Jesus” por esa guitarra –de las primeras en toda la discografía de Depeche Mode, sin duda la más evidente de todas-, y aún más por su aire country, diseñado para arrasar en el gran mercado de Estados Unidos; incluso Johnny Cash hizo una versión desoladora poco antes de morir–. Pero no hay otro arranque más exacto en toda su discografía como el de “World In My Eyes”, resumen perfecto de lo que es un repiqueteo en el teclado con el sello de Alan Wilder: de la misma manera en que, como en un Aleph, se concentra todo el universo en un punto al alcance de la mirada, en esa melodía robótica se condensa todo el lenguaje electrónico del cuarteto. Y ni siquiera es el mejor momento de un disco que fue todavía más ‘music for the masses’ que el anterior: en un hipotético ranking de mejores canciones de Depeche Mode, “Enjoy the Silence” podría ser la primera perfectamente. Pero como ya se ha dicho antes, lo que antes había sido orden, estajanovismo en el trabajo, concentración y esfuerzo había llegado a un momento de desgaste que iba a dar en unos años siguientes caóticos, con la relación entre Martin y Dave cada vez más deteriorada, y con un Alan Wilder insatisfecho que preferiría recoger velas y refugiarse en su pequeño experimento particular, Recoil. Sería después de “Songs of Faith and Devotion” (1993), un disco correctísimo con algunos temas para la historia ( “In Your Room”, “Walking In My Shoes”), pero que ya mostraba a un Gahan desmejorado, con barba de Jesucristo, esquelético, sufriendo la carcoma de la heroína en sus células.

Pero antes de que llegara ese momento Depeche Mode habían hecho historia, y esta crónica de trece años de esplendor no la podrá borrar nadie. Es por todo eso por lo que nos hicimos fans, y por lo que nunca, pese a los últimos 20 años escasamente inspirados, podremos dejar de serlo.

* Entra y descubre la evolución visual de Depeche Mode a lo largo de su carrera.

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